4. Alex
ALEX
—Ni se te ocurra interferir en mi conversación con Vega o exagerar de algún modo lo que ha pasado —me advierte Alba cuando estamos llegando a la puerta de la mansión.
Se ha mantenido en silencio durante todo el trayecto y ya empezaba a echar de menos sus refunfuños.
—¿Exagerar? —Me giro desde mi asiento, el del copiloto, hacia atrás, donde ella va sentada sola—. ¿Te das cuenta de que he tenido que matar a dos tíos esta noche para salvarte el culo?
—Yo no te he pedido que lo hicieras.
—¡Increíble! Está bien, me quedaré callado mientras hablas con ella, pero espero que no estés pensando en mentirle, porque he visto cómo maneja sus cuchillos y te garantizo que no tengo ganas de enfrentarme a su furia.
—No he dicho que vaya a mentirle, solo que te metas en tus cosas y me dejes en paz.
—Cojonudo, la próxima vez me aseguraré de no intervenir cuando estén a punto de matarte. De hecho, sacaré unas palomitas y me sentaré a ver el espectáculo.
No me he dado cuenta de que el coche se ha detenido hasta que la veo resoplar y salir sin esperarnos ni a mí ni al compañero que nos ha traído y que ahora se aguanta las ganas de reír. La sigo, porque solo faltaría que Liam la vea y piense que la he dejado venir sola.
En cuanto subimos los siete escalones que llevan a la puerta de entrada, esta se abre y aparece Vega con la preocupación marcada en el rostro. Detrás está mi primo, quien observa primero a Alba con ojo analítico y después clava su mirada en mí, con una intención totalmente distinta.
«Mierda, me espera un buen sermón».
Vega abraza a Alba por los hombros y le dice algo bajito para que solo ella pueda escucharlo.
Después, se encaminan al despacho de Liam.
Mi primo y yo las seguimos en silencio y, al observar cómo interactúan entre ellas, me doy cuenta de que existe una complicidad que no había notado hasta ahora, una que va más allá de lo laboral.
Alba es una chica callada, observadora, incluso diría que algo introvertida.
No parece sentirse cómoda delante de gente que no conoce y suele preferir pasar desapercibida a ser el centro de atención.
Solo la he visto exaltarse con una persona: conmigo.
Cuando está delante de mí su actitud cambia, se pone a la defensiva y no puede evitar atacarme.
Tengo claro que no me soporta, pero a mí me divierte demasiado pincharla.
Una vez en el despacho, tomamos asiento y dejo que sea ella quien cuente su versión de los hechos. Estoy seguro de que más tarde tendré que dar muchas explicaciones a mi primo, así que ¿por qué no dejar al ratoncito salirse con la suya por una vez?
—No lo entiendo, dijiste que la brecha estaba reparada. ¿Cómo han conseguido llegar hasta ti otra vez? —pregunta Vega cuando Alba termina de hablar—. Hay algo que no me encaja.
Alba me mira de reojo. Sé que ha sido un gesto inconsciente, pero no ha podido corregirlo a tiempo y estoy convencido de que Vega se ha dado cuenta.
—Yo los atraje —confiesa con apenas un hilo de voz.
—¿Que tú qué? ¿Para qué coño hiciste eso? ¿Cómo?
—Puse trampas. Solo pretendía saber quién había conseguido burlar la barrera de seguridad que creé para Atenea y, de paso, probar la Ané…
—Suspira y parece que cambia de opinión respecto a lo que iba a decir.
Apenas levanta la mirada del suelo y no sé por qué, pero esa actitud derrotista en ella me molesta demasiado—. Lo siento. No volverá a pasar.
—Sabes que con eso no basta. Formar parte de Atenea implica compromiso completo.
Si estás dentro, trabajas con y para el equipo.
—La que habla ya no es Vega, sino Sombra, una versión más letal y mucho menos amable de la misma persona—.
Piensa bien lo que quieres y házmelo saber, porque no volveré a dejar pasar algo como lo de hoy.
El silencio se extiende mientras la temperatura de la habitación parece haber bajado un par de grados.
Alba asiente y la noto incómoda, como si prefiriera estar en cualquier lugar antes que en este. Cuando intervengo en la conversación, no sé muy bien por qué lo hago, tal vez sea por impulso o por el incómodo hormigueo que me provoca ver lo mal que lo está pasando.
—Poco se habla aquí del héroe de la noche.
¿Vais a darme una insignia de Atenea por haber salvado a uno de los vuestros?
Supongo que estamos de acuerdo en que merezco algún tipo de reconocimiento.
¿Qué os parece un día entero entrenando en vuestras instalaciones megasecretas? ¿Lleváis un traje especial o algo así?
Sé que mi primo está a punto de explotar, casi puedo ver las columnas de humo salir de su cabeza, pero su chica se le adelanta.
—Y tú, ¿qué coño hacías allí? ¿Cómo supiste que estaba en peligro?
—Es mi trabajo estar informado —respondo encogiéndome de hombros como si la cosa no fuese conmigo.
—No sobre mi equipo. —Sus palabras llevan una amenaza velada. Sabe que no estoy diciendo toda la verdad y no se conformará hasta obtenerla.
—Ok. Estaba siguiendo una pista. Interrogué al tío que intentó secuestrarla el otro día y, aunque saqué de él entre poco y nada, algo me decía que no tardarían en volver a aparecer, así que fui a comprobar que todo estuviera en orden con tu chica.
Fue entonces cuando vi a varios tíos en el tejado.
Por cierto, dato importante: los tres eran asiáticos.
—¿Y por qué leches sabías tú dónde vivo yo? —interviene Alba—. Casi nadie lo sabe. ¡Me acabo de mudar!
—Oye, pero ¿tú por qué eres tan calladita con todo el mundo menos conmigo? —respondo para picarla.
Ella pone los ojos en blanco y observo cómo la piel de su rostro comienza a tornarse de un tono rojizo intenso.
«¿No es adorable?».
—Basta. —El tono de Liam es cortante y nos pilla desprevenidos—.
Es tarde y todos tenemos mucho en lo que pensar.
Hablaremos mañana por la mañana, ¿te parece?
—La pregunta va dirigida a su chica. Ella asiente y, antes de que pueda darme cuenta, las dos mujeres han salido de la habitación, dejándome a solas con el lobo.
Liam se levanta, camina sin prisa hacia la ventana que queda a la derecha de su escritorio y se mantiene de espaldas a mí, con la mirada dirigida hacia el exterior, como si estuviese observando algo más interesante que la negrura de la noche y las sombras que se alargan bajo las luces tenues del jardín.
—Evans no estaba contento cuando lo llamé. —Su tono de voz es calmado, pero noto el deje de ira en él—. El que dejaste vivo sufre un traumatismo craneoencefálico y han tenido que meterlo en la UCI del St. Mary’s.
—Fue un error no matarlo.
—¿Eso es todo lo que tienes que decir?
—¿Acaso prefieres que pida perdón? —respondo molesto.
—¡Prefiero que te centres de una vez y dejes de hacer gilipolleces!
—Se da la vuelta y, por la forma en la que me mira, sé que he cruzado una línea—.
Dos putos muertos y un tío con la cara destrozada en un piso de Chiswick.
En uno de los barrios más jodidamente tranquilos de Londres.
¿De verdad, Alex? ¿No había una forma más llamativa de salvar a la chica?
—No es que tuviera muchas opciones. Cuando llegué al piso ya la estaban atacando. ¿Qué querías que hiciera? ¿Que les pidiera por favor que la dejaran en paz?
—¡No me tomes por imbécil! —me corta—. Se pueden hacer las cosas sin montar un puto espectáculo. Lo que hiciste con la cara de ese tío… Evans ha tenido la amabilidad de enviarme una foto, ¿quieres verla?
—Paso —respondo acomodándome en la silla, como si la cosa no fuese conmigo.
Liam se frota la cara con las manos y se acerca. Está tratando de rebajar la intensidad de la conversación y, aunque le agradezco el esfuerzo, no sé a dónde quiere ir a parar. Ya me ha echado la bronca, fin de la función.
—¿Ves a lo que me refiero? Ese es el problema.
Mira a tu alrededor. Las cosas nos van bastante bien.
Lo de Amapola está saliendo incluso mejor de lo que esperábamos y el dinero entra sin prácticamente mover un solo dedo.
Con Feng fuera del mapa y teniendo a nuestros mayores socios cogidos por las pelotas, podemos permitirnos bajar un poco el ritmo, y sin embargo…
—me remuevo en mi asiento, notando como si, de repente, la ropa me picara—, estás más descontrolado de lo que te he visto en los últimos años.
—Los dos sabemos que ninguno de esos hombres era importante, así que te agradecería que me dijeras de qué va en realidad este rollo.
—No es solo esto. Lo que pasó hace tres semanas con los albaneses nos ha traído problemas.
—¿Ahora me sales con eso? —pregunto sorprendido.
—¡No puedes ir por ahí dándoles palizas a los hombres de nuestros colaboradores!
—Liam, sabes tan bien como yo que los putos albaneses están intentando ganar territorio, se están colando en nuestras calles para vender su mierda y ni siquiera te han pedido permiso.
—Y eso es algo que tendré que solucionar con Krasniqi. Pero ¿eres consciente de en qué posición me has dejado para negociar después de tus jueguecitos? ¡En solo una noche te cargaste a dos de sus subjefes después de marcarles la cara!
—Quería que Krasniqi recibiera un mensaje: «No se juega con la Hermandad». ¿Desde cuándo te importa que haga las cosas a mi manera?
—¡Desde que se te está yendo de las manos! —grita, pero acto seguido rectifica y coge aire para calmarse—. Alex, no puedo dejar que vuelvas al lugar en el que te encontré hace doce años.
Todo mi cuerpo se tensa y me levanto como si el ataque hubiese sido físico y no verbal. No puede saberlo, no tiene forma de saber que las regresiones han vuelto.
—Te estás equivocando, Liam.
—Sé lo del tal Carter.
—¿Cómo coño…?
—Te recuerdo que soy el líder de la Hermandad que gobierna Londres.
Yo soy el jefe de esta ciudad y, como tal, nada escapa a mis oídos, ¿lo has olvidado?
—Me reta con la mirada. Supongo que espera que me defienda, pero no tengo nada que añadir porque nunca le mentiría, no a él—. Quiero que te tomes un tiempo.
«Pero ¿qué cojones?».
—¿Me vas a dar vacaciones como si fuera el cajero de un puto supermercado?
—No, voy a pedirte que te alejes unos días, un par de semanas. No sé, lo que necesites para calmarte y volver a ser el que has sido desde que enterramos a los hijos de puta de nuestros padres.
—¿Tengo opción de negarme?
Su postura sigue siendo firme, pero noto cierta preocupación en su mirada y es lo último que querría ver.
—No me hagas obligarte, joder. Hago esto por ti.
En el fondo, sé que sus razones son válidas, pero lo son para él, no para mí.
No quiero marcharme, no quiero alejarme de la única forma de vida que conozco y, además, no creo que sirva para una mierda.
Las regresiones han vuelto, sí, pero no se quedarán en la pista de aterrizaje observándome mientras yo cojo un avión rumbo a unas jodidas vacaciones.
No, ellas tendrán la deferencia de acompañarme allá donde vaya.
Quiero mandar a la mierda a Liam, sin embargo, digo lo único que puedo decir en este momento, nuestro mantra, el de la Hermandad:
—Tu orden, mi ejecución.
Suspira cansado, como si no fuera esta la reacción que esperaba por mi parte. Lo siento, pero es lo que hay.
—Hablaremos mañana con tranquilidad. Buenas noches, Alex —concluye sin darme opción a añadir nada más.
Salgo del despacho enfadado y mi cabeza me pide desquitarme con alguien. Quizá un par de peleas en Masters sean suficientes para calmar la bola de rabia que está creciendo en mi interior.
Masters podría ser un club de lucha como otro cualquiera, si no fuese porque es mío.
Llevaba frecuentándolo un par de años cuando el dueño acudió a mí pidiendo ayuda.
Su hijo se había metido en problemas y necesitaba vender el negocio para pagar una deuda.
Él sigue estando a cargo de todo y yo me paso cuando quiere revisar algo conmigo o si necesito liberar al animal que hay dentro de mí.
Pero no, hoy no quiero pelear. No voy a salir de la mansión después de lo que ha pasado con Alba.
De camino a mi habitación me encuentro con Sophie, todavía vestida con el uniforme de trabajo, ese que le queda demasiado ajustado para su voluptuoso cuerpo.
No hace falta que diga nada, solo sonríe, me guiña un ojo y se marcha contoneando las caderas, lo que consigue que la siga para pasar un buen rato allá donde se le ocurra.
Nunca le he preguntado por qué, pero le gusta hacerlo en lugares en los que pueda ser descubierta.
Supongo que le pone el riesgo durante el sexo, porque estoy seguro de que, si mi primo o Vega la descubren alguna vez, acabará de patitas en la calle.
De todas formas, tampoco es que me importe demasiado.