31 Un lugar que antes no existía #2
—Yo también te amo, y eso… Eso sí que me da mucho miedo.
—No lo tengas. Solo… vivamos.
De vuelta al hotel me pregunto cuándo fue que la ternura empezó a darme tanto miedo.
De niños nos entregamos al mundo con las manos abiertas, ensuciándonos las rodillas, ofreciendo el corazón a cualquier cosa que nos guste: un cachorro, un amigo de verano, una canción.
No sabemos que las cosas se rompen. Pero luego creces, te enamoras, lo das todo y, de pronto, la vida te quita algo.
O a alguien. Y aprendes la lección equivocada: aprendes a protegerte.
Construyes una muralla pequeñita, casi invisible, hecha de excusas prudente y sonrisas a medias, para que nadie vuelva a acercarse lo suficiente como para dejar un vacío cuando se vaya.
El miedo a amar no es otra cosa que el miedo al luto. Es esa voz cobarde y sensata que susurra en la noche: Si no te abres, no te dolerá. Si no te ilusionas, no habrá desilusión. Si mantienes las manos cerradas, nadie podrá quitarte lo que sostienes.
Y tiene razón, claro. La distancia es un lugar muy seguro. Pero también es un lugar extrañamente frío y deshabitado.
Llevo un tiempo mirando mis propias cicatrices con más ternura que rencor.
Entiendo por qué mi corazón intenta encogerse cada vez que siente un chispazo de afecto verdadero; entiendo que solo intenta cuidarme, como un niño asustado que cierra los ojos durante una tormenta.
Pero he empezado a comprender que el precio de no volver a perder nada es no volver a ganar nada.
Guardarse el corazón intacto para evitar que se rompa es como comprar un libro hermoso y jamás abrirlo por miedo a doblar sus páginas.
Al final, el libro se queda nuevo, sí, pero nadie leyó jamás su historia.
Así que he decidido arriesgarme. No porque no tenga miedo (el miedo sigue aquí, apretándome suavemente el pecho cada vez que digo un "te quiero" o cuando me descubro mirando a Nico con esa fragilidad de los que esperan quedarse).
Me arriesgo a pesar del miedo. Decido amar porque estar vivo es, por definición, un acto de exposición.
Porque la única forma de rozar la belleza de este mundo es aceptando su brevedad.
El amor nunca viene con garantías de permanencia; la única evidencia que tenemos es el presente, este instante en el que nos atrevemos a mirar a los ojos a otra persona y decirle, sin hablar: Aquí estoy, frágil, asustado, pero entero para ti.
Si el día de mañana me toca volver a perder, lloraré.
Lloraré con la tristeza honda de quien ha querido bien.
Pero hoy prefiero la herida aleatoria de la entrega que la seguridad estéril de la soledad.
Prefiero seguir teniendo las manos abiertas, temblorosas y dispuestas, porque solo con las manos abiertas se puede abrazar.
Hacemos el amor con las ventanas abiertas y el rumor del mar entrando en la habitación. Después permanecemos desnudos, abrazados y demasiado despiertos.
—¿Sabes que has perdido hoy? —digo.
—No está demostrado.
—Hay testigo.
—Mañana repetimos.
—Y volveré a ganar.
—Si ganas, eliges desayuno.
—Poco premio. Yo quiero dos cajones... en tu casa.
—¿Cómo sabes que yo también te daré la llave de mi casa?
—Porque me quieres.
—Eso es cierto. —Extiende la mano— ¿Qué haces?
—Cerrar el acuerdo.
—Estamos desnudos en una cama.
—Los contratos importantes exigen formalidad. —Nos damos un apretón de manos—. Un cajón y llave. Quiero que conste. ¿Puedo dejar allí también mi cepillo de dientes?
—Puedes dejar lo que quieras.
—¿Una planta?
—Eso no. Viajamos, y si no se riega, se muere.
—Podemos comprar una resistente. Un cactus.
—Negociable —río.
—Ya tenemos proyecto común.
—Un cactus.
—Toda relación empieza por algo. —Él también ríe.
Me duermo sobre su pecho y es sentir su corazón es una sensación maravillosa.
Cuando regresamos a Madrid el domingo por la tarde, estamos cansados, quemados ligeramente por el sol y bastante menos descansados de lo que pretendíamos. Subimos a mi habitación del hotel en el que nos hospedamos con el equipo y dejo la maleta.
—Espera.
Voy hasta el cajón donde tengo las pertenencias importantes y saco una llave de mi casa.
—Toma. —Se la doy.
Mira la llave. Después a mí.
—¿Seguro?
—No hagas que me arrepienta.
La coge. No bromea.
—Gracias.
Me besa.
—¿Puedo entrar cuando quiera?
—Dentro de límites razonables.
—Define razonables.
—No aparecer con seis amigos a las tres de la mañana y traer motos.
—Eso complica bastante, pero vale. —Guarda la llave en el bolsillo—. No tengo ni idea de dónde vives.
—¡Me has pillado! —bromeo.
Se acerca y me da un beso, que se corta por una llamada al teléfono de la habitación. Es recepción. Hay un paquete para mí. Le pido que lo suban. El recepcionista no tarda ni cinco minutos en subir.
Sobre acolchado. Remitente: Elena Bianchi. Sé lo que contiene antes de abrirlo. Nico también. Abro. Dentro hay una pequeña carpeta y una nota de Elena.
Era tuya. Creo que debe seguir siéndolo.
Saco la acreditación. La verdadera, no una fotografía. Mi rostro unos años más joven me mira desde el plástico. Nombre. Apellidos. Categoría. Fecha. Acceso. Le doy la vuelta. La letra de Rocco.
Dársela cuando se lo cuente.
Paso el dedo sobre las palabras. No lloro.
—¿Qué vas a hacer con ella? —pregunta Nico.
Durante años habría construido un altar mental alrededor de este objeto. Ahora no quiero.
—Guardarla.
—Bien… —Nico asiente— ¿No quieres investigarla con luz ultravioleta? Podría contener un mapa. —Rompe el momento y me hace reír. Qué bonito tener al lado a alguien así—. Tinta invisible. Un código.
—Voy a quitarte la llave.
—Retiro todo. —Me abraza.
Hace menos de cinco minutos he guardado una acreditación que pertenecía a una vida que no ocurrió y le he dado a Nico acceso a la que estoy viviendo. La comparación es tan evidente que casi me molesta.
—La acreditación nunca llegó, pero la llave sí.
—Sí.
—Supongo que eso significa algo.
—Que Correos funciona mejor que Rocco.
Me besa. Pronto se marcha a Japón. Después yo iré a Londres.
Luego vendrán aeropuertos, hoteles, reuniones, circuitos, horarios imposibles y conversaciones a través de pantallas.
Tendremos que descubrir si sabemos querernos cuando no podamos tocarnos.
Si las promesas pronunciadas junto al mar sobreviven a doce horas de diferencia horaria, al cansancio y a las agendas.
No sé qué ocurrirá y eso no me paraliza. He pasado demasiado tiempo viviendo alrededor de una historia cuyo final conocía. Ahora prefiero una cuyo final ignoro, aunque dé miedo, pueda salir mal, haya días en que estemos a miles de kilómetros.
Nico lleva mi llave en el bolsillo. Yo llevo su amor conmigo y ninguno de los dos necesita saber todavía dónde terminará esto. Por ahora basta con saber que hemos decidido entrar.