Abismo (Atenea 2) 3. Alex #2
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3. Alex #2

Cuando llego al sexto, identifico cuál es el apartamento de Alba por los ruidos que se escuchan al otro lado de la puerta, sonidos característicos de una pelea.

La abro a golpes y lo que veo al entrar en su casa me deja paralizado.

Alba lucha contra dos hombres a la vez. Tiene el pelo revuelto y, quitando una herida en el labio, parece estar ilesa.

Observo cómo bloquea cada uno de los golpes que le lanzan.

Los tíos que la rodean se están empezando a cansar y veo la frustración dibujada en sus rostros.

Apuesto a que no esperaban que una mujer tan pequeña fuera capaz de defenderse de esa manera, ni siquiera yo podía imaginarlo pese a saber a qué se dedica.

Me quedo embelesado contemplando cada uno de sus movimientos mientras una fina capa de sudor va cubriendo su piel. La visión es hipnótica.

Su mirada se desvía hacia mí cuando se percata de mi presencia y el descuido la hace ganarse un puñetazo en el estómago que la dobla por la mitad.

Un tercer hombre sale por la puerta de lo que parece ser un dormitorio mientras guarda un portátil en una mochila que se cuelga del hombro.

Después, mira en dirección a sus compañeros y saca una táser del bolsillo de sus pantalones.

No le doy tiempo a acercarse a su objetivo, todavía no ha avanzado ni un paso cuando recibe una bala en el pecho.

La segunda sombra obtiene un regalo similar, pero la tercera…

Esa se arrepentirá de haber golpeado a mi ratoncito.

Alba aprovecha la confusión y le da una patada en los huevos al tío, regalándome los segundos que necesito para llegar hasta él y comenzar a asestarle puñetazos.

Golpeo su cara una y otra vez. Escucho el crujido de un hueso, pero eso no me detiene.

—¿Quién coño te envía? —pregunto mientras la sangre comienza a manchar su cara y una niebla espesa nubla mi vista y mi pensamiento.

Sé que sigo dando puñetazos, pero, de repente, ya no me encuentro en casa de Alba.

Ahora estoy en el sótano de la mansión de mi padre, suplicando que los golpes dejen de llegar y defendiéndome como nunca me atreví a hacerlo.

La ira mueve mi cuerpo y no puedo parar hasta que la voz de Alba llega a mi cerebro y conecta algún tipo de alarma.

Su grito suena lejano, amortiguado, pero sé que ella está ahí fuera, en algún lugar.

Cierro los ojos, y, al abrirlos de nuevo, recuerdo dónde estoy, aunque soy incapaz de levantar la cabeza o soltar al despojo humano que permanece bajo mi cuerpo.

Dudo de si la escena es real cuando él consigue esbozar lo que parece una sonrisa extraña.

—Mi jefe siempre obtiene lo que quiere. —Su voz es apenas un susurro, pero entiendo perfectamente lo que ha dicho. Entonces desvía la mirada hacia Alba, y en ese momento me vuelvo loco.

Mi último golpe lo deja inconsciente.

Siento los ojos de ella clavados en mi espalda y no quiero girarme.

No quiero darme la vuelta y descubrir el miedo en su mirada o, mucho peor, el asco.

Soy un monstruo, mis Hermanos lo saben, Liam lo sabe y cualquiera que se mueva en el submundo de Londres ha escuchado algún rumor sobre mí, pero ella…

Ella no tendría que haberlo descubierto nunca.

Me levanto despacio, tratando de alargar el momento de enfrentarme a Alba, de darle tiempo para que salga corriendo para encerrarse en el baño, pero el silencio prolonga la escena, convirtiéndola en un acto interminable.

Cuando al fin me doy la vuelta, no es horror lo que gritan sus ojos grises, tampoco asco ni repulsa, es una emoción distinta, una especie de rabia mezclada con pena. Espero que diga algo, que me grite, que me insulte, pero su silencio es mucho peor, quema.

El sonido de sirenas me saca del trance.

—¡A la puerta! —ordeno con urgencia.

—Pero…

—Pero nada. No cojas nada, no pienses, solo dirígete a la maldita puerta —exijo, sonando mucho más cabrón de lo que pretendía.

Seguramente los tíos que me han gritado en la escalera han llamado a la policía y, por lo que escucho, esta no debe de andar muy lejos.

Me acerco a la ventana, miro a través de la cortina y descubro que ya es demasiado tarde para salir por el portal como si la cosa no fuese con nosotros.

—¡No pienso ir contigo a ninguna parte! ¿Qué leches haces en mi edificio, en mi puto piso? ¿Me estás siguiendo? ¿Acaso me vigilas?

—No hay tiempo para un ataque de ira. ¡Nos vamos!

Me gusta que saque ese carácter que parece tener tan escondido; de hecho, me gusta demasiado…, pero, como he dicho, no es el momento.

Camino hacia ella y se aparta antes de que pueda sujetarla del brazo.

—¡Y una mierda! ¡Tú eres el que se larga!

—Alba, la policía está abajo y no tardarán en subir. ¿Qué vas a decirles cuando vean dos muertos y medio en el suelo de tu cocina? —Saca el móvil del bolsillo trasero de sus vaqueros y ya sé lo que pretende hacer, llamar a Vega—. Te he dicho que no hay tiempo, joder.

La escucho gritar cuando la cojo de la cintura, de modo que sus pies no tocan el suelo. Es bajita, así que sus intentos de darme un cabezazo son más graciosos que otra cosa.

No cojo nada. Abro la puerta de su piso con la mano libre, me asomo por el hueco de las escaleras y compruebo que hay dos agentes uniformados a los que les faltan solo dos pisos para alcanzarnos. Cuando escuchan gritar a Alba, comienzan a correr.

—Imbécil, suéltame ahora mismo o te juro que te cortaré a cachitos.

Le tapo la boca con una mano mientras se me escapa una sonrisa.

«Joder, a quien le diga que esta situación de mierda me hace gracia…».

Subo con ella a cuestas hasta la azotea y tenemos la suerte de que la puerta está abierta. Desde allí, no me cuesta nada saltar el muro que da al edificio de al lado y después al siguiente. Llamo a Liam, sé que esto me va a traer problemas, pero no me queda otra.

—¿Qué coño quieres a estas horas? —Por su respuesta, intuyo que he interrumpido algo con Vega. Fantástico.

—Necesito un coche que venga a buscarnos a Alba y a mí a su casa. También que llames al superintendente Evans. Hay dos muertos y un testigo en el apartamento de la chica.

Lo escucho resoplar, sé que quiere gritarme, pero no lo hace, probablemente por no alterar a su mujer.

—Busca un callejón y no apagues el teléfono. Envío a alguien. —Silencio—. Y, Alex…

—¿Sí?

—Venid aquí directos.

No hay opción a réplica, lo sé, como también sé que he hecho lo que debía.

Puede que mis formas no le gusten, pero Alba no lo habría conseguido si yo no hubiese llegado a tiempo.

Joder, ni siquiera puedo pensar en lo que eso significaría sin que la rabia encienda cada célula de mi cuerpo.

Si ella no hubiese estado presente, ninguno de esos tres cabrones habría salido con vida de esa casa.

Después de mi conversación con Liam, ella parece haberse calmado un poco, así que cuando entramos en un edificio que me parece seguro, la suelto y comienza a bajar las escaleras por su propio pie, eso sí, dejando un par de pasos entre nosotros, asegurándose de que nuestros cuerpos no se toquen, ni siquiera por casualidad.

Me odia, estoy seguro de eso, pero, aun así, no siento ni una pizca de arrepentimiento por lo que he hecho esta noche.