7. Alex
ALEX
Llegamos a la marina en uno de los SUV negros de la Hermandad y entramos por la zona de servicio.
Caminamos por los pantalanes, prácticamente vacíos a esta hora de la noche.
Las luces amarillentas del puerto se reflejan en el agua, y el único sonido que acompasa nuestras pisadas es el de los mástiles chocando los unos con los otros de forma suave.
Finalmente, solo nos acompañan dos de nuestros hombres, los de mi mayor confianza. A bordo del yate nos esperan el patrón y dos ayudantes, que cuentan con formación militar.
Conforme nos acercamos, compruebo que han seguido mis indicaciones y las luces exteriores permanecen apagadas.
Capto la sorpresa en la expresión de Alba cuando nos detenemos frente a la embarcación.
El yate de mi primo no es de los que buscan llamar la atención.
Nada de letreros llamativos ni formas extravagantes.
Es grande, pero elegante. El casco es oscuro y casi parece negro bajo las tenues luces del puerto.
He estado a bordo demasiadas veces para sorprenderme, pero entiendo que ella se haya detenido a admirarlo.
Tres cubiertas, motores capaces de cruzar la mitad del Mediterráneo sin esfuerzo y un sistema de seguridad que muchos millonarios querrían para sus casas de lujo.
Soy el primero en subir y siento el leve balanceo del barco bajo mis botas.
La cubierta de popa está revestida de teca pulida, cálida incluso de noche.
En el centro, hay una mesa baja rodeada de sofás blancos donde Liam suele recibir a sus invitados cuando quiere impresionarlos sin necesidad de hablar demasiado.
Observo a Alba con curiosidad. Su mirada se ha quedado fija en la zona de sofás y parece enfrascada en su propio mundo.
Me acerco con sigilo hasta situarme a su espalda, casi tocándola, pero asegurándome de no llegar a hacerlo.
El viento de la noche desplaza sus mechones rosas y deja a la vista un cuello demasiado tentador.
Exhalo sobre su piel y, para mi sorpresa, no se aparta, sino que inclina un poco la cabeza, ignoro si de forma consciente o no, dándome mejor acceso.
Cierro muy fuerte los puños. Necesito contenerme o acabaré suplicando que me deje follarla sobre el maldito sofá blanco.
Siento cómo se le eriza el vello de la nuca y la forma en la que su cuerpo se desplaza ligeramente hacia atrás en busca del mío.
—Creo que pasar unos días contigo a bordo de esta maravilla va a ser mucho más placentero de lo que esperaba —susurro sobre su cuello, y veo que ha cerrado los ojos.
Pruebo su piel con la punta de la lengua y noto que está aguantando la respiración.
«Dios, es imposible que me contenga por más tiempo».
Estoy a un centímetro de hacerle notar mi erección cuando escucho un sonido a nuestra espalda y ella se separa de mí de un salto.
Me doy la vuelta para ver quién se ha atrevido a interrumpirnos y me encuentro al patrón del barco con cara de circunstancias y la mirada clavada en el suelo.
—Lo lamento, señor. Solo venía a comunicarle que ya está todo listo para que salgamos de la marina. Tal como pidió, navegaremos despacio hasta llegar a mar abierto.
—Está bien. Marchémonos cuanto antes.
Miro a Alba, que se ha separado hasta colocarse lo más alejada posible, y sé que el momento se ha ido a la mierda. Evita mi mirada, pero incluso en medio de la oscuridad de la noche, puedo ver lo sonrojadas que están sus mejillas.
Tres días después de nuestra llegada al barco Alba sigue evitándome.
No he conseguido coincidir con ella en ninguna de las comidas y prácticamente no la he visto en cubierta ni en ninguna de las habitaciones comunes.
Al principio pensé que apenas salía de su camarote porque aún le duraba el enfado por haber tenido que marcharse de Londres en contra de su voluntad, pero esa teoría ha caído hoy por su propio peso cuando el capitán me ha dicho que es una chica muy agradable.
Ayer, al acercarnos a la costa de Barneville-Carteret, en el norte de Francia, tuve que contratar una lancha y escaparme para hacer una visita a uno de nuestros socios, que disponía de información bastante valiosa sobre los albaneses que nos están dando problemas en casa.
No me gustó tener que dejarla a bordo. Desembarqué solo y le pedí a los dos guardias que nos acompañan que se quedasen con ella y no la molestaran.
Cuando volví a media tarde, me sorprendió encontrarla sentada en cubierta, disfrutando del aire y el sol mientras tomaba una bebida.
No me dio tiempo a decirle nada porque, en cuanto vio que me acercaba con la lancha, desapareció sin siquiera saludarme.
He sido paciente, ya lo creo que lo he sido, pero el otro día noté que ella también estaba dispuesta a que pasase algo entre nosotros y no pienso desaprovechar la oportunidad de disfrutarla durante los días que dure nuestro encierro juntos.
Son las nueve y media de la mañana cuando irrumpo en su camarote. La encuentro sentada en la cama con el ordenador en su regazo y, al verme entrar, pega un bote y se pone de pie. Lleva unos pantalones cortos de algodón que apenas le cubren el culo y una camiseta de tirantes verde sin sujetador.
—¿No sabes llamar a la puerta? —pregunta con una mezcla de fastidio y vergüenza.
—¿Eso es un pijama? —respondo obviando su pregunta.
Joder, no puedo apartar la mirada de sus tetas.
La tela de la camiseta es demasiado fina y sus pezones parecen felices de saludarme.
Cuando se percata de en donde se concentra mi atención, se cruza de brazos, sin darse cuenta de que solo ha conseguido que estas se junten más y resulten todavía más apetecibles.
Al parecer, la mosquita muerta escondía un buen cuerpo debajo de esas camisetas anchas que tanto le gusta llevar.
—Lárgate de mi habitación, Alex —ordena irguiendo la espalda con orgullo.
—Lo haría, pero en este yate hay muy poca actividad y he pensado que hoy podríamos hacer algo juntos. Llevas tantas horas aquí metida que apenas recordarás cómo es la luz del sol.
—Mira, no tengo tiempo ni ganas de aguantar tus chorradas. Si te aburres, vete a dar una vuelta como hiciste ayer.
—Ah, ¿es eso? ¿Estás enfadada porque no te llevé conmigo? No podía, ratón.
Sus manos se tensan frente a su cara y suelta el aire antes de volver a una posición más relajada.
—No estoy enfadada contigo y me da exactamente igual lo que hagas con tu tiempo siempre que no te cruces en mi camino. ¿Lo pillas?
—Bueno, creo que ellos sí se alegran de tenerme cerca —afirmo con guasa, en alusión a sus pezones.
—¡Serás imbécil! ¡Fuera de mi habitación! —ordena señalando la puerta—. ¡Que te largues!
Me lanza un cojín que esquivo agachándome en el último momento. La observo con una sonrisa en la cara, parece que por fin he encontrado la diversión que me faltaba en esta travesía.
—Te espero en la cubierta en cinco minutos para desayunar juntos. Si no vienes, regresaré a por ti y te llevaré en brazos.
—No serás capaz —me reta, y yo me relamo por dentro.
—Créeme, después de ver lo que escondías bajo toda esa ropa ancha, estoy más que dispuesto a cumplir mi amenaza. De hecho, preferiría que no llegaras a tiempo. —Miro mi reloj y tarareo antes de darme la vuelta y salir de su camarote—: Cuatro minutos y treinta segundos.
Cuando cierro la puerta a mi espalda, escucho un grito de frustración y se me escapa una carcajada.
Paso por la cocina y ordeno a uno de los ayudantes que nos sirvan fuera todo lo que he encargado hace un rato.
Una vez en cubierta, me siento en el centro del sofá blanco en forma de U y coloco mis brazos extendidos sobre el respaldo, disfrutando de la brisa de la mañana y del sonido del mar. Hacía tiempo que no sentía tanta paz.
Alba llega un minuto tarde, pero no abro la boca cuando la veo aparecer sofocada y se sienta a un lado de la mesa, lo más alejada posible de donde yo me encuentro. Me muevo para quedar más cerca y nuestras rodillas se rozan bajo la mesa.
—¿Vas a decirme qué pretendes con este numerito?
—Desayunar acompañado, por supuesto. ¿Café? —pregunto levantando la jarra que lo contiene.
Ella no dice nada y decido servírselo como sé que le gusta, con un chorrito de leche, azúcar moreno y un toque de canela. Haberla observado durante varios días me da cierta ventaja.
Al principio solo me mira con recelo, sin apenas moverse, pero, después de unos minutos, se rinde y decide servirse un cruasán de mantequilla. Se ha cambiado de ropa y ahora lleva puestos unos shorts vaqueros y una camiseta blanca de manga corta, ancha y sin escote alguno.
La veo tragar saliva e intuyo que quiere decirme algo, pero no está segura de hacerlo. En lugar de presionarla como haría con cualquier otro, me esfuerzo por tener paciencia y mantenerme callado. Funciona.
—Me gustaría saber nuestro itinerario.
—No existe un itinerario definido para nuestro viaje, ratoncito. Vamos improvisando sobre la marcha, es lo más seguro. Si nadie sabe a dónde vamos, no pueden encontrarnos.
—¿Tan poco confías en tus hombres? —pregunta tras dar un sorbo a su café. Sus ojos están fijos en los míos y hoy tienen un brillo especial.
—No confío en nadie que no sea yo mismo.
—¿Ni siquiera en tu primo?
Es más astuta de lo que pensaba, pero si su intención es provocar un enfrentamiento para que me aleje de ella, lo está haciendo de pena. Poco me gusta más que una buena pelea.
—La relación con Liam es distinta.
—Ah, claro. La importancia de la familia y esos rollos de mafiosos, lo había olvidado.
—¿Y la tuya? —pregunto obviando su comentario.
—¿Mi familia? Son mis compañeros y Atenea, mi hogar. Les confiaría mi vida con los ojos cerrados.
—¿A cualquier miembro de la organización? No tengo la cifra exacta, pero diría que sois más de cuarenta —pregunto con escepticismo.
—No, hablo de mi equipo. De Vega, Lucas, Sebas y Mark. Ellos son mi familia, la que yo he elegido y a la que protegeré hasta la muerte.
Me meto un trozo de cruasán en la boca y lo mastico lentamente.
—Vaya... Qué pena que ninguno esté aquí para protegerte de mí.
—Para eso me basto yo sola —afirma frunciendo los labios, lo que provoca que ahora me resulten más apetecibles todavía y me pregunte si mantendrán el sabor de la mermelada de fresa que ha tomado en su tostada.
Después de unos segundos mirándonos fijamente en silencio, ella recoge la servilleta que tenía colocada sobre el regazo y la deja sobre la mesa—.
Quiero hacer un trato contigo. Vamos a pasar bastantes días aquí encerrados, tal vez semanas.
Creo que sería bueno para los dos si no nos acercamos el uno al otro.
Este barco es lo bastante grande para que no tengamos que vernos demasiado.
—¿Estás segura? Diría que te gusta observarme. —Sonrío de medio lado y capta al instante a qué me refiero.
Encontrarla al otro lado del espejo y mirarla a los ojos mientras me follaba a Sophie fue muy excitante. Podría haber salido del baño en cuanto nos descubrió y, sin embargo, decidió quedarse hasta el final.
—Eres gilipollas —afirma levantándose del sofá.
La sigo, todavía no quiero que se marche. Avanzo mientras ella retrocede por instinto, y su espalda choca contra la barandilla del barco, quedando atrapada entre ella y mi cuerpo. La brisa del mar juega con su pelo y aparta un mechón de su cara de un manotazo.
—¿Te gusta mirar, ratoncito? Apuesto a que estabas tan caliente que esa noche te tocaste pensando en mí.
—Pego mi cuerpo al suyo para que note lo excitado que estoy.
Mi polla presiona su estómago y mi aliento golpea sus labios, ahora entreabiertos.
Tiene el mismo brillo en la mirada que percibí en aquel momento—.
Podrías haber llamado a mi puerta y habría estado encantado de solucionar tu problema—.
Paso la nariz por su cuello y aspiro su aroma a manzana. Es jodidamente dulce y es toda para mí.
Su cuerpo se va destensando y poco a poco se amolda al mío. Puedo sentir cómo se rinde cuando acerco mi lengua y acaricio sus labios con ella. Ya es mía.
Mis manos van directas a sus caderas y es ella quien se lanza a besarme cuando la cojo del culo y la atraigo hacia mí.
Su beso es intenso, crudo y está cargado de promesas que me pienso cobrar.
Me encanta descubrir que la cosita dulce que esperaba encontrarme tiene garras y un fuego en su interior con el que estoy deseando quemarme.
Me separo un poco y llevo una mano a sus pantalones para desabrochar el botón. Necesito estar dentro de ella y lo necesito ya.
No noto el cambio en su actitud ni preveo su siguiente movimiento, pero mis reflejos siguen siendo los mejores y me separo justo cuando su rodilla está a punto de impactar en mi entrepierna.
Se revuelve entre mis brazos e intenta alejarse de mí, pero consigo sujetarle las muñecas y vuelvo a pegar mi cuerpo al suyo para mantenerla quieta.
—No sé a qué tipo de sexo estás acostumbrada, pero no me pone que me destrocen las pelotas, ratoncito.
—¡Deja de llamarme así! Me llamo Alba, Al-ba —afirma dejando un espacio entre ambas sílabas mientras intenta soltarse de mi agarre.
—Me gusta tu nombre, pero todo el mundo te llama de esa manera y yo no soy todo el mundo.
—Lo que eres es un puto imbécil. ¡Suéltame de una vez!
—¿Vas a estarte quieta si lo hago?
—¿Te crees que te lo estoy pidiendo como un favor? Suéltame o atente a las consecuencias.
Su amenaza suena seria, me reta con la mirada y yo no puedo evitar sonreír, sabiendo que eso la cabreará todavía más.
Intensifico el agarre sobre sus muñecas y vuelvo a pegarme a ella hasta que no cabe ni el aire entre nosotros. Me encanta este lado suyo salvaje y estoy disfrutando tanto de la situación que no veo venir sus intenciones cuando echa la cabeza hacia atrás y me golpea con todas sus fuerzas en la cara.
Siento un dolor agudo en la nariz y después el calor de la sangre que me llega hasta los labios. Saco la lengua y noto el sabor a hierro que nunca me ha disgustado.
La miro sorprendido. No creí que fuera capaz de atacarme y, en lugar de cabrearme, me siento jodidamente orgulloso de ella.
Me llevo las manos a la cara y los dedos se me manchan de sangre.
Ella observa mis movimientos sin decir nada.
Está en alerta, pendiente de cuál será mi reacción a su ataque, pero tampoco se disculpa.
Se me ocurre una idea para bajarle un poco los humos y que entienda que no puede tratarme de esa manera. Antes de que pueda esperarse nada, la cojo en volandas y la lanzo al mar.
En realidad, puede sentirse afortunada, si hubiese sido cualquier otra persona, ya tendría una bala entre ceja y ceja.