33 El lugar al que volver
Nico
La llave de Vega no sirve para nada en Japón.
Lo descubro en cuanto llego al hotel de Tokio y vacío los bolsillos sobre la mesa: cartera, teléfono, auriculares, monedas, tarjeta de la habitación y una llave de latón que abre una puerta situada a más de diez mil kilómetros.
La cojo, la miro y sonrío como un idiota.
—Perfecto, Ríos.
Llevo diecisiete horas viajando, he dormido quizá tres y mi primera actividad en Japón consiste en hablar solo con una llave. Le hago una foto y se la envío a Vega.
Nico: Ha llegado bien.
Tarda treinta segundos.
Vega: ¿Te has llevado mi llave a Japón?
Nico: Estaba en el llavero.
Vega: Puedes quitarla del llavero.
Nico: Demasiado trabajo.
Vega: Son las cuatro y doce de la madrugada.
Miro la hora. Joder.
Nico: ¿Por qué estás despierta?
Vega: Porque un imbécil me ha mandado una foto de una llave.
Nico: Vuelve a dormir.
Vega: Esa era la idea.
Nico: Te amo.
Tarda algo más.
Vega: Te amo.
Dejo el teléfono. Tokio está al otro lado de la ventana.
Desde arriba parece una ciudad construida por alguien que consideró insuficiente el concepto de ciudad.
Edificios hasta donde alcanza la vista, trenes, carreteras, luces, movimiento.
Tengo ganas de salir, pero no lo hago. Mañana a las siete y media me recoge un coche de Nakamura.
Y quiero ese contrato, mucho, quizá demasiado. Eso me preocupa un poco.
A las siete estoy despierto. A las siete y cuarto, vestido.
A las siete y veinte, abajo. El coche llega siete minutos después.
Mal empezamos. El conductor se disculpa tres veces.
Yo le digo que no pasa nada y me mira como si acabara de perdonarle la vida.
Dos horas después estoy en las instalaciones técnicas de Nakamura Racing.
No se parecen a ningún taller europeo en el que haya trabajado.
Tampoco a una fábrica tradicional. Hay motos, naturalmente, pero casi todo lo que veo alrededor pertenece más a un laboratorio: bancos de ensayo, salas de telemetría, simuladores, ordenadores, piezas que no reconozco y demasiada gente que sabe exactamente adónde va.
Me recibe Hiroshi Nakamura. Tiene cincuenta y tantos, habla un inglés excelente y sonríe poco. Nos hemos visto varias veces en circuitos, pero nunca habíamos hablado más de cinco minutos. Nos presentamos y nos estrechamos la mano.
—¿Preparado?
—Sí.
—Eso espero.
Perfecto. Me gusta. Nada de discursos ni es un honor tenerte aquí.
Me conduce hasta una sala de reuniones donde esperan seis personas.
Ingenieros, responsables técnicos. director deportivo y un hombre delgado, quizá de mi edad, sentado al final de la mesa con una tableta delante. Hiroshi lo presenta el último.
—Kenji Sato. Responsable de dinámica y desarrollo del proyecto NR-27.
Kenji se levanta.
—Encantado.
—Igualmente.
—He estudiado sus datos.
—Espero que no todos.
—Todos los que hemos podido conseguir.
—Eso da miedo.
—Era la intención.
No sonríe, no sé si bromea, me gusta menos.
La reunión dura dos horas. La NR-27 no es una evolución de una moto anterior. Es un proyecto prácticamente nuevo. Motor, geometría, aerodinámica, electrónica. Algunas soluciones ya están decididas; otras siguen abiertas. Quieren entrar en el campeonato con una moto capaz de ganar en dos temporadas.
—¿Dos? —pregunto.
—Una sería publicidad —explica Hiroshi—. Tres sería falta de ambición.
—¿Y dos?
—Un objetivo.
Eso sí me gusta. Hablan de mí, de mis datos, de frenada, de cómo utilizo el neumático trasero, de mi capacidad para adaptarme a condiciones cambiantes. También de mis defectos. eso me gusta menos.
—Frena demasiado tarde cuando está bajo presión —registra Kenji.
—Frenar tarde es parte de mi trabajo.
—Frenar en el punto correcto forma parte obligda de su trabajo.
Lo miro. Él me mira.
—Nos llevaremos bien —digo.
—No es necesario.
Alguien contiene una sonrisa.
—¿Qué es necesario?
—Que usted pilote bien y yo entienda por qué.
—¿Y si no estamos de acuerdo?
—Los datos decidirán.
—Los datos no conducen.
—Y los pilotos no siempre entienden lo que hacen.
Hiroshi interviene:
—Por eso estáis los dos aquí.
Kenji baja la mirada hacia su tableta. Primer asalto. Empate. Después llegan las pruebas físicas, biomecánicas y de reacción. Odio algunas. Especialmente una máquina diseñada aparentemente para demostrarme que mis reflejos ya no son los de un chaval de veinte años.
—Cero coma doscientos treinta y ocho —dice el técnico.
—Otra vez.
—Está dentro de los parámetros.
—Otra vez.
Repito. Cero coma doscientos veintinueve.
—Otra.
—Nico —dice Kenji.
—Una más.
—No necesita demostrar nada a la máquina.
—Quiero mejorar.
—Ya ha mejorado.
—Puedo más.
Kenji me observa.
—Eso es precisamente lo que queremos estudiar.
—¿Qué?
—Nada. —Lo dice de una forma que significa exactamente lo contrario.
A mediodía miro el teléfono. Tres mensajes de Vega.
Vega: Primer día oficial. He despedido a dos personas.
Debajo:
Vega: Es broma.
Sonrío. La llamo. No responde. Cinco minutos después llega un mensaje.
Vega: Reunión. Luego.
Guardo el teléfono con una decepción absurda por llevar menos de un día lejos de Vega y echarla ya de menos.
Paso la tarde en el simulador, trabajando durante horas con Kenji hasta que los datos dejan claro algo que me cuesta aceptar: soy más rápido cuando confío en la moto que cuando intento demostrar que puedo dominarla.
Regreso al hotel agotado, cerca de las once.
En Madrid son las dos de la tarde. Llamo a Vega y responde al segundo tono. Solo escucharla cambia algo.
—Hola.
—¿Qué tal?
—Tengo un ingeniero que me odia.
—¿Ya? Récord. ¿Qué has hecho?
—Ser yo.
—Eso puede resultar agotador.
—Me ha dicho que empeoro cuando intento demostrar que soy rápido. —Silencio— ¿Vega?
—Estoy intentando no reírme. Me cae bien.
—Traidora.
—¿Tiene razón?
—Un poco.
—Entonces me cae mejor.
Le cuento el día. Ella me cuenta el suyo. Ha conocido a su equipo. Ha recibido ciento cuarenta y tres correos. Tiene reuniones hasta el viernes y ya le han cambiado un vuelo.
Hablamos cuarenta minutos. Cuando colgamos estoy menos cansado. Al día siguiente Nakamura me ofrece el contrato. No al final, a primera hora. Eso me sorprende. Hiroshi lo deja delante de mí.
—Queremos que conozca nuestra intención antes de continuar.
No lo abro.
—¿Cuál es?
—Construir el proyecto alrededor de usted.
Eso sí consigue que lo abra. Dos años, opción a tercero, dinero, mucho, bonificaciones. Más, pero apenas miro las cifras.
—¿Alrededor de mí?
—Piloto principal. Desarrollo prioritario. Capacidad para seleccionar parte del equipo técnico de pista. Participación en decisiones de evolución.
—¿Y el segundo piloto?
—Tendrá igualdad de material.
—No he preguntado eso.
Hiroshi me observa.
—No queremos dos proyectos. Queremos una dirección.
—¿La mía?
—Si demuestra que es la correcta.
Sonrío.
—Kenji va a disfrutar.
—Kenji no disfruta.
Desde el fondo de la sala:
—Correcto.
Me río. No firmo. Quiero hacerlo, precisamente por eso no firmo.
—Necesito unos días.
—Los tiene.
—Y probar la moto.
—La probará.
—Pensaba que no hasta noviembre.
Hiroshi mira a Kenji.
—Hemos adelantado el programa.
—¿Cuándo?
—Pasado mañana.
El corazón me da ese golpe. Ese, el que conozco, el que aparece antes de una carrera, antes de una salida, antes de cualquier cosa que llevo toda la vida buscando.
—¿Dónde?
—Circuito privado.
—¿Cuántas vueltas?
—Dependerá de usted.
Kenji interviene:
—Y de mí.
Esa noche Vega y yo tenemos una videollamada a las once, hora japonesa. He calculado todo. Cena a las nueve, ducha, revisar datos, a las once, Vega. A las diez y veinte Kenji entra en la sala de telemetría con nuevos parámetros.
—Tengo algo a las once —informo.
—Diez minutos.
Acepto y es un gran error. A las once y doce seguimos trabajando. Miro el reloj.
—Tengo que irme.
—Cinco minutos.
—No puedo. —Me levanto. Entonces uno de los ingenieros detecta una inconsistencia en los datos de frenada y me quedo.
Once y treinta y siete. Cuando saco el teléfono tengo cuatro mensajes.
¿Sigues trabajando?
Avísame cuando puedas.
Nico.
El último:
Me voy a dormir.
Joder. La llamo, no responde. Otra vez, nada. Le escribo.
Perdón. Se ha complicado.
Los tres puntos aparecen. Desaparecen. Vuelven.
Podías haber avisado.
Lo sé.
He cambiado una reunión de mañana para poder acostarme antes y hablar contigo.
Miro la hora. En Madrid son casi las tres. La llamo. Esta vez responde. Está en la cama.
—Hola.
—Lo siento.
—Vale.
—No, no vale.
—Nico, estoy agotada.
—Han encontrado un problema en los datos.
—No te estoy pidiendo que dejes una reunión técnica para llamarme.
—Ya.
—Te estoy pidiendo diez segundos para escribir “voy tarde”.
—Tienes razón.
—No quiero quedarme mirando una pantalla sin saber si vas a aparecer.
—Lo sé. Lo siento.
—Aceptado.
—¿Estás muy enfadada?
—Un poco. Mañana no podemos hablar.
—¿Por qué?
—Tengo una cena de trabajo.
—Ah. —Siento una decepción absurda.
—¿Te molesta?
—No. Solo quería hablar contigo.
—Yo también quería hoy. Por eso me ha molestado. Buenas noches.
—Te amo.
—Juego sucio otra vez.
—¿Funciona?
—Te amo.
Colgamos. Al día siguiente descubro que esperar una llamada que no llega es bastante más irritante cuando estás en el otro lado.
Vega dijo que intentaría escribirme después de la cena.
Son las ocho de la mañana en Japón. Once de la noche allí.
Nada. Nueve. Nada. Nueve y media. Miro el teléfono. Diez. Mensaje.
Perdón. Crisis. Luego te cuento.
Eso es todo. No me gusta. A las once intento llamarla. No responde. A las doce:
Sigo viva. No puedo hablar.
A la una me llama. Estoy comiendo, pero me da igual, me levanto de la mesa.
—¿Qué ha pasado?
—Un patrocinador ha anunciado algo que no debía anunciar.
—¿Qué?
—Un cambio de piloto antes del comunicado oficial.
—Eso parece malo. Pero lo has arreglado.
—Estoy en ello.
Me sale reprocharle que haya tardado horas en avisarme y, en cuanto lo hago, entiendo exactamente cómo se sintió ella la noche anterior.
La distancia acaba de enseñarnos la primera lección: si vamos a llegar tarde, avisaremos siempre que podamos y, cuando no sea posible, ninguno convertirá unas horas de silencio en algo más grande de lo que es.
No llevamos ni dos días separados y ya estamos aprendiendo que esto también tendremos que aprender a hacerlo juntos.
—Pasado mañana pruebo la moto.
Silencio.
—¿La de verdad?
—Sí.
—Pensaba que era en noviembre.
—Han adelantado el test. —Se calla—. Vega.
—Estoy bien.
—La verdad.
—Tengo miedo. Avísame cuando termines.
—Te despertaré.
—Da igual.
—Pensaba que no querías.
—Esta vez sí.
—Vale.
—Y no hagas el gilipollas.
—Eso limita bastante mi estilo.
—Nico.
—No haré el gilipollas.
Dos días después pruebo por fin la NR-27 en circuito.
Las primeras tandas sirven para adaptarla a mí y entender sus reacciones; poco a poco dejamos de hablar de ajustes y empiezo a sentir la moto de verdad.
Es rápida, potente y, sobre todo, me transmite una confianza que no esperaba tan pronto.
Kenji insiste en que buscan información, no tiempos. Yo intento hacerle caso.
Hasta que miro el cronómetro. Voy rápido. Mucho. Y quiero más.