30 Dos conversaciones pendientes #2
—Entonces ¿para qué te evalúan?
—Para comprobar que no se equivocan.
—Eso suena mucho a examen. Pensaba que estabas cansado de estar siempre expuesto a examen.
Lo dijo, yo también. Cierro el portátil.
—Quiero ir y subirme a esa moto. Todavía no al prototipo, al simulador. Buen proyecto, pueden construir una moto ganadora.
—Eso dicen todos los equipos.
—Estos tienen dinero para intentarlo. Y si sale bien... —No termino, no hace falta. Vega me observa.
—¿Campeonato? ¿Eso quieres?
—Claro.
—Entonces sigo sin entender el problema.
—Que para ganar hay que arriesgar más. Al límite.
—¿Cuánto más? —Su sonrisa desaparece.
—Cuando pruebas una moto nueva, sobre todo una que están desarrollando deprisa, buscas el límite. Y no lo sabes hasta que no lo encuentras. Una máquina en desarrollo implica más riesgo que correr con una moto conocida.
Se queda callada hasta que…
—No quiero pedirte que no vayas, ni que no aceptes, pero tampoco quiero fingir que me parece maravilloso verte buscar el límite de una moto que todavía no conoces.
—No tienes que fingir. Puedes llamarme gilipollas.
—Eso ya lo hago. —Está afligida de repente.
—No quiero convertirme en una razón para que tengas miedo. Y tú… eres una razón para volver.
Se queda quieta.
—Eso ha sido muy bonito y muy manipulador. Cabrón.
Dos días después llama Matteo. Estoy solo, Vega ha salido para resolver papeles de su nuevo contrato y comprar algo de ropa porque, según ella, convertirse en directora internacional exige “dejar de parecer una estudiante con acreditación”.
—Tengo los dos registros —dice Matteo.
—¿Mugello?
—Y la segunda acreditación.
Me siento.
—¿Qué has encontrado?
—La primera confirma lo que ya sabemos. Solicitud de la agencia, pendiente, cancelación y sustitución. La segunda es más interesante. No la solicitó la agencia de Vega, sino Marco Bellini.
El nombre tarda un segundo en colocarme tres años atrás.
—¿Nuestro Marco? —¿El jefe de prensa?
—El mismo. Entonces era coordinador de prensa.
—¿Qué coño pinta Marco en esto?
—No lo sé.
—Si dispones de su teléfono, mándamelo.
—Vale. Pero antes de que empieces a preguntar, habla primero con Vega.
Me molesta que me lo diga porque tiene razón.
—Gracias, Matteo.
—No sé si quiero saber en qué termina todo esto.
—Yo tampoco.
Cuelgo. El número de Marco llega un minuto después. El mismo en el que llega Vega.
—¿Qué pasa?
—Ha llamado Matteo. Tiene los registros. La segunda acreditación la solicitó Marco Bellini, coordinador de prensa del campeonato, después jefe de prensa. Conocía muy bien a Rocco.
—¿Sigue trabajando?
—No. Ahora lleva comunicación para una marca.
—¿Has hablado con él?
—No. Quería decírtelo primero.
—Llámalo ahora. Quiero estar presente.
Marco responde al segundo intento.
—¿Nico Valenti?
Su voz sigue siendo la misma.
—Marco.
—Te sigo viendo por televisión, así que envejeces menos para mí.
—Tú tampoco sales tan mal en LinkedIn.
Se ríe.
—¿Qué necesitas?
Directo, siempre fue así.
—Hablar de Rocco.
Silencio.
—Eso no me lo esperaba.
—Estoy con Vega Ríos.
El silencio cambia.
—Entiendo por qué llamas.
Vega y yo nos miramos.
—Entonces sabes algo y queremos escucharte los dos.
Marco suspira.
—Vale.
Activo el altavoz.
—Hace tres años solicitaste una para Vega —digo—. ¿Por qué?
—Me lo pidió Rocco.
—Eso ya lo imaginábamos.
—Entonces ¿qué queréis saber?
—Por qué.
—¿Qué sabéis vosotros?
—Mugello —dice Vega—. Sé que Rocco hizo que me quitaran un trabajo para impedir que fuera.
—Joder. No lo supe entonces, él me lo contó después.
—Cuéntanos qué te dijo.
—No recuerdo cada palabra.
—Lo que recuerdes.
Marco respira.
—Rocco me llamó unas dos semanas, o quizá menos, antes del accidente.
Estaba bastante jodido. Primero me preguntó si podía conseguir una acreditación adicional para Vega.
Le dije que necesitaba una razón porque no podía emitir acreditaciones personales como entradas para amigos.
Me argumentó que Vega trabajaba en comunicación y que podía incorporarla como apoyo de prensa.
Vega frunce el ceño.
—¿Me consiguió un trabajo?
—No exactamente, una colaboración puntual. Habríamos tenido que hablar contigo después.
—Pero la acreditación se emitió.
—Sí. Yo confiaba en Rocco.
—¿Y cuándo te contó lo de Mugello?
—Después. Le pregunté por qué tanto interés en que fueras a esa carrera. Y me dijo que había hecho exactamente lo contrario unas semanas antes.
—¿Te contó cómo?
—No todos los detalles. Dijo que había movido unos contactos para impedir que fueras a Mugello.
Vega aprieta los labios.
—¿Por qué?
Marco confirma lo que ya sabemos sobre Mugello, pero añade una parte de la historia que ninguno conocíamos.
Unas dos semanas antes del accidente, Rocco lo llamó para pedirle una acreditación para Vega en otra carrera.
Como no podía emitirla simplemente como invitada, consiguió justificar su presencia como una colaboración puntual en comunicación.
Fue entonces cuando terminó confesándole que semanas antes había hecho exactamente lo contrario: había utilizado sus contactos para impedir que Vega viajara a Mugello porque yo iba a estar allí.
Pero Mugello no había sido la primera vez. Rocco llevaba años evitando, siempre que podía, que Vega y yo coincidiéramos.
Escucharlo me obliga a revisar demasiados recuerdos a la vez.
Marco explica que Rocco estaba cansado de competir conmigo.
Lo que para mí siempre había sido un juego entre amigos (las carreras, las apuestas, los tiempos, cualquier estupidez que pudiéramos convertir en un desafío) había dejado de serlo para él mucho antes.
Y lo más extraño es que confiaba tanto en Vega como en mí.
El problema, según le confesó a Marco, era que había dejado de confiar en sí mismo cuando se trataba de competir conmigo.
Había convertido nuestra posible relación en otra competición, una que solo existía en su cabeza, y temía que, si nos conocíamos, yo terminara ganándole algo que él no podía soportar perder.
Vega nunca había sido algo que ninguno pudiera ganar, y Rocco lo sabía. Precisamente por eso había decidido terminar con aquello.
La segunda acreditación era su manera de hacerlo.
Quería que Vega fuera a aquella carrera y que por fin nos conociéramos.
Estaba aterrorizado ante la posibilidad, pero prefería enfrentarse a algo real antes que continuar luchando contra lo que imaginaba.
Si entre nosotros no ocurría nada, tendría que aceptar que había perdido años comportándose como un idiota.
Y, si ocurría, tendría que enfrentarse a ello.