A un segundo de ti 35 De Tokio al cielo
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35 De Tokio al cielo

Vega

Miro la hora en la pantalla del teléfono: quedan apenas diez minutos para que termine la sesión de pruebas. El cielo sobre el circuito se ha ido cubriendo poco a poco de nubes grises que amenazan con descargar lluvia en cualquier momento. Hace frío.

Unos segundos después, el rugido bronco del motor ruge en la recta principal.

Nico pasa frente a nosotros como una exhalación y corta el aire a más de trescientos kilómetros por hora.

Veo la inclinación impecable del cuerpo, la soltura con la que mueve la moto en la entrada de la curva uno, ese dominio absoluto que hace unos minutos me ha quitado las palabras de la boca.

Sonrío en la oscuridad de mi interior. Resulta absurdo pensar que hace solo veinticuatro horas yo estaba en una habitación de hotel en Londres ordenando papeles.

Estar aquí, viendo cómo se vacía en el asfalto, es exactamente lo que necesitaba. Lo amo.

Completa la primera vuelta. Treinta y ocho punto dos. El tiempo es buenísimo. Kenji hace un leve gesto de aprobación con la cabeza sin levantar la vista de la pantalla. En el garaje, los ingenieros comentan los parciales por la radio. Todo marcha con la precisión de un reloj suizo.

Nico inicia la segunda vuelta. El sonido del motor se aleja hacia la parte trasera del trazado, esa secuencia de curvas rápidas y enlazadas que desembocan en la bajada posterior.

Escucho el sonido distante del acelerador abriéndose a fondo, lo conozco de memoria, una melodía que ha marcado casi cada año de mi vida.

Y, de repente, el sonido se corta. No es la desaceleración limpia de quien frena para encarar una curva. Es un chasquido seco, metálico, estridente, seguido de un silencio repentino y absoluto que me congela la sangre en las venas.

El monitor de tiempos de Kenji parpadea. La línea de Nico deja de registrar parciales.

—¿Nico? —dice el jefe de mecánicos por la radio. Su voz ya no es pausada; suena tensa, cortada por el chasquido de la frecuencia.

No hay nada. Solo interferencias.

—Nico, ¿me recibes?

Nada. El corazón me da un vuelco tan violento que me falta el aire de golpe.

Miro a Kenji. Su rostro ha perdido todo el color; se pone de pie de un salto y tira el auricular sobre la mesa.

En el monitor de las cámaras internas del circuito, la pantalla del sector tres cambia bruscamente a una toma lejana.

Ahí está la moto. La NR-27 rueda de manera violenta por la escapatoria de grava y se desplaza en decenas de fragmentos de fibra de carbono que vuelan por el aire como metralla negra.

Y detrás de ella, una figura sin control se desliza a una velocidad aterradora, dando tumbos sobre la grava, rebotando contra las protecciones hasta quedar inerte en el barro. El mundo se detiene. El aire se me vuelve veneno en los pulmones.

¡No! ¡No otra vez! ¡¡Dios mío, no!!

La imagen de Rocco me golpea el cerebro con la fuerza de un hachazo.

El impacto de hace cinco años, la sirena de la ambulancia, el olor a goma quemada, los médicos rodeando un cuerpo inerte, la pantalla del hospital en blanco.

La misma escena macabra repitiéndose punto por punto, exactamente en el mismo lugar de mi memoria del que he pasado años intentando huir.

—¡Nico! —el grito me sale rasgado de la garganta y me desgarra la voz.

Salgo corriendo del muro hacia el pit lane .

Detrás de mí escucho el caos desatado en el box: sillas tiradas, gritos en japonés y en inglés, los mecánicos saltando las vallas con las bolsas de herramientas y las asistencias médicas activando la alarma del circuito.

La sirena de emergencia empieza a aullar sobre nuestras cabezas con un gemido agudo e insoportable.

Corro por el vial de servicio a ciegas, con las piernas temblándome tanto que casi no siento el asfalto bajo los zapatos. El trayecto hasta la curva tres se me hace un desierto infinito. El frío me quema la cara, pero por dentro me abrasa un pánico desbocado que me impide respirar.

—¡Nico! ¡Nico!

Llego al punto del impacto casi al mismo tiempo que el primer coche de los marshals .

La escena es dantesca. El olor a gasolina mezclado con aceite caliente y tierra húmeda lo llena todo.

Partes de la moto están esparcidas a lo largo de más de cincuenta metros.

El carenado negro que hace cinco minutos lucía impecable está destrozado, arrugado como un papel.

Y allí, junto a las protecciones del fondo, yace él.

Tirado boca abajo, inmóvil. Completamente inmóvil.

No hay ningún movimiento en sus extremidades, no hay un intento de levantarse, no hay el menor signo de vida.

El mono de cuero está desgarrado en los hombros y las piernas, cubierto de barro y tierra roja. Me lanzo hacia él.

—¡Nico!

Antes de que pueda dar tres pasos en la grava, dos pares de brazos fuertes me agarran por los hombros y la cintura con violencia, y me frenan en seco. Es uno de los comisarios de pista y Kenji, que ha llegado corriendo detrás de mí.

—¡Suéltame! ¡Soltadme! ¡Dejadme ir con él! —grito fuera de mí. Forcejeo y pateo el aire con una desesperación salvaje que no sabía que tenía dentro.

—¡No, Vega, no puedes entrar ahí! ¡Deja trabajar a los médicos! —me solicita Kenji al oído, sujetándome con todo su peso mientras intenta que no me caiga al suelo.

—¡Nico! ¡Abre los ojos! ¡Nico, por favor! —mi voz es un alarido roto que se pierde en la inmensidad del circuito vacío.

Llegan los sanitarios. Tres paramédicos se tiran de rodillas sobre la grava a su alrededor.

Uno de ellos le inmoviliza el cuello con brusquedad mientras el otro intenta evaluar el estado del casco.

La tensión en el grupo de asistencia es máxima; no hay pausas, no hay gestos de calma.

Se mueven con una prisa, una que presagia lo peor.

—¡No tiene pulso! —escucho gritar a uno de los médicos en inglés, con la voz ahogada por la urgencia—. ¡No hay pulso radial! ¡Rápido, retirad la visera!

El mundo se me desmorona por completo. Las piernas me vencen y colapso hacia delante. Únicamente me sostienen los brazos de Kenji, que aprieta los dientes mientras desvía la mirada hacia el suelo, incapaz de contemplar la escena.

Le quitan el casco con extrema precaución. La cabeza de Nico cae inerte hacia un lado. Tiene el rostro cubierto de sangre que le brota de la sien y los ojos cerrados, sumido en una inconsciencia profunda y tenebrosa. No respira. No se mueve.

—¡No! ¡No me puedes hacer esto! ¡Nico, mírame! ¡Por favor! —suplico a la nada, ahogándome en mis propios sollozos, sintiendo cómo el pecho se me rompe en mil pedazos.

Una ambulancia entra en la escapatoria a toda velocidad y derrapa las ruedas sobre la hierba mojada. Las puertas traseras se abren de golpe y de su interior bajan dos médicos más con la camilla de extracción rápida y el equipo de reanimación.

El cielo de Tokio empieza a descargar las primeras gotas de una lluvia gruesa y helada que impacta contra mi cara.

Miro el cuerpo inmóvil de Nico sobre la grava, rodeado de médicos que luchan desesperadamente por arañarle un hilo de vida a la muerte, y por primera vez en mi vida se instala en mi cabeza un silencio absoluto y devastador.

Siempre creemos que el tiempo nos pertenece.

Nos pasamos la vida haciendo planes a largo plazo, posponiendo conversaciones, guardándonos abrazos para cuando sea el momento adecuado, como si el mañana fuera una garantía firmada y no un regalo.

Nos convencemos de que el control es nuestro, de que podemos calcular cada margen de error, trazar cada curva y frenar a tiempo antes del impacto.

La vida no avisa. La distancia entre estar aquí, respirando con la fuerza de quien se cree invencible, y la nada más absoluta cabe en un solo segundo. En el parpadeo de una milésima de segundo en el que el mundo se rompe sin preguntarte si te viene bien.

Ver la fragilidad de la existencia cara a cara de forma tan violenta te desmonta por dentro, pero también te enseña la única verdad que importa: que la vida no se mide en los años que acumulamos, sino en la intensidad con la que nos atrevemos a sentirla, en los riesgos que tomamos, en las sorpresas a mitad de la noche, en las personas por las que cruzamos el planeta sin pensarlo dos veces solo para decirles que las amamos.

No sabemos cuándo nos tocará irnos ni cuánto tiempo nos queda para quedarnos.

No elegimos el momento en que se apaga la luz, pero sí elegimos cómo estar presentes mientras la carrera siga en marcha.

Y aunque la gravedad nos empuje hacia el suelo y el miedo amenace con congelarnos el alma, solo nos queda una opción: aferrarnos a la tierra, respirar a través del dolor y luchar con el último aliento que nos quede en el pecho.

Porque mientras haya un hilo de pulso, mientras quede un suspiro de aire, la batalla no ha terminado. Y yo no pienso soltarle.

Continúa en… Siempre volveré a ti