A un segundo de ti 31 Un lugar que antes no existía
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31 Un lugar que antes no existía

Vega

Descubro que Nico es incapaz de irse de vacaciones. Puede desplazarse hasta un hotel junto al mar, dejar el teléfono en silencio, ponerse un bañador y asegurar que durante cuarenta y ocho horas no piensa hablar de motos, contratos, Rocco, Nakamura ni Global Racing Media. No puede quedarse quieto.

A los siete minutos de llegar a la habitación ya ha abierto la puerta de la terraza, comprobado la temperatura del agua de la piscina desde tres pisos de altura, investigado dónde se alquilan bicicletas y localizado una cala que, según él, “está a solo nueve kilómetros”.

—Hemos venido a descansar. ¿Qué parte de nueve kilómetros en bicicleta te parece descanso?

—La vuelta es cuesta abajo. O podemos ir andando.

—Nico, no.

—Vale. —Deja el folleto sobre la mesa—. Playa.

—Pero primero voy a deshacer la maleta.

—¿Para dos días? —Pone los brazos en jarra y alza las cejas.

—Evidente, tardaré poco.

—Puedes dejarla ahí. Estamos perdiendo playa.

—El Mediterráneo seguirá existiendo dentro de diez minutos.

—No sabemos qué hará el cambio climático en ese tiempo. —Le lanzo una camiseta y la atrapa—. Violencia durante las vacaciones.

—Todavía no han empezado.

—¿Cuándo empiezan?

—Cuando cierres la boca.

Sonríe y se tumba en la cama. Hemos elegido un hotel pequeño en una localidad costera al norte de Alicante, en España (algunas veces me olvido en el país en el que estamos con tantos viajes) porque ninguno de los dos tenía ganas de aeropuertos.

Hemos venido en mi coche, he conducido yo y Nico ha sobrevivido a las tres horas de trayecto desde Madrid, donde estábamos, corrigiendo únicamente cuatro veces mi forma de adelantar.

Cinco. La quinta terminó con una amenaza de dejarlo en un área de servicio.

Desde entonces se comportó razonablemente bien.

Termino de colocar la ropa. Cuando me vuelvo, está mirando el móvil. Extiendo la mano y se lo pido.

—Esto es autoritarismo. —Suspira y me lo entrega.

Saco mi teléfono del bolso y lo dejo junto al suyo dentro de un cajón.

—Hasta la cena.

—¿Y si ocurre algo?

—El hotel tiene nuestro número de emergencia.

—¿Y si llama Nakamura?

—Te enviarán un correo.

—¿Y si llama Global Racing Media?

—Nico.

—Vale.

—Ahora estamos incomunicados. —Cierro el cajón—. Nuestros antepasados vivían así y sobrevivieron. A la playa.

—Por fin. —Me da un abrazo, me levanta y me saca fuera de la habitación.

No recuerdo la última vez que fui a una playa sin llevar algo pendiente en la cabeza.

Quizá nunca. Durante años las vacaciones fueron días robados entre trabajos, vuelos o carreras.

Hubo viajes, escapadas con amigas, fines de semana.

Pero esto tiene una cualidad distinta. No estamos huyendo de nada ni intentando recuperarnos de una discusión.

Tampoco celebramos un aniversario que todavía no existe.

Simplemente hemos decidido estar juntos durante cuarenta y ocho horas.

—Está buenísima. —Nico entra en el agua antes que yo.

Entro despacio. Está fría.

—Cabrón.

—En treinta segundos está buenísima.

—Eso no es lo mismo.

—Ven.

—No. —Se acerca. Retrocedo. Me coge por la cintura, me levanta y lo abrazo por el cuello por puro instinto—. Suéltame.

Me baja lentamente hasta que pongo los pies en el suelo. Le salpico. Error. En diez segundos estamos comportándonos como adolescentes. Cuando conseguimos parar, tengo el pelo pegado a la cara y Nico lleva un arañazo pequeño en un hombro.

—Me has herido.

—Sobrevivirás.

—Puede infectarse.

—El Mediterráneo está lleno de sal.

—También de bacterias.

—Muérete.

—Eso contradice nuestras conversaciones recientes.

Me río y durante un rato no existe nada más. Nadamos. Nos tumbamos al sol. Entramos otra vez. Nico dura exactamente doce minutos quieto sobre la toalla.

—Vamos nadando hasta la boya. Está cerca, ven conmigo. Te doy cinco metros.

—No necesito ventaja. —Me levanto.

—Entonces carrera.

Lo miro. Sonríe. Esa sonrisa.

—Hasta la boya y vuelta. ¡Sin agarrarte a mí si pierdes!

—¿Por qué iba a hacerlo?

—Para ahogarme.

—Voy a ganarte. —Miro la boya—. ¡Tienes demasiado músculo inútil!

—¿Inútil?

—Para nadar.

—Vas a arrepentirte.

—Hablas demasiado.

Empezamos a correr hasta la orilla.

—¿Hay premio? —grita Nico, con el agua ya en los tobillos.

—Una cena. ¡El que gane elige restaurante y se libra de pagar!

Durante los primeros metros intento mantenerme a su altura. Después comprendo que ha cometido un error: está nadando demasiado rápido. Lo conozco. Competitivo. Quiere sacarme distancia desde el principio. Yo mantengo ritmo. Al llegar a la boya, me lleva unos metros. Gira mal, yo giro mejor.

—¡Trampa! —chilla.

—¡Nada!

En la vuelta empieza a pagar el esfuerzo.

Lo alcanzo. Durante diez segundos vamos prácticamente juntos.

Entonces acelera, yo también y llegamos a la orilla casi a la vez.

Casi. Mi mano toca arena primero, a pesar de lo cual discutimos por diez pequeñeces.

Adelanto en la salida, estorbo en las brazadas, toque en la arena, no hay fotos…

—Ha ganado ella. —Una mujer levanta la mano desde su toalla.

—Usted no es neutral. —Nico la mira.

—No sabes perder. —Me dejo caer sobre la arena riendo.

—Pido la revancha.

—Será mañana.

Me tumbo. Nico termina haciendo lo mismo y tomamos el sol.

Comemos junto al paseo marítimo. Nico pide demasiado, yo le digo que es demasiado, él asegura que tiene metabolismo de deportista y después se come parte de mi postre. Después caminamos. Entramos en tiendas absurdas. Nico encuentra un imán con forma de paella y lo compra.

Por la tarde intento leer. Dura poco porque me interrumpe continuamente acosándome a preguntas: ¿Qué lees? ¿Cuál? ¿De qué va? ¿Es interesante? ¿Te engancha? ¿Hay asesinatos? ¿Sexo? ¿Tardarás micho en terminarla para que me cuentes?...

—¡Fuera de la habitación, o al menos de mi radio auditivo!

—Voy a dormir. —Tres minutos—. No tengo sueño.

Cierro el libro.

—Vamos a establecer normas de convivencia.

—Esto me interesa.

—Cuando una persona lee, la otra no habla.

—¿Durante cuánto?

—Hasta que cierre el libro.

—Eso puede durar horas. Es abusivo.

Vuelvo a abrirlo. Silencio. Cinco minutos, diez, quince. Lo miro, está dormido. Sonrío. Quizá la convivencia sea posible.

Por la noche cenamos en el restaurante que he elegido como vencedora legítima de la carrera.

Está en una terraza frente al mar. Comemos pescado, bebemos vino y hablamos de todo lo que hemos evitado durante semanas porque siempre había algo más urgente.

Familias, amigos, dinero, trabajo, manías.

Dónde queremos vivir, no como proyecto común, todavía, pero la conversación acaba llegando allí.

—¿Vas a seguir en tu piso? —pregunta Nico—. Al que todavía no me has invitado, por cierto.

—Estamos en hoteles. Está más cerca del circuito. Y sí, lo voy a mantener.

—Con ciento veinticinco días de viaje.

—Cuando esté en Madrid necesitaré vivir en algún sitio.

—Puedes vivir debajo de un puente.

—Gracias.

—O conmigo.

Levanto la mirada. Lo ha dicho sin solemnidad. Quizá por eso importa más.

—Eso ha sonado peligrosamente a propuesta. —Bebo vino—. No quiero mudarme contigo. Llevamos poco tiempo saliendo, sería precipitado. Además, ocupas mucho armario.

—No sabes cuánto armario ocupo.

—He visto tus maletas.

—Tú traes cuatro pares de zapatos para dos días. Eso sí que es innecesario.

—Eres imposible.

—Podrías tener una llave de mi casa. Por si acaso en algún momento lo necesitas.

Esta vez no bromea. Me sorprende.

—¿De tu casa?

—No. De un almacén en Berlín.

—¿Te crees muy gracioso? —Me hace reír—. Tu casa está en Florencia.

—Tengo muchas casas.

—Oh, qué tonto eres…

—Vega. Si no la quieres...

—Claro que la quiero.

—Entonces no preguntes por qué.

—Quiero saber qué significa.

—Significa que puedes entrar —asegura.

—Eso hacen las llaves, sí.

—No te pongas idiota ahora tú.

—Estoy intentando no hacerlo. —Dejo la copa—. ¿Significa que puedo ir aunque tú no estés? ¿Dormir allí si llego antes? ¿Dejar cosas?

—Sí, todo sin abusar. —Sonríe.

—Una camiseta, cepillo de dientes…

—¿Tan raro te parece?

—Viniendo de ti, sí.

—Gracias. —Vuelca los ojos.

Terminamos la cena y caminamos por la orilla. Voy descalza, con los zapatos en una mano. Nico lleva los suyos y, durante un rato, avanzamos sin hablar. La noche está templada y el mar apenas se oye.

—Tengo miedo de Japón —le digo —Más de lo que te he dicho. Por la moto.

—Vale. Mentiría si te prometiera que no me caeré.

—No quiero promesas falsas.

—Entonces puedo prometerte otra cosa. No voy a hacer ninguna estupidez para impresionar a nadie.

—Eso es bastante subjetivo en tu profesión.

—No tengo que demostrar que soy valiente. Si la moto no está preparada, lo diré. Si algo no funciona, pararé.

Seguimos andando.

—Tengo miedo… No solo de que te pase algo. De nosotros.

Nico no responde inmediatamente.

—¿Por qué?

—Porque ahora estamos aquí y todo parece fácil.

—Podemos hablar. —Me coge la mano—. Dormir juntos. Discutir. Hacer el amor.

—¿Hacer el amor? —me sale voz de pito—. Mañana puedo verte la cara mientras pierdes otra carrera.

—Eso no ocurrirá.

—Y dentro de unas semanas tú estarás en Japón. Después yo en Londres. Luego Milán.

—Barcelona.

—Y un día necesitaremos al otro y estaremos lejos. ¿Y si no funciona?

—Puede no funcionar.

No esperaba esa respuesta.

—Gracias.

—¿Qué querías? ¿Que dijera que nuestro amor vencerá todas las distancias?

—Habría sido horrible. Pero quizá algo intermedio.

—No sé si funcionará. Pero sé que quiero hacer todo lo posible para que funcione.

—Mejor.

—Y si algo va mal, hablaremos. Aunque sea incómodo, pese a que estemos enfadados, incluso si pensamos que puede costarnos la relación.

Nos detenemos junto al agua y Nico me mira. Hay momentos que llegan con demasiada preparación. Flores, cenas, discursos, expectativas. Otros aparecen sin anunciarse y solo después comprendes que acabas de atravesar una frontera. Este es uno de esos.

—Te amo —suelta, y… casi me tumba una ola que ni llega hasta nosotros.

—¿Qué?

—No pienso repetirlo.

—No, no. Has dicho...

—Te amo. —Me abraza.