Abismo (Atenea 2) 14. Alex
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14. Alex

ALEX

El puerto de Algeciras es el más importante de España en cuanto a movimiento de mercancías, y también la ruta de entrada más directa al continente africano.

Durante los últimos años, la automatización de sus principales terminales, así como el endurecimiento en las políticas de control aduanero, han provocado una considerable reducción en las operaciones de contrabando.

No obstante, nuestra Hermandad, gracias en parte a la ayuda de mi hermano Antón, cuenta con los medios necesarios para operar casi con total impunidad.

Desde que mi primo se hizo con el poder de la organización, hace ya doce años, utilizamos el puerto de Algeciras como salida de nuestras armas, tanto hacia el Mediterráneo como en dirección a África.

Nuestra red de contactos en España es muy potente y por eso me sorprende la llamada de Liam a primera hora de la tarde.

—Alex, algo me huele mal con el intercambio de esta noche.

—¿En serio? Burhan lleva años comprándonos armas, ¿crees que nos traicionaría ahora? ¿Qué sentido tiene?

—No lo sé y no me gusta desconfiar de él, pero hemos perdido la conexión por radio con nuestro barco durante casi una hora esta mañana. La tripulación ha permanecido aislada todo ese tiempo, sin radio ni teléfonos móviles.

—¿Habéis podido hablar con ellos después?

—Sí, el capitán asegura que han perdido la señal completa y que no podían comunicarse, pero que no han sufrido ataque alguno y que todo parece funcionar correctamente ahora. Necesito que estés presente esta noche. ¿Cómo de cerca te encuentras de Algeciras?

—Ahora mismo andamos por las costas de Cádiz, así que no habrá problema. ¿A qué hora tiene previsto llegar el cargamento al puerto?

—Debería atracar a las doce y cincuenta, pero me gustaría que tú fueras al menos una hora antes. Esto me huele mal.

—Estoy de acuerdo contigo.

—Vega se ha ofrecido a hablar con Alba por si puede ayudarnos. En este momento debe de estar comentándoselo.

—Ni hablar —respondo de forma tajante.

—¿Cómo que no? ¿Tenemos acaso a alguien en nómina capaz de piratear las cámaras del puerto y alrededores? Porque, si es así, yo no me he enterado.

—A ver, no creo que resulte buena idea meterla en medio de una venta de armas, y menos si sospechamos que la cosa puede torcerse. ¿De verdad Vega ha aceptado?

—No, Vega solo ha dicho que lo hablaría con ella. Y no creo que haga falta que esté allí en persona. Esa tía es jodidamente competente en lo suyo, y lo sabes.

Después de lo que pasó la otra noche en el club del tal René, no puedo soportar la idea de volver a ponerla en peligro.

No sé qué coño me pasa con esta mujer, pero sigo tan obsesionado como el primer día.

Bueno, siendo sincero, estoy mucho más obsesionado desde lo que sucedió ayer entre nosotros en la cubierta del barco.

Apenas he pegado ojo en toda la noche pensando en irrumpir en su camarote y volver a follarla con la misma fuerza con la que lo hice sobre la mesa donde poco antes habíamos cenado juntos.

Sus jadeos me han estado volviendo loco porque, cada vez que los ruidos cesan a mi alrededor, son lo único que escucho, como un eco en mi puto cerebro.

Quiero besar cada milímetro de su piel hasta que no quede lugar en el que mis labios no hayan estado; quiero marcar su cuello, sus hombros y sus muslos con mis dientes y quiero enterrarme tan profundo en ella que no pueda sacarme de su cabeza jamás.

He aceptado incluirla en la operación de esta noche porque no me ha quedado más remedio, pero le he dejado claro a Liam que no estoy de acuerdo.

Entiendo su preocupación y que quiera disponer de toda la ayuda posible.

Algo huele mal en todo esto y sé que, si yo no estuviera cerca para supervisar la operación, él mismo vendría a hacerlo.

Hablo con nuestro capitán para que ponga rumbo a Algeciras y después explico la situación a mis dos hombres en el barco, que ahora mismo me parecen ridículamente pocos.

He intentado hacer tiempo para que fuese Alba quien acudiese a mí a preguntar en qué podía ayudar, pero parece que el enfado absurdo de ayer le dura más de lo que había imaginado.

Cuando entro en su habitación, el despliegue que me encuentro me deja unos segundos fuera de juego. Sobre la cama tiene dos portátiles, un montón de papeles, subrayadores de varios colores y un disco duro.

—¿Qué es todo esto?

Levanta la mirada del ordenador y resopla antes de volver a teclear de manera frenética.

—Estaría bien que aprendieses a llamar a la puerta —sisea.

—Alba… —le advierto, haciéndole ver que no estoy para juegos.

—He conseguido meterme en las cámaras de la terminal en la que vais a hacer el intercambio y también controlo los distintos accesos al recinto portuario.

Vega me ha pasado una ruta por la que podemos entrar y salir sin ser detectados, pero me preocupa el punto exacto donde se lleva a cabo la operación.

Es un punto ciego. El único lugar desde el que podré observaros está demasiado lejos y las imágenes no tendrán la calidad suficiente.

—Y por eso es el sitio perfecto —respondo apoyando mi hombro en el marco de la puerta.

—¿Perfecto para quién? ¿Debo recordarte que sois solo tres hombres contra no sabemos cuántos?

—Perfecto para el intercambio, si todo sale como estaba previsto.

—Entonces ¿crees que Liam se está preocupando en exceso?

—Yo no he dicho eso. En realidad, estoy seguro de que nada pasará según lo planeado.

Pero si cambiamos el punto de encuentro, los estaremos avisando de que intuimos que algo no va bien y entonces tendrán dos opciones: o no aparecen o lo hacen con el doble de hombres.

Y ahí sí que estaremos jodidos. Hemos de actuar como si no sospechásemos nada.

Parker, Hughes y yo nos mantendremos en la sombra.

—No te olvides de mí —apunta señalándome con el rotulador que tiene en la mano.

—Tú te quedarás en el barco y nos darás apoyo desde aquí.

Se ríe a carcajadas y eso me hace perder el buen humor que traía.

Me fijo mejor en ella. Lleva puestas unas mallas y una sudadera ancha de color azul claro; se ha recogido el pelo con una pinza de la que escapan un montón de mechones y sus gafas de pasta parecen demasiado grandes para lo pequeña que es.

La risa le sienta bien.

—¿Qué es tan gracioso?

—Que todavía creas que puedes darme órdenes. Trabajaré desde la terminal, así, si algo se tuerce, podré conectarme a su servidor fácilmente. Acabo de localizarlo y es una pasada.

La fulmino con la mirada, valorando si debo dejarla encerrada aquí en el yate, pero la verdad es que su ayuda nos vendrá muy bien esta noche.

—¿Tienes acceso al manifiesto de descarga de los últimos barcos que han operado en la terminal?

—Puedo conseguirlo. ¿En qué estás pensando?

—En un plan B en condiciones. Tal como has dicho, si las cosas salen mal, podríamos estar en desventaja.

Pasamos la siguiente hora reunidos con Parker y Hughes.

Les explico la idea que tengo en mente y trabajamos sobre el plano del puerto que Alba ha conseguido.

Presiento que esta noche nos espera más de una sorpresa, ninguna de ellas agradable.

Sea como sea, ella permanecerá lo más lejos posible de la línea de fuego y tiene instrucciones claras de volver al yate si cree que puede hallarse en peligro.

Una hora antes de la llegada prevista de nuestro barco con las armas, estamos todos en posición.

Alba actúa como una niña chica en una juguetería, lleva más de cinco minutos comentando con Hughes, a través del pinganillo, que el sistema de la terminal semiautomática es una pasada y que le ha hecho especial ilusión ser capaz de entrar en él sin ayuda.

Parece que a mi hombre también le gustan los ordenadores y está flipando con las cualidades de Alba.

¿Me da rabia esa complicidad que aparentemente hay entre ellos? Afirmativo.

¿Mi malhumor va en aumento cada vez que ella lo nombra? También afirmativo.

—Vosotros dos —gruño cuando creo que ya no voy a aguantarlo más—, callaos de una vez y centraos en lo que estamos haciendo.

Mi hombre musita una disculpa y no vuelve a pronunciar palabra, pero, como no podía ser de otra forma, Alba decide comportarse como un grano en el culo.

—Venga ya, Alex, todavía quedan veinte minutos para que las armas entren en el puerto y acabo de comprobar que Burhan y su séquito tardarán aún un poco en llegar así que… Mierda.

Escucho el ruido de sus dedos aporreando las teclas del portátil y un bufido sale de su boca.

—¿Qué está pasando?

—Cinco SUV negros y una camioneta acaban de acceder por la zona sur del puerto.

—¿Puedes ver a alguno de los conductores? —la presiono.

—No, pero estoy segura de que ninguno de ellos es Burhan. Lo he visto entrar en un coche que no he perdido de vista en ningún momento y que continúa en la autovía.

—¿Y quién coño son esos?

—No lo sé. Las matrículas son robadas y van demasiado rápido para que pueda pasar el reconocimiento facial. Se dirigen al punto de encuentro.

Los tres hemos escuchado a Alba, así que sacamos las armas y hago una señal a mis hombres para que se coloquen las gafas de precisión.

Gracias a Amapola, la munición especial que llevan nuestras armas, solo tenemos que fijar el blanco con la mirada para que nuestro disparo vaya exactamente adonde queremos.

El problema es que estamos demasiado lejos.

—Es hora de tomar posiciones. Que nadie dispare hasta que yo dé la orden. ¿Está claro?

—Cristalino, jefe.

Nos separamos, tomando cada uno una calle diferente de las formadas por las pilas de contenedores marítimos.

Cuando llego al lugar indicado, comienzo a escalar y me tumbo bocabajo en el techo del que se encuentra a mayor altura.

Desde aquí tengo una vista privilegiada de lo que sucederá en el lugar en el que está previsto el intercambio.

—En posición —confirmo, y, tras unos segundos, Parker y Hughes hacen lo propio.

—Los dos últimos vehículos se han separado del resto y están rodeando la zona. Los cuatro primeros aparecerán en vuestro campo de visión en unos segundos.