Abismo (Atenea 2) 9. Alex
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9. Alex

ALEX

Tardo apenas unos minutos en encontrar un coche eléctrico y hackear su sistema para poder controlarlo. Me subo y pongo rumbo a Cherburgo, el lugar en el que se encuentra el burdel de la organización de Feng.

No me ha dado tiempo a planificar mi intrusión en el local, pero lo mejor será entrar como si fuese uno más de sus clientes.

Según lo que he averiguado, primero tendré que pasar por una sala a pie de calle que hace las veces de pequeña discoteca.

El burdel, mi objetivo real, se encuentra en el sótano del mismo edificio y no creo que me dejen acceder así como así.

Deberé improvisar sobre la marcha. Mi meta es conseguir cualquier información que pueda servirnos en la investigación, pero no puedo permanecer mucho tiempo allí dentro, no sería seguro.

El plan es entrar, dar una vuelta, puede que tomar un refresco y marcharme sin llamar la atención.

Nunca he salido sola de misión. Vega siempre insiste en que, como mínimo, vayamos en parejas y que contemos con una tercera persona de refuerzo que nos guíe a través del sistema de escucha. Yo suelo ser esa tercera persona.

Cierro los ojos. Soy plenamente consciente de que, si Vega se entera de esto, estará en todo su derecho a dejarme fuera del equipo, pero ya es demasiado tarde para abortar el plan.

«Echaré una mirada y después me iré», me intento autoconvencer. Solo necesito obtener algo de información que me ayude a facilitarles la misión a mis compañeros, esa en la que apenas podré asistirles desde la distancia.

Me sorprende el ambiente que encuentro en la discoteca. Esperaba un antro de mala muerte, oscuro y solitario, y lo que tengo delante se parece más a un club de moda, con mobiliario moderno, música alta y gente atractiva bailando y tomando cócteles.

Trato de pasar desapercibida y me coloco en una esquina desde la que puedo observar tanto al personal de la barra como a gran parte de los clientes.

Apenas llevo cinco minutos de vigilancia cuando escucho a una de las empleadas ordenar a un compañero que baje dos cajas de bebidas al sótano.

Me acerco a ellos y sigo al chico fingiendo que respondo un mensaje en el teléfono.

Cuando veo que se mete por una puerta de metal negro, acelero el paso, coloco el pie y consigo que no se cierre a su espalda.

Disimulo un poco más con el móvil y, cuando estoy segura de que nadie me mira, me cuelo por el mismo lugar por el que ha desaparecido el camarero.

Las escaleras son estrechas y bastante empinadas. Tengo que apoyar la mano en la pared para bajar con cuidado, no tengo ganas de hacer una entrada triunfal rodando hasta el último escalón como una pelota gracias a mis zapatos de tacón.

Cuando llego abajo, me asomo un poco, alerta por si alguien está observando el acceso.

Este lugar es mucho más oscuro que la sala de arriba, y también más íntimo.

La iluminación es tenue, dominada por luces rojizas y amarillas que encajan a la perfección con el ambiente, cargado de alcohol, un perfume dulzón y algo más difícil de identificar.

Pero lo que realmente me sorprende es el enorme ring de boxeo situado en el centro de la estancia y que no encaja en absoluto con el resto del local.

Las cuerdas blancas rodean la plataforma elevada como si aquello fuese un club de lucha clandestino.

«¿Es posible que esto sea un burdel y a la vez un club de lucha?».

Paseo la mirada por el local y no encuentro entrenadores ni gente bebiendo mientras hace apuestas, sin embargo, ese ring está ahí, ocupando el centro de todo esto, por una razón.

A su alrededor hay varias mesas redondas donde la gente parece disfrutar no solo de la bebida, sino también de otras sustancias. Veo varias chicas subidas en el regazo de algunos hombres, parejas besándose y otras a las que poco les falta para follar aquí, delante de todos.

Siento el ambiente enrarecido, como si todos estuviesen esperando algo.

Los hombres disfrutan de las chicas, pero dirigen su mirada hacia el ring cada pocos segundos, y entonces, ocurre.

Varias luces se encienden y enfocan el cuadrilátero cuando una barra de pole dance comienza a surgir lentamente desde el suelo, elevándose con un suave zumbido hasta quedar en una perfecta vertical en el centro de la tarima.

Un par de hombres silban, otros se recuestan en sus asientos, preparados para disfrutar del espectáculo.

Una chica exuberante, vestida con un biquini brillante de color rojo que atrapa la luz de los focos, aparece entre las cuerdas del ring.

Se acerca con seguridad a la barra, la coge con una mano y se desliza suavemente, haciendo que su cuerpo gire en torno a ella.

La música es ahora más suave, sensual, y el ring se convierte en un escenario de baile erótico.

Aprovecho que todo el mundo la mira a ella para sentarme en una mesa apartada.

Mi problema es que no puedo pasar desapercibida con tanta facilidad como lo he hecho en el piso de arriba.

Mi aspecto aquí desentona con el del resto de las chicas de la sala, básicamente, porque estoy demasiado vestida.

Todos los clientes son hombres y las mujeres o son empleadas, o bien han venido de acompañantes de alguno de ellos, y yo estoy aquí sola, llamando demasiado la atención.

Una camarera se acerca y decido quedarme solo unos minutos más. Pido una copa sin alcohol.

—¿A quién buscas? —pregunta sin confirmar si me ha escuchado.

—A nadie. Solo he venido a ver el espectáculo. —Le muestro una sonrisa pícara mientras hago un gesto con la cabeza hacia la chica que sigue moviéndose de forma sensual sobre el escenario.

—No lo creo. —Finjo prestar atención a lo que sucede en el ring, esperando que la camarera se canse de ser ignorada y se vaya, pero la muy puñetera insiste—.

Mira, no sé quién eres ni por qué te has colado esta noche, pero te aseguro que no quieres que el jefe te encuentre aquí.

No acostumbro a dar consejos gratis, pero es mejor que te largues.

—No recuerdo haberte pedido alguno.

—Tú misma. En ese caso, nos veremos a menudo a partir de ahora.

Se da la vuelta y se marcha sin darme la oportunidad de preguntarle a qué se refiere y, aunque lo intuyo, no me echo atrás. La copa me la sirve una chica distinta en completo silencio y esta ni siquiera me mira a los ojos cuando le sonrío en agradecimiento.

No voy a negar que la actitud de las camareras me ha puesto un poco nerviosa, tanto que no estoy segura de arriesgarme a probar la bebida por si le han añadido alguna sustancia extra.

Rozo con la palma de la mano mi muslo, convencida de que notar la daga bajo la tela del vestido me tranquilizará, pero no funciona como esperaba. Miro a mi alrededor y descubro que varios pares de ojos me observan desde la distancia.

«Mierda. Venir sola ha sido un error».

Estoy a punto de levantarme cuando una sombra se cierne a mi espalda.

—Buenas noches. Espero que no te importe que te acompañe.

—Un hombre de unos treinta, vestido completamente de negro y con la cabeza rapada ocupa el asiento libre a mi derecha.

Habla francés y diría que este es su idioma nativo.

Su forma de actuar, segura y con un toque arrogante, me dice que es alguien con poder al que no me conviene enfadar—.

Llevo unos minutos observándote y no he podido evitar acercarme.

—Lo siento, no hablo francés —le miento en mi idioma para mantener mi tapadera.

—Oh, eres inglesa. Nunca lo hubiese dicho.

—¿Y eso por qué?

—Mi experiencia con las inglesas me ha demostrado que son mujeres frías, pero tú no lo pareces.

—Generalizar no es bueno.

—Tienes razón. —La segunda camarera, la que no me ha hecho ni caso, aparece con una bebida y la deja frente a mi nuevo acompañante. Él da un sorbo y se acomoda en la silla—. ¿Sabes? Es la primera vez que una mujer entra sola en mi club.

—Yo veo a varias mujeres sin acompañante —afirmo intentando mostrar seguridad.

—¿Ellas? Ninguna está sola, todas trabajan para mí. Unas son mis camareras y otras mis putas.

Trato de mantener la mirada en el ring. La mujer que bailaba se ha marchado y, en su lugar, hay un maestro de ceremonias presentando a dos luchadores que permanecen cada uno en una esquina del cuadrilátero.

Ambos van vestidos con pantalones cortos, zapatillas deportivas y camiseta de tirantes blanca, como si se tratase de una especie de uniforme de boxeador.

Son enormes y, aunque los dos mantienen una postura agresiva, lo que veo en los ojos del que está a la derecha va mucho más allá de la competitividad.

He visto antes esa mirada, esa sed de violencia.

—Me gusta tu local —afirmo apartando la mirada del luchador cuando comienza la pelea.

—Sí, me he dado cuenta de eso. De otra forma, no te habrías colado.

—Lo siento. —Hago un puchero—. Es solo que me aburría arriba. He escuchado a alguien decir que la verdadera diversión se encontraba en el sótano y me han entrado ganas de comprobarlo.

Apoyo la mano en su hombro y me agarra de la muñeca con demasiada fuerza.

—Nadie me toca sin mi permiso —gruñe, y sus ojos se clavan en los míos con una frialdad que me asusta. Veo el peligro en ellos y también la crueldad.

—Yo… Lo siento —musito tratando de retirar mi mano de su agarre.

Al principio me sujeta con más fuerza, tanto que duele, pero pocos segundos después me suelta tan rápido como me ha atrapado.

Hago como si no me ardiera la zona donde sus dedos han presionado hasta cortar la circulación y, en lugar de echarme atrás y tratar de escapar, me muerdo el labio de forma sensual—. Eres fuerte.

Me escruta con la mirada buscando debilidades, secretos, dobles intenciones que me hayan traído aquí esta noche, pero no se me da mal ocultar lo que pienso, así que no encuentra nada de lo que busca y eso lo cabrea.

—¿A qué coño has venido a mi club?

—A nada, ya te lo he dicho. Buscaba algo más excitante y creo que lo he encontrado. —Sonrío de forma sugerente—. Pero bueno, si no soy bien recibida, me marcho.

Me levanto fingiendo estar molesta y vuelve a sujetarme de la muñeca. Esta vez tirando de ella hasta hacerme caer en su regazo.

—No.

Suelto una risita tonta, pero creo que puede ver el miedo a través de mis ojos.

«Soy idiota». Solo a una idiota se le habría ocurrido venir a un burdel propiedad de una de las mayores organizaciones de trata del mundo sin refuerzos y sin informar a nadie de lo que iba a hacer.

—¿No?

—Acabas de decir que has venido buscando una experiencia excitante y a mí no me gusta decepcionar a nadie y menos a una muñeca tan bonita como tú.

—Su mano acaricia mi rodilla, dibujando círculos en mi piel a la vez que asiste atento al combate.

El luchador en el que me he fijado antes ha derribado al otro y le está dando patadas en el estómago mientras le grita que se levante y le proporcione la pelea que merece.

Trago saliva y observo de reojo cómo mi acompañante disfruta del espectáculo.

Su mano comienza a trazar un camino ascendente por debajo de la tela de mi vestido y noto cómo su miembro se endurece debajo de mí.

Me tenso y aprieto los muslos para que no pueda avanzar.

Si sube un poco más, se encontrará con la daga que llevo atada al muslo y entonces sí que estaré en problemas—. Abre —ordena mirándome a los ojos.

—Me halaga que quieras estar conmigo, pero vas un poco rápido. ¿Qué te parece si nos tomamos la copa primero? —sugiero con voz dulce mientras trato de apartarme, cosa que él no me permite, rodeando mi cintura con uno de sus brazos.

—Vamos, no te hagas la dura conmigo, cariño, no te conviene. Alguna ya lo ha intentado antes que tú, pensando que conseguir la atención del jefe la haría ganar un trato de favor. Pero te cuento un secreto —me susurra al oído—: la cosa no funciona así.

—Creo que te equivocas. Yo no trabajo para ti.

—¿Estás segura? Porque podrías convertirte en una de mis putas favoritas por una temporada.

Me chupa la mejilla como si fuera una piruleta y, en ese momento, sé que no voy a aguantarle ni una más a este gilipollas.

Me preparo para atacar cuando hace presión con su mano para abrirme las piernas, pero entonces su teléfono suena y, como si no hubiese estado a punto de forzarme, descuelga y comienza a hablar amigablemente en francés sobre una próxima pelea.

Aprovecho un momento de distracción para levantarme de su regazo y él me lanza una mirada de advertencia.

Me giro hacia la salida y la descubro custodiada por dos hombres que asumo trabajan para el mafioso del que intento deshacerme. Uno de ellos se acerca y me ordena que me siente y permanezca tranquila hasta que el jefe termine su llamada.

Observo el local con detenimiento. El combate ha terminado y la mayoría de los hombres están ahora centrados en beber y manosear a las mujeres que tienen a su alrededor.

Cierro los ojos. Necesito pensar. He de encontrar la manera de salir de aquí y sé que se me está acabando el tiempo.

Si saco mi Glock del bolso, podría disparar al hijo de puta que tiene en mente violarme esta noche, pero no me daría tiempo a matar también a sus dos gorilas antes de que uno de ellos me pegase un tiro.

Necesito ganar algo de tiempo.

—Perdona, tengo que ir al baño —pido al que me ha ordenado sentarme.

Mira a su compañero durante lo que parece una eternidad y al final asiente.

—Llévala y quédate en la puerta —ordena al otro y vuelve a dirigirse a mí—. Te guardaré el bolso.

—Pero quería aprovechar también para retocarme el pintalabios —respondo haciendo un mohín y, por su gesto impasible, sé que mi estrategia no ha funcionado. El tío desconfía de mí, seguramente desconfíe de todos, y no le falta razón: quiero mi bolso para llamar a Alex y sacar mi arma.

—No. Y lárgate antes de que cambie de idea.

Camino en la dirección que me ha señalado notando cómo el otro gorila me sigue a un par de metros de distancia. Me siento como si estuviese cruzando el corredor de la muerte. Cada paso que doy, me aleja más de mi Glock y, con ello, de una posible vía de escape.