34 Londres-Tokio
Vega
Mala idea desde el momento en que se me ocurre.
Por eso, probablemente, compro el billete.
Estoy en una habitación de hotel en Londres, descalza, con el portátil abierto sobre la cama y una cena que se ha quedado fría en algún punto entre la última videollamada y los cuatro correos que he contestado después.
Son casi las diez de la noche. Fuera llueve con constancia británica, esa que no llega a convertirse en tormenta pero consigue que toda la ciudad se cubra por una película gris.
Mañana debería volver a Madrid. Mi vuelo sale a las nueve y veinte de Heathrow, tengo una reunión por la tarde y una lista de asuntos pendientes que no cabe en una pantalla, sin embargo, en lugar de hacer el check-in , abro otra pestaña.
Londres-Tokio. La miro durante unos segundos. Una locura, no obstante, exactamente lo que quiero hacer.
Pienso en mis reuniones, el calendario, las horas que puedo mover sin provocar un desastre internacional.
Hago cálculos, cambio dos citas, envío tres correos y descubro algo que quizá debería haber descubierto antes: cuando de verdad quiero hacer una cosa, soy extraordinariamente eficiente reorganizando mi vida.
Compro el billete antes de poder arrepentirme. Después escribo a la única persona que puede arruinarme la sorpresa: Necesito un favor y necesito que no le digas nada a Nico.
Kenji tarda doce minutos en contestar. Solo doce, pero me da tiempo a plantearme cancelar el vuelo dos veces.
Su respuesta contiene una dirección, una hora y una recomendación bastante seca sobre el acceso al circuito. Nada más. Ni pregunta por qué voy. Ni me advierte que estoy loca. Me cae bien ese hombre.
Nico me llama cuando estoy de camino a Heathrow y tengo que contener la risa al ver su nombre en la pantalla.
—Hola.
—Hola. ¿Dónde estás?
Miro por la ventanilla. El taxi avanza entre el tráfico y un cielo que todavía no ha decidido si quiere amanecer.
—Saliendo del hotel. —No miento en absoluto.
—¿Ya?
—Tengo que ir al aeropuerto. —Tampoco es mentira.
—Pensaba que tu vuelo saldría más tarde.
—He cambiado algunas cosas.
—¿Todo bien?
La pregunta me hace sonreír.
—Todo bien.
—Estás rara.
—Estoy a las seis y media de la mañana metida en un coche después de dormir cuatro horas.
—Eso explica tu encanto habitual.
—Vete a la mierda, Ríos. —Se ríe y tengo que mirar hacia fuera para que el taxista no piense que soy idiota.
Hablamos unos minutos más. Nico me cuenta que tiene otra jornada larga, que quieren probar varios ajustes y que probablemente acabará tarde. Yo le digo que intentaré dormir durante el vuelo. Él da por hecho que hablo del vuelo a Madrid y no lo corrijo.
—Te amo.
—Te amo.
Un viaje interminable. Intento trabajar, duermo a ratos, veo media película sin enterarme de nada y paso demasiado tiempo pensando en qué demonios hago.
Cruzar medio mundo para sorprender a un hombre con el que llevo tan poco tiempo contiene exactamente el tipo de gesto que, analizado fríamente, podría hacerme salir corriendo.
Y, sin embargo, no siento que esté corriendo detrás de Nico.
Esa es la diferencia. No abandono Londres por él.
He terminado lo que tenía que hacer allí.
No rechazo una oportunidad. No renuncio a nada.
He encontrado varios días en medio de una agenda imposible y he decidido gastarlos de una forma que me apetece.
Durante demasiado tiempo otras personas han tomado decisiones creyendo saber qué era mejor para mí.
Ahora resulta casi ridículamente importante recordar que también puedo tomar decisiones impulsivas, poco prácticas y completamente mías.
Incluso coger un avión a Tokio solo para besar a mi novio.
La palabra me hace sonreír. Mi novio. Todavía me resulta nueva.
Llego a Japón con sueño, mucho, no sé ni qué hora es.
El circuito no está en Tokio, ni siquiera cerca de lo que una persona razonable llamaría ahí al lado.
Duermo unas horas en un hotel y al día siguiente hago el resto del trayecto con un conductor que Kenji ha organizado y que habla poco inglés.
Mejor. No estoy en condiciones de mantener una conversación con nadie.
A medida que dejamos atrás la ciudad, miro el paisaje y pienso en Nico haciendo este recorrido hace unos días y me pregunto qué sintió la primera vez que vio la fábrica, cuando entró en el simulador y cuando le enseñaron la moto.
Me lo ha contado todo, pero contar algo y compartirlo son cosas diferentes.
Por eso estoy aquí. Porque quiero ver esta parte.
Cuando llegamos, enseño la acreditación que Kenji ha dejado preparada para mí.
Me hacen pasar por dos controles y uno de los miembros del equipo viene a buscarme.
Me conduce hasta el paddock mientras intento comportarme como una profesional que visita un circuito y no como una mujer que acaba de recorrer diez mil kilómetros para plantarse delante de un hombre sin avisar.
El intento dura poco, porque escucho una moto. Y… no necesito preguntar si es él. Solo lo sé. El sonido se acerca desde algún punto del trazado y noto una descarga absurda en el estómago. Camino hasta el muro y veo la NR-27 aparecer al fondo. Negra, compacta, violenta.
Nico pasa frente a nosotros tan rápido que apenas distingo el casco y el cuerpo inclinado sobre la moto. Es ahí cuando lo entiendo todo. No la telemetría ni los tiempos que me cuenta ni las explicaciones técnicas que a veces finjo comprender mejor de lo que realmente comprendo.
Entiendo por qué está aquí. Hay algo distinto en él incluso desde esta distancia.
Lo veo en la manera de colocar el cuerpo, en la agresividad controlada con la que entra en curva, en esa precisión que convierte una cosa objetivamente demencial (lanzarse sobre dos ruedas a esa velocidad) en algo que parece inevitable.
Da otra vuelta. Y otra. Yo me quedo junto al box, con unas gafas de sol ocultando parte de mi cara y la acreditación colgada al cuello. Kenji se posiciona a mi lado y me saluda con una inclinación mínima de cabeza.
—No le has dicho nada, ¿verdad? —digo en inglés. —Niega con la cabeza—. Perfecto.
—Ahora probablemente se enfadará conmigo —responde en el mismo idioma, mientras mira la pista.
—Que se ponga a la cola.
Creo que casi sonríe.
Unos minutos después sacan el cartel que indica a Nico que entre y de repente me pongo nerviosa.
Es ridículo. He hablado ante auditorios llenos.
He gestionado crisis con periodistas llamándome a seis teléfonos distintos.
Hace unos días me he sentado delante de tres directivos para defender por qué deberían darme un puesto desde el que dirigir la comunicación de cinco campeonatos. Y ahora no sé qué hacer con las manos.
La moto entra por el pit lane reduciendo velocidad. Nico se dirige hacia el box sin verme. Uno de los mecánicos se adelanta y yo permanezco unos metros detrás, observándolo detenerse. Apaga el motor. Le colocan el caballete. Se quita un guante y después el otro.
Levanta la visera y Kenji dice algo que no escucho.
Nico gira la cabeza y me ve. Durante un segundo no ocurre nada.
Y ese segundo me lo quedo. Porque su expresión cambia por completo.
Primero desconcierto. Después incredulidad.
Y finalmente algo tan limpio, tan espontáneo, que me golpea directamente en el pecho.
Se baja de la moto de una manera bastante menos elegante de la que imagino que le gustaría reconocer.
—¡Vega! —grita.
No debería poder oír mi nombre desde donde estoy, sin embargo, lo oigo. Se arranca el casco mientras camina hacia mí y, a mitad de camino, deja de caminar y corre.
Me río antes de que llegue.
—¡Sorpresa! —No me da tiempo a decir nada más.
Me agarra por la cintura y me besa. No hay saludo, ni pregunta, ni la más mínima preocupación por las ocho o diez personas que hay alrededor.
Solo su boca contra la mía, todavía caliente después de la pista, sus manos sujetándome y mi cuerpo reaccionando antes de que mi cabeza recuerde dónde estamos.
Le rodeo el cuello con los brazos. Nico vuelve a besarme, esta vez más despacio, aunque no mucho. Cuando se separa unos centímetros, sigue sujetándome.
—¿Qué cojones haces aquí, Ríos?
—Qué recibimiento tan bonito. —Me echo a reír.
—Estabas en Londres.
—Correcto.
—Ayer estabas en Londres. —Me mira alucinado. Me toca la cara, literalmente, con una mano—. Estás aquí.
—Eso parece.
Y vuelve a besarme. Esta vez escucho alguna risa a nuestro alrededor.
—Tenemos público —murmuro contra su boca.
—Me importa una mierda.
—Muy profesional.
—Has venido a Japón sin avisarme.
—Es el concepto de sorpresa.
—Podría haberme dado un infarto.
—Eres piloto. Confío en tu resistencia cardiovascular.
Se ríe y apoya la frente contra la mía. Lo observo de cerca. Tiene el pelo aplastado por el casco, marcas rojas en la frente y una expresión de felicidad que no recuerdo haberle visto antes. No así. Sin filtros.
—¿Cuándo has llegado?
—Hace unas horas.
—¿Y no me has dicho nada?
—He tenido que mentirte durante casi dos días. Ha sido agotador.
—Eres malísima mintiendo.
—Pues no me has descubierto.
—Porque confiaba en ti.
—Error de principiante.
Me estrecha más contra él.
—Joder, Vega. —Esta vez mi nombre suena diferente. Y sé perfectamente lo que significa porque yo siento lo mismo. Te he echado de menos. Muchísimo. No hace falta decirlo.
Por encima de su hombro veo la NR-27 esperando sobre los caballetes. Los ingenieros vuelven poco a poco a sus pantallas. Alguien revisa un neumático. Kenji estudia unos datos con una concentración exagerada para alguien que hace un momento estaba pendiente de nosotros.
—Quiero verla —le pido.
—¿La moto? —Se gira unos centímetros.
—No. el paisaje. Claro que la moto.
—Ven. —Me coge de la mano y tira de mí hacia el box.
Hay algo infantil en la forma en que lo hace. Orgullo, entusiasmo, ganas de enseñármelo todo. Me presenta a gente cuyos nombres sé que olvidaré en los próximos cinco minutos y empieza a explicarme cambios, sensaciones y problemas técnicos mientras señala piezas.
Lo escucho con atención, no porque entienda todo, sino porque lo entiendo a él. Y de pronto recuerdo lo que Marco nos contó sobre Rocco. Aquello que más temía no era que Nico y yo nos enamoráramos sino que nos entendiéramos.
Miro a Nico hablando de la moto, gesticulando mientras intenta explicarme por qué tres milímetros pueden cambiarlo todo. Me doy cuenta de que llevo sonriendo desde que se quitó el casco.
Tal vez Rocco vio algo antes que nosotros. Pero esta vez no quiero pensar en lo que pudo haber ocurrido hace cinco años. No quiero imaginar otra vida, otro circuito ni otra versión de nosotros. Porque tengo esta.
—Tengo que volver a salir. —Nico aprieta mi mano.
—Ya lo suponía.
—No te vayas.
—¿Adónde voy a ir?
—Has cruzado medio planeta para estar aquí. Conmigo.
—Contigo.
Sonríe, me besa una vez más y regresa hacia la moto.
Yo me quedo en el box mientras se coloca el casco. Antes de bajar la visera, vuelve a buscarme con la mirada. Levanto una mano y él hace lo mismo.
El motor arranca. Y cuando sale de nuevo a pista comprendo que no he venido a Japón para comprobar si tenemos futuro, ni para demostrar que la distancia puede funcionar, ni para convertir este viaje en una de esas grandes decisiones que después necesitan un significado.
He venido porque podía, quería, lo echaba de menos y porque, después de tantos años dejando que la vida decidiera por mí demasiadas cosas, empiezo a descubrir que algunas de las mejores decisiones que tomo son también las más sencillas.
Nico pasa frente al box a toda velocidad. Y yo sonrío. He venido a verlo correr mientras nos amamos con todas nuestras fuerzas.