Abismo (Atenea 2) 1. Alex
1%
Abismo (Atenea 2)

Abismo (Atenea 2)

Por Arantxa Alarcon

© inepub.com

1. Alex

ALEX

El olor del guiso inunda la estancia cuando abro el horno apenas unos centímetros para comprobar si ya está listo.

Huele a la mezcla de tomillo, laurel y eneldo que he añadido a la salsa con la que he bañado el solomillo.

La boca se me hace agua pensando en el primer bocado, y sonrío antes de sacar la bandeja y servirme un plato generoso.

La mesa está dispuesta con riguroso orden militar, con los cubiertos perfectamente alineados, como soldados a la espera de una orden de ataque, sobre un mantel de lino blanco impoluto; el bajo plato de yute está situado justo en el centro, como si de un campo de batalla se tratase, y la servilleta descansa doblada de forma exquisita.

Para completar la disposición, sitúo la copa de vino tinto a la derecha de la del agua, creando una línea vertical ascendente.

Se trata de un Vega Sicilia Único que he tenido el placer de encontrar en la bodega del dueño de la casa.

Sin duda, esta ha sido la sorpresa de la noche.

Me siento de cara a la puerta, coloco con cuidado la servilleta sobre mi regazo y me llevo el tenedor a la boca. Una explosión de sabores me inunda el paladar al momento y el tiempo parece detenerse.

«Joder, creo que esta vez estoy casi a la altura de las enseñanzas de la abuela Amparo. Si esa vieja loca probara este guiso, tendría que tragarse algunas de sus pullas».

La imagino de pie a mi lado, con esa mirada inquisitiva que me hace sentir como un niño pequeño bajo su supervisión, y niego con la cabeza.

«Ni de coña reconocería que no cocino tan mal como le gusta decir».

Me llevo otro trozo a la boca y cierro los ojos, disfrutando del silencio.

Justo en ese instante, oigo el ruido de la cerradura de la puerta de entrada.

«Me cago en todo, ¿es que ese desgraciado no podía haber tardado un poco más en llegar?».

Respiro hondo para tranquilizarme y aguzar mis sentidos. No quiero que esto acabe antes siquiera de haber empezado.

Sigo mentalmente cada uno de sus movimientos: deja las llaves y el móvil en la consola de la entrada, camina hacia su habitación y se quita los zapatos y, por último, lo escucho acercarse con pasos lentos y pesados hacia la cocina, como si estuviese deseando que el día llegase a su fin.

Su cuerpo se envara cuando percibe una presencia no esperada en su hogar y los ojos se le agrandan al comprender lo que está viendo: a un desconocido sentado tranquilamente en su mesa mientras disfruta de una cena copiosa.

—¿Quién coño eres tú? —pregunta, todavía más confundido que alerta.

Lo observo sin responder, dándole tiempo a reflexionar y a hacer la pregunta correcta.

Pero no la hace, rara vez suelen hacerla.

En lugar de eso, gira la cabeza de un lado a otro, buscando una salida o tal vez tratando de averiguar si he venido solo o me respaldan más hombres.

Para su desgracia, no encuentra respuesta ni a lo uno ni a lo otro.

—Buenas noches, Carter. Quién soy no es relevante en este momento.

Por favor, siéntate. —Antes de que su mano se haya siquiera acercado a la cintura del pantalón, la mía ya está apuntándole.

Le dedico una de mis mejores sonrisas—. Predecible, Carter, demasiado predecible —le reprendo—.

Ahora, saca el arma que llevas en la espalda y déjala, despacio, sobre la mesa.

Después, siéntate. Odio que se me enfríe la comida.

Duda un par de segundos antes de hacer lo que le pido. Una vez que lo tengo frente a mí, guardo su arma en mi cintura y lo miro a los ojos con curiosidad.

—Si vienes a por pasta, te advierto que no encontrarás mucho. Solo soy un currante de clase media, te habrás dado cuenta de eso —se anticipa.

—Antes de que sigas tratándome como si fuera tonto —le advierto—, vas a hacer una cosa por mí. Te quedarás callado hasta que yo te formule la siguiente pregunta. ¿Podrás hacerlo?

—¡Y una mierda! —estalla golpeando con el puño en la mesa—. No eres más que un puto pirado que se ha colado en mi casa y cree que puede darme órdenes mientras…

Con un movimiento rápido que no ve venir, el cuchillo de carne que sostengo en la mano derecha sale volando y se le clava en el hombro hasta el mango. Sonrío con satisfacción al comprobar que está tan afilado como me gusta.

Su grito rompe la quietud de la noche y eso me molesta. De verdad me apetecía una cena tranquila antes de la acción y el muy imbécil lo ha tenido que estropear todo.

—Deja de lloriquear y mantente callado mientras termino de cenar, o lo próximo que probará tu carne será una de las balas que no me apetece malgastar todavía.

El sudor le cae por la frente, su mandíbula se tensa y su expresión se transforma en un rictus de odio. Al menos guarda silencio, y eso es lo único que importa.

Me levanto, saco otro cuchillo del primer cajón y vuelvo a sentarme con calma, dispuesto a terminar mi cena. Mastico despacio, degustando cada bocado a la vez que saboreo su agonía. La noche por fin está yendo como debe.

Cuando acabo, tarareo una vieja melodía mientras recojo el plato, los cubiertos, la servilleta y la copa ya vacía con una deliberada lentitud que no hace más que incrementar su nerviosismo.

Reconozco que estoy disfrutando de la situación.

Liam dice que soy como un niño que juega con la comida antes de lanzarse a probarla, pero yo creo que esto es todavía más divertido.

Tras recogerlo todo, me apoyo en la encimera de la cocina, cruzo las piernas a la altura de los tobillos y vuelvo a mirarlo a los ojos. Lo que veo en ellos me gusta: una mezcla de desconcierto, miedo y odio.

—Bueno, ahora que has tenido unos minutos para pensar en nosotros y en nuestra situación actual, ¿a qué crees que se debe mi visita?

—Su mirada se desvía por un instante hacia mi arma, la cual sigue sobre la mesa, a medio camino entre los dos.

Sonrío antes de seguir hablando—: Yo que tú no lo intentaría.

¿Por qué no facilitas las cosas y respondes?

—No tengo ni puta idea de quién eres, pero seguro que me lo vas a decir.

—Vaya —musito haciendo un mohín—, pensé que eras un poquito más listo, la verdad. También esperaba que fueses más educado. Menuda decepción.

—Tal vez si dejas que me saque el cuchillo del hombro y me cure la herida podamos hablar tranquilamente.

Tengo buenos contactos en la ciudad, podría conseguirte cualquier cosa que necesites.

—Toma mi silencio como afirmación y sigue hablando—: Drogas, armas, chicas.

Solo has de pedírmelo y será tuyo. Dime, ¿qué busca un hombre con poder como tú?

—¿Qué tipo de chicas?

—La que quieras —se apresura a responder—.

Puedes describirme cómo te gustan o elegir a la carta.

Obviamente, la segunda opción requiere de más tiempo y bastante dinero, pero puedo conseguirte a cualquiera.

¿Es eso lo que buscas? ¿Una chica en especial?

—pregunta, tanteándome, mientras una sonrisa pastosa se dibuja en su cara.

—Tiene el pelo rosa, usa gafas de pasta y su nombre es Alba. Creo que ya la conoces. ¿Cuánto?

—¡No me jodas! A esa ya me la encargaron. Si no fuera tan escurridiza la muy hija de puta, hace días que la habría atrapado y vendido.

—¿Quién te pagó para que la consiguieras?

—Vamos, tío, sabes que no puedo decírtelo.

Si no mantengo la confidencialidad de mis clientes, el negocio se irá a la mierda, sin contar con que alguien podría cabrearse y tomar represalias contra mí.

—Mi mirada se endurece y él respira con dificultad—.

Venga, hombre, elige a otra. Puedo traerte a una parecida si te gusta ese rollito nerd .

Lanzo uno de los tres cuchillos que he dejado perfectamente alineados sobre el banco de la cocina y observo cómo se clava en su brazo izquierdo, justo por encima del codo.

El alarido que suelta es ensordecedor, espero que no haya despertado a ningún vecino.

Se levanta de la silla y me mira con odio durante una fracción de segundo antes de encorvarse por el dolor.

La sangre mana de sus heridas y veo en sus ojos que está cerca de quebrarse.

«Puto cobarde».

En cualquier otra situación aguantaría un poco más, estiraría su agonía hasta que no pudiera soportarlo, pero hoy estoy impaciente por conocer la información que tiene para mí. Sé que no consiguió atrapar a Alba, pero necesito saber qué lo llevó a intentarlo.

—¿Has terminado de decir gilipolleces o quieres seguir ejerciendo de diana?

—Estás… como una puta regadera —musita.

—Nunca me han diagnosticado, pero tengo la certeza de que no hay una patología que defina con exactitud lo que sucede dentro de mi cabeza. Ahora, volvamos a nuestra conversación. Puedes responder a la pregunta o puedes seguir cantando mientras agujereo tu cuerpo. ¿Qué eliges?

Se desploma de rodillas sobre las baldosas del suelo, sin ocultar el dolor que siente, y parece que, por fin, entiende la situación.

—Me ofrecieron una suma bastante importante por secuestrar a esa chica y prometieron doblarla cuando la entregase.

Tenía que atraparla, retenerla durante tres días y asustarla para que llegara mansa a manos de quien había pagado por ella.

Me… me dieron carta blanca para hacer lo que quisiera, siempre que no la dejara inútil, no la drogara y no…

no tocara sus manos. Las instrucciones fueron claras: querían recibir un corderito.

—Nombre del que te contrató.

—Yo… no lo sé… Él… —balbucea.

—Me quedan dos cuchillos —le advierto—. Nombre y todo lo que sepas sobre él.

En un intento desesperado por su parte, se abalanza sobre la mesa donde tengo la pistola, pero antes de que pueda alcanzarla, lanzo el siguiente cuchillo, que atraviesa la mano que mantenía estirada para lograr su objetivo. Vuelve a gritar y lo miro con reprobación.

«¿Es que este tío no va a aprender nunca?».