29 Lo que intentamos reparar
Vega
A la mañana siguiente descubro que enfadarse con un muerto resulta agotador.
No puedes discutir con él, ni exigirle explicaciones, pedirle que se siente delante de ti y escuche durante diez minutos todo lo que tienes que reprocharle.
Tampoco puedes castigarlo con el silencio, marcharte dando un portazo ni esperar que aparezca unas horas después con esa expresión suya de saber que había metido la pata y todavía no haber decidido cuánto estaba dispuesto a reconocer.
Todo el enfado permanece dentro de ti porque la diana sobre la que disparar ha desaparecido.
Me despierto antes que Nico. De espaldas, con un brazo fuera de la sábana, lo observo unos segundos mientras intento comprender qué siento. La respuesta no goza de elegancia: sigo cabreada con Rocco, mucho y me alegro.
La idea me sorprende, pero es verdad. Durante tres años he protegido su recuerdo con tanto cuidado que casi terminé protegiéndolo también de mí.
La muerte convirtió nuestras discusiones en asuntos clausurados, sus defectos en peculiaridades y mis reproches en algo mezquino.
¿Cómo enfadarte con alguien que ya no puede defenderse?
¿Cómo acusarlo de egoísmo cuando darías cualquier cosa por tenerlo delante, aunque fuera para discutir?
Ahora sé que puedo. Puedo conservar el amor por el hombre que conocí y al mismo tiempo juzgar imperdonables sus actos.
Puedo recordar sus manos, su risa y las noches en que dormíamos abrazados y, a la vez, desear tenerlo delante para gritarle que no tenía ningún derecho a telefonear a mi agencia, inventarse un problema familiar y decidir que yo no debía ir a Mugello.
Las dos cosas caben dentro de mí. Algo nuevo en mí.
Cojo el teléfono y miro la hora. Las siete y cuarenta y seis. Tengo un mensaje de Elena enviado hace veinte minutos.
Cuando quieras. Estoy despierta.
Le escribí anoche antes de dormir para preguntarle si podíamos hablar. Me levanto sin despertar a Nico, me pongo una camiseta y salgo al pequeño balcón del apartamento. La mañana todavía conserva algo de frescor. Marco el número.
—Hola —responde Elena.
—Hola. ¿Te he pillado bien?
—Sí. Llevo despierta desde las seis. Tengo un hijo de tres años.
—¿Nico ronca?
Sonrío.
—No puedo revelar información confidencial.
Le cuento lo que descubrimos el día anterior: la acreditación de Mugello, la llamada de Rocco a la agencia, la mentira sobre mi supuesto problema familiar y la confirmación de Sara.
Elena me escucha sin interrumpirme y, cuando termino, su reacción mezcla una indignación y una incredulidad que me confirma que tampoco sabía nada.
No intenta defender a su hermano y eso me alivia más de lo que esperaba.
Cuando le pregunto cómo estaba Rocco durante las semanas anteriores al accidente, necesita unos segundos para ordenar recuerdos de hace tres años.
Me cuenta que estaba extraño, más inquieto de lo habitual.
Dormía mal y aparecía por casa con una frecuencia que entonces no le llamó demasiado la atención, aunque ahora sí: en aquella época viajaba constantemente y solía aprovechar casi todos sus días libres para estar conmigo.
También recuerda algunas conversaciones que entonces parecieron insignificantes.
En una de ellas, Rocco le preguntó si alguna vez había hecho algo que quisiera deshacer. No le explicó a qué se refería. Solo reconoció que había intentado evitar algo que hizo y creía haberlo empeorado. Debió de ser una semana antes del accidente, quizá algo más.
Hay otro recuerdo. Rocco quiso saber si Elena había hablado conmigo últimamente y, sobre todo, si yo le había contado algo relacionado con un trabajo. Cuando ella le preguntó a qué trabajo se refería, él retrocedió y fingió haberse confundido.
Cuando Elena termina de contármelo, las piezas empiezan a encajar de otra manera.
Mugello. La llamada de diecisiete segundos. La solicitud que intentó recuperar. Las preguntas a su hermana.
Rocco sabía que había hecho algo que no podía deshacer con facilidad. Y estaba buscando la forma de arreglarlo.
Elena cree que quería contármelo y que no sabía cómo.
Yo también. Recordamos entonces lo mucho que le costaba a su hermano admitir un error.
Rocco nunca decía que se había equivocado cuando podía esconder la rendición detrás de un “quizá no lo gestioné de la mejor manera” o un “puedo entender que te haya molestado”.
Terminamos entre risas y algunas lágrimas.
Bastantes años he recordado a Rocco desde el lugar que ocupa quien muere demasiado pronto. He pulido algunas aristas, olvidado discusiones y convertido ciertos defectos en anécdotas porque resulta mucho más fácil echar de menos a alguien cuando solo conservas su mejor versión.
Ahora estoy recuperando al hombre completo. Me quiso, me hizo reír hasta dolerme el estómago, incapaz de pedir perdón sin negociar antes el porcentaje exacto de culpa que aceptaría. El mismo que tuvo miedo, sintió celos y tomó por mí una decisión que jamás le perteneció.
El hallazgo de algo tan feo sobre su persona no hace que lo quiera menos. Lo hace más humano.
Antes de despedirnos, Elena me pide que no lo perdone solo porque ya no vive. Puedo estar enfadada, quererlo y reprocharle lo que hizo. Y, sobre todo, no tengo que decidir hoy cuál de esas emociones debe ganar.
Cuelgo y permanezco un rato con el teléfono entre las manos.
Lo más difícil de aceptar será que no tiene por qué ganar ninguna.
Puedo echar de menos a Rocco y seguir enfadada con él, amar al hombre que fue y odiar una o varias de las decisiones que tomó.
La muerte no convierte a nadie en una buena persona.
Tampoco una mala decisión borra todo lo bueno.
El recuerdo del afecto a una persona no exige que fuera perfecta para seguir queriéndola.
Después de hablar con Elena, decido parar, pero antes se lo cuento a Nico.
Hay más preguntas sobre Rocco y seguramente terminaremos buscando las respuestas, pero no hoy.
El miércoles tengo una reunión que puede cambiar mi vida profesional y me niego a llegar a ella con la cabeza atrapada en el pasado.
Los dos días siguientes trabajo. Y el miércoles, a la hora acordada, estoy delante del portátil con una camisa blanca, pantalones de pijama que nadie puede ver y Nico desterrado en el baño bajo instrucciones estrictas de no utilizar la cisterna porque está estropeada y tienen que venir a arreglarla.
La reunión empieza puntual. Patricia Montes aparece acompañada por David Kramer, director ejecutivo del área de competición, y Sophie Lambert, responsable de estrategia internacional. Tras unas breves presentaciones, entramos en materia.
Descubro que la magnitud del puesto supera con creces cuanto había imaginado.
No buscan a alguien que coordine prensa, sino que además reorganice la estrategia internacional de comunicación de cinco campeonatos, unifique protocolos de crisis, coordine contenidos y dirija un equipo que empezaría con doce personas y podría llegar a veinte.
Empiezo por plantear preguntas, presupuesto, capacidad de contratación, autonomía para reorganizar equipos y responsables nacionales, sedes, viajes, calendario y trabajo remoto.
No quiero un cargo bonito sobre una tarjeta. Si voy a responder por una estrategia, necesito capacidad real para tomar decisiones.
Hablamos también de los viajes. Calculan entre ciento veinte y ciento cuarenta días al año. Madrid, Londres y Milán principalmente. Tokio varias veces por temporada y Estados Unidos en algunas pruebas.
Puedo elegir Madrid o Milán como sede contractual.
—¿Por qué te interesa este puesto?
—Porque estoy cansada de gestionar consecuencias. Si acepto una responsabilidad así, quiero estar donde se toman las decisiones, no únicamente donde se redacta una nota de prensa cuando algo sale mal.
David me observa durante unos segundos.
—Eso significa responder también cuando la decisión equivocada te corresponda.
—Prefiero equivocarme tomando mis propias decisiones que responder por las de otros.
En cuanto lo digo, pienso fugazmente en Rocco. Pero esta frase no habla de él, habla de mí.
La reunión dura una hora y veintisiete minutos. Cierro el portátil y me quedo inmóvil frente a la pantalla: lo he hecho muy bien.
La puerta se abre unos centímetros y aparece la cara de Nico.
—¿Qué tal?
—El puesto es enorme y lo quiero.
—Ya tienes la respuesta importante.
—Todavía no tengo el trabajo.
Lo que más me sorprende son las ganas tan limpias de hacer frente a un trabajo de la magnitud que me proponen.
—Eres la mejor opción, Vega —dice Nico, y me besa.
Poco después, su teléfono suena y tiene que ponerse a trabajar. Nakamura quiere que viaje a Japón dentro de dos semanas para conocer al equipo técnico, probar el simulador y trabajar con los ingenieros sobre un prototipo. Si todo encaja, habría un test privado en noviembre.
Tras la llamada, su cara presenta la misma expresión que debo de tener yo: ilusión y miedo.
Nuestros teléfonos vuelven a sonar casi al mismo tiempo. El mío, un mensaje de Patricia: Gracias por la conversación. Nos gustaría avanzar. Te enviaremos una propuesta formal esta tarde.
El corazón se me acelera.
—Nico. Me van a hacer una oferta. —Me abraza y entonces reparo en algo que me agrada sobremanera. Mi primer impulso no ha sido llamar a mi madre ni comprobar el correo, sino buscarlo a él.
La propuesta llega esa misma tarde. Mejor de lo que esperaba: un salario importante, variable, Madrid como sede, trabajo remoto, presupuesto propio y autonomía suficiente para que el puesto realmente me pertenezca, incluye además alrededor de ciento treinta días de viaje al año. Leo esa parte dos veces.
—¿Qué piensas? —pregunta Nico.
—Que voy a negociar algunas condiciones y después voy a aceptar.
Nico también sonríe. Y de repente nuestro futuro se vuelve mucho más complicado.
Yo puedo pasar media vida entre aeropuertos.
Él puede marcharse a Japón. Podemos pasar semanas sin coincidir justo cuando acabamos de encontrarnos.
Me preocupa muchísimo, me preocuparía todavía más empezar una relación renunciando a lo que fuimos antes.
Miro otra vez la oferta. Demasiado tiempo otras personas han tomado decisiones que afectaban a mi vida. Esta vez no, ahora la decisión es mía. Y quiero ese trabajo.