3. Alex
ALEX
Liam no me ha pedido que vigile a Alba, nadie lo ha hecho y, sin embargo, aquí estoy, sentado en mi coche frente a su nuevo apartamento.
Entiendo por qué ha elegido este barrio, parece todo lo opuesto a la zona en la que vivía anteriormente, está alejado del centro y resulta tan tranquilo que después de una hora de vigilancia ya lo he aborrecido.
Lo que todavía no entiendo es lo que me ha impulsado a estar aquí.
Cuando me enteré de su intento de secuestro, casi me volví loco y sentí la necesidad de masacrar a la persona que había tenido los huevos de ir a por ella, un mero matón a sueldo.
Ahora que esa parte ya está solucionada, necesito más, necesito saber quién orquestó el ataque y hacerle pagar con sangre, pero, sobre todo, necesito evitar que le hagan daño.
No tiene sentido, apenas la conozco, pero esa chica con cara aniñada, pelo rosa y gafas de pasta despierta en mí un instinto de protección que no siento por ninguna otra persona.
Sí, defiendo a la Hermandad con uñas y dientes y recibiría una bala por Liam sin dudarlo, pero la ferocidad con la que quiero apartar a Alba de todo mal es algo nuevo y… raro.
Recuerdo el día en que la vi por primera vez.
Liam ya había desarrollado cierta atracción por Vega, aunque él todavía no lo reconociera, y me encargó un informe completo sobre ella.
Cuando nuestro investigador de confianza me pasó sus fotos tomando un café con una amiga, la acompañante me pareció una chica del montón, más allá de su llamativo color de pelo.
Le pedí que la investigara por una cuestión de protocolo y porque en nuestro mundo no todo es lo que parece.
Lo que descubrió sobre ella corroboró mi primera impresión: Alba tenía un contrato de administrativa con una empresa de compraventa de vehículos, no cumplía un horario fijo y era habitual que trabajara en remoto desde casa o desde algún coworking.
De hecho, apenas contaba con un par de amigos y no tenía ningún hobby aparte de salir a correr y comprar docenas de libros al mes.
Todo en ella me parecía demasiado anodino, pero, aun así, un día decidí seguirla hasta un centro comercial.
La observé desde una distancia prudencial mientras compraba velas y otras chorradas, preguntándome por qué me causaba tanta fascinación aquella chica que no aparentaba tener nada que ofrecerme.
Me senté en un banco cercano cuando ella paró en una terraza a descansar y continué observándola tras reanudar sus compras, esta vez en una librería.
Después de quince minutos esperando, entré para observar qué hacía.
No la vi a simple vista y comencé a buscarla en cada pasillo de la enorme tienda.
La encontré en el último, apoyada en una estantería, enfrascada en la lectura de un libro que mostraba a una mujer pelirroja en la portada.
Apenas alcancé a leer el título, Matrioska , cuando escuché su voz:
—Me gustaría saber si esta persecución va a durar mucho tiempo —dijo sin despegar la mirada del libro que sostenía—. Más que nada, porque mi apartamento es pequeño y no creo que quepamos los dos en él. Además, he llegado al momento más interesante del libro y me estás distrayendo.
Miré a ambos lados para ver si había alguien más con nosotros, pero estábamos solos en el pasillo.
Después, volví la mirada hacia ella, que seguía leyendo en la misma postura, sin inmutarse lo más mínimo, hasta el punto de que me pregunté si sus palabras no habrían sido fruto de mi imaginación.
Por primera vez en mi vida, una mujer me había dejado mudo.
Tardé unos segundos en darme cuenta de que esa descarada con aspecto de mosquita muerta me estaba vacilando y, antes de que lo viera venir, le había arrancado el libro de las manos y la tenía acorralada contra aquella estantería.
El gritito que dio apenas se escuchó, pero sí que pude notar como el aire abandonaba sus pulmones y su corazón comenzaba a latir con fuerza.
Empujé un poco más hacia ella, apresando su cuerpo con el mío y me gustó demasiado que mantuviese el mentón alzado y no intentase soltarse.
—¿Qué pasa, no encuentras una réplica para esto?
—Quítate de encima, imbécil.
—¿O qué? ¿Me lanzarás uno de estos libros? Me has confundido por un segundo, pero al final va a resultar que eres justamente lo que pareces.
Puso una sonrisa fingida.
—Voy a hacer como que te sigo el juego, ¿a qué te refieres?
—Sus ojos, que no entiendo cómo podían haberme pasado desapercibidos hasta ese momento, eran de un raro color gris, casi plateado.
Un tono que me atrajo sin remedio y me dejó embelesado por un segundo, el tiempo que ella tardó en agachar la cabeza, como si quisiera desaparecer de la escena.
Eso me cabreó. No quería que se escondiera de mí, sino que se defendiera como había hecho al principio.
Cuando empecé a ser consciente de lo que estaba haciendo, la solté como si su cuerpo estuviera envuelto en lava.
—A que no eres más que un lindo ratón de biblioteca.
—Pues este ratón hace rato que se ha dado cuenta de que lo seguías. Me preguntaba cuándo te aburrirías y te irías a acosar a otra. ¿Eres una especie de enfermo pervertido?
—Ten cuidado con lo que dices —gruñí, volviéndome a acercar a ella.
—No me das miedo.
Valoré mis opciones, nada me apetecía más que quedarme y poner a esa mocosa en su sitio, pero sabía que hacerlo podría traerme problemas, así que me marché de aquel lugar lo más rápido que pude y no me permití mirar atrás ni una sola vez.
Mi error fue pensar que podría olvidarme de ella al girar la primera esquina, como solía suceder con la mayoría de las mujeres que aparecían en mi vida.
Me fui de allí con una sensación distinta. Haberla tenido tan cerca despertó algo en mí que no era capaz de explicar.
«No me gusta la chica, ¿cómo iba a hacerlo con ese aspecto de nerd que se gasta?».
Esa misma noche visité a Sophie, una de las criadas de la mansión con la que me veía de vez en cuando. Con ella siempre ha sido fácil, como con el resto de las mujeres con las que me acuesto. Ellas tienen claro lo que quiero y yo sé lo que les gusta. Fin del asunto.
Lo que no esperaba esa maldita noche era que la imagen de Alba apareciera en mi mente justo en el peor momento, cuando estaba terminando sobre el cuerpo de Sophie.
Me fui de su habitación enfurecido y con la intención de hacer lo necesario para olvidarme de aquella mujer que se me había metido entre ceja y ceja sin pedir permiso.
Su recuerdo me acompañó cada noche durante semanas.
Que se diese cuenta de que la estaba siguiendo aquel día delataba que yo no había estado haciendo mi trabajo como Dios mandaba.
Esa mujer tenía la capacidad de distraerme, y la forma en la que se había enfrentado a mí, sin ningún miedo ni respeto, había despertado mi curiosidad.
Sin embargo, sabía que no era buena idea acercarme a ella, una persona corriente jamás podría soportar a alguien como yo.
Me había propuesto olvidarla cuando volvió a aparecer delante de mis narices.
Vega había sido secuestrada y mi primo andaba como loco intentando recuperarla.
Estábamos casi seguros de que era Feng quien la tenía, pero no conseguíamos ninguna pista lo suficientemente sólida que nos llevase hasta ella.
Liam estaba dispuesto a todo con tal de recuperarla y fue entonces cuando descubrimos que uno de nuestros hombres nos había traicionado.
Mi primo me asignó cazarlo y disfruté como un niño de la tarea.
Lo tenía en el sótano, atado y amordazado, listo para que Liam fuera a hacerle una visita, cuando entré en su despacho para darle la noticia.
La sorpresa me la llevé yo al encontrar a Alba sentada tras su mesa.
Mis ojos se clavaron en su figura mientras ella tecleaba en el ordenador a la velocidad de la luz, ignorándome, con la mirada pegada a las pantallas que tenía delante.
Desde ese día, ya nada ha sido igual. Ahora que mi primo y Vega están juntos oficialmente, es inevitable encontrarme con los miembros de Atenea aquí y allá y, desde el intento de secuestro de Alba, he desarrollado cierta tendencia a acecharla.
¿Estoy obsesionado? Podría decirse que sí.
¿El motivo? Ni puñetera idea. Lo que tengo claro es que saber que puede estar en peligro no ayuda con mi puto problema.
Dejo de darle vueltas a la cabeza en el momento en que veo una sombra cruzar la azotea del edificio en el que vive. Ha sido solo un segundo, pero estoy seguro de lo que he visto. Un instante después, una segunda sombra salta el muro que separa las terrazas entre edificios y se une a la primera.
«Mierda».
Saco mi arma de la sobaquera y compruebo que está cargada antes de salir del coche y dirigirme hacia el portal corriendo. No pienso esperar a comprobar qué coño pretenden hacer esas sombras misteriosas.
Rompo el cristal de la puerta con el codo y accedo sin problemas al bloque de pisos. Alba vive en el sexto, el último del edificio, así que es probable que traten de descolgarse por la fachada y acceder por una ventana. Es lo que yo haría.
No me lo pienso y comienzo a subir los escalones de tres en tres. Al pasar por la segunda planta, unos hombres salen al rellano y empiezan a gritar algo, pero no me paro a escucharlo, ni siquiera me giro para comprobar si me siguen, poco me importa en este momento.