Abismo (Atenea 2) 13. Alex #3
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13. Alex #3

—Tomo la píldora, aunque no… —Intento alejarme, pero su cuerpo está tan pegado al mío que soy incapaz de moverme ni siquiera un milímetro. No puedo creer que el placer me haya obnubilado de tal forma que no me haya acordado de la puta protección.

—Estoy limpio. Dame tu consentimiento —insiste.

—Alex, no sé…

—Por favor, Alba. Me volveré loco si no entro ahora mismo en ti, y no quiero nada entre nosotros.

La intensidad de su mirada me convence. Levanto las caderas y soy yo la que acoge la punta de su erección.

—Hazlo —le pido cuando noto que no se mueve y que no podré lograr mi objetivo si él no participa.

Se hunde en mi interior con suavidad y lo agradezco, porque a pesar de que me noto muy mojada, hace mucho que no me acuesto con nadie.

Cuando está totalmente enterrado en mi interior apoya la cabeza en mi pecho y se queda quieto, muy quieto.

Después de unos segundos, muevo las caderas para incitarlo, pero él me sujeta con fuerza, manteniéndome inmovilizada.

—Para —ordena.

—¿Qué pare? Mierda, Alex, necesito que te muevas.

—Estoy intentando controlarme, así que estate quieta y dame un minuto.

Lo agarro del pelo y le levanto la cabeza para obligarlo a mirarme a los ojos.

—Mira, no sé si te piensas en serio eso de que soy un ratoncito o una muñeca de porcelana, pero como no empieces a moverte, me iré a pedirle a uno de tus hombres que venga y termine lo que tú has empezado —respondo lanzando un farol.

—¡Y una mierda! —ruge como si mis palabras hubiesen despertado a la bestia que pretendía dejar encerrada—. Si uno de esos dos te toca un puto pelo, te juro que acabará desangrándose en el fondo del mar.

Sus palabras deberían hacerme retroceder, deberían espantarme, pero hay algo en la manera en la que ha reaccionado que me empuja a necesitarlo todavía más.

—Entonces fóllame, Alex. Fóllame de la forma en que quieres hacerlo, sin contenerte.

Su boca me devora mientras se hunde en mí con tanta fuerza que tengo que sujetarme al borde de la mesa para no salir disparada.

Siento sus embestidas en cada rincón del cuerpo mientras la piel se me vuelve extremadamente sensible a su tacto.

Le araño la espalda con las uñas y le envuelvo la cintura con las piernas, atrayéndolo hacia mí.

Cuando el orgasmo me alcanza de forma inesperada por segunda vez, muerdo su hombro con fuerza, conteniendo el grito arraigado en mis entrañas.

Alex termina unos segundos después, apoya la cabeza en mi hombro sin salir de mi interior y el eco de nuestras respiraciones todavía aceleradas se convierte en el único sonido que rompe la quietud de la noche.

Permanezco con los ojos cerrados y, aunque siento el frío en cada poro de mi piel que no está en contacto con la suya, decido no moverme.

Después de unos minutos de cómodo silencio, Alex se incorpora y me ayuda a levantarme.

—Estás helada —afirma frotándome los brazos con sus manos, que todavía permanecen calientes y se sienten como la gloria. Coge mi blusa del suelo—. Levanta los brazos.

—Juraría que hace un rato te he recordado que no soy una muñeca y eso implica que sé vestirme sola. —Mis palabras han sido duras, pero no necesito que me cuide, sé hacerlo sin su ayuda. Al fin y al cabo, llevo practicando toda la vida. ¿Qué pretende?

Intento quitarle la prenda de las manos, pero niega con un gesto de cabeza.

—Alba, cállate y levanta los brazos. —Resoplo y hago lo que dice solo porque siento el frío calando en mis huesos. Una vez que ha colocado mi blusa, recoge mis braguitas y la falda del suelo—. Ahora, siéntate.

Pongo los ojos en blanco y, cuando me doy la vuelta para alcanzar el sofá, me da una palmada en el culo que me hace soltar un grito.

—Pero ¿qué leches…?

—Eso por ser una impertinente cuando yo solo estoy siendo amable contigo.

—No necesito que seas amable conmigo —respondo enfurruñada, cruzándome de brazos delante de él.

Su respuesta es colocar las manos sobre mis hombros y presionar hacia abajo para que me siente en el sofá mientras se muerde la sonrisa.

A continuación, se pone en cuclillas delante de mí y comienza a subir las braguitas por mis piernas desnudas—.

¿Se puede saber qué te resulta tan gracioso?

—Que te comportes como una niñita tonta cuando hace solo unos minutos me estabas pidiendo que te follara fuerte.

Lo aparto de un manotazo y él se deja caer de culo al suelo, dramatizando como si yo tuviese la fuerza necesaria para derribarlo.

Su tontería me cabrea todavía más, así que recojo mi falda con un movimiento brusco y paso por delante de él con la cabeza bien alta.

Antes de comenzar a bajar las escaleras que llevan a las habitaciones lo escucho reír a carcajadas y mi mal humor se dispara.

«¿Qué se ha creído, que puede tratarme de la misma forma que a una de las muñequitas tontas con las que se acuesta? ¿Acaso cree que soy como la idiota de Sophie?».

Entro en mi camarote y cierro la puerta con fuerza, maldiciéndome a mí misma por no haber sido más lista y haber mantenido las piernas cerradas. Podría haberme tirado a cualquier otro, pero he tenido que acostarme con el hombre más engreído del planeta.