8. Alba
ALBA
Salgo a la superficie para coger oxígeno. No me creo lo que el energúmeno con el que estoy obligada a pasar mis días acaba de hacer. El agua está helada a esta hora de la mañana y encima he perdido mis sandalias en el mar.
Me paso las manos por la cara para eliminar el exceso de agua y me giro para descubrir que el muy cabrón ni siquiera ha ordenado que paren el yate.
«No se atreverá a dejarme aquí».
Alex sigue sobre la cubierta y yo lo miro con odio. Veo cómo se limpia la sangre de la nariz con un pañuelo y después mete ambas manos en los bolsillos del pantalón y me observa con una sonrisa triunfal.
Cuando descubro que la embarcación se aleja cada vez más, empiezo a dudar de mi primer pensamiento.
¿De verdad será capaz de dejarme en medio de la nada?
Los rumores que he escuchado sobre él dicen que es un hijo de puta sin escrúpulos, capaz de convertirse en la pesadilla de cualquiera que se interponga en su camino. Hablan de locura, incluso de sadismo.
El barco es solo una mancha en el horizonte y entonces me doy cuenta de que ha sido una mala idea traspasar sus límites. Estoy segura de que estamos lejos de la costa y, aunque no fuese así, ni siquiera sabría en qué dirección comenzar a nadar.
Empiezo a ponerme nerviosa. Mi entrenamiento me obliga a buscar cualquier vía de supervivencia, pero solo veo agua por todas partes.
Nadie sabe dónde estamos con exactitud y Vega no espera mi llamada hasta mañana por la tarde.
Quedamos en que la contactaría cada dos días hasta que partieran con destino a Shanghái, momento a partir del cual los tendré monitorizados 24/7.
Escucho el motor del barco antes de girarme y verlo con mis propios ojos. Ha vuelto. Ha vuelto a por mí.
El imponente yate se detiene a veinte metros de distancia y distingo la figura de Alex, que se aproxima a la barandilla. Me observa en silencio. No hay una orden para mí y tampoco pide al capitán que se acerque más. El alivio que he sentido al verlo se convierte en rabia.
Nado hasta el barco y subo las escalerillas despacio.
El agua cae a chorros de mi cuerpo y forma un gran charco en el suelo cuando me quedo clavada en la cubierta.
Mis ojos conectan con los suyos mientras pienso mil formas de hacérselo pagar y, en ese momento, por si las cosas no pudieran ir peor, comienza a reírse a carcajadas.
—Te crees muy gracioso, ¿verdad?
—Lo siento, no pretendía reírme, pero es que pareces un perro mojado.
Voy a decir cualquier burrada, porque este hombre me saca de mis casillas y se lleva por delante toda la cordura y la sensatez que suelen acompañarme, pero consigo frenarme a tiempo.
Lo observo detenidamente. Se ha limpiado la sangre que le goteaba de la nariz, aunque todavía la tiene roja y un poco hinchada.
—Ya veo. Tu ego ha salido herido cuando te he vencido en el cuerpo a cuerpo y no has encontrado otra opción que intentar humillarme. Eres igual de predecible que todos los hombres.
—Vamos, no te enfades. Solo ha sido una broma. No creerías que soy capaz de dejarte en medio del mar, ¿verdad? ¿Tú sabes lo que Vega me haría si llegase a descubrirlo?
Cierro los ojos, intentando calmar mi furia.
Es inútil hablar con él. Es inmaduro, egocéntrico y está como una puta cabra.
Cuando vuelvo a abrirlos, noto que los suyos están enfocados algo más al sur y se han oscurecido.
Sigo su mirada y descubro que la camiseta blanca se me ha pegado a la piel y se ha vuelto prácticamente transparente.
Mis tetas están expuestas y él no disimula lo que la visión le está provocando.
Enfadada, comienzo a andar en dirección a mi camarote, del cual no tendría que haber salido. Cuando paso por su lado gruño y le golpeo el hombro con el mío. Él vuelve a reírse a carcajadas.
Me quedo el resto del día en mi cabina, ni siquiera he cruzado la puerta para ir a comer, ya lo haré esta noche cuando esté segura de que él se ha ido a dormir.
Estar aquí metida mientras mis compañeros se preparan para cazar a esos cabrones que se dedican a romper y vender mujeres me tiene frustrada. Necesito ayudarlos, ser de utilidad. ¿Qué sentido tiene que yo esté aquí metida cuando ellos se van a jugar el cuello?
He aprovechado el tiempo para avanzar en mi investigación.
Dispongo de todos los archivos que hallamos en el portátil de los chinos ordenados en una memoria externa y es la cuarta vez que los reviso al dedillo.
Hay uno de ellos que está empezando a obsesionarme: el listado de clubs que la organización de Feng ha conseguido reabrir en Europa en los últimos meses y, en concreto, uno de ellos, ubicado casualmente en una ciudad cercana a Barneville-Carteret, donde nos encontramos ahora mismo.
Le doy vueltas a la cabeza pensando distintas formas en las que podría salir de aquí y acercarme a ese club sin que Alex se enterase, pero todas me parecen una locura y terminan conmigo al descubierto. Además, si Vega se llegase a enterar de que he ido por mi cuenta volviéndome a poner en peligro…
Cuando me canso de meterme en callejones sin salida, abro la bandeja de entrada del correo electrónico y encuentro un mensaje de Mara.
Te he llamado como mil veces, pero tu teléfono está apagado. Vega dice que has tenido que irte unos días porque estabas en peligro, pero no ha querido contarme nada más. ¿Cuándo va a entender que quiero formar parte de vuestro mundo?
Saco del cajón de la mesita de noche el teléfono que utilizo para comunicarme con mi equipo y la llamo desde la aplicación que ella también tiene instalada en su terminal y que nos permite conectarnos de forma segura.
—Alba, ¿eres tú?
—La misma. Siento haber desaparecido, pero tu tía te ha dicho la verdad, tenía que alejarme unos días.
—¿Qué ha pasado? ¿Estás bien?
Dudo un par de segundos. No sé lo que Vega le habrá contado y no quiero inmiscuirme entre ellas ni buscarme más problemas de los que ya tengo.
Pero, a pesar de la diferencia de edad entre nosotras, Mara y yo nos hemos convertido en amigas y no estoy dispuesta a mentirle.
Es una chica muy madura y el hecho de que ambas hayamos vivido una infancia complicada, pese a que no hablemos mucho de ella, ha propiciado que se cree entre nosotras una química especial.
—Intentaron secuestrarme dos veces, aunque la segunda fue culpa mía.
—¿Qué dices? ¿Cómo iba a ser culpa tuya?
—Créeme, lo fue. Yo los atraje hasta mí haciéndome la valiente. Tu tía no está muy contenta conmigo que digamos, así que no me ha quedado otra que aceptar su sugerencia y desaparecer por un tiempo.
—Querrás decir su orden —se queja enfadada.
—Bueno, te recuerdo que es mi jefa, así que está en su derecho de darme órdenes y yo debo obedecerlas. Por tu tono al hablar de ella, entiendo que todavía no habéis tenido esa conversación que no haces más que retrasar.
—No la retraso, simplemente, no va a suceder.
—No te cierres. Tu tía es una mujer comprensiva, solo tiene miedo.
—¿Miedo? No me cuentes historias, Alba. Tú no.
—No te mentiría sobre esto. Tiene miedo a perderte, a no hacer bien las cosas contigo y no es que me lo haya confesado, pero puedo verlo en la forma en la que se comporta cuando andas cerca.
—Pues me está asfixiando.
—Lo sé, y por eso mismo debes hablar con ella. Dile que necesitas espacio y tiempo y recuérdale lo importante que es para ti que cumpla la promesa que te hizo: enseñarte a defenderte. No puedes actuar como si ella tuviese que saber lo que piensas en cada momento.
La línea se queda en silencio durante unos segundos antes de que ella cambie de tema. Espero que nuestra conversación le sirva al menos para pensar en ello más tarde.
—¿Y se puede saber dónde estás ahora?
—Eso no puedo decírtelo, pero los días se me están haciendo eternos. Me paso las horas encerrada en la habitación para no coincidir con Alex.
—¿Alex está contigo? No puedo creerme que siempre me pierda toda la diversión —exclama, y recuerdo que Mara adora a Alex, aunque yo no le encuentre ningún sentido a ese cariño.
—Ese idiota no tiene nada de divertido. Es insufrible, Mara. No sé cómo lo aguantas.
—Eso es porque no le has dado una oportunidad de verdad. Es directo, honesto y una fiesta con patas.
—Lo que tú digas —respondo poniendo los ojos en blanco—. Bueno, bonita, tengo que colgar. Aunque la línea es segura, mejor que la llamada sea corta.
—Está bien. Pero, ya que no puedo estar allí con vosotros, prométeme que al menos intentarás llevarte bien con él.
—Me ha tirado por la borda, así que no, no pienso poner nada de mi parte.
—¿De verdad ha hecho eso?
—Sí, pero ya te lo contaré otro día. Descansa.
No han pasado ni cinco minutos desde que he colgado la llamada, cuando alguien da dos golpes a mi puerta.
—Piérdete, Alex.
No se da por aludido y entra como si fuese el dueño y señor del mundo. Va vestido con unos vaqueros y una camisa negra con los dos primeros botones desabrochados, que dejan a la vista parte de esos tatuajes que lo hacen parecer tan sexy. Se ha peinado y también se ha puesto perfume.
—Que conste que he llamado primero, tal como me has pedido esta mañana.
—Lo cual no tiene ningún sentido si no esperas a que te dé paso. —Cierro el ordenador y me levanto para meterlo dentro del armario.
—Ah, ¿pero ibas a dejarme entrar?
—No.
—Entonces estás confirmando que he acertado al hacerlo a mi manera.
Estoy a punto de caer en su juego, pero, en el último momento, me freno y cojo aire para calmarme.
—Alex, ¿a qué has venido?
—Solo quería advertirte que lo de esconderte aquí dentro tiene que acabar. He quedado con un socio en un local y estaré fuera por unas horas, pero a partir de mañana, las comidas las haremos juntos en la cubierta. A cambio, prometo no volver a tirarte por la borda. ¿Hay trato?