30 Dos conversaciones pendientes
Nico
Vega acepta el trabajo un jueves a las cuatro y diecisiete de la tarde después de rechazar dos veces la oferta que quería aceptar desde el principio. No la rechaza exactamente, lo llama negociar. Yo lo llamo disfrutar haciendo sufrir a Recursos Humanos.
El contrato definitivo está abierto delante de ella en medio de una sala replete de recambios de motos con los dos solos.
Global Racing Media ha aceptado casi todo: Madrid como sede contractual, ciento veinticinco días máximos de desplazamiento salvo acuerdo excepcional, dos días semanales de trabajo remoto cuando el calendario lo permita, presupuesto propio y capacidad para seleccionar a su equipo dentro de los límites aprobados.
—Firma.
—No me presiones. Estás literalmente encima de mí.
—Apoyo emocional.
—Pesas setenta y ocho kilos.
—Setenta y seis.
—Después de desayunar y almorzar, setenta y ocho.
Vuelve al contrato. La observo marcar una casilla, introducir la firma electrónica y quedarse quieta un segundo antes de pulsar el último botón.
—¿Preparada?
—No.
—Si esperas a estar preparada para todo, no haces nada.
—Eso es filosofía de piloto.
—Funciona.
—También os estampáis contra muros.
—No arruines mi argumento.
Vega pulsa y la pantalla confirma el envío.
—Ya está. Soy directora de comunicación internacional.
La abrazo desde atrás.
—Enhorabuena, directora. Excelentísima directora. Señora directora.
—No me llames así.
—Doña Vega Ríos, directora internacional.
Se vuelve y me besa.
—Celebración esta noche —musita.
—De eso nada. Vamos a celebrarlo ahora mismo.
—Tengo trabajo.
—Acabas de aceptar otro. Necesitas aprender a separar conceptos.
—¿Qué propones?
Sonrío de lado y cierro la puerta detrás de nosotros. El sonido del pestillo suena más fuerte de lo que debería.
—No… Ni se te ocurra…
—Shh… —Voy hasta ella.
El almacén huele a goma caliente, a aceite de motor recién abierto y a ese polvo fino de metal que se pega a la piel. Las estanterías se alzan a ambos lados hasta el techo, cargadas de neumáticos apilados, carenados brillantes y cajas de recambios sin etiquetar.
Llevo todavía el mono de carrera. El cuero negro me ciñe el cuerpo con la misma precisión de siempre, brillante en los codos y las rodillas por el roce de tantas sesiones.
Vega me mira un segundo, con esa media sonrisa que ya conozco.
Tira de la cremallera de mi pecho y se atasca a la altura del esternón.
—Siempre es más fácil subirlo que bajarlo —bromea ella, con una risa corta que se le quiebra un poco en la garganta.
—Como casi todo lo que vale la pena. —La ayudo a tirar.
El cuero cede centímetro a centímetro. Ella forcejea un poco y empuja el mono hacia abajo por mis hombros mientras yo me retuerzo para facilitar el movimiento.
La tela se resiste en las caderas. Los dos batallamos un momento, medio riendo, medio respirando demasiado deprisa, hasta que por fin el mono baja hasta los tobillos y queda enredado en las botas.
No hace falta quitármelo del todo. El contraste es casi ridículo: el cuero técnico todavía rodeándome los tobillos y, por encima, mi piel desnuda, caliente, marcada por las costuras.
Vega, en cambio, lleva un pantalón de pinza negro que le marca la cintura con elegancia y una camisa blanca de manga larga, ligeramente arremangada.
El contraste entre su ropa de oficina y el olor a taller me resulta casi obsceno.
La empujo con suavidad hasta la mesa de trabajo más cercana.
El metal está frío bajo sus muslos cuando la siento.
Ella suelta un pequeño jadeo al contacto.
—Frío —susurra.
—Ya no lo estará tanto —oscilo contra su boca.
La beso despacio mientras mis dedos le desabrochan el pantalón y se lo bajan junto con las bragas.
Me arrodillo entre sus piernas abiertas.
La pruebo con la lengua, lenta al principio y presto atención a cada reacción.
El sabor de ella es limpio y salado. Siento cómo se tensa cuando paso la lengua con más firmeza, cómo sus dedos se enredan en mi pelo y tiran un poco.
El metal de la mesa rechina apenas cuando ella mueve las caderas buscando más contacto.
—Nico… —murmura, y el sonido de mi nombre en su boca me atraviesa.
Me incorporo. El mono sigue enredado en mis tobillos y estorba un poco, y eso solo hace que todo resulte más urgente. Me acomodo entre sus muslos y entro en ella de un solo movimiento profundo.
—Ahhh… —grita y le tapono la boca.
El calor que la envuelve es inmediato, intenso, casi eléctrico.
Ella exhala fuerte y apoya la frente contra mi hombro.
Empiezo a moverme con embestidas largas y controladas, sintiendo cómo se adapta a cada avance, cómo sus paredes me aprietan con cada retirada.
El cuero de mi mono roza la tela fina de su camisa cada vez que empujo.
De pronto mi teléfono vibra en algún punto de la mesa donde lo dejé, un sonido estridente en el silencio del almacén. Vega abre los ojos y me mira. No dice nada. Solo envuelve mis caderas con las piernas y me acerca más, como si me retara a contestar.
Cojo el móvil con una mano, sin salir de ella. Llama el ingeniero de pista. Deslizo el dedo para contestar y llevo el aparato a la oreja mientras retomo el movimiento, ahora más despacio, casi imperceptible.
—Dime —y mi voz sale más grave de lo normal.
La voz del otro lado habla de tiempos, de presión de neumáticos, de un ajuste que quieren probar por la tarde.
Yo respondo con monosílabos mientras sigo empujando dentro de Vega.
Ella me mira fijamente, se muerde el labio inferior y mueve las caderas en círculos lentos, deliberados, apretándome cada vez que el ingeniero hace una pregunta.
El contraste resulta casi insoportable: la voz profesional en mi oído y el calor húmedo y apretado de ella rodeándome.
Su camisa se ha abierto un poco y puedo ver el borde del sujetador blanco contrastando con la piel sonrojada.
—Sí… lo miro yo mismo más tarde. —Tengo que cerrar los ojos un segundo cuando Vega se contrae a propósito a mi alrededor.
Cuelgo. Dejo el teléfono sobre la mesa con un golpe sordo.
—Hijo de puta —susurra ella, pero está sonriendo.
La hago girar. La coloco de espaldas a mí, apoyada sobre la mesa y el pantalón de pinza todavía enredado en un tobillo.
Me coloco detrás y vuelvo a entrar en ella desde atrás.
El ángulo es distinto, más profundo. Ella emite un sonido bajo y ahogado cuando llego hasta el fondo.
Mis manos se cierran en sus caderas. El cuero de mi mono roza la parte posterior de sus muslos con cada embestida.
El olor a aceite y a sexo se espesa en el aire.
Puedo ver cómo la tela blanca de su camisa se arruga bajo mis dedos cada vez que la sujeto con más fuerza.
—Más fuerte —pide ella, y la voz le sale entrecortada.
Obedezco. El ritmo se vuelve más firme, más constante.
Desde esta posición veo la curva de su espalda bajo la camisa, el modo en que su cabello se desliza sobre el metal frío, la forma en que sus dedos se agarran al borde de la mesa cada vez que empujo.
El zumbido de la luz fluorescente parece más alto.
Fuera se oyen voces lejanas del paddock , el ruido de un motor que arranca y se apaga.
La ayudo a incorporarse y la guío hasta una de las estanterías más bajas.
Ella se apoya en las manos, de rodillas sobre una manta improvisada de cubiertas, y yo me arrodillo detrás.
El mono sigue estorbándome en los tobillos y me obliga a moverme con una limitación que de algún modo hace todo más intenso.
Vuelvo a penetrarla con embestidas cortas y precisas.
Una de mis manos rodea su cintura y baja hasta rozarla exactamente donde necesita.
Ella empuja hacia atrás para encontrarme.
El sonido de nuestros cuerpos uniéndose se mezcla con el crujido del caucho bajo sus rodillas y el roce del cuero contra la tela de su pantalón.
—Así… no pares —balbuce.
No paro. El placer se acumula sin prisa pero sin tregua.
Siento cómo ella se tensa a mi alrededor, cómo sus músculos se contraen en oleadas cada vez más fuertes.
Cuando el orgasmo la alcanza, lo hace casi en silencio, solo un temblor profundo que recorre toda su espalda y me aprieta con una fuerza que me deja sin aire.
No me detengo. Sigo moviéndome dentro de ella hasta que el control se me escapa.
Me derramo en su interior con embestidas cortas y potentes, enterrando la cara en su nuca para no hacer ruido, sintiendo cómo ella sigue temblando a mi alrededor y cómo el cuero de mi mono se pega a la piel sudada.
Nos quedamos así un momento largo, todavía unidos, escuchando si alguien se acerca.
El almacén sigue en silencio. Solo el zumbido de la luz, el olor a aceite, a cuero caliente, a tela arrugada y a nosotros dos.
Poco a poco me separo. Ella se gira, todavía con el pantalón de pinza a medio bajar, la camisa desabrochada y el pelo pegado a la frente, y me mira con los ojos entrecerrados.
—La próxima vez —anuncia con voz ronca— cerramos la puerta con llave.
Me río bajito y le beso el hombro, todavía saboreando el gusto a metal y a piel.
Otra historia es ponerme el mono sudado. Bromeamos sobre el episodio de Friends en el que Ross tuvo que echarse polvos de talco para, al final, salir sin pantalón ante la chica con la que había tenido su primera cita.
—Esta noche…, cena, vino, champán… —indico.
—Eso también me gusta.
La beso otra vez. Mi teléfono vibra sobre la mesa de nuevo. Correo de Nakamura. Vega lo ve.
—Ábrelo a ver si hay algo más que celebrar.
Lo hago. Confirmación del viaje a Japón. Billetes, hotel, agenda de reuniones, visita a fábrica, dos sesiones de simulador, análisis biomecánico, trabajo con ingenieros y una última línea que leo dos veces.
Evaluación preliminar de adaptación al prototipo NR-27.
Vega se inclina.
—¿NR-27?
—La moto nueva.
—¿En la que podrías correr?
—Si acepto.
—Y si ellos te quieren.
—Gracias por el apoyo. Ya me quieren.