28 La decisión que no era suya
Nico
A las siete y veinte de la mañana descubro que Vega tiene una relación bastante flexible con el concepto de «mañana». Está sentada en la cama con el teléfono en la mano.
Me incorporo.
—¿Qué haces?
—Miro el mensaje. Lo he leído tres veces.
Nico, tenemos que hablar. No es por las carreras. Es por Vega. He hecho algo que al principio me pareció una estupidez sin importancia y después no he sabido cómo arreglarlo. Sé que si te enteras por otra persona será peor. Y sé que Vega tampoco...
Ahí termina.
—¿Qué piensas?
—Lo mismo que anoche.
—Podemos inventar cincuenta finales. Y solo uno fue el que no escribió. —Me levanto—. Café.
—Buena idea.
Si te enteras por otra persona.
Eso significa que existía otra persona. Alguien sabía lo que había hecho, o podía saberlo.
Hablamos de si puede haber otra persona, quién podría ser y quién podría saberlo.
—¿Quién sabía de nosotros?
—En el mundo del motor todo el mundo conoce a todo el mundo.
—Eso no nos lleva a ninguna parte —explico—. Matteo estaba entonces más cerca de Rocco y de mí de lo que está ahora. Trabajaba para el campeonato en operaciones y acreditaciones. Yo corrí en Mugello ese año.
—Probablemente Rocco también.
—No. Estaba lesionado. —Lo recuerdo. Una caída en entrenamientos dos semanas antes. Fractura pequeña en una mano. Nada grave, pero suficiente para perderse aquella prueba—. ¿Tú ibas a ir?
—Me ofrecieron un trabajo puntual. Comunicación para un patrocinador. Una sustitución de última hora. Tres o cuatro días. Pero al final no fui porque Rocco me dijo que no merecía la pena para cuatro días. Trabajaba en Madrid y tenía que cambiar otras cosas.
—Intentó convencerte de que no fueras y yo estaba allí, él lo sabía.
Nos miramos. No me gusta la dirección. Precisamente por eso quiero seguirla.
—Voy a llamar a Matteo.
Matteo tarda cinco tonos.
—Como sea una emergencia, espero que haya fuego.
—Buenos días. ¿Te he despertado?
—Tengo dos hijos. Nadie me despierta desde 2019 porque nunca duermo.
Al fondo se escucha un niño gritando. Vega sonríe.
—Necesito preguntarte una cosa. Hace tres años, Mugello, el año del accidente de Rocco. ¿Te acuerdas de que Rocco no corrió?
—Sí, lesión en la mano.
—¿Recuerdas algo relacionado con una acreditación para Vega Ríos?
Demasiado silencio. Ambos lo notamos.
—¿Por qué preguntas eso ahora?
—Porque ha aparecido un mensaje de Rocco.
Matteo suspira. Vega se endereza.
—Sí, recuerdo la acreditación de Vega Ríos.
—¿Por qué la recuerdas después de tres años?
—Porque hubo un problema. Yo estaba en operaciones. Las acreditaciones temporales de agencias y patrocinadores pasaban por nuestro departamento. Había dos personas propuestas. Una era de Vega.
—¿Qué hizo Rocco?
—Me llamó para preguntarme si la acreditación de Vega estaba confirmada. Le dije que estaba en proceso. Me dijo entonces que había un error.
—¿Qué error?
—Eso es lo que nunca entendí. Dijo que la agencia iba a cambiar a la persona, que no podía ir.
—Eso era mentira, se lo inventó —musita Vega.
—Le creí. Rocco conocía a gente de la agencia. No había motivo para pensar que estuviera inventándolo. Dejé la acreditación pendiente y al día siguiente recibimos una modificación oficial de la agencia.
—¿Pidiendo sustituirme? —Vega palidece. ¿Por quién?
—No lo recuerdo.
—Conclusión, Rocco hizo que me sustituyeran.
—No puedo afirmar eso, sólo que me dio las gracias y a la semana me volvió a llamar para preguntarme si había quedado algún registro, si las solicitudes antiguas se conservaban.
—¿Qué le dijiste?
—Que sí. Todo quedaba registrado.
—¿Cómo reaccionó?
—Se quedó callado. Después dijo que había cometido una estupidez.
Vega cierra los ojos. Ahí está.
Una estupidez.
Exactamente la palabra del borrador.
—¿Te dijo cuál?
—No. Le pregunté y me dijo que no era asunto mío.
—Muy Rocco —murmuro.
—¿Algo más?
—Dos o tres semanas después volvió a llamarme.
—¿Antes del accidente?
—Sí.
—¿Qué quería?
—Saber si podía conseguir una copia de la solicitud original. Yo no podía dársela.
—¿Por qué la quería?
—No me lo dijo.
—¿Y tú no sospechaste?
—Nico, en aquel momento yo tenía mi propia vida. Rocco hacía preguntas raras continuamente. No pensé que hubiera una historia detrás.
Vega sigue junto a la ventana.
—¿La solicitud existe todavía? —pregunta.
—No lo sé. Después de tres años, puedo intentar averiguarlo.
—Hazlo, por favor.
—Sí.
—Y Matteo.
—Dime.
—Si recuerdas cualquier otra cosa, aunque te parezca insignificante, quiero saberla.
—Vale.
Colgamos. Durante unos segundos solo se oye el aire acondicionado.
Bajamos. El hotel está lleno de familias, turistas y gente que ignora completamente que Rocco Moretti acaba de conseguir cabrear a su novia tres años después de muerto. Nos sentamos junto a una ventana. Vega pide café y tostadas. Come. Eso me tranquiliza absurdamente.
—Estoy enfadada —dice finalmente— Durante tres años he defendido a un muerto incluso dentro de mi propia cabeza.
Cada vez que recordaba una discusión pensaba que quizá yo había exagerado.
Cada vez que algo me molestaba acababa corrigiéndolo porque él ya no podía explicarse.
¿Sabes lo fácil que es convertir a alguien muerto en la mejor versión de sí mismo?
—Sí. Tú también lo hiciste. Rocco era maravilloso.
—Lo era.
—Y también podía ser un cabrón.
La palabra queda entre nosotros. No me duele tanto como esperaba.
—Me quitó un trabajo. Sabía que yo quería ir, que representaba una oportunidad y llamó a Matteo, o sea, tomó una decisión sobre mi carrera.
Sin preguntarme. Y lo peor no es perder aquel trabajo, sino que decidió por mí.
—Ahí está. No el dinero, ni Mugello, ni yo—.
Era mi decisión. Podía haberse enfadado.
Podíamos haber discutido. Incluso podía haber terminado conmigo si era tan importante para él.
¿Sabes qué me cabrea más? Que yo lo quería y, podría haber conocido a veinte Nicos, pero me quedaría con él.
Estaba enamorada de él. Habría hecho aquel trabajo, habría vuelto a Madrid y probablemente le habría contado que su amigo era un imbécil.
—Probablemente.
—No necesitaba protegerse de mí.
—No creo que intentara protegerse de ti. Sino de mí.
Vega me mira.
—Todavía peor. —Suspira—. Quiero saber qué pasó con la agencia.
Desayunamos. El enfado continúa allí, pero ya no ocupa toda la mesa.
Por la tarde regresamos al hotel. Vega conduce porque dice que necesita hacer algo con las manos y yo le explico que existen actividades menos peligrosas.
Me manda a callar. A mitad de camino llama Matteo. Contesto con el manos libres.
—Tengo algo.
Vega baja el volumen de la música.
—Dime.
—La documentación antigua no consta en el sistema actual, pero he hablado con una persona de archivo. Puede que exista una copia.
—¿Cuánto tardará?
—Uno o dos días.
—¿Y la persona que sustituyó a Vega?
—Eso sí lo tengo.
—¿Quién? —pregunta.
Matteo dice un nombre que no significa nada para mí. Para Vega sí, lo noto inmediatamente.
—¿La conoces?
—Sí. Una compañera de la agencia.
La frase abre otra puerta.
—¿Sigue trabajando allí? —pregunto.
—Ahora dirige comunicación en una empresa de automoción —dice Matteo
—Pásame el contacto.
—Te lo mando.
—Gracias.
Colgamos.
—¿Qué pasa? —pregunto.
Vega sigue mirando la carretera.
—Se llamaba Sara Molina. Trabajamos juntas casi dos años.
—¿Te dijo algo sobre Mugello?
—Que lo sentía.
—¿Por sustituirte?
—No lo sé. Llamaré a Sara cuando lleguemos. Y después tengo que preparar la reunión del miércoles. Y tú llamar a Nakamura.
—Vega, estoy orgulloso de ti. Me gusta cómo gestionas esto.
No pone el altavoz y no se lo pido. Me limito a observarla mientras habla desde la cama.
Al principio hace alguna pregunta; después, casi ninguna.
La mayor parte del tiempo escucha con la vista fija al frente, y hay un momento en que su expresión cambia lo suficiente para que entienda que Sara acaba de confirmar lo que sospechábamos.
La conversación dura unos diez minutos. Cuando cuelga, Vega permanece inmóvil.
Sara le ha contado que fue Rocco quien llamó personalmente al director de la agencia para impedir que viajara a Mugello.
Inventó un problema familiar y pidió que la sustituyeran.
A Sara le ofrecieron el trabajo y, cuando después comprendió que Vega no sabía nada de aquello, preguntó qué había ocurrido.
El director le quitó importancia, habló de una confusión y le pidió que no removiera el asunto.
Así de sencillo. Una llamada, una mentira y una decisión que Rocco tomó por ella.
—Entonces está confirmado.
No sé qué decir durante unos segundos.
—Lo siento.
—Tú no hiciste nada. No cargues con una culpa que no te pertenece.
—No siento culpa, sino rabia.
Vega mantiene el teléfono entre las manos y sé que no piensa únicamente en Mugello. Está intentando recolocar a Rocco dentro de todos los recuerdos que tiene de él.
—Quiero odiarlo un rato —dice.
La frase me rompe un poco. Ella baja la mirada.
—Lo quise muchísimo y ahora mismo me parece un cabrón.
—Las dos cosas son compatibles.
—Me quitó una decisión. —Respira hondo—. Puede que hubiera ido a Mugello y el trabajo hubiera sido horrible. Puede que me hubieran despedido el primer día. Da igual. Me pertenecía.
La abrazo. Lo verdaderamente importante no es que Rocco le quitara cuatro días de trabajo, o la posibilidad de conocerme cinco años antes, sino el derecho a elegir, o a equivocarse.
Entiendo en definitiva por qué quiso llamarme.
A lo mejor no deseaba confesarme lo que me había hecho a mí, sino lo que le había hecho a ella.
Conocía a Vega lo suficiente para saber que podía perdonar muchas cosas, pero difícilmente que alguien decidiera por ella.
—Quiero saber si hubo más. Si lo hizo una vez, necesito saber si hubo más veces.
—Lo averiguaremos.
—Esta noche quiero ducharme, cenar, preparar la reunión de mañana y acostarme contigo.
—Por fin un plan en el que puedo ser útil. —La beso antes de que pueda añadir nada.
Y, al menos por esta noche, dejamos a Rocco donde ya no puede decidir nada por ninguno de los dos.