8. Alba #2
Me muerdo el labio. Si pudiera acompañarlo a tierra firme, podría apañármelas para llegar hasta Cherburgo e investigar el club sobre el que he pasado casi una hora buscando información.
Es arriesgado ir allí sola y no quiero pensar en lo que dirá Vega si llega a enterarse, pero…
Quizá pueda acercarme solo a dar una vuelta, observar si hay algo que me llame la atención y que pueda servirnos para llegar hasta el nuevo líder de la organización.
Lo miro y le pongo cara de niña buena.
—Yo desayuno, como y ceno contigo a partir de ahora, y además me comprometo a ser un poco más social durante el tiempo que estemos en este yate… con una condición.
—Miedo me das. ¿Qué es lo que quieres?
—Llévame contigo esta noche. Te prometo que no me pegaré a ti ni a tu socio, solo quiero salir un poco de aquí, pisar tierra firme y pasar una noche agradable. No te enterarás de que estoy en el mismo local que vosotros hasta que sea la hora de irnos, lo prometo.
Me observa pensativo durante unos segundos y finalmente chasquea la lengua, como si no estuviera seguro de su decisión.
—Puede que Liam y la mismísima Sombra se me echen encima si lo descubren, pero a la mierda. Tienes veinte minutos. Si tardas más, me voy sin avisar.
Lanzo un grito silencioso de celebración cuando se marcha y me pongo manos a la obra.
Abro el armario y saco el único vestido de noche que he traído.
Es de color verde esmeralda, tiene un poco de brillo y me llega justo por encima de la rodilla, pero lo que más me gusta de él es el toque sexy que le da la abertura lateral que me sube hasta el muslo derecho.
Lo combino con unos zapatos de tacón de color beige y, antes de dirigirme al baño para maquillarme, meto mi Glock 43 dentro de un bolso de mano del mismo color y me ajusto con cuidado el liguero táctico con la daga que me acompañará esta noche.
Cambio las gafas por lentillas, me aplico delineador negro para enmarcar los ojos y un labial en el mismo tono rosa que mi pelo.
Con el poco tiempo que Alex me ha dado, no puedo hacer más.
Cuando llego a cubierta, todavía me sobran dos minutos.
Alex me observa con detenimiento y se ahorra el comentario mordaz que imagino que está a punto de soltar. Me sorprende ver que el yate ha atracado en un pequeño puerto y ni siquiera lo he notado. Sin duda, es un alivio pisar tierra firme.
Un coche nos espera cerca y hacemos el trayecto en silencio. No es que adore hablar con este hombre, pero empiezo a sentirme nerviosa a su lado cuando llegamos a nuestro destino y todavía no ha dicho ni una sola palabra.
Antes de entrar en la discoteca, miro hacia atrás y veo que los dos guardias que nos acompañan durante nuestro viaje han llegado en otro coche y nos siguen a cierta distancia. Es un problema que ya había considerado y que espero no me cueste demasiado sortear.
—Iré a dar una vuelta por el local. ¿A qué hora tienes previsto que nos vayamos? —pregunto intentando sonar agradable para ganarme su confianza, con la que necesito contar esta noche.
—No lo sé. Estaré con Mathis por aquí y te buscaré cuando termine.
Si necesitas algo antes, pídeselo a ellos.
No te quitarán el ojo de encima en ningún momento —responde con un toque de advertencia.
Desde lo que ha pasado en la cubierta esta mañana está más serio de lo normal y no sé si eso tiene algo que ver conmigo o no.
Cuando se aleja sin añadir nada más, necesito unos segundos para reponerme y volver a centrarme en lo que realmente importa esta noche, porque lo cierto es que acaba de facilitarme las cosas. Ahora solo tendré que dar esquinazo a los guardias.
Miro a mi alrededor buscando un objetivo que pueda ayudar a mis planes y lo encuentro esperando a ser atendido en la barra.
Es un chico de unos veinticinco años, con pantalones de vestir de color camel, camisa blanca y mocasines.
Lleva el pelo engominado y un reloj caro en la muñeca, pero lo que en realidad me ha hecho elegirlo es lo pagado que parece de sí mismo. Se gusta.
Me apoyo en una mesa alta y clavo la mirada en él durante un rato hasta que sus ojos conectan con los míos.
Le sonrío de forma seductora y bebo de mi copa sin apartar la mirada.
Cuando me devuelve la sonrisa y me hace un gesto para que me acerque, sé que lo tengo justo donde quería.
También soy consciente de que no puedo alargar esto demasiado, así que me dirijo hacia él con paso seguro.
—Hola. Verás, sé que va a sonarte un poco raro, pero acabas de ayudarme con un problema.
Mis amigas no me creen capaz de acercarme a un tío y…
, ya sabes, ligar con él. Se han pasado la noche diciendo que no tengo lo que hay que tener para lanzarme a por lo que quiero y, bueno, me he propuesto demostrarles lo contrario. ¿Te apetece tomar una copa conmigo?
Me mira de arriba abajo y sonríe como si fuese un trozo de pastel que piensa disfrutar en breve. Después se acerca para que pueda escucharlo por encima de la música alta que suena en el local.
—Acepto la copa. Vamos a demostrarle a esas amigas tuyas lo equivocadas que están.
Su aliento choca en mi oreja y me da repelús, pero finjo estar encantada. Pido un gin-tonic y me aseguro de no quitar los ojos de mi bebida en ningún momento, nunca sabes cuándo o dónde pueden sorprenderte y yo a este tío no lo conozco de nada.
Se acerca a sus amigos y les dice algo que no llego a escuchar, pero que provoca los vítores de estos. No hace falta ser muy inteligente para saber qué les ha dicho. Después, pone su mano en la parte baja de mi espalda y me dirige a la pista de baile.
Tan pronto comenzamos a movernos, le muestro una versión más seductora de la chica a la que acaba de conocer.
Balanceo las caderas al ritmo de la música mientras me acerco un poco más a mi acompañante.
Apenas han empezado a sonar los acordes de la segunda canción, cuando ya tengo su lengua en mi boca.
«Qué puto asco».
Hago de tripas corazón y le rodeo el cuello con las manos, acto que él aprovecha para poner las suyas en mis caderas y pegarme más a su cuerpo. Busco a los hombres de Alex con la mirada y confirmo que me están vigilando antes de lanzar mi propuesta al oído del tío del que ni siquiera sé el nombre.
—Busquemos un sitio más tranquilo.
Sé que hay un callejón al que se accede por el pasillo de los baños y espero que él lo conozca también.
Los guardias pensarán que hemos ido a follar y confío en que tengan la decencia de darme un poco de espacio.
El chico engominado me coge de la mano y se para frente al servicio de mujeres, se percata de mi cara de asco y sonríe, llevándome justo por donde quería.
El callejón está más oscuro de lo que pensaba y eso juega a mi favor.
—¿Te parece suficientemente tranquilo, belleza?
—Es el lugar perfecto para lo que tengo pensado.
Doy unos pasos hacia atrás para alejarme de la salida del local y adentrarme en una zona más oscura.
Luego, le hago un gesto con el índice para que se acerque y le lanzo mi sonrisa más seductora.
Medio segundo después avanza hacia mí con ese toque chulesco que he detestado desde el primer momento en que lo he visto.
Dejo que se confíe, que crea que tiene el control y, cuando está cerca, actúo. Es un solo movimiento, rápido, limpio y preciso bajo su oreja, en la zona cercana a la nuca. Uno que he practicado cientos de veces con Lucas hasta el punto de perfeccionarlo.
Tal como esperaba, mi cita de esta noche cae inconsciente en el suelo.
Lo arrastro hacia el fondo del callejón y lo dejo sentado detrás de unos contenedores. Tendría que haber traído unas bridas para inmovilizarlo y algo que sirviera de mordaza, pero es lo que tiene actuar por impulsos.
Salgo de allí sin mirar atrás, con la esperanza de que no despierte antes de lo previsto y ponga en alerta a los hombres de Alex.
Estoy segura de que, si me paro a valorar con detenimiento lo que acabo de hacer o lo que tengo en mente para las próximas horas, acabaría cancelando los planes, y eso es lo último que quiero; así que mi única opción es no pensar en las consecuencias y seguir guiándome por mi instinto.
Al fin y al cabo, tampoco me ha ido tan mal hasta ahora.