13. Alex #2
Le doy un pequeño empujón para recostarlo de nuevo en la esquina del sofá y me siento a horcajadas sobre su regazo.
Le sonrío con picardía y me devuelve una mirada con promesas que me hacen temblar.
Antes de que ninguno de los dos pueda decir algo que estropee el momento, me acerco a su boca y lo beso. Primero con cautela, saboreando el instante y, después, como llevo queriendo hacer desde el día en que lo probé por primera vez y acabó tirándome por la borda.
El contacto de nuestros labios muestra la urgencia contenida; no es violento, sino inevitable. Lo rozo, lo saboreo y él responde sin dudar. Su lengua encuentra la mía y ambas conectan en un baile que se mueve entre el desafío y la necesidad.
Desliza las manos hasta mis caderas, guiándome con una seguridad que me eriza la piel, mientras que las mías se aferran a su nuca, enredándose en su pelo.
Cuando rompe el beso, no se aleja del todo, traza con la boca un camino que va desde mi mandíbula hasta el cuello, provocando que cada centímetro de mi ser arda en una dulce tortura.
Me quito el suéter sin importarme si sus hombres siguen vigilando en la distancia o se han retirado para concedernos intimidad. Ahora mismo, me da igual todo mientras pueda sentirlo a él, sin nada de por medio.
Le ayudo a quitarse el polo. Percibo el calor de su piel bajo mis manos y todo mi cuerpo grita, anhelando tenerlo aún más cerca.
Sus mirada se queda anclada en la mía y, durante unos segundos, el mundo parece haberse detenido.
—Joder, eres perfecta. —Su voz, más profunda que antes, causa estragos en mi centro.
Se deshace de mi blusa y de mi sujetador con una facilidad que me estremece.
Juraría que lo veo relamerse antes de inclinarse sobre mí, y ese gesto provoca una ola de calor que me recorre el cuerpo entero.
Su lengua juega con mis pezones y no puedo evitar arquearme, apoyando la espalda sobre la mesa para darle mayor acceso.
Ahora mismo sería capaz de concederle cualquier cosa que me pidiese.
Me ayuda con la falda y, juntos, nos deshacemos de sus pantalones con movimientos torpes y atropellados. Cuando vuelve a sentarse frente a mí, no espero ni un segundo antes de volver a besarlo.
Siento la calidez de sus labios contra los míos y descubro que me gusta demasiado lo tiernos que resultan entre mis dientes cuando los muerdo con suavidad.
Podría acostumbrarme a su sabor, a la forma en que me sujeta con firmeza mientras lo beso, a esa mezcla peligrosa de ternura y deseo que me hace olvidarme del resto del mundo.
Me sorprendo cuando me alza en volandas y me coloca sobre la mesa, provocando que se me escape un gritito agudo. Él permanece sentado sobre el sofá y me invita con las manos a abrir las piernas.
—¿Qué pretendes hacer?
—Voy a tomarme el postre. Ahora, sé buena y quédate quietecita —responde empujando mi cuerpo despacio con la palma de la mano para que mi espalda repose en la mesa.
Después, me coge los tobillos y coloca mis pies también sobre la superficie plana, de modo que quedo tumbada y totalmente expuesta ante él.
Aparta un poco mis braguitas y sopla sobre mi centro, provocando una descarga de placer y una necesidad aún más primitiva en mi interior—. Me encantas así de mojada.
Poco a poco, desliza la prenda de encaje por mis piernas; mi piel está tan sensible que solo el roce de la tela me hace estremecer.
Deja un beso en mi tobillo derecho y después sus labios comienzan a ascender por mi cuerpo en dirección al lugar en el que más los necesito.
Espero con expectación, con anhelo, con urgencia. Pero su aliento nunca llega.
Me incorporo sobre los codos para mirarlo y la sonrisa traviesa que me devuelve me derrite por completo.
—Como no termines lo que has empezado te aseguro que vas a pagarlo muy caro —le advierto intentando sonar seria.
—¿Qué te hace creer que llevas el mando aquí, ratoncito?
Pienso en cerrar las piernas e incorporarme, pero no me permite ni lo uno ni lo otro. Su agarre sobre mi cuerpo es firme mientras la sonrisa se ensancha en sus labios justo antes de enterrarla en mi sexo.
—Voy a lamerte entera y tú te vas a quedar ahí tumbada y quietecita porque odio que me interrumpan cuando como.
—Pasa su lengua por mi centro despacio, dos jodidas veces, a la vez que yo trato de agarrarme a cualquier objeto encima de la mesa para no desfallecer de placer—.
Y te voy a comer tan a gusto… Voy a disfrutar hasta la última gota.
Succiona mi clítoris mientras introduce dos dedos en mi interior, y todo mi cuerpo entra en tensión al recibir la oleada de placer que me provoca.
Gimo cuando empieza a bombear dentro de mí con acometidas profundas.
Puedo percibir el calor de su respiración y cómo va jugando con los dientes y la lengua para torturarme de una forma exquisita.
El placer me arrastra como si fuese un tsunami, rompiendo en mi piel y sumergiéndome con suavidad hasta un lugar profundo donde nada más existe.
Abro los ojos de forma perezosa, como si mis párpados pesaran demasiado, y un cielo negro, punteado de pequeñas estrellas, me devuelve a la vida.
El momento es simplemente perfecto. La quietud de la noche, mi corazón queriendo salirse del pecho…
Sin embargo, la paz dura justo el tiempo que Alex necesita para liberar su erección y colocarla en mi entrada.
Su cuerpo aparece sobre el mío, eclipsando el espacio infinito y el deseo vuelve a arder en mi piel, haciéndome anhelar todo lo que su mirada promete.
—Dame tu consentimiento —susurra sobre mi boca.
—¿Qué? —pregunto confundida.
«¿Después de lo que acaba de hacer, me pide permiso? ¡Anda ya!».
—Dime que tomas la píldora y que puedo entrar sin preservativo.