30 Dos conversaciones pendientes #3
Marco recuerda también qué era lo que más miedo le daba a Rocco: que Vega y yo nos pareciéramos.
Según él, compartíamos la ambición, la independencia, la incapacidad de aceptar que alguien decidiera lo que podíamos o no podíamos hacer, incluso una forma parecida de enfrentarnos al miedo manteniéndonos siempre en movimiento.
Rocco no llegó a decir que pensara que nos enamoraríamos.
Dijo algo que, por alguna razón, me resulta mucho más íntimo. Pensaba que nos entenderíamos.
Miro a Vega. Ella también me está mirando. Tres años después, sé que Rocco tenía razón.
—¿Por qué no nos lo contaste después del accidente? —pregunto.
—Porque Rocco murió dos semanas después y tú estabas destrozado. Vega era para mí una mujer a la que no conocía y que acababa de perder a su pareja. ¿Qué iba a hacer? ¿Llamarte para decirte que tu mejor amigo tenía miedo de que algún día le quitaras a su novia?
—Gracias, Marco. —Me froto la frente.
—No sé si os he ayudado. ¿Estáis...? —No termina.
—Juntos —apunta Vega.
—Ah. —Una pausa—. Eso sí que no lo sabía.
—Hace poco.
Marco se ríe.
—Entonces quizá debería haber medido más mis palabras.
—Has dicho lo que recordabas. Eso necesitábamos.
Antes de colgar, Marco añade:
—Nico. Rocco te quería muchísimo.
—Lo sé. —Cierro los ojos.
—Y precisamente por eso le costaba tanto competir contigo.
—Empiezo a entenderlo.
—No conviertas los últimos meses en toda vuestra amistad.
La frase me llega donde tiene que llegar.
—No lo haré.
Colgamos. Durante un rato ninguno habla. Vega se acerca.
—¿Estás bien?
—No sé. Yo… No, no lo estoy. Pensaba que nos divertíamos. Y no todo fue diversión.
—Escúchame. —Vega me coge la cara con las dos manos—.
Rocco era adulto. Si competir contigo le hacía daño, tenía que decírtelo.
Si necesitaba distancia, tenía que tomarla.
Y si tenía miedo de que yo te conociera, tenía que hablar conmigo.
No mover trabajos, acreditaciones ni personas como si pudiera organizar la vida para que nada lo asustara.
—Así debería haber pensado y actuado, pero no lo hizo durante mucho tiempo y cuando por lo visto se propuso cambiar de actitud, el accidente se lo impidió.
—No tienes que cargar tú con las decisiones que tomó él.
—Eso te dije ayer.
—Y tenías razón.
Me besa la frente.
—Marco ha confirmado algo que importa. Rocco se dio cuenta, aunque tarde, y nos quiso juntar, quería que nos conociéramos. Aunque tuviera miedo.
—Qué cabrón.
—Bastante. Lo echo de menos. —Y esa palabra me libera más que cualquier explicación.
Puedo echar de menos a Rocco sin defender todo lo que hizo, quererlo sin convertirlo en santo, enfadarme con él, descubrir que nuestra amistad significaba cosas distintas para cada uno y conservar lo que fue verdadero.
—Hay una cosa que no entiendo —dice Vega.—Si ya había decidido contárnoslo, ¿cuándo pensaba hacerlo?
—Quizá en aquella carrera. Te daba la acreditación, hablaba contigo y después conmigo.
—Pero murió antes.
El teléfono de Vega suena. Una llamada de Elena que añade la pieza que nos faltaba.
Elena recuerda que habló con Rocco la misma mañana del accidente.
Estaba nervioso por la carrera y le confesó que, cuando terminara, tenía dos conversaciones pendientes.
Una podía costarle una relación; la otra, una amistad.
Si conseguía resolverlas, le dijo, al día siguiente dormiría mejor.
Durante tres años, Elena no dio importancia a aquella conversación porque desconocía todo lo que sabemos ahora.
Hoy el significado resulta evidente. Rocco pensaba hablar con los dos después de la carrera.
Cuando termina la llamada, me acerco a la ventana. Intento imaginarlo aquella mañana sabiendo lo que tenía pendiente y confiando en que todavía disponía de tiempo para arreglarlo. Primero la carrera. Después las explicaciones. Pero ese después nunca llegó.
En una pista todo puede reducirse a un segundo. Una curva, una frenada, el gas, la siguiente curva. No hay espacio para novias, amigos, culpas ni conversaciones pendientes. Y a Rocco le bastó uno para quedarse sin ellas.
Vega se coloca a mi lado.
—¿En qué piensas?
—En que estuvimos a segundos de conocernos varias veces.
Milán. Mugello. La segunda acreditación. Vidas enteras separadas por segundos.
—A un segundo de ti —recuerdo.
Ya había aparecido antes, casi como una intuición.
Ahora la comprendo. No habla solo de una caída, ni de Rocco, ni de nosotros.
Habla de todo lo que puede existir a una distancia mínima sin llegar a tocarse, de la persona que está al otro lado de una puerta, de una llamada que no respondes, de una acreditación que nunca recibes, de una curva, de una decisión, de una vida.
—Da un poco de miedo. Un segundo no es nada y a veces lo es todo. Pero ahora me gustaría que dejemos de buscar a Rocco durante unos días. Quiero irme contigo a algún sitio antes de Japón.
—¿Vacaciones?
—Dos días.
—¿Luna de miel?
—Metafórica.
—Ya estaba preocupado. —Me da un golpe en el pecho— ¿Dónde?
—Nada de moto, coche y conduzco yo, junto al mar. Quiero que durante cuarenta y ocho horas tu vida dependa de algo menos rápido.
—Eso es más peligroso.