A un segundo de ti 32 Sentirlo dentro
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32 Sentirlo dentro

Vega

El acelerado ritmo de las últimas semanas casi no me deja asimilar lo que está ocurriendo.

La temporada ha tomado un rumbo frenético y Nico está intratable en la pista.

Tras meses de ajustes, dudas y pruebas, los resultados finalmente han llegado: pole tras pole, podio tras podio, firmando victorias impecables que lo mantienen en lo más alto de la clasificación del Mundial.

Verlo correr desde el muro es una mezcla constante de tensión y orgullo, pero hoy el paddock está en silencio.

Las carreras del fin de semana han terminado, el camión del equipo ya está recogido y Nico me ha convocado aquí con un mensaje misterioso y una hora exacta: justo al atardecer.

Camino por el vial de boxes. La luz anaranjada del sol cae sobre el asfalto. El sonido de mis pasos interrumpe la calma absoluta de un circuito que, hace solo unos días, rugía con miles de personas. Al llegar al final del pit lane , lo veo.

Nico me espera apoyado contra la pared de hormigón, con una sonrisa enigmática y los brazos cruzados. A su lado, recortadas contra el horizonte amarillento, hay dos motos de pista alineadas, impecables, brillando bajo la última luz de la tarde.

Acelero el paso hasta detenerme a un par de metros.

—¿Se puede saber qué es esto? —pregunto señalando los vehículos.

Nico suelta una carcajada limpia y echa la cabeza hacia atrás.

—Son motos, Vega.

Pongo los brazos en jarras y ruedo los ojos.

—Eres imbécil. Lo que quiero saber es qué hacen dos motos solas en mitad del circuito a estas horas.

Su sonrisa se suaviza, volviéndose más cálida, aunque no pierde ese punto de provocación constante. Se acerca a mí, coge un casco que descansaba sobre el muro y me lo tiende.

—Es para que te subas.

Me quedo inmóvil. Miro el casco, luego miro las dos motos y finalmente a él, buscando algún rastro de broma en sus ojos. Pero no lo hay.

—¿Estás loco? —digo dando un paso atrás—. Ni hablar. No me voy a subir. Y menos con esta ropa.

Llevo unos pantalones de vestir y una camisa ligera. Nico niega con la cabeza, como si hubiera previsto cada una de mis objeciones, y señala hacia la puerta abierta del garaje.

—He pensado en todo. Ahí dentro tienes monos de tu talla, botas, guantes y protecciones. Todo listo.

El aire desaparece de mi alrededor, del mundo, del universo.

La idea tarda unos segundos en asentarse en mi cabeza, pero cuando lo hace, el impacto es directo.

Han pasado cinco años desde la última vez que me subí a una moto.

Tres años desde el accidente de Rocco, desde que esa parte de mi vida quedó sepultada bajo una capa gruesa de miedo, trauma y distancia.

Mi trabajo siempre ha estado ligado al motor, pero sobre el asfalto, con los pies en la tierra, viendo a los demás arriesgarse mientras yo me mantenía al margen, a salvo.

—Nico... no puedo —murmuro con voz temblorosa.

Se acerca más, deja el casco sobre el muro y me coge las manos. Sus dedos y su contacto me anclan al suelo.

—Sí puedes —afirma, pero extremadamente suave—. No hay cronómetros, no hay nadie mirando, no hay presión. Solo la pista, tú y yo. Ha llegado el momento de que te devuelvas esto a ti misma, Vega.

Lo miro fijamente. Hay una seguridad tan absoluta en su rostro que casi me resulta contagiosa. Siento una punzada de pánico en el estómago, pero también algo más: luz en ese muro que he tardado cinco años en construir.

—Si me mato, te juro que te persigo el resto de tu vida —suspiro, cediendo.

Nico sonríe con alivio y me da un beso corto en la frente.

—Trato hecho. Ve a cambiarte.

Al ponerme el mono de cuero en el vestuario, el tacto del material rígido y el olor característico a piel y pista me hacen estremecer.

Cada cremallera que subo se siente como un ajuste en la armadura.

Cuando me pongo las botas y los guantes, me doy cuenta de que me tiemblan las manos.

El corazón me late con una violencia absurda contra las costillas y resuena en mis oídos.

El pulso se me acelera a mil por hora. Tengo la boca seca.

Cojo el casco y salgo de nuevo al pit lane. Nico ya tiene el mono puesto, bajado hasta la cintura, y me espera de pie junto a una de las motos. Al verme, sus ojos brillan.

—Te queda perfecto —asegura.

—No sé… No sé si esto es buena idea… —musito.

—Confía en mí. —Me quita el casco de la mano y me ayuda a colocármelo.

Mis ojos están clavados en los suyos mientras abrocha la correa bajo la barbilla—.

Yo confío en ti. Puedes hacerlo. —Baja la visera y me encierra en mi propio microclima.

El sonido exterior se amortigua; solo me queda el ritmo acelerado de mi respiración rebotando contra la pantalla.

La claustrofobia inicial amenaza con ahogarme por un segundo, pero me obligo a tragar saliva y mantener la calma.

Nico comprueba que el casco está bien fijado y me da dos golpecitos suaves en la cabeza.

—Mírame —me pide a través de la visera abierta—. No hay prisa. Subes, arrancas y vas a tu ritmo. Voy a estar a tu lado todo el tiempo. En cuanto quieras parar, paramos. ¿De acuerdo?

Asiento en silencio. Estoy histérica.

Vega, relájate, respira, me digo.

Me acerco a la moto y… lo primero que hago es lo que hacía siempre: acariciar y tocar el lomo.

Pasar la pierna por encima del asiento me exige un esfuerzo mental gigante.

El tacto del manillar bajo los guantes me resulta horriblemente familiar y, al mismo tiempo, distante.

Me acomodo. Nico arranca su moto primero; el rugido del motor retumba atrás, en el garaje vacío, y me hace dar un pequeño brinco interior.

Luego se gira hacia la mía, inserta la llave y presiona el botón de encendido.

El motor aullando bajo mi cuerpo me transmite una vibración directa a las manos, a las piernas y al pecho.

La adrenalina me pica en la piel. Por un instante, el recuerdo de la ambulancia de mi accidente, del hospital y de la ausencia de Rocco amenaza con congelarme los músculos.

Cierro los ojos unos segundos dentro del casco.

Respira, Vega. Respira.

Cuando los abro, Nico ya está sobre su moto, al lado de la mía, mirándome fijamente. Me hace una señal con la mano: poco a poco.

Engrano la primera marcha. El chasquido mecánico me recorre los brazos. Suelto el embrague con lentitud mientras abro el puño del gas con extremo cuidado. La moto empieza a avanzar. Me suda todo el cuerpo.

Salimos a la pista. Al principio voy rígida como una barra de hierro.

Mis hombros están levantados, mis puños aprietan el manillar con demasiada fuerza y me cuesta trazar la primera curva.

Nico se mantiene paralelo a mí, a una distancia prudencial y adapta su velocidad a mi paso de tortuga.

En cada curva lo veo por el espejo o con la visión periférica; me da margen, marca la línea de forma sutil sin presionar.

Completamos la primera vuelta. El viento golpea contra el mono y la aceleración progresiva empieza a hacer su trabajo.

En la segunda vuelta, la rigidez de mis brazos cede.

Empiezo a recordar la fluidez del movimiento, la forma en que el cuerpo debe acompañar a la máquina, la belleza pura de tumbar la moto suavemente en el ápice de la curva y sentir cómo el neumático agarra el asfalto.

—Vega, lo estás haciendo… —me digo, a punto de llorar.

El miedo no desaparece del todo, pero se transforma.

Deja de ser una parálisis y se convierte en respeto, en atención pura, en una descarga eléctrica de vida que llevaba cinco años apagada.

Acelero un poco más en la recta principal.

El motor responde con alegría y el paisaje lateral se desdibuja bajo la luz roja y dorada del atardecer.

Miro a Nico a mi lado; me hace un gesto con la cabeza y aprueba el aumento de ritmo.

Damos dos vueltas más. Dos vueltas a una velocidad muy considerable. Me siento viva. Me siento yo. Dos vueltas donde el tiempo parece se detiene y se reconfigura. Ya no hay fantasmas en el circuito. Solo está el viento, la trayectoria del asfalto y el rugido de los motores sincronizados.

Cuando encaramos de nuevo la recta de meta para detenernos, desacelero poco a poco y frenamos en mitad de la pista, justo sobre la línea de llegada.

Apago el motor y el silencio que sobreviene es místico.

Un escalofrío me recorre de pies a cabeza y grito durante unos segundos no me muevo.

Las manos me siguen temblando, pero esta vez no es de pánico, es de una euforia desbocada que me quema por dentro.

Me quito los guantes torpemente, desabrocho la correa del casco y me lo saco de un tirón. Tengo ganas de gritar.

El aire del atardecer me da de lleno en la cara. Respiro hondo y lleno los pulmones por primera vez en años. Nico ya se ha quitado el suyo y ha dejado su moto sobre la pata de cabra. Se acerca a mí a pasos agigantados.

Bajo de la moto y, sin pensarlo, me lanzo sobre él.

Nos abrazamos con un impacto sordo de los monos de cuero.

Le rodeo el cuello con los brazos y me cuelgo de él mientras suelto una risa histérica, eufórica, que me sale limpia desde el fondo de la garganta.

Nico me levanta un par de palmos del suelo, apretándome contra su cuerpo con una fuerza enorme, riéndose conmigo.

—¡Lo has hecho! —exclama contra mi oído—. ¡Lo has hecho, Vega!

—¡Lo he hecho! —grito, riendo y sintiendo cómo se me escapan un par de lágrimas.

Me pone de nuevo sobre los pies pero no me suelta. Sus manos me acunan el rostro, aún caliente por el casco. Nos miramos a los ojos. El cielo sobre nosotros es una masa impresionante de tonos violetas, naranjas y brasas encendidas.

—Gracias —le murmuro con la voz entrecortada—. Gracias por obligarme.

—No te he obligado a nada —sonríe él, y roza su nariz con la mía—. Solo te he recordado quién eres.

No aguanto más y lo beso, un beso hambriento, profundo, lleno del sabor a sudor, de la adrenalina residual y de una gratitud que no cabe en ninguna palabra.

Nico responde de inmediato, pega su cuerpo al mío en mitad del asfalto desierto y me rodea la cintura con los brazos mientras el sol termina de esconderse tras los muros del circuito.

En este punto exacto, donde hace años todo se rompió, acabamos de empezar de nuevo.