5. Alba
ALBA
No sé qué hora es, pero llevo tiempo dando vueltas en la cama esperando a que salga el sol y no hay manera.
No tengo un reloj con el que orientarme —el imbécil de Alex no me dejó ni coger el bolso antes de sacarme de mi propia casa a rastras— y en esta habitación no hay un solo aparato que me dé una pista sobre las horas que llevo aquí metida.
Sé que sueno desagradecida, pero quiero estar en mi casa, en mi cama y con mis cosas a mano.
Necesito el portátil y el móvil para seguir con la investigación, pero con el cabreo que llevaba Vega cuando hemos hablado hace un rato, no me he atrevido ni siquiera a sugerírselo.
Estoy segura de que intentaron entrar en mi sistema, y por eso me localizaron.
Si es así y mi nueva app estrella, Anémona Azul, ha funcionado, podré descargar toda la información de esos idiotas en unos minutos.
Los hombres que entraron en mi piso anoche eran de origen chino, lo cual solo puede significar una cosa… y no es buena.
«Si al menos el imbécil me hubiese dejado coger el móvil…».
Pienso en él, en Alex. En cómo ha cambiado durante todos estos años.
Ha pasado de ser un niño delgaducho, taciturno y enfadado con el mundo a un hombre que haría temblar a un pelotón entero con solo una palabra.
Siempre fue alto, pero su cuerpo se ha transformado con los años.
Nunca imaginé que llegaría a ser así. Su espalda es ahora enorme y, con todos esos tatuajes y músculos, parece justo lo que es: un mafioso, como su padre, como el hombre que más he odiado en la vida.
Todavía recuerdo la cantidad de veces que Alex juró que jamás se convertiría en él…
y, sin embargo, eso es justo lo que parece haber ocurrido.
Aun así, hay algo distinto en sus ojos, algo que no reconozco y que tampoco había visto antes en otra persona.
Es como un vacío interminable, como un agujero infinito en el que temo perderme si me asomo demasiado.
Cuando lo descubrí en aquella librería, buscándome sin saber que yo ya lo había cazado, pensé que lo que más rabia me daba era verlo convertido en una copia del temible señor Reigadas, su progenitor, por llamarlo de alguna manera. Qué equivocada estaba.
Nada fue peor que comprobar que no me reconocía. Que ni siquiera me recordaba. Él solo estaba allí para asegurarse de que la amiga rara de Vega fuera lo que aparentaba: una persona insignificante que no supondría ningún problema para ellos.
Me siento una tonta por haber pensado que Alex se acordaría de mí. Al fin y al cabo, ¿por qué iba a hacerlo? Han pasado más de veinte años y por aquel entonces yo no era más que la mocosa de la que siempre intentaba deshacerse, hasta que un día lo consiguió.
Sacudo la cabeza para dejar de pensar en él. No lo merece y tengo otras cosas en las que centrarme.
Tendría que haber sido sincera con Vega desde el principio. Debería haberla puesto al tanto de mis planes, haberle pedido el permiso y también el apoyo que necesitaba para capturar a los que vinieron a por mí. No soy mala en el cuerpo a cuerpo, aunque esta vez sobrevaloré mis aptitudes.
Me asomo a la ventana solo para comprobar que sigue siendo noche cerrada, pero ya no aguanto más, estoy harta de sentirme atrapada entre estas cuatro paredes sin nada que hacer.
Salgo de la habitación decidida a buscar la cocina.
He estado varias veces en esta casa desde que Vega se mudó, pero nunca había subido al piso de arriba, donde se encuentran los dormitorios.
Cuando alcanzo mi objetivo, me decido por una taza de leche caliente con cacao, que suele ser mano de santo siempre que necesito calmar los nervios.
Me la preparo y me dirijo de nuevo a mi cuarto con ella en la mano.
Apenas he dado un par de pasos, cuando escucho un golpe y lo que parece ser un jadeo.
«¿De verdad es un jadeo?».
Sigo mi camino, decidida a no meterme donde no me llaman, pero la mujer en cuestión vuelve a jadear, esta vez más fuerte, y la curiosidad me puede. A ver, no es que sea una voyeur , pero me intriga saber quién estará montándoselo a estas horas en el baño.
Me acerco de puntillas, intentando no hacer ruido con los pies.
La puerta está entornada y apenas sale un haz de luz tenue del interior del cuarto, pero, ya que estoy aquí, no quiero irme a la cama con la duda de quién será la parejita insaciable.
Si antes no podía dormir, solo me falta volver con la intriga.
Asomo la cabeza y mis ojos tardan unos cuantos segundos en acomodarse a la escasa luz y distinguir dos figuras en el interior.
La mujer está subida sobre el lavabo, con las manos apoyadas en el mármol y las piernas abiertas de par en par mientras el hombre, de espaldas a mí, bombea en su interior con tanta fuerza que podría partirla en dos.
Por un momento soy incapaz de moverme. La forma en la que él hunde los dedos en las caderas de ella y se mueve en su interior tratando de alcanzar un clímax que aún no llega me tiene embobada.
Su espalda ancha cubierta de tatuajes, el sudor que le brilla en la nuca y sus gruñidos toscos me dejan clavada en el suelo.
Sé que debería marcharme, pero no puedo hacerlo.
En comparación con los escandalosos gemidos de ella, los sonidos que él emite parecen más una queja inteligible. De repente, una de sus manos va a parar a la boca de la mujer a la par que se detiene por completo.
—Joder, deja de gritar de una vez o me marcho y te dejo a medias.
Ella ronronea y se disculpa con voz melosa mientras yo me cago en todos mis muertos.
Es él.
El puto Alex es quien se está tirando en el baño a una de las chicas que sirven en la casa. Un momento, si no me equivoco, se trata de… ¡¿Sophie?! Durante un instante, me quedo paralizada, esforzándome en despegar los ojos de su cuerpo, pero siendo incapaz de hacerlo.
De pronto, como si hubiera percibido mi presencia, levanta la cabeza y nuestras miradas se anclan a través del espejo.
Su expresión se oscurece al instante, volviéndose más arrogante, casi desafiante, como si estuviera encantado de encontrarme aquí.
La tensión en los músculos de sus brazos delata que ha intensificado el agarre sobre ella.
Debería salir corriendo, pero mi traicionero cuerpo quiere quedarse hasta el final.
La temperatura de la habitación sube y mi respiración se torna irregular mientras una imagen peligrosa me cruza la mente: cómo sería estar en el lugar de esa mujer, ser yo quien recibiera su miembro en mi sexo, el cual comienza a estar muy necesitado.
Su mirada sigue clavada en la mía y me veo obligada a entreabrir los labios para tomar aire.
Alex sigue follándose a Sophie, pero es a mí a quien mira y, por alguna extraña razón, eso hace que mi cuerpo arda. Tengo que realizar un gran esfuerzo para no tocarme y apagar el fuego que él mismo ha encendido en mi interior.
Cuando la chica grita su nombre, una alarma se activa en mi cabeza y salgo de allí a paso rápido y sin mirar atrás.
Nada más entrar en mi habitación, cierro la puerta con cerrojo y apoyo la espalda en ella.
—¡Como si él fuese a venir detrás de ti! —exclamo burlándome de mí misma.
Ese hombre es un prepotente, un gilipollas y un chulo que se parece al cabronazo de su padre. Y lo peor de todo es que me da rabia haberlo visto con otra. ¿Y qué mierda me importa que se folle a esa tía? ¡Por mí, como si se lo monta con el jardinero!
Vuelvo a acostarme, pero el cuerpo todavía me arde de rabia y de deseo.
Cuelo los dedos por debajo de la camiseta de tirantes que me sirve de pijama y me acaricio la tripa en círculos, trazando un camino descendente hasta llegar al punto más caliente de mi anatomía.
Me encuentro mojada, resbaladiza y jodidamente caliente.
Deslizo las yemas de los dedos suavemente por mi sexo, repartiendo la humedad con mimo.
Cuando llego al clítoris y comienzo a moverme en círculos, un gemido escapa de mis labios.
Cierro los ojos y las imágenes del baño de la planta de abajo regresan a mi cabeza.
Su mirada cargada de deseo puesta en mí mientras la embiste a ella, la fuerza de su agarre, su espalda cubierta de tinta…
Vuelvo a imaginar que soy yo quien está frente a él con las piernas abiertas y que es su miembro el que juega conmigo en lugar de mis dedos.
Intensifico el ritmo de las caricias, moviéndome más y más rápido hasta que alcanzo el orgasmo. Uno que dura demasiado poco y es insuficiente.
Me siento estúpida. Estúpida e insatisfecha.
Me cubro la cabeza con la almohada y grito de frustración.
Acabo de correrme pensando en él, en el mayor gilipollas que existe, y lo peor de todo es que estoy segura de que utilizará lo que ha pasado hace un rato para mortificarme y reírse de mí.
Quiero cerrar los ojos y volver a levantarme a las seis de esta mañana para hacer las cosas de forma distinta.
¿Se pueden cometer más errores en un solo día?