Abismo (Atenea 2) 15. Alex
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15. Alex

ALEX

No podemos volver al yate con Hughes en el estado en el que se encuentra. Si no me equivoco, la bala sigue alojada en su hombro y, aunque parece no haber tocado ninguna arteria, noto cómo va perdiendo el color poco a poco.

Llamo a mi hermano para que nos indique un lugar seguro al que podamos ir y nos envíe a un médico, pero su teléfono no da señal. Pruebo con Rafa, su segundo al mando, y obtengo el mismo resultado.

Alba viaja en el asiento trasero del coche, tratando de contener la hemorragia de Hughes mientras yo conduzco y pienso adónde podemos ir.

Parker va justo detrás, en la camioneta en la que hemos metido a los tres tíos que quedaron con vida en el puerto.

Necesitamos un sitio donde puedan atender a Hughes y que sea lo bastante discreto para esconder la basura que llevamos a cuestas sin que nadie sospeche.

Liam tiene una casa en Madrid y un piso en Barcelona, ambos demasiado lejos de donde nos encontramos.

—Alex, necesita un médico urgente —me apremia Alba.

—Joder, ¿crees que no lo sé? ¡Es lo que estoy intentando conseguir!

—Que me grites no va a solucionar nada —se queja.

—Que insistas, tampoco.

La tensión en el coche va en aumento y, por primera vez en años, me doy cuenta de que no sé qué hacer. Llevo a tres prisioneros, un herido y, por si no fuera suficiente, la llevo a ella.

Después de varios intentos, Martiño, uno de los hombres de confianza de mi hermano, coge el teléfono y me da las señas de una casa discreta e independiente en la que podemos quedarnos.

Está a las afueras de un pueblo llamado Jimena de la Frontera, no muy lejos de donde nos encontramos y alejado de grandes núcleos de población.

Le pido que consiga a un médico y lo mande para allá y después llamo a Liam para contarle lo sucedido en el puerto.

Como era de esperar, mi primo se caga en todo y me pide que no nos movamos de la localidad y mantengamos un perfil bajo hasta que sepamos a qué nos enfrentamos.

Tardamos un poco más de lo esperado en llegar debido a la forma serpenteante de las carreteras y la escasa luz que alumbra el camino. Se trata de una zona rural que cuenta con un núcleo urbano bastante reducido y varias casas dispersas alrededor; una de ellas será nuestra residencia temporal.

Encuentro la llave enterrada en el lugar que ha mencionado Martiño y abro el portón para que podamos meter los vehículos y bajar «la basura» con discreción.

La vivienda está provista de comida y todo lo necesario para sobrevivir durante un par de semanas sin necesidad de salir de ella. Además, cuenta con un corral separado de la casa, el lugar ideal para mantener encerrados a nuestros prisioneros y que no den por saco.

—Joder, ¿dónde está el médico? —pregunta Alba casi una hora después de nuestra llegada.

Ha suministrado a Hughes un medicamento para el dolor y un antibiótico que ha encontrado en un botiquín en el baño, pero ambos sabemos que no es suficiente.

Él yace tumbado en una cama y apenas es capaz de mantener la consciencia a ratos mientras nosotros discutimos en el pasillo.

Ha perdido mucha sangre y empiezo a pensar que tal vez no consiga salir vivo de esta.

—No lo sé y no tengo su puto teléfono. Te lo he dicho hace cinco minutos.

—¡Pues consíguelo o llama a otro, joder!

Me llevo las manos al pelo y tiro de él.

—¿Te das cuenta de que tiene una herida de bala? No puedo llamar y pedir una ambulancia. ¡Deja de quejarte de una vez!

—¿Que deje de quejarme? —grita alzando las manos por encima de la cabeza—. ¡Se va a morir! Deberíamos haber parado en un jodido hospital y no traerlo a un pueblo perdido de la mano de Dios. Si no sale con vida, será por tu culpa.

Me yergo y coloco una expresión plana en mi rostro.

Sabía que corríamos riesgo al traerlo hasta aquí, pero llevarlo a una clínica habría sido demasiado peligroso, sobre todo porque no sabemos quiénes son los tíos que nos la han jugado ni si hay más de ellos cerca.

Escondernos era la mejor opción dada la situación, aunque no creo que Alba esté preparada para escucharlo.

—Tomar decisiones implica asumir responsabilidades —termino diciendo.

—¡Eres idiota!

Se acerca a mí y me enfrenta, pero, justo en ese momento, alguien golpea el portón de entrada de la casa.

Le hago un gesto con la cabeza a Parker y va a ver quién es, pistola en mano.

Apenas tarda un minuto en volver y lo hace seguido de un hombre de unos sesenta años que porta un maletín.

Solo entonces, Alba retira su mirada acusadora de mí.

Odio que me mire de esa forma, como si le hubiese decepcionado demasiadas veces… Y no es justo, porque apenas me conoce.

El médico consigue extraer la bala del hombro de Hughes y le coloca un gotero con medicación. Nos da unas pautas y nos confirma que, aunque no se trata de una herida grave, debemos permanecer atentos a que no se infecte y realizar curas durante los siguientes días.

Estoy seguro de que Alba se encargará personalmente de que a Hughes no le falte de nada, y esa certeza hace que me hierva la sangre.

Salgo de la habitación por miedo a decir o hacer algo de lo que luego pueda arrepentirme. Joder, arrepentirme yo, que siempre he actuado como me ha dado la gana sin importarme una mierda lo que opinen los demás.

Estoy cabreado. Más que cabreado, estoy ciego de rabia. Gracias a Dios, sé perfectamente cómo apaciguar a mi bestia interior.

Salgo de la casa y voy directo al corral.

Parker ha preparado a la escoria mientras yo atendía al médico y sonrío al comprobar por qué lo elegí a él como a uno de mis hombres de confianza.

Después de años bajo mis órdenes conoce algunas de mis excentricidades y sabe lo mucho que me gusta jugar con mis invitados.

Uno de los hombres que ha atacado nuestro barco y masacrado a la tripulación permanece colgado de un gancho del techo; los dedos de sus pies apenas rozan el suelo y puedo notar cómo los músculos de los brazos se le tensan, crispados, hasta el límite de rotura.

Lo observo balancearse, buscando un punto de sujeción, algo que le permita descansar de esa postura imposible durante al menos unos segundos.

Otro de los prisioneros se encuentra literalmente clavado a una pared con estacas que perforan las palmas de sus manos. Sus pies han tenido más suerte, Parker solo los ha atado con una cuerda.

A simple vista, diría que el tercero es el más afortunado, pues se encuentra sentado y amarrado con cuerdas a una silla de metal. Junto a él, hay una mesa repleta de utensilios de labranza que Parker parece haber seleccionado con diligencia para mi diversión.

Se aparta a un lado cuando me ve entrar y le hago un pequeño asentimiento de cabeza. La furia sigue ahí, pero tengo que reconocer que me agrada la escena que recorren mis ojos.

Me acerco a la mesa de madera y observo con interés las herramientas que hay dispuestas sobre ella.

Las voy ordenando para que queden perfectamente alineadas mientras tarareo una cancioncilla que me ha venido a la mente y que me aporta una pizca de calma.

No sé cuánto tiempo tardo en culminar la tarea, tampoco me doy prisa, ya que el orden es fundamental para mí cuando estoy trabajando.

Una vez que todo está dispuesto a mi gusto, selecciono un hacha de un tamaño bastante manejable y me doy la vuelta para quedar frente a mi público.

—Buenas noches, señores. Creo que no nos han presentado todavía.

Mi nombre es Alex y soy quien les atenderá esta noche.

Espero que su estancia con nosotros sea placentera…

para mí. —Me doy cuenta de que los tres tienen una especie de mordaza improvisada que les impide hablar y me giro hacia Parker—.

¿Has silenciado a nuestros invitados? Qué desconsiderado por tu parte.

—Se quejaban demasiado —responde levantando los hombros, como si el hecho no tuviese mayor importancia.

—Oh, perdonadle. —Vuelvo a dirigirme a ellos—. Mi compañero es un poco especial con los ruidos fuertes. Bueno, hagamos una cosa, decidme quién de los tres quiere ser el primero en compartir unas palabras con nosotros y le quitaré la mordaza.

El tío que está clavado a la pared intenta hablar. Me acerco y despego la cinta que cubre su boca y sujeta el trapo que le impide hablar. Lo escupe y se pone a toser.

No es un hombre demasiado alto ni corpulento, tampoco tiene un aspecto amenazante ni una apariencia reseñable. Más bien, encajaría en el típico personaje secundario en una película de bajo presupuesto.

Ahora que me fijo más de cerca descubro que sus piernas atadas están amarradas a un gancho que sale de la pared, lo cual lo mantiene inmovilizado. Me complace comprobar que Parker es un hombre de recursos que sabe adaptarse bien al medio.

Cuando el tipo termina de toser, empieza a quejarse, y no hay nada que me aburra más que ver a alguien lloriqueando después de haber cometido el error de atacarnos.

De un movimiento rápido, levanto el hacha y la descargo sobre su mano, seccionando cuatro de sus cinco dedos por el segundo nudillo. Su alarido es música para mis oídos.

—Hijo de…

—Yo que tú no terminaría esa frase —lo corto—. Mira, esto es fácil. He sido educado, os he acogido, os he proporcionado un techo bajo el que pasar la noche y me he presentado de forma impecable. Solo pido un poco de cordialidad a cambio. ¿Crees que podrás cumplir con tu parte?

—¡Maldito loco de mierda! Aaaaah, joder.

No sé si grita o llora, pero lo que sale por su sucia boca no me está ayudando en nada, así que me giro para observar a sus compañeros.

—¿Alguno de vosotros tiene algo más interesante que decir?

—Silencio—. ¿Nadie? Ah, pues no sabéis la decepción que me llevo.

Me quedaba la esperanza de que al menos uno de vosotros gozase de una muerte rápida.

Bueno, pues nada. —Levanto los hombros resignado—. Jugaremos al juego de la lenta tortura.

Me aproximo de nuevo a la mesa y esta vez elijo una azada con el mango de madera. Me la coloco sobre el hombro y me acerco al tipo que está colgado de las muñecas al techo mediante una cadena y un gancho de hierro.

Repito el mismo proceso que he llevado a cabo con su compañero y me deshago de su mordaza. Este al menos no lloriquea.

—Nosotros ya estamos muertos, pero tú también lo estás —escupe con rabia.

—Bueno, por fin alguien con ganas de hablar —exclamo sonriendo—. Por favor, cuéntame más. ¿Cómo y cuándo moriré exactamente? Me gustaría elegir un bonito ataúd antes de la fecha señalada y todavía no tengo claro si me quedaría mejor la madera de pino o un acero en color oscuro. ¿Tú qué opinas?

—Que no te dará tiempo de elegir nada. Tus respiraciones están contadas desde el momento en que te metiste en el camino de Yue.

—Yue —pronuncio la palabra despacio, dejando que los sonidos escapen de mis labios de forma suave—. Qué bonito nombre para alguien que quiere matarme.

—¡Cállate, gilipollas! —grita el prisionero al que ahora le faltan cuatro dedos dirigiéndose al que ha empezado a proporcionarme información.

—¿No te das cuenta de que ya no sirve de nada guardar silencio? —responde el hombre colgado del techo—. Si no nos mata él, lo hará ella.

—En eso le tengo que dar la razón a tu compañero.

De poco os sirve guardar silencio cuando vuestro destino ya ha sido marcado.

—Camino trazando un círculo alrededor del hombre que ha decidido cooperar—.

He de reconocer que vuestra actuación de hoy me ha cabreado bastante.

No solo habéis hundido en el Mediterráneo un cargamento de más de doscientos mil euros en armas, sino que os habéis cargado a quince de mis hombres y eso, queridos invitados, es algo que no puedo olvidar con facilidad.

Aun así, he decidido ser benevolente y prometo una muerte rápida para aquel de vosotros que hable primero. ¿Algún voluntario?

Guardo silencio. Se me da bien esperar a que la gente reaccione. De todas formas, no han pasado ni treinta segundos cuando el tipo al que estoy cercando comienza a cantar.

—Esa tía tiene más poder del que te puedas imaginar.

Obtiene lo que quiere con solo chasquear los dedos y cuenta con todo un ejército de soldados dispuestos a servirle a cualquier precio.

Solo la he visto una vez, pero iba rodeada por al menos veinte hombres.

Ella es quien le encargó el trabajo a mi jefe.

—¿Oriental? —pregunto sabiendo ya la respuesta.

—China. Dirige una mafia que se está expandiendo por el país más rápido que cualquier otra. Mientras a mi jefe le costó una década conseguir el control de Cádiz y alrededores, ella ha tardado menos de un año en expandir sus tentáculos por todo el país.

—¿A qué se dedican?

—Tocan casi todos los palos: drogas, armas, órganos, mujeres…

—¿Cómo me pongo en contacto con ella?

—No puedes. Solo habla con mi jefe y creo que ni siquiera él tiene su teléfono.

—¿Y dónde lo localizo a él?

—¿A Jonathan? Lideraba la operación de esta noche, así que lo más probable es que haya muerto calcinado en la explosión que provocasteis.

Me giro y le asesto un puñetazo en la boca del estómago, lo que provoca que se doble de dolor.

—No me gustan las malas noticias. ¡Dime algo que me sirva!

—La tía tiene muchos contactos. —Gime—. Mi jefe pensaba que alguien influyente en el Gobierno la estaba ayudando.

No es normal que actúe de forma tan escandalosa y siempre salga impune.

Mató a cinco de mis compañeros en una de las calles más transitadas de Cádiz a plena luz del día cuando mi jefe se negó a entrar en su juego, y no pasó absolutamente nada.

—He dicho «algo que me sirva» —siseo entre dientes.

—Feng. —Un escalofrío me recorre la columna cuando escucho ese apellido—. Su nombre completo es Feng Yue y se rumorea que está emparentada con Feng Bao. Supongo que a ese sí lo conoces. Jonathan creía que ella había cogido las riendas del negocio tras la desaparición de él.

—Me cago en la puta —exclamo para mí mismo.

El teléfono suena en el bolsillo de mi pantalón antes siquiera de que haya procesado la información. Lo saco, pensando que será mi hermano Antón dando por fin señales de vida. Sin embargo, al desbloquear la pantalla, descubro un mensaje de un número desconocido que me deja helado:

Espero que no me guardes rencor por lo de esta noche. Tu barco, por el club que me destrozaste.

Y como ahora la pelota está en mi tejado, he decidido hacerte un regalo. Espero que lo descubras pronto.

Besos, Yue