Capítulo 21
El suave clic de la puerta de la habitación de Giovanna al cerrarse sonó como el disparo de un arma en el silencio del pasillo.
Me quedé allí parada unos segundos, apoyada contra la madera fría, intentando calmar mi respiración.
La imagen de Rafael arrodillado en la alfombra del salón, montando bloques de plástico con mi hija, había derretido las últimas defensas que me quedaban.
El hombre letal, marcado por la guerra y con un pasado que me había destrozado, también era el padre que Giovanna siempre había soñado tener.
La forma en que la miraba… la forma en que me miraba a mí durante la cena…
Me di la vuelta lentamente y volví al salón.
Él no se había ido. Rafael estaba de pie junto al gran ventanal que daba a la noche de Miami, con las manos metidas en los bolsillos de sus vaqueros oscuros.
La tenue luz de la calle perfilaba sus hombros absurdamente anchos bajo la camiseta negra.
Cuando se percató de que me acercaba, volvió la cara.
El comandante dócil y paciente de hacía unos minutos se había esfumado. Su mirada era oscura, depredadora, cargada de la misma hambre feroz y posesiva que nos consumió sobre la mesa de cristal de la galería.
El ambiente en mi piso se volvió de repente opresivo. La tensión entre nosotros empezó a chisporrotear.
—Se ha dormido —murmuré, con la voz reducida a un hilo y el nerviosismo haciendo que mis manos temblaran ligeramente.
—Lo he oído —respondió él, con voz ronca que vibraba en su amplio pecho. Sacó las manos de los bolsillos y empezó a acortar la distancia. El movimiento fue calculado, el acercamiento de un lobo que acorralaba a una presa que ya se había rendido—. Estás temblando, Camila.
—Sabes muy bien por qué —repliqué, con la respiración entrecortada a medida que invadía mi espacio personal.
Su olor me invadió. Esa embriagadora mezcla de jabón masculino, testosterona pura y peligro inminente.
Los recuerdos de la noche anterior en Wynwood, la brutalidad, el sudor, la forma en que me llenó y me hizo olvidar mi propio nombre, inundaron mi cerebro como un tsunami, borrando cualquier atisbo de cordura.
Rafael no pidió permiso esta vez. No dudó.
Sus manos callosas se deslizaron hasta mi rostro, rozando mis pómulos con los pulgares con una adoración brusca, e inclinó la cabeza para capturar mis labios.
El beso fue arrollador. No hubo preliminares tranquilos.
Nuestras bocas chocaron con una urgencia desesperada.
Abrí los labios al instante, recibiendo su lengua con un gemido ahogado que se me murió en la garganta.
Mis manos volaron hacia sus hombros, clavándole las uñas a través de la camiseta de algodón.
Rafael me apretó contra su cuerpo, y pude sentir la prueba dura y palpitante de su excitación presionada contra mi cadera, palpitando de deseo.
No iba a resistirme. Hoy no. No en mi territorio.
Rompí el beso, separando nuestros labios hinchados lo justo para tomar aire, y agarré su mano extendida.
No dije ni una palabra. Simplemente lo arrastré por el pasillo, guiándolo hasta la puerta de mi habitación, mi santuario, el lugar donde había pasado los últimos dos años llorando por él, odiándolo y, en el fondo, deseando que volviera.
Cuando entramos en la habitación, iluminada únicamente por la lámpara de la mesita de noche, Rafael cerró la puerta con el pie y me empujó ligeramente contra ella.
El vestido de algodón que llevaba no duró ni dos minutos.
Sus manos apresuradas me desnudaron con la urgencia de un hombre que se moría de sed.
Yo hice lo mismo con él. Le arranqué la camiseta negra, deslizando mis dedos por la piel caliente y rígida de su pecho, acariciando las cicatrices retorcidas de la explosión sin ningún temor, solo con la veneración de quien amaba cada marca de aquel superviviente.
Se quitó los vaqueros y caímos juntos sobre el mullido colchón.
El contraste entre la cama extragrande y la aspereza de la mesa de cristal de la noche anterior no hizo más que aumentar la tensión. Rafael no me dio tiempo a retroceder. Con un movimiento ágil, me dio la vuelta sobre el colchón.
Me vi obligada a apoyar las rodillas y las palmas de las manos en el colchón, quedándome a cuatro patas, con la espalda arqueada y las caderas levantadas, totalmente expuesta y vulnerable ante él.
El impacto de esa postura sumisa me cortó la respiración.
Sentí el peso de sus enormes y cálidas manos agarrándome por la cintura, clavándome los pulgares en los costados, dejando claro que él tenía el control absoluto de cada movimiento.
Se arrodilló detrás de mí. El calor de su amplio y sudoroso pecho rozó mi espalda desnuda, y sentí su miembro duro, grueso e incandescente presionando contra mi entrada húmeda.
—Rafael… —jadeé, cerrando los ojos con fuerza, sintiendo cómo la excitación se acumulaba en mi bajo vientre hasta rozar el dolor.
No entró de golpe. Rafael me sujetó las caderas y se inclinó sobre mí, con sus labios calientes rozando la curva de mi cuello, la barba sin afeitar arañándome la piel sensible de una forma que me hizo estremecer violentamente.
—¿Crees que podrías escapar de mí? —me susurró al oído, con una voz grave, arrastrada y obscena, cargada de unos celos territoriales que ni siquiera sabía que albergaba.
Se deslizó contra mi entrada, solo lo suficiente para hacerme gemir de ansias—.
Dime, Camila… ¿crees que esos pijos engominados del distrito financiero de Downtown podrían contigo?
Me dio una embestida corta y intensa, haciéndome jadear y encoger los hombros, clavando los dedos en la sábana.
—¿Crees que esos surfistas de mierda de Miami Beach tendrían las agallas para lidiar con esto?
—Continuó con su provocación ronca, mordisqueándome la base del cuello mientras su mano derecha bajaba para atraer mi cadera aún más contra la suya—.
No te follarían así, amor. Ninguno de ellos tiene la fuerza para romperte y volver a ponerte en tu sitio.
La posesividad de sus palabras, mezclada con la cruda vulgaridad de la afirmación, fue el golpe de gracia para mi cordura. Todo mi cuerpo estaba en llamas. La testosterona que desprendía me volvía loca.
—Solo… métela ya —supliqué con un gemido ronco, echando la cabeza hacia atrás—. Rafael, por favor…
Ya no dudó más. Con un gruñido animal que resonó en la habitación silenciosa, Rafael empujó las caderas con fuerza bruta y se hundió en mí hasta el fondo.
Esa sensación de plenitud me hizo gritar, un sonido agudo que ahogué mordiéndome el propio labio.
La penetración por detrás era increíblemente profunda, una fricción intensa que alcanzaba lugares que me hacían ver chispas.
A partir de ahí, el ritmo se convirtió en un castigo delicioso.
El sonido de su piel chocando contra la mía, las palmadas secas contra mis muslos, el colchón crujiendo bajo el impacto de la fuerza bruta del hombre que me montaba sin piedad.
Sus manos no se quedaban quietas. Una de ellas me tiraba del pelo en la nuca, forzando mi cara hacia arriba, mientras que la otra me apretaba los pechos con un apetito insaciable.
Intentaba seguir el ritmo, empujando mis caderas hacia atrás con cada embestida brutal, completamente embriagada por el placer enfermizo de estar totalmente dominada por él.
—Mía… —gruñía con cada embestida violenta, con su aliento pesado y cálido golpeándome la espalda—. Solo mía.
La fricción letal y profunda me arrastró al borde del precipicio en cuestión de minutos. No podía pensar, no podía respirar, solo sentía su inmensidad dentro de mí, estirándome, dominándome. La tensión en mi interior explotó con una fuerza que casi me hizo desplomarme boca abajo sobre la cama.
Mi cuerpo se convulsionó violentamente. Me corrí con un grito ahogado contra las sábanas, mis músculos internos apretándose a su alrededor con una desesperación que le hizo perder el control.
En la milésima de segundo siguiente, Rafael bloqueó las caderas.
Sus dedos se hundieron en mi cintura, casi haciéndome daño, y con un gemido ronco, gutural, sacado del fondo de sus cicatrices, se hundió en mí una última vez, descargando toda su tensión, mientras los espasmos de su gigantesco cuerpo temblaban contra mi espalda.
La quietud tardó en volver.
Me dejé llevar, con los brazos fallándome, y me desplomé de pecho sobre el colchón, jadeando, sintiendo cómo el sudor cubría mi piel. Rafael cubrió mi cuerpo con el suyo, aplastándome contra la cama con un peso acogedor, su pecho marcado subiendo y bajando frenéticamente contra mi espalda.
Mientras recuperaba el aliento y sus cálidos labios depositaban besos agotados en mis hombros desnudos, la verdad absoluta me invadió allí mismo, hundida en mis propias sábanas: él tenía razón.
Los tipos pulcros y civiles no me bastaban.
Me había echado a perder para el resto del mundo porque, al final, siempre sería el territorio de aquel maldito soldado.