12. Alex
ALEX
Abro los ojos y la veo acurrucada en el sillón que hay frente a mi cama.
Está dormida y, si permanezco inmóvil, puedo escuchar su respiración profunda y acompasada en mitad del silencio de la noche.
Permanece tan serena, tan perfecta, que me entran ganas de acercarme e inhalar su calma.
No sé qué la hace tan especial, ahora mismo debería despedazarla por la que ha liado esta noche y, sin embargo, lo único que quiero es preservar la paz que irradia dormida.
Me acerco y la sensación se intensifica.
La cojo con cuidado, pasando un brazo bajo sus corvas y colocando el otro en su espalda, de forma que sigue acurrucada, pero ahora contra mi pecho.
Inhalo su aroma a manzanas antes de tumbarla con delicadeza en mi cama.
Es tan pequeña y parece tan frágil en este momento…
No se despierta, ni siquiera cuando me tumbo a su lado y la observo de cerca, tratando de absorber esa quietud y hacerla mía.
He pasado dos horas velando su sueño cuando ella abre los ojos de forma perezosa y, al contrario de como esperaba que hiciese, no se sobresalta por mi cercanía.
Esta noche he visto el miedo en sus ojos al encontrarse con el vacío en los míos.
Ese temor, junto con el sonido de su voz, fue lo que me trajo de vuelta de la regresión en la que estaba encerrado.
Las malditas regresiones parecen haber vuelto para quedarse.
Como siempre, no recuerdo nada de lo que hice ni de lo que pasó a mi alrededor.
Lo que sé es que estaba sacándole información a un hijo de puta y al minuto siguiente he despertado aquí, en mi habitación, con ella guardando mi descanso.
Recuerdo su voz pidiéndome que la llevase a casa, verla justo delante de mí con los brazos extendidos y una expresión triste en su rostro…
No estoy seguro, pero creo que encontré la salida del caos que inundaba mi mente gracias a ella.
No sé lo que presenció, ignoro lo que llegué a hacer anoche, aunque puedo imaginarlo.
Alba me observa en silencio, sin alterarse o gritar y yo disfruto de cada segundo de tenerla así.
—¿Cómo he llegado hasta aquí? —pregunta después de unos minutos, pero no noto fastidio en su voz.
—Estabas durmiendo en la silla, yo te traje. ¿Te molesta? —Hablo en voz baja para no romper el momento.
Ambos estamos tumbados cara a cara, observándonos como si fuera lo más natural del mundo, aunque tengo la certeza de que nunca antes he hecho esto con nadie.
—No, tu cama es bastante más cómoda que esa butaca.
«Dios, quiero comérmela entera».
Le acaricio la sien y el nacimiento del pelo como desde hace rato deseo hacer, y ella simplemente me lo permite. Nunca he querido cuidar de nadie y ahora siento que lo único que necesito para mantener la cordura es que ella esté bien, a salvo, en paz. Feliz. Justo como la veo en este instante.
—Esto es un poco raro —susurra sin dejar de mirarme a los ojos.
—¿Te incomoda lo raro?
—¿De verdad le acabas de preguntar eso a la chica que lleva el pelo de color rosa chicle?
—Joder, tengo ganas de besarte —afirmo sin dejar de acariciarla. Una vez que he tocado su piel, ya no puedo alejarme—. ¿Sería raro que lo hiciese?
—Lo sería —responde seria, y me tomo su respuesta como una invitación.
Me acerco despacio, dándole tiempo a decidir si quiere evitarlo, si quiere evitarme.
No se mueve. No se aparta ni se aleja hasta que mis labios rozan los suyos, que son suaves, tiernos y esponjosos, lo más dulce que he probado en la vida.
Y aunque es la segunda vez que lo hago, este beso no tiene nada que ver con aquel que nos dimos hace días en la cubierta del barco.
—Necesito preguntarte algo. —Me aparto lo suficiente para seguir contemplándola sin quedarme bizco, pero mantengo mi mano en su cintura—. ¿Me tienes miedo?
Sé que el momento se ha roto cuando deja de tocarme y se coloca bocarriba, mirando al techo en lugar de mirarme a mí. Suspira y yo cierro los puños temiendo su respuesta.
«¿Por qué me importa tanto?».
—Voy a intentar ser lo más sincera posible.
Pasé miedo anoche. Te vi matar de forma sangrienta a varias personas, vi cómo disfrutabas de su sufrimiento, cómo te alimentabas de él, de cada tortura y cada grito de dolor.
—Soy así, ese al que está describiendo soy yo y, si no puede soportarlo, no hay nada que yo pueda hacer—.
Pero cuando pasé verdadero terror fue cuando te miré a los ojos y encontré en ellos un vacío interminable.
El de ayer por la noche no eras tú, Alex.
—Te equivocas, soy exactamente el hombre que viste.
Nos quedamos en silencio durante unos minutos. Me encantaría saber lo que está pensando, pero tardo poco en descubrir que no tiene nada que ver conmigo.
Se sienta en la cama con las piernas cruzadas antes de hablar.
—Tengo que llamar a Vega y contarle lo que ha pasado. Va a matarme cuando se entere, joder.
—Sí, es muy probable —afirmo incorporándome también.
—¿En serio? ¿No se supone que deberías intentar tranquilizarme diciéndome que no es para tanto?
—A ver, puedo mentirte, pero los dos sabemos que Vega no es lo que se dice una persona comprensiva. La abejita tiene una mala hostia que flipas cuando le tocan la moral.
—¿Abejita?
—Es la forma cariñosa con la que empecé a llamarla cuando nos conocimos. Aunque teniendo en cuenta que por aquel entonces no sabía quién era ella en realidad y que ahora es la mujer del jefe, tal vez debería empezar a llamarla Abeja reina.
—¿Quieres dejar de decir idioteces? Estoy pensando en cómo contárselo. —Antes de que pueda adivinar mis intenciones, saco el móvil del bolsillo, marco el número de su jefa y pongo el altavoz—. Pero ¿qué haces? ¿Eres imbécil?
—Alex, son las seis de la mañana —responde Vega desde el otro lado de la línea—, así que espero que sea importante.
—Vamos, no te quejes, que siempre te despiertas antes de esta hora para entrenar. Fuera de coñas, Alba y yo tenemos que hablar con vosotros. Bueno, Alba quiere hablar contigo y, teniendo en cuenta que yo estoy en el ajo, he pensado que lo mejor era hacer una llamada a cuatro.
—Espera, que aviso a tu primo. —Alba me susurra que va a matarme en cuanto colguemos y, en respuesta, me encojo de hombros y pongo cara de niño bueno—. Vale, ya estamos, ¿ha pasado algo? Alba, ¿todo bien?
—Hola, Vega. Sí, todo en orden, pero tengo algo que contarte. Ayer descubrí que uno de esos locales que parecen blindados está muy cerca de donde nos encontramos y me pareció buena idea acercarme para ver si podía obtener información.
—¿Sin avisarme antes? —pregunta Vega furiosa.
Al ver la cara que pone Alba entiendo lo importante que esto es para ella y decido intervenir.
—Fue culpa mía —miento—. Le dije que no era necesario deciros nada. La idea era acercarnos, ver si había algo extraño y marcharnos. No existía riesgo alguno y, además, llevamos a Hughes y a Parker con nosotros.
—¡Me cago en la puta, Alex! —vocifera Liam—. ¿Es que no puedes estarte quietecito ni siquiera habiéndote alejado de todo?
—No, sabes que eso no va conmigo. Alba tenía una buena pista y lo único que hicimos fue seguirla.
—Mira, la verdad es que yo…
—Y tenemos algo —corto a Alba, porque estoy seguro de que va a intentar desmentir lo que he dicho—. El dueño del club habló. La persona que está por encima de él es una mujer.
—¿Estáis seguros de eso? —pregunta Vega, buscando la confirmación de su chica.
—Totalmente. Dijo algo así como que ella vendría a por nosotros —confirma Alba.
—Bueno, lo que dijo exactamente es que ella nos mataría a todos —puntualizo, y el silencio cobra protagonismo durante los siguientes instantes.
—Te lo has cargado, ¿a que sí?
—Primo, si estás seguro de la respuesta, ¿para qué preguntas?
—¡Joder, Alex! Podríamos haberle sacado más información.
—En realidad, fui yo la que le clavé el cuchillo. —Alba me mira a los ojos, no va a dejar que yo cargue con toda la culpa.
—Sí, pero yo rematé la faena —respondo con guasa.
—¿Puedes tomarte algo en serio por una puta vez? —me amonesta Liam, y veo en la expresión de Alba que quiere intervenir, pero no se lo permito—. ¿Estáis todos bien?
—Sí, gracias a tu primo —responde mi hada de pelo rosa. Es cierto que he asumido parte de su carga, pero no esperaba que me defendiera.
Cuando colgamos la llamada, me sonríe, me dice que no tenía por qué hacerlo y se marcha, dejándome inmerso en mis propios pensamientos.
Después de un rato, llamo a Liam para comprobar cómo van las cosas con los albaneses.
Cuando me fui, parecía que las aguas se habían calmado un poco, pero no me fío de esa gente y mi instinto rara vez suele fallarme.
Mi primo me cuenta lo que han descubierto: esos cabrones no han dejado de intentar meter su droga en nuestras calles, solo que ahora trabajan de forma más sutil.
—¿Qué vas a hacer?
—Organizaré una reunión con Krasniqi y le haré entender cuál es su única opción.
—¿Quieres que vaya? —No me lo ha dicho, pero sé que la seguridad que están mostrando los albaneses lo tiene intranquilo. Hasta ahora, siempre han respetado los límites, pero es como si hubiesen dejado de temer nuestras represalias y eso no es bueno.
—De momento, haces más falta donde estás, pero te avisaré si la cosa se tuerce después de la reunión. Alex, necesito que te centres y dejes de cagarla. ¿Cómo te encuentras?
—Si me estás preguntando por las jodidas regresiones, olvídalo, lo tengo controlado.
La línea se queda en silencio mientras él valora hasta qué punto puede confiar en mi palabra. Lo haría con los ojos cerrados si se tratase de cualquier otra cosa, pero sabe que estos jodidos episodios son más fuertes que yo mismo.
—Cuídate y cuídala a ella, por favor.
—Lo haré, lo prometo.
Vuelvo a tumbarme en la cama, cierro los ojos y trato de revivir lo sucedido anoche. Sé que estaba intentando sacarle información a René, que casi me vuelvo loco cuando intuí lo que pretendía hacer con Alba, pero el detonante… ¿Qué fue lo que me hizo estallar?
Me masajeo las sienes con los dedos mientras sigo evocando el momento y entonces lo recuerdo. Recuerdo cómo me llamó René justo antes de que la bomba estallara en mi cabeza.
—Abismo.
La palabra me escuece en la punta de la lengua cuando la pronuncio en voz alta y los recuerdos comienzan a agolparse en tropel: veo la expresión de mi padre el día que se enteró de que me apodaban de aquella manera, fue la única vez que me miró con algo parecido al respeto.
Cuánto odié ese momento. No quería su aprobación, no quería su gracia y, mucho menos, que sintiese orgullo del monstruo que había moldeado a su antojo hasta convertirlo en lo que yo era por aquel entonces.
Aprieto la mandíbula con fuerza y me obligo a abrir los ojos y a alejar cualquier pensamiento relacionado con mi pasado.
Abismo murió junto con el señor Reigadas hace doce años. Yo mismo me encargué de que ambos se pudrieran en el infierno.