10. Alex
ALEX
Nuestra reunión de negocios ha terminado hace un rato y ahora Mathis y yo tomamos una copa mientras nos relajamos hablando de temas menos intensos.
Lleva cinco años comprándonos armas sin fallar en un solo pago y quería saber si contaría con nuestro apoyo si decidiera ampliar su negocio hacia el centro de Francia.
Mi respuesta ha sido contundente: si paga el precio que acordemos, tendrá las armas que necesite.
Me levanto del sofá y me acerco a la barandilla del reservado en el que estamos, desde donde puedo divisar la pista de baile casi al completo.
Hace un rato que no veo a Alba y, aunque sé que Parker y Hughes están vigilándola, mi obsesión por ella no ha disminuido ni un ápice desde que nos subimos al maldito yate de mi primo.
Hago un barrido visual buscándola, repaso la sala tres veces, pero no la localizo y una sensación extraña se acomoda en mi garganta.
Saco el móvil del bolsillo del pantalón y abro la aplicación GPS.
No fui tan estúpido de intentar hackearle el teléfono, me habría descubierto a la primera, pero sí que coloqué un nanorrastreador en todos sus zapatos izquierdos.
La aplicación la ubica a casi ocho kilómetros de la discoteca y eso es raro de cojones.
No me molesto en disculparme con Mathis antes de salir del reservado y dirigirme a la esquina en la que se encuentra Parker. De camino, le hago un gesto a Hughes para que me siga.
—¿Dónde coño está? —pregunto en la cara de Parker.
—Estuvo bailando un rato, luego se tomó una copa y…
—¡No te he pedido un informe de lo que ha estado haciendo durante la noche, te he preguntado que dónde está en este jodido momento!
—En el baño dándose el lote con un tío al que ha conocido.
—¿Qué has dicho? —siseo sin levantar la voz, pero me aproximo tanto que mi nariz se encuentra a solo un par de centímetros de la suya. Quiero darle un cabezazo y ver cómo la sangre cae a chorros de ella.
—Bueno, estuvo bailando con un pijo y luego se lo llevó al baño.
Me contengo porque no tengo tiempo para perderlo con estos gilipollas y me voy dando zancadas hasta el aseo. Entro y comienzo a abrir los cubículos mientras las mujeres que hay allí me gritan o salen corriendo.
No está.
Repito el mismo proceso en el baño de hombres y obtengo idéntico resultado.
La ira burbujea en mis venas y empiezo a verlo todo rojo.
Al salir, me encuentro de cara con Parker y le pego el cabezazo que me he aguantado antes.
La sangre comienza a gotearle por la barbilla, pero no es suficiente.
Le doy un puñetazo en el estómago y choca de espaldas contra la pared del pasillo, pero no intenta defenderse.
Estoy a punto de golpearle de nuevo cuando escucho mi nombre.
—Joder, Alex. Aquí no —masculla Mathis sin atreverse a tocarme—. ¿Qué está pasando?
—Lo que pasa es que estos dos gilipollas tenían que vigilar a la chica que ha venido conmigo y la han perdido de vista.
—Lo siento, pensamos que querría intimidad. Solo han sido diez minutos y hemos estado controlando la entrada al pasillo. Juro que no ha vuelto a salir. No he apartado la vista ni un solo momento —afirma Hughes.
—Hay una salida de emergencia al final del pasillo —apunta Mathis—. Da a un callejón lateral.
Me dirijo disparado hacia allí y al salir me recibe la penumbra.
Enciendo la linterna del móvil y comienzo a buscarla mientras grito su nombre.
Mis hombres y Mathis hacen lo mismo que yo hasta que este último encuentra a un chaval tirado detrás de un contenedor semiinconsciente.
Lo despierto de una patada. Está aturdido, pero tarda menos de un par de minutos en contarnos la extraña situación que ha vivido esta noche con una mujer de pelo color rosa chicle.
Abro de nuevo la aplicación de rastreo y veo que ahora se halla a veinticinco kilómetros de aquí y que sigue alejándose.
—Mierda, va en coche. ¡Nos vamos!
—Voy contigo —afirma Mathis, y la verdad es que en estos momentos me da igual lo que haga. No me niego, pero tampoco espero—. Este es mi territorio, te seré de ayuda.
Nos montamos en mi coche y mis hombres lo hacen en el todoterreno negro en el que han venido. Ambos son de alquiler y cuando piso el acelerador a fondo, echo de menos la potencia de mi Shelby.
Le lanzo el teléfono a Mathis.
—Guíame.
—¿Tienes idea de a dónde puede estar yendo?
—Si la tuviera, no necesitaría rastrearla —respondo con furia.
—Sigue por la departamental D-650, así que lo más seguro es que se dirija a Cherburgo.
—¿Qué mierda hay en Cherburgo?
—No lo sé, Alex. Es una puta ciudad. Si me dices quién es la chica, igual puedo ayudarte mejor.
Resoplo. No voy a contarle nada de Alba. No quiero que nadie sepa sobre ella y mucho menos que se le acerquen.
—Solo tienes que saber que la están buscando y que he de recuperarla cueste lo que cueste.
Piso el acelerador más a fondo y adelanto a los pocos coches que me encuentro en el camino invadiendo el carril contrario.
Necesito llegar hasta ella cuanto antes.
No me importan los motivos por los que se ha escapado ni a dónde se dirige, porque, cuando acabe la noche, ella estará encerrada en el yate y no volverá a pisar tierra firme hasta que a mí me dé la gana.
—¡Se ha parado! —grita Mathis, sacándome de mis pensamientos—. ¡Joder, no! Dime que no va a donde creo que va. ¡Mierda!
—¡Habla de una puta vez! —Me distraigo de la carretera para mirarlo y estamos a punto de colisionar de frente contra un camión cisterna. Por suerte, ha dado un pitido que ha captado mi atención y he conseguido esquivarlo con un volantazo justo antes del inminente impacto.
—Joder, frena un poco, vas a matarnos a los dos. —Hace una pausa—. Entiendo que la chica te importa de alguna manera, así que no va a gustarte saber que está en el Velvet.
—No tengo ni idea de qué es eso. Habla claro, joder.
—La planta baja es un club de moda, una discoteca pequeña a la que acude la gente pija de la ciudad, pero el sótano es un puticlub, uno con reputación de poder conseguir a la chica que quieras. No sé de dónde las sacan, pero todo el mundo sabe que algunas no están allí por voluntad propia.
—¡Joder! —grito mientras doy golpes al volante. Estoy tan furioso que podría matar a Parker y a Hughes ahora mismo si los tuviese delante—. ¡Putos imbéciles ineptos! ¿Cuánto nos queda para llegar?
—Quince minutos.
—Serán diez.
—No va a ser fácil sacarla de allí, Alex.
—Me importa una mierda si es fácil o no. Te juro que ella vuelve conmigo esta noche, aunque tenga que quemar todo el maldito edificio.
Pensar que algo puede haberle pasado me está matando por dentro.
Se supone que se encuentra bajo mi protección y le he dado libertad suficiente para que haya escapado de mí.
Intuyo que no ha elegido este local al azar, pero ni en siete vidas habría pensado que sería capaz de hacer algo tan absurdo como ir a uno de esos clubs sin ningún tipo de apoyo.
Aparco el coche encima de la acera y, antes de salir, Mathis me pide calma.
—Déjame hablar a mí. Conozco a René desde hace años y creo que puedo conseguir que nos dé a la chica. ¿Todavía peleas?
—¿A qué coño viene eso?
—Hay un ring en el sótano. Este lugar se convierte en un club de lucha clandestino durante los fines de semana. A René le encantan los combates, cuanto más duros y sangrientos, mejor. Suele concederle un favor al ganador, además de un buen fajo de billetes.
—¿Quieres que pelee para llevármela a ella?
—Es eso o entrar dando tiros, y te aseguro que siempre va bien acompañado de sus hombres.
—Está bien, probaremos primero a tu manera, pero si algo no me gusta, me lío a tiros y me la llevo de allí.
Mathis llama por teléfono a René y le avisa de que está por la zona y que va para allá con un luchador que está seguro de que va a dar espectáculo.
Mientras él habla, saco de la guantera mi nueve milímetros, las gafas transparentes y un par de cargadores de reserva con balas de color rojo anaranjado.
Lo coloco todo en mi tobillera y Mathis se queda mirando con los ojos muy abiertos.
—¿Eso es lo que creo que es?
Asiento en un gesto seco y salgo del coche.
Entiendo su reacción. Hace solo unos meses que Amapola salió al mercado y su reputación ya ha corrido por toda Europa como la pólvora.
Mathis acelera el paso para ponerse a mi lado y saluda al tío de la entrada de la discoteca cuando nos acercamos.
Este nos deja pasar y el que está a su lado nos abre el camino hasta una puerta negra de metal situada detrás de la barra principal.
Antes de permitirnos el acceso, nos pide que le demos las armas.
Le entrego la que llevo a la cintura y mi colega hace lo mismo.
—¿Es todo? —pregunta mirándonos alternativamente a uno y a otro.
—¿Es que te apetece cachearme o qué? —respondo vacilándole, y el tío nos abre para que pasemos.
Bajo las estrechas escaleras detrás de Mathis y comienzo a buscar con la mirada a Alba, pero no está en ninguna jodida parte.
El sitio se encuentra repleto de tíos vestidos con trajes caros que babean encima de mujeres semidesnudas.
La mayoría de ellas parecen demasiado jóvenes para trabajar aquí y eso me cabrea.
Cuento seis hombres con pinta de formar parte de la seguridad del local.
Están de pie en zonas estratégicas, apartados, pero lo suficientemente visibles como para que nadie se olvide de su presencia.
Sigo buscándola en cada puto rincón hasta que mi socio me golpea en el hombro y me señala con la mirada al tipo que tenemos a solo unos metros a la izquierda. Se encuentra sentado junto a una mesa, observando cómo un luchador destroza a otro en el ring.
—Mathis, colega. —Se levanta al vernos y esboza una sonrisa mientras le tiende la mano.
—René, ¿cómo va la noche?
—Pues de momento me ha traído varias sorpresas, entre ellas, que me hayas llamado. Hacía mucho que no te veía en uno de mis clubs.
Su sonrisa desaparece y da paso a una mirada escrutadora. No se fía.
—Sabes que esto no es lo mío.