Abismo (Atenea 2) 10. Alex #2
20%

10. Alex #2

—¿Qué haces aquí entonces?

—Te lo he dicho por teléfono. Mi amigo va a estar por aquí unos días y ha oído hablar de tus peleas. Quiere participar.

Me observa de arriba abajo, fijándose en mi ropa poco apropiada. Llevo puestos unos vaqueros y una camisa negra arremangada hasta los antebrazos.

—¿Estás seguro de que has luchado antes? No te veo muy… preparado.

—No necesito nada más que mis puños para darle una paliza a tu hombre —afirmo con chulería, y giro la cabeza hacia el ring, donde el tipo que ha ganado el combate da vueltas presumiendo ante el público mientras lo ovacionan. Noto cómo sus ojos siguen clavados en mí hasta que por fin acepta.

—Está bien, disfrutemos de una buena pelea entonces. Solo tengo una condición.

—¿Cuál?

—La única regla del combate es que solo podéis utilizar vuestro cuerpo: sin armas, sin botellas estampadas en la cabeza del otro…

—Acepto. ¿Qué obtengo yo cuando gane?

Sonríe con malicia, pero no me contradice.

—Tres mil euros y una noche con la chica que quieras.

—Me parece bien. ¿Empezamos o tu hombre necesita descansar?

René le dice algo a uno de sus guardias de seguridad y este se acerca al ring y le transmite el mensaje al que todavía está pavoneándose sobre él. Nos mira, se ríe y después asiente con la cabeza.

—Creo que mi hombre ha aceptado el reto. Si te digo la verdad, me gustaría ver cómo alguien le baja los humos, últimamente está de lo más engreído y empieza a cansarme.

—Será un placer ayudarte con eso.

—Él te llevará a un vestuario para que puedas cambiarte y vendarte las manos si quieres.

Asiento y sigo al hombre que me señala. Necesito recorrer cada puto rincón de este sitio hasta encontrar a Alba.

Llegamos a los baños y me fijo en que hay un hombre parado frente a la puerta del aseo de mujeres; el bolso que sujeta entre las manos llama mi atención.

—¿Todavía no ha salido la puta? —pregunta el que me acompaña. El otro niega con la cabeza—. Creo que al jefe le va a gustar domar a esta, parece de las rebeldes.

Estoy a punto de arrancarles las cabezas a los dos gilipollas que tengo delante, pero en el último segundo, levanto la mirada y veo que hay varias personas observándonos con detenimiento. Suspiro y decido acelerar las cosas.

—He cambiado de idea, no necesito vendarme las manos, pelearé así. Total, no creo que vuestro amigo me dure ni un asalto.

—Me parece que vas a tragarte tus palabras, chaval —responde el que me ha acompañado—. Yo que tú iría rezando cualquier oración que te sepas, porque el cabrón de Pierre va a destrozarte.

—¿Qué te parece si apostamos algo? Si gano, al terminar el combate, me traes una botella del mejor whisky que tengáis y me la bebo antes de que acabe la noche. Si pierdo, yo pago y tú bebes.

—Esa botella de la que hablas vale unos ciento cincuenta euros. Acepto.

Estoy ganando tiempo para que Alba salga del baño y, cuando lo hace, suspiro de alivio al comprobar que no le han hecho daño. Sus ojos se abren más al encontrarse conmigo y sé que tengo que reaccionar antes de que me delate.

—Joder, creo que elegiré a esta —digo repasando su cuerpo de arriba abajo.

—No sueñes, todavía no la ha catado el jefe y él siempre va primero.

—¿Me devuelves ya mi bolso? —nos interrumpe ella con voz de niña malcriada.

—Nena, no sabes las ganas que tengo de callarte la boca con mi polla. ¡Andando!

La sujeta del codo y la lleva casi a rastras hasta donde se encuentran René y Mathis. Se han sentado en una de las mesas más cercanas al ring y están hablando mientras les sirven una bebida.

Me quito la camisa y voy directo al cuadrilátero cuando veo que obligan a Alba a sentarse junto a René. No sé cuánto tiempo tardaré en liarla parda como no le quiten las manos de encima.

Subo de un salto a la lona y apremio al que hace de presentador para que dé comienzo a la pelea. El otro luchador es un imbécil engreído lleno de músculos, pero no me preocupa, me he enfrentado a tíos peores que él en el Masters.

Cuando suena la bocina que da inicio al combate, dejo que sea mi contrincante el que venga primero a por mí. Muestra una sonrisa ladeada y los ojos inyectados en sangre, fruto de alguna droga que ha consumido esta noche.

Dejo que me toque un par de veces antes de lanzar mi primer golpe directo a la boca de su estómago, al cual le sigue una patada en las costillas. El hombre delante de mí suelta un grito de dolor. Me dedica un gesto de sorpresa mezclada con odio cuando se percata de que me ha subestimado.

Damos un par de vueltas al ring, ambos tratando de encontrar los puntos débiles del otro hasta que lanza su siguiente puñetazo, lo que deja al descubierto el lado derecho de su cara.

Soy más rápido que él y bloqueo su ataque con mi antebrazo a la vez que lanzo mi puño directo a su mandíbula.

Sigo golpeando una y otra vez. Su espalda choca contra las cuerdas y eso me permite mantenerlo atrapado, de forma que le resulta mucho más difícil responder a mi ataque.

Tengo los puños llenos de su sangre y noto que está perdiendo fuerza.

Es entonces cuando escucho el grito de René.

—¡He dicho que te arrodilles, puta! Joder, ni siquiera sabes obedecer una orden. Ayúdala.

Mis ojos van directos a la escena. El hombre que esperaba a Alba en la puerta del baño la agarra de la nuca y la obliga a ponerse de rodillas delante de su jefe. Ella intenta levantarse y él coloca las manos sobre sus hombros para mantenerla en el suelo.

—¡Déjame en paz, animal! —grita con odio.

—Pero ¡qué tierna! ¿De verdad crees que tienes elección? —responde René.

Después, se lleva las manos al cinturón y, en ese momento, el tío al que yo estaba machacando en el ring me suelta un derechazo que me deja aturdido por un segundo.

Me lanzo hacia él con toda la rabia contenida por lo que acabo de ver y le doy un cabezazo que le rompe el tabique nasal.

Comienza a sangrar, pero me olvido de él para devolver la mirada a Alba justo en el momento en que René le da una bofetada que la hace caer hacia atrás.

El muy hijo de puta tiene la polla fuera.

Me agacho y saco de la tobillera las gafas transparentes y el arma. Cuando me levanto para apuntar a René, veo el instante exacto en que Alba levanta ambas manos y le clava un puñal en el pecho. El cabrón apenas tiene tiempo de entender lo que acaba de pasar antes de desplomarse en el suelo.

Desvío la mira que aparece en mis gafas y disparo a los dos guardaespaldas que los rodean, incrustando una bala en cada una de sus frentes.

Mathis ha neutralizado a otro de ellos y Alba aprovecha el estallido de gritos en el local para coger su bolso de las manos de uno de los guardias muertos y sacar su Glock.

En unos segundos, el sótano se convierte en un caos de disparos y gente corriendo hacia la salida, demasiado estrecha para acogerlos a todos a la vez.

Salto sobre las cuerdas del ring y me coloco junto a Alba, protegiéndola con mi cuerpo.

—¿Estás bien?

—Sí, pero él todavía está vivo y necesito información.

Sé lo que me está pidiendo y también que debería ignorarla, cargarla sobre mi hombro y arrastrarla de vuelta al yate, el lugar del que nunca debió salir.

Sin embargo, me encuentro haciendo todo lo contrario.

Me acerco al hijo de puta y coloco mi bota sobre el mango del puñal que aún sigue clavado en su pecho, presionando para que la hoja se hunda un centímetro más.

—¡Canta!

—¿Quién eres? —balbucea escupiendo sangre.

—Tu peor pesadilla. Y ahora dime cómo coño habéis conseguido esquivar las redadas policiales después de que Feng fuera exterminado.

—No s-sé de qué coño hablas.

Saco la navaja que llevo en la tobillera, mi favorita, no porque tenga un diseño especialmente bonito, sino porque su punta está tan afilada que me permite dibujar sobre la piel con una precisión increíble.

Me agacho junto a él, levanto su camiseta y comienzo a cortar, ejerciendo la fuerza suficiente para que la sangre brote, pero sin llegar a dañar ningún órgano.

—Uy, creo que se me ha caído el cuchillo en tu estómago. Fíjate, tienes una sangre preciosa.

Es cierto, el líquido que mana de su cuerpo es de un color rojo tan brillante que, por un momento, me quedo embelesado mirándolo.

—Maldito psi-psicópata de mi-mierda.

—¿Te refieres a mí? —pregunto ofendido. Tose e intenta apartarse, pero no tengo más que agarrar el mango del cuchillo que atraviesa su pecho para que vuelva a permanecer quieto—.

Puedo hacer esto muy rápido o seguir jugando y cortando tu piel hasta que toda ella quede impregnada con tu sangre. ¿Qué eliges?

—Ella os matará a todos —sisea.

Ignoro su amenaza y trazo una «A» con mi navaja que ocupa todo su rostro, la punta en el centro de su frente y las patas recorriendo sus mejillas hasta acabar a ambos lados de su boca.

De repente, fija su mirada en mis ojos, su expresión se transforma en una de puro terror y me llama como nadie lo había hecho en muchos años.

—Abismo.

Mi mente se nubla, las paredes a mi alrededor se tornan oscuras, casi negras, y el suelo se impregna de la sangre de los hombres que han sido torturados en estas celdas.

Sus voces inundan mi cabeza.

Un solo apodo pronunciado de mil formas distintas. Con odio, con horror, con impotencia. Entre gritos, desgarros y súplicas.

«Abismo».

Tal como tiene que ser, destruyo todo lo que hay a mi alrededor.

Hago algo más que seguir su orden: la llevo al extremo y convierto el mundo en un puto infierno. Mi infierno. Ese del que nadie regresa.