Abismo (Atenea 2) 11. Alba
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11. Alba

ALBA

Después de todo lo que ha sucedido en los últimos días, parece que había olvidado quién era Alex realmente, pero cuando perdió el control y comenzó a despedazar a cada hombre que se cruzaba en su camino, volví a recordar en quién se había convertido.

La esencia de su padre goteaba en cada gesto, en cada mirada mezcla de odio y disfrute mientras arrasaba con todo.

Fue como si algo primitivo se hiciera con las riendas de su cuerpo.

Los ojos se le oscurecieron y parecía no escuchar los gritos de Mathis advirtiéndole que teníamos que irnos si no queríamos enfrentarnos a la policía.

Sin embargo, él seguía rompiendo cosas y hundiendo su cuchillo en la carne de cualquier desgraciado que se le pusiera por delante, como si nada más importara.

Quise acercarme, tocarlo y obligarlo a que volviese a la realidad, pero el vacío que advertí en sus ojos me dejó clavada en el sitio y no pude hacer más que observar con miedo el infierno que se había desatado en su interior.

Fueron Parker y Hughes, ayudados por Mathis, quienes lograron contenerlo tras varios intentos, aunque él seguía revolviéndose, obstinado en liberarse de sus agarres, y de esa forma no íbamos a conseguir sacarlo de allí.

No sé qué me llevó a hacerlo, pero me planté delante de todos, tratando de no mostrar el temor que invadía cada célula de mi cuerpo y le pedí que me llevara a casa.

Alex me observó extrañado, como si mi presencia no tuviese sentido alguno en mitad del caos que él mismo había creado.

Poco a poco su cuerpo se fue destensando.

El tormento que lo había dominado se apagó y una versión más confundida y manejable de sí mismo nos permitió abandonar con él el lugar.

No volvió a dirigirme la mirada y solo habló para ordenarle a Hughes que me llevara al yate.

Tan pronto como Hughes y yo subimos a bordo de la embarcación, Parker sale a nuestro encuentro.

—Se ha tomado una pastilla para dormir —anuncia mirando a su compañero.

—Me alegro —responde Hughes.

—El muy cabrón me ha partido el labio…

Noto la tensión en el ambiente y creo que no están muy cómodos hablando de su jefe delante de mí. Aun así, siento la necesidad de entender lo que ha pasado esta noche.

—¿Puedo hacer una pregunta?

—¿No la estás haciendo ya? —me responde Parker sin una pizca de simpatía en la voz.

—¿Le había pasado antes? Me refiero a perder el control de esa manera, como si no fuese él mismo.

Mira un momento a Hughes antes de responderme.

—No sé si puedo darte esa información y tampoco es que seas una de mis personas favoritas después de que nos la hayas jugado esta noche.

—Tienes razón —admito—, pero necesitaba ir a ese club sin que él se enterase. Siento si os he traído problemas.

—Pues te ha salido de puta madre —se burla Parker—. Hughes, te toca vigilancia, voy a descansar un rato.

Parker se marcha y yo decido que es mejor esperar un poco aquí en cubierta. Mi camarote está en la misma dirección que el resto y prefiero no arriesgarme a encontrármelo de nuevo.

—No se lo tengas muy en cuenta —pide su compañero antes de que me haya movido del sitio.

—¿Al idiota? No lo hago, entiendo que esté molesto, que ambos lo estéis.

—Es un poco gilipollas a veces, pero además está frustrado porque no quería que lo enviaran aquí.

Hughes se apoya en la barandilla y yo hago lo mismo a su lado.

—Ya, supongo que hacer de niñera no es la tarea más gratificante del mundo para ninguno de los dos.

—Eso no importa. Alex nos eligió porque confiaba en que desempeñaríamos bien nuestro trabajo y hoy le hemos fallado. No ha sido solo culpa tuya, tendríamos que haber estado preparados.

Me fijo un poco más en él. Es rubio, no muy alto y su sonrisa me recuerda a la de Sebas, mi compañero.

Hasta ahora, había intentado pasar de los dos guardias que no me quitaban los ojos de encima por órdenes de su jefe, pero me doy cuenta de que Hughes no es tal como había pensado.

Pasé mi infancia rodeada de hombres armados, enormes, cuya única misión era seguir las instrucciones del mayor hijo de puta de la historia: el padre de Alex; soldados capaces de sobrepasar cualquier límite, carentes de emociones como la compasión o la empatía.

—¿Sabes quién soy?

—Sí, claro —responde Hughes confundido.

—Entonces, sabrás que pertenezco al equipo de élite de Atenea, que entrenamos día y noche para ser los mejores y, sobre todo, para no fallar nunca.

Esta noche no quería que me siguierais. Si no lo hubiese conseguido de la forma en la que lo he hecho, lo habría logrado de otra, pero dudo que hubieseis podido evitarlo.

—Me sonríe y se retira el pelo de la cara—.

Vaya, creo que eso ha sonado un poco engreído por mi parte.

—Tranquila, conozco vuestra fama. Sobre lo que has preguntado antes…

—No quiero que respondas si eso puede meterte en un problema —lo interrumpo. Es cierto, no pretendo complicarle más la situación y que se vea forzado a contarme algo que le traiga consecuencias, empieza a caerme bien.

—Alex sufre estos ataques desde hace unos meses. Tiene un carácter bastante especial, es increíblemente inteligente y disfruta jugando con la mente de los demás, pero nunca le había visto perder el control de esta manera hasta hace unas semanas.

—Gracias por habérmelo contado. Prometo no hablar de esto con nadie.

Hughes me cae bien.

Me despido de él y me marcho.

Cuando paso por delante del camarote de Alex, dudo, pero, una vez más, mi primer impulso gana la batalla y abro la puerta con sigilo, sin pensar en las consecuencias que tendría encontrarlo despierto.

No soy tonta y sé que la próxima conversación que mantenga con él no va a ser bonita. Lo he engañado para poder salir del yate y he esquivado a sus hombres para escaparme sin que lo supieran.

Por suerte para mí, la habitación está en penumbra; aun así, consigo distinguir su silueta tendida en la cama gracias a la luz tenue de una pequeña lamparita situada sobre la mesilla de noche.

Me siento en la butaca que hay en una esquina y suspiro, aceptando la calma que al fin me rodea. Lo observo mientras duerme y los recuerdos de un pasado que trato de olvidar acuden sin haber sido invitados.

Otra habitación, muchos años atrás, una escena similar.

Alex permanece tendido en su cama, magullado después de la brutal paliza que su padre le ha propinado. Lleva tantas horas durmiendo que he llegado a pensar en la posibilidad de que no despierte nunca.

Eso me asusta demasiado.

Él es la única persona que parece verme dentro de la casa, el único que no me trata como si fuese un mueble más de la decoración —o alguien que puede ayudar a las criadas con alguna tarea—, al menos cuando estamos solos.

Cuando despierta, sus ojos me abrazan, pero sus labios me echan de la habitación sin reparos.

No lloro y tampoco le hago caso. No pienso irme y sé que, en el fondo, él tampoco quiere que lo haga.

En su lugar, comienzo a contarle anécdotas de mi colegio.

Al principio, finge no escucharme, incluso hace como que está solo en la habitación.

Pero yo no me rindo, y cuando le cuento cómo me he caído de culo al intentar saltar el potro en clase de gimnasia, las comisuras de sus labios se estiran hacia arriba y esa sonrisa que tan bien esconde hace acto de presencia.

Animada por lo que he conseguido, sigo hablando y hablando hasta que se hace de noche y tengo que irme para que Ania, el ama de llaves, no me encuentre en su cuarto cuando venga a traerle la cena. Me despido dándole las buenas noches y él me responde igual.

La escena se repitió muchas veces a lo largo de los meses siguientes, demasiadas, cada vez que el señor Reigadas decidía descargar su furia en él.

No podíamos hablar fuera de su habitación, Alex decía que era peligroso para mí que alguien nos viera juntos.

Con el tiempo se convirtió en mi amigo, en el único que tenía, y nuestra amistad, en un cuento de aventuras en el que guardar nuestro secreto era la misión más importante.

¿Cómo pasó de ser aquel niño cauteloso y protector a esta versión de su propio padre?