Abismo (Atenea 2) 1. Alex #2
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1. Alex #2

—Vamos, Carter. Creía que serías más listo.

Sabes que la has cagado por meterte con la chica equivocada y ahora tienes que pagar las consecuencias.

Es uno de los riesgos de ese negocio de mierda que te has montado.

—Se sujeta la mano herida con fuerza y la observa con los ojos desorbitados mientras yo doy un paso al frente para imponer mi presencia.

Ya me he cansado de jugar hoy—. Hasta ahora, te he dejado decidir cómo iba esto y solo has tomado decisiones de mierda.

¿Quieres que me vaya? Bien, responde a la pregunta.

—Contactó conmigo por teléfono. No reveló su nombre ni me preguntó si podría hacer el trabajo.

Solo me dijo lo que me pagaría y me envió un mensaje con varias fotografías y un par de direcciones donde podría encontrarla.

Yo… la busqué, y la seguí durante unos días.

Fue… fue difícil, no tiene una rutina definida, pero cuando vi una oportunidad, me lancé.

No esperaba que supiese defenderse. Es la primera vez que una se me escapa.

—Si no hubieses fallado, ¿cuándo tenías que entregarla?

—Tres días después de atraparla. Las órdenes eran avisarle cuando la tuviese y esperar tres días hasta que me enviase nuevas instrucciones para el intercambio: el dinero por la chica.

Me acerco en dos zancadas, me agacho y lo agarro del cuello con una sola mano, presionando con la fuerza justa para no matarlo, pero asegurándome de que dude de si voy a hacerlo.

—¿Sabes que estás hablando de una mujer y no de un paquete, imbécil?

—Guarda silencio, todo su cuerpo lucha por un mismo objetivo: conseguir el oxígeno del que le estoy privando.

Aflojo un poco el agarre, no quiero que se muera antes de tiempo.

Saco la navaja del bolsillo trasero de mis pantalones y le ofrezco mi mejor sonrisa—.

Verás, últimamente no he practicado mucho.

Las musas me han abandonado durante un tiempo, pero tú me estás inspirando. Veamos si puedo hacer un buen trabajo.

Cojo la servilleta que cuelga de la mesa y se la meto en la boca para amortiguar los berridos que saldrán de su garganta, le ato las manos a la espalda, abro mi navaja, la misma que conservo desde que mi padre me la regaló con seis años, y comienzo a dibujar en su frente.

La tiene amplia y, aunque frunce el ceño con fuerza, consigo escribir una «A» grande y bien definida.

La sangre mana de ella en hilos rojos que le manchan la piel y fluyen hasta los ojos.

Cojo el extremo de la servilleta que cuelga de su boca para limpiar los trazos y observo mi trabajo, valorándolo.

—Ha quedado bastante bien. Es una pena que no puedas verlo.

—Aflojo un poco la mano y hace el amago de toser, tratando de recuperar el aliento.

Lo miro directo a los ojos. Ha perdido mucha sangre y ya no lucha con la misma fuerza que antes.

Lástima—. Te contaré cómo irán las cosas a partir de ahora.

Eres escoria para esta ciudad, cazas a mujeres inocentes, las torturas y después las vendes como si fueran puro ganado.

Y yo amo a las mujeres. Entenderás que no puedo permitir que alguien como tú campe a sus anchas por Londres, así que esto es lo que haremos: me quedaré tu teléfono y me aseguraré de que la chica nunca llegue a manos del sádico que te ha contratado.

Cojo la pistola de la mesa y la coloco en su frente, justo en medio de sus ojos para que pueda verla además de sentirla.

—No… no lo hagas. Puedo ayudarte, lo juro.

—Vamos, no supliques, Carter. Los dos sabemos que no necesito tu ayuda. Eres un hijo de puta sin escrúpulos y nadie te echará de menos.

—Si me haces daño, te arrep… —Meto una bala en su cabeza antes de que pueda continuar la frase, y su cuerpo se desploma como una marioneta a la que le han cortado los hilos. Patético.

Observo la escena. Si Liam estuviese aquí, me echaría la bronca por no haber realizado un trabajo limpio, pero que me jodan si no he disfrutado de cada segundo de sufrimiento de este hijo de puta.

Sin embargo, no es suficiente. Pienso en sus palabras, en su plan, en lo que hubiese hecho con Alba si ella no llega a darse cuenta de que este malnacido la estaba siguiendo.

Las imágenes que llevo toda la vida tratando de olvidar comienzan a pasar por mi cabeza sin que pueda hacer nada para evitarlo.

Yo con seis años, sin ninguna prenda que cubra mi cuerpo, encadenado a la pata del sillón de mi padre.

Tengo frío, pero no me atrevo a decirlo.

Soy incapaz de emitir sonido alguno por miedo a las consecuencias.

El hombre que siempre lo acompaña está de pie, con su espalda pegada a la pared, la mirada clavada al frente y esa expresión que lo hace parecer un ser sin vida.

Intento llamar su atención, pero no me ve. Nunca lo hace.

La rabia arde en mi estómago. Cojo el borde de la mesa con las dos manos y la vuelco, estampándola contra la pared. La madera cruje, pero no siento alivio alguno.

El monstruo me ha visto tiritar y me ha sonreído de esa forma que tanto miedo da. El ardor es insoportable cuando aplasta la punta de su puro contra la piel de mi hombro, dos veces.

El grito de mi yo adulto nace de lo más profundo de mi garganta. Barro todo lo que hay sobre el banco de la cocina; arranco las puertas de los muebles; saco los cajones y los estrello contra el suelo. Nada es suficiente. Nada consigue apartar los recuerdos que me están quemando por dentro.

La patada en mi estómago cuando intento alejarme me roba el aire y toso a la vez que prometo portarme bien. Le pido que pare, pero veo en sus ojos que aún no ha terminado.

Lanzo, rompo y destruyo todo lo que encuentro a mi paso.

En este momento, no reconozco lo que tengo delante, una nube de odio lo ensombrece todo.

Estoy en aquel sótano, pero ya no soy ese niño indefenso.

Reviento las cadenas que rodean mis muñecas, saco mi puñal y lo clavo una y otra vez en el estómago del hijo de puta que consiguió quebrarme día tras día, año tras año.

La hoja le atraviesa la carne sin descanso mientras grito, pero no parece ser suficiente para la bestia que habita en mí, nada lo es.

Necesito que siga sufriendo.

Necesito apagar su voz en mi cabeza.

Cuando vuelvo en mí, tengo las manos y la ropa cubiertas de la sangre del tipo que intentó secuestrar a Alba. Su cuerpo está irreconocible y mi sed de violencia no se ha apagado.

Nunca lo hace.