Abismo (Atenea 2) 16. Alba
35%

16. Alba

ALBA

Hughes abre los ojos casi una hora después de que el médico se haya marchado. Apenas me doy cuenta, me levanto de la silla en la que he estado esperando y me acerco a su cama.

—¿Cómo te encuentras?

—Jodido. —La voz le sale ronca. Carraspea antes de continuar—: ¿Por qué me duele todo el cuerpo?

—Supongo que es lo normal cuando recibes un disparo. La verdad es que nunca he pasado por esa experiencia, así que no sé decirte. ¿Quieres un poco de agua?

Acepta y le ayudo a incorporarse en la cama antes de acercarle el vaso que he dejado hace un rato en la mesita de noche.

—¿Alex y Parker están bien?

—Sí, tú fuiste el que salió peor parado.

—Si te digo la verdad, hubo un momento en el que pensé que no lo contaba.

—A mí también se me pasó por la cabeza esa idea. Que sea la última vez que me das un susto así, ¿estamos?

Le cojo el vaso y pongo el dorso de la mano en su frente para comprobar si tiene fiebre. El doctor ha dicho que debemos vigilar que no haya infección, sobre todo durante las primeras cuarenta y ocho horas.

Hughes observa atento mis movimientos y una sonrisa tímida asoma a sus labios.

—¿Puedo preguntarte algo? —dice sin dejar de mirarme.

—Sí, claro. ¿Qué pasa?

—¿Por qué me estás cuidando?

—¿Cómo que por qué? —pregunto sin entender a dónde quiere llegar—. Te han herido, alguien tendrá que hacerlo, ¿no?

—Bueno, no es el primer disparo que recibo y no recuerdo a ninguno de mis compañeros velando mi sueño las otras veces. De hecho, no recuerdo la última vez que alguien se molestó en cuidarme.

—Pues vaya amigos de mierda tienes —respondo para quitarle hierro al asunto.

—¿Amigos? Pasé la infancia en varios centros de acogida hasta que acabé en la calle con dieciocho años, sin trabajo ni nadie que se preocupara de si conseguía sobrevivir o no.

Después, me junté con la gente equivocada y fui de mal en peor, casi no lo cuento.

Fue Alex quien me sacó del infierno y me llevó a la Hermandad, pero nunca he sido bueno en socializar, así que allí solo tengo compañeros. ¿Tú tienes muchos amigos?

—La verdad es que no —admito—. No hay mucha gente que se anime a interactuar con la friki de los ordenadores. ¿Quieres que lo intentemos?

—¿El qué? ¿Ser amigos?

—¿Por qué no? Con tu escasa experiencia previa en esto de la amistad, será difícil que pueda decepcionarte.

Me mira como si fuese un objeto fuera de lugar en la habitación, como si hubiera dicho lo más extraño que ha escuchado nunca. Yo me quedo en silencio esperando su respuesta. Su pelo rubio está enmarañado y me entran ganas de peinárselo, pero creo que eso sería invadir demasiado su intimidad.

—Me da miedo lo contrario, que te des cuenta de que no tengo madera de amigo.

—Eso es algo que no sabremos nunca si no lo intentamos. Entonces ¿aceptas o no? —insisto.

Me ofrece la mano izquierda, ya que el brazo derecho lo tiene inmovilizado con un cabestrillo, y yo se la estrecho, acompañando el gesto de un asentimiento de cabeza.

—Amigos —afirma con rotundidad.

—Amigos —respondo con gesto serio—. Y ahora, con el poder que me otorga nuestra amistad, te exijo que vuelvas a dormir. El médico te prescribió mucho descanso, así que me marcho. Regresaré por la mañana para hacerte compañía.

—A tus órdenes, amiga.

—Buenas noches, amigo.

Salgo de la habitación con una sonrisa en los labios. Este chico me recuerda un poco a mí: ambos vivimos una infancia de mierda y nos cuesta relacionarnos con las personas de nuestro entorno de forma espontánea.

Cierro la puerta a mi espalda y me sobresalto al encontrarme de frente con Alex. Su cuerpo está apoyado en la pared y mantiene una expresión en el rostro que grita «aléjate mientras puedas».

—¿Qué hacías ahí dentro? —me suelta a bocajarro.

—Obviamente, asegurarme de que Hughes esté bien. Por cierto, sé que no has preguntado, pero lo está. Ha despertado hace un rato y, aunque debe de dolerle horrores, no se ha quejado ni una sola vez.

—¿Y se puede saber quién te ha nombrado su enfermera personal? —me increpa con rabia, y yo noto el cabreo burbujear en mi estómago.

«¿Quién se ha creído que es?».

Abro la boca para responder, pero las palabras parecen haberse atascado en mi garganta y no me queda otra que volver a cerrarla y fulminarlo con la mirada.

Me fijo bien en su aspecto: lleva el pelo mojado y ropa distinta a la que vestía cuando hemos llegado a la casa.

Sus ojos me taladran como si hubiera hecho algo imperdonable por cuidar de un compañero que, además, estoy empezando a considerar mi amigo.

—No quiero que vuelvas a acercarte a él.

—¿Estás de coña? ¿Qué crees que voy a hacerle? ¿Acaso ahora desconfías de mí?

—De quien no me fío es de él. Queda prohibido entrar en esta habitación, fin de la discusión —ordena con ese tono que utiliza cuando habla con alguno de los hombres de la Hermandad.

—Pues vas listo si crees que tienes el poder de prohibirme nada.

—Bufo como un toro y me acerco más a él, de modo que nuestras narices están a punto de tocarse—.

No sé quién coño te crees, pero te diré lo que no eres.

No eres mi jefe, no eres mi hermano y no eres quién para darme órdenes. ¡Y ahora sí, fin de la discusión!

Sin que me dé tiempo a verlo venir, arremete contra mí, uniendo su boca a la mía a la vez que choco de espaldas contra la pared que tengo detrás.

Su beso es incluso más intenso que lo que hemos vivido hace unas horas en el puerto.

Mis labios responden a los suyos mientras me aferro con las manos a su cuerpo como lo haría a un salvavidas en mitad del océano.

La necesidad de tenerlo arrastra todo lo demás: las dudas, los miedos, el enfado.

Muerdo su cuello cuando me levanta del culo para que lo abrace con mis piernas y después saboreo el lugar en el que han estado antes mis dientes.

—Solo tú tienes el poder de hacerme perder la cabeza —susurra con voz ronca contra mis labios, y yo me estremezco con sus palabras.

—Ja, eres el tío más irracional que conozco —respondo, y apreso su labio inferior, arrastrándolo conmigo.

Me separa de la pared, me lleva hasta una habitación y me lanza sobre la cama, haciendo que rebote en el colchón. Antes de que pueda quejarme de su rudeza, lo tengo sobre mí, besándome de nuevo por todas partes. Me deshago de su ropa de forma apresurada mientras él prácticamente destroza la mía.

Nos dejamos llevar por la necesidad de este deseo que rompe con todo y nos mantiene ciegos y sordos, pero vivos, muy vivos. Nos convertimos en piel, bocas y entrañas hasta lograr nuestra meta, que no es otra que la de avivar el fuego y arder juntos.

En el momento en que entra en mí me aferro a sus hombros y lo hago rodar sobre la cama para quedar sobre él.

Verlo tumbado entre mis piernas, con el torso plagado de tatuajes y las manos en mi cintura, me hace sentir poderosa.

No me apremia, me cede las riendas para que sea yo quien decida cómo y cuándo y así, sin darse cuenta, me está proporcionando justo lo que necesito: control.

Cuando ambos hemos quedado saciados, me tumbo bocarriba a su lado e inspiro todo el aire que cabe en mis pulmones. La noche está en calma y su respiración acelerada acompaña a la mía como si juntas trataran de componer una nueva y extraña melodía.

—Esto no significa que vaya a respetar tu orden absurda —le aclaro en cuanto soy capaz de formar una oración completa.

—Alba, como me hables de otro hombre ahora mismo, voy a volver a follarte hasta que te olvides incluso de tu nombre.

Suelto una carcajada por lo absurdo de la situación y, al poco, los dos estamos riendo juntos, como si la cordura hubiese abandonado nuestras mentes.

Ojalá todo pudiera ser así de fácil entre nosotros.

En momentos como este, echo de menos llevar una vida normal, aunque nunca haya probado lo que eso significa.

¿Se puede anhelar lo que nunca has tenido?

Recuerdo cuando me tocaba acudir a una clase presencial en la universidad y observaba de lejos a algún grupo de estudiantes, la forma en la que caminaban y sonreían despreocupados, su manera tan natural de interactuar como si nada malo pudiese pasarles, como si fuera de ese edificio la vida no se estuviese preparando para destrozarnos de un momento a otro.

Alex me roza la mano con la suya y siento un latigazo que me trae a la mente todo lo que él no recuerda y yo todavía no le he contado. Me levanto casi de un salto y musito que voy a darme una ducha.

Entro en el baño de esta misma habitación, que no sé si será la suya o la mía porque, si han hecho el reparto, debo de habérmelo perdido.

Abro el grifo de agua caliente y me coloco debajo del chorro cuando aún está helada. El frío despierta mis células y me activa los sentidos.

Todavía soy capaz de recordar la noche que escapé de él y de su infierno. Su cuerpo de preadolescente manchado de sangre después de haber torturado a aquellos hombres con sus propias manos.

Corro todo lo que puedo sin creer que él, mi único amigo, haya sido capaz de arrebatar esas vidas sin la más mínima piedad; y es mi padre, quien prácticamente ha ignorado mi existencia hasta este momento, el que me alerta de que, en esta casa, a la que él mismo me trajo hace tiempo, corro peligro.

El miedo me paraliza y me hace torpe. Quiero llorar, esconderme bajo la cama y eliminar el día de hoy de mi existencia, pero eso no es posible. Mi padre me apremia, me ayuda a escapar y promete que se encargará de que Alex Reigadas jamás pueda encontrarme.

Años después, sigo luchando contra las pesadillas que me traen su imagen cometiendo aquel acto tan terrible.

Solo quiero olvidarme de su piel ensangrentada, de los gritos de aquellos hombres pidiendo clemencia, pero en cuanto cierro los ojos, vuelvo a revivirlo todo, una y otra vez, hasta que Jonás me despierta y comparte un vaso de leche caliente conmigo, en silencio, siempre en silencio.

Nunca hablamos de aquello, jamás me preguntó qué había vivido antes de llegar a su caravana. Nuestra convivencia fue así de sencilla y, también, así de fría.

Durante años, escuché rumores sobre Alex. Decían que se había convertido en una bestia, mucho peor que su padre. Lo llamaban Abismo y cualquiera que supiera de su existencia lo temía.

«Maldita sea, ¿qué estoy haciendo?».

Cierro los ojos cuando el agua comienza a calentarse demasiado y apoyo las palmas de las manos contra las baldosas blancas, haciendo fuerza para contener el grito que surge en mis entrañas y pide ser liberado.

No escucho el sonido de la puerta ni tampoco el de la mampara, pero siento su pecho pegado a mi espalda y abro los párpados lo justo para ver su mano regulando la temperatura del agua. No puedo querer que me abrace y me consuele cuando él siempre fue el monstruo que se colaba en mis sueños.

—No sé qué es lo que te atormenta, pero te sostendré si necesitas romperte —susurra en mi oído, y vuelvo a cerrar los ojos, sintiendo que pierdo la fuerza que me quedaba—. Hazlo y te juro que no te trataré de forma diferente por la mañana.

Me giro entre sus brazos, le coloco una mano en la nuca y la otra en la mejilla.

El agua cae sobre nosotros en cascada, impidiendo que él pueda distinguir las lágrimas que escapan de mis ojos.

No parece el mismo hombre capaz de disfrutar asesinando a sangre fría, el mismo que vi en mi casa desfigurando a un tío a puñetazos ni el que se volvió loco y destrozó aquel burdel y todo lo que encontró a su paso.

No, el Alex que tengo delante no se asemeja en nada a aquel que llaman Abismo.

Me mira con tal intensidad que tengo miedo de que pueda leer todos mis secretos y a la vez deseo que lo haga y me quite este peso con el que ya no quiero cargar.

—Hazme olvidar, Alex. No quiero romperme, no quiero llorar y no quiero seguir sintiéndome débil. Solo haz tu magia una vez más para que no piense en otra cosa que no seas tú y esa forma que tienes de volverme loca.

No responde con palabras, pero hace exactamente lo que le he pedido. Durante horas, logra que me sienta deseada, completa e incluso adorada. Sus caricias son más suaves que nunca y sus labios se afanan en darme placer hasta que grito su nombre una y otra vez.