13. Alex
ALEX
Han pasado varios días desde que la cagué haciéndome la valiente y yendo sola a aquel burdel; varios días desde que Alex mintió a Vega y a Liam por mí y varios días desde aquel beso suave al que todavía no le he encontrado ningún sentido.
Nuestra dinámica ha cambiado desde entonces: no solo desayunamos, comemos y cenamos juntos tal como le prometí, sino que nos hemos convertido en algo así como compañeros de piso.
Hablamos, bromeamos y, como no puede ser de otra manera, discutimos hasta la saciedad cuando se empeña en sacarme de mis casillas.
Sin embargo, hemos logrado una especie de convivencia pacífica.
No ha habido más besos, pero sí insinuaciones y comentarios subidos de tono que han provocado que la tensión sexual esté al borde del colapso.
Tal vez influya el hecho de que él fue una especie de héroe para mí cuando éramos niños, alguien inalcanzable con el que solo podía jugar a escondidas.
Con los años, su cuerpo ha evolucionado, transformándose en la imagen del mismísimo pecado y eso no hace más que empeorar la situación.
He vuelto a pensar en la noche que lo vi manteniendo relaciones con Sophie y he imaginado innumerables veces cómo sería tenerlo en mi cama. Es más, tengo la certeza de que, si no salimos de este barco en los próximos días, será justamente allí donde acabemos juntos.
Hace rato que hemos terminado de cenar, pero esta noche parece que a ninguno de los dos nos apetece ir a dormir.
Seguimos sentados sobre el sofá blanco situado en la popa del barco, observando cómo dejamos las olas atrás mientras el sonido del mar nos acompaña de fondo.
Podría decir que la fotografía es casi idílica.
No sé en qué lugar de la costa nos encontramos, pero nos dirigimos hacia el sur, se nota en el cambio de temperatura, mucho más agradable desde hace un par de días. Es posible que ya estemos navegando en aguas españolas.
Noto su mirada fija en mí y me giro hacia él.
Hoy lleva un pantalón de lino color arena y un polo blanco y, desde que lo he visto con ese aire despreocupado, no he podido quitarle los ojos de encima.
Me impone cuando viste con traje y camisa negra, pero así, con este look relajado y la mirada clavada en mí, consigue que me sienta cómoda a su lado y, a la vez, que un leve cosquilleo me recorra el cuerpo.
—¿Hay algo que quieras decirme? —Sonrío mientras levanto una ceja.
—Solo me preguntaba cómo has llegado a aprender tanto sobre tecnología y comunicaciones.
—¿Qué pasa, no doy el pego de nerd de la informática? Creo recordar que sueles llamarme ratón de biblioteca.
—Bah, eso es un apodo cariñoso —responde con todo el morro—. La verdad es que el pelo rosa y la ropa de colores despistan un poco.
—Parece que hoy en día una no puede tener su propio estilo.
—Lo que a mí me parece es que estás intentando evadir la respuesta —apunta devolviéndome el golpe.
Suspiro y decido ser sincera. Pocas personas conocen mi pasado y me apetece que él sea una de ellas.
Lo observo unos segundos en silencio. Sigue mirándome con esa calma tan suya, esa que hace pensar que vive sin prisa. Alex me otorga el tiempo que necesito sin presionar, sin insistir. Él solo aguarda. Y esa paciencia suya es la que me desarma y me hace querer continuar.
—Ten en cuenta que puede que no sea la historia que esperas escuchar —le advierto un poco nerviosa.
—Te aseguro que soy de mente abierta.
—Está bien. —Levanto la vista y tropiezo con sus ojos otra vez.
Sigue ahí, atento, demostrando que realmente le importa lo que vaya a contarle, así que me lanzo—.
Cuando tenía nueve años, y debido a circunstancias de la vida que no vienen a cuento, terminé en la calle.
Después de pasar la noche sola, helada y muerta de miedo, un hombre de unos cincuenta años me encontró durmiendo entre cartones y se apiadó de mí.
Me recogió y me llevó con él. Se llamaba Jonás y vivía en una comuna de caravanas.
Allí nadie tenía mucho de nada, pero se ayudaban los unos a los otros.
—Cierro los ojos, dejando que la brisa del mar haga bailar unos cuantos mechones de mi pelo mientras trato de recordar las caras de aquellas personas—.
Cada uno aportaba lo que podía: trabajo físico, conocimientos, comida o simplemente tiempo.
Jonás apenas salía de su caravana, pero a veces venían algunos vecinos a pedirle favores y él se los concedía tecleando en su ordenador.
Se rumoreaba que se escondía de algo, pero nunca supe de qué.
Fue él quien me enseñó y también quien me regaló mi primer ordenador cuando cumplí los once.
—No puedo evitar sonreír al evocar ese momento—.
Era viejo, de segunda mano, pero Jonás me aseguró que yo tenía un don y que, con los años, llegaría a ser mucho mejor que él.
»Aprendí todo lo que pude y obedecí cada una de sus órdenes.
Conseguir sus halagos se convirtió en mi única meta, una por la que era capaz de darlo todo, porque sus sonrisas y sus palabras de ánimo suponían para mí lo más cercano al amor paternal que nunca había experimentado.
Me inscribió en el colegio, imagino que tuvo que falsificar mis papeles, y me esforcé tanto que pronto destaqué como la mejor de mi clase solo para que él estuviese orgulloso.
Con los años, descubrí que el cariño que me tenía no era tan grande como yo pensaba, sino directamente proporcional a mi capacidad de hacerle ganar dinero.
Solía decirme que yo era su mina de oro y que juntos nunca nos faltaría nada.
A pesar de que años más tarde conseguí ir a la universidad, él me enseñó más que cualquiera de mis profesores.
Cuando termino de hablar, Alex sigue mirándome, pero noto la tensión en los músculos de sus brazos.
—¿Todavía mantenéis el contacto?
—No, murió. Robó a la gente equivocada y un día vinieron a por él. Dejaron su cuerpo en la caravana, aunque tuve suerte, pues aquellos hombres no creyeron que la chiquilla de trece años que dormía acurrucada en un colchón en el suelo fuese a suponer problema alguno.
—Es una historia triste.
—Yo no lo veo así. Jonás no tenía ninguna responsabilidad sobre mí y, aun así, me sacó de la calle, me proporcionó comida y un techo y me enseñó a ganarme la vida. Gracias a él aprendí lo que es una comunidad y evité acabar en cualquier orfanato, donde las cosas me podrían haber ido mucho peor.
—¿Por eso desconfías de todo el mundo?
—¿Qué te hace pensar eso? —respondo a la defensiva, pero él pone una mueca graciosa con la que consigue bajar mis defensas.
—A ver, déjame pensar… —Levanta una ceja de forma exagerada y ladea la cabeza—.
Atrajiste a un puñado de tíos de una organización criminal a tu casa sin decírselo a nadie de tu equipo que pudiera respaldarte.
Después, creíste que era buena idea ir a un burdel propiedad de esa misma gente sin contarme nada a mí, burlando a la seguridad que estaba en la discoteca para protegerte y, de nuevo, sin avisar a tu jefa ni a nadie de tu equipo.
No sé, ¿te parecen suficientes motivos para que piense que desconfías de los demás?
—Eso es totalmente injusto —le recrimino.
—¿Lo es?
Sé que, en parte, tiene razón, me cuesta confiar en la gente, pero no es solo eso.
Se trata del impulso de hacer las cosas por mi cuenta, de demostrar que puedo, que soy suficiente y que no dependo de nadie para sobrevivir y salir adelante; es la necesidad de hacerme valer una y otra vez, como si creyese que todos esperan que tarde o temprano falle.
—¿Por qué me cubriste con Vega si tan mal concepto tienes de mí?
—Hombre, creí que nunca ibas a preguntarlo —exclama acomodando su espalda en el sofá esquinero.
Él está justo en el medio, con las manos sobre el respaldo en una postura cómoda, mientras que yo permanezco a un lado, cada vez más rígida por el camino que está tomando la conversación—.
Lo primero, si tuviera mal concepto de ti, como tú dices, no te habría cubierto con ella ni con nadie.
—¿Entonces?
—Todavía no lo entiendo. Supongo que fue un impulso. Recordé cuando Vega te dijo en el despacho de mi primo que aquella era la última vez que le ocultabas algo y actué.
—¿Sin más?
—¿Qué esperabas, ratoncito? ¿Que te dijera que lo hice porque me gustas o algo así?
—Eres imbécil.
Dejo la copa de vino sobre la mesa y me levanto para marcharme.
No voy a aguantar que me desprecie, mucho menos después de haberle contado algo íntimo sobre mí.
Debí imaginar que la fachada de hombre amable no era más que eso, una fachada, y que no tardaría en hacerse pedazos para mostrar al hombre cínico y arrogante que hay detrás.
Estoy a punto de irme cuando noto su agarre en mi codo.
—Espera. —Me giro para enfrentarlo y lo encuentro de pie, justo a mi lado. Tiene los ojos cerrados y, cuando los abre, creo ver arrepentimiento en ellos—. Sé que me comporto como un idiota la mayor parte del tiempo. Contigo es un mecanismo de defensa.
—¿Estás insinuando que he sido yo la que te ha atacado primero?
—No, pero me tenías contra la espada y la pared. Lo cierto es que no sé por qué te defendí, Alba, solo sé que me nació hacerlo, de la misma forma que ahora te…
Su mirada ha ido a parar a mi boca y el lugar en el que su mano todavía está en contacto con mi piel comienza a calentarse.
El corazón me late de forma acelerada y mi cuerpo entero clama por algo que le ha sido negado demasiadas veces.
Quiero que pase. Joder, llevo días deseando que ocurra lo que ya me parece inevitable.
Anhelo acercarme al peligro hasta quemarme y después revolverme entre las brasas.
—No seas cobarde y termina la frase… —lo reto.
Traga saliva y mantiene la mirada fija en mis ojos.
—Iba a decir que defenderte me salió solo y que ahora tengo el impulso de hundirme en ti sin pensar en las consecuencias.
—Joder, ¿y a qué esperas?