A un segundo de ti 27 Lo que merece ser contado
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27 Lo que merece ser contado

Vega

Descubro que comprender a Nico es bastante más incómodo que discutir con él.

Ocurre a las once y veintitrés de la mañana del domingo, mientras Aurora intenta convencerme de que necesito llevarme tres recipientes de lasaña, dos de croquetas y una tortilla.

Nico y su padre han salido a comprar no sé qué pieza para una moto antigua que Andrés guarda en el garaje y Laura se ha llevado a los niños al parque.

Estoy cerrando como puedo una bolsa que contiene comida suficiente para sobrevivir a una catástrofe cuando suena mi teléfono. Número desconocido.

—¿Sí?

—¿Vega Ríos?

—Soy yo.

—Buenos días. Me llamo Patricia Montes. No sé si conoces Global Racing Media.

Claro que la conozco. Cualquiera que trabaje en comunicación deportiva la conoce.

Gestionan comunicación institucional, contenidos, prensa y producción audiovisual para varias competiciones internacionales.

En los últimos años han crecido lo suficiente para que rechazar una oferta suya sin escucharla sea una estupidez.

—Sí, claro.

—Espero no llamarte en mal momento.

Miro a Aurora, que acaba de introducir otro recipiente en la bolsa.

—En absoluto.

—Te llamo porque estamos preparando una reestructuración para la próxima temporada y tu nombre ha aparecido varias veces.

—¿Para qué puesto?

—Dirección de comunicación internacional.

Me detengo.

—¿De todo el grupo?

—Del área de competición. —Eso sigue siendo enorme—. Todavía estamos en una fase preliminar. No hay una oferta formal.

He ahí la frase.

No hay una oferta formal.

—Nos gustaría saber si estarías dispuesta a hablar —continúa Patricia—. Conocer el proyecto, condiciones, funciones... Nada vinculante.

—Sí.

La respuesta sale demasiado deprisa.

—Perfecto. ¿Podríamos reunirnos esta semana?

Acordamos una videollamada para el miércoles. Patricia me explica algunas cosas más: coordinación de equipos internacionales, relación con promotores, gestión de crisis, estrategia digital, desplazamientos. Muchos desplazamientos.

Cuando cuelgo, permanezco en el jardín con el teléfono en la mano.

Dirección de comunicación internacional.

Hace cinco años habría aceptado antes de preguntar el sueldo.

Hace tres también. Ahora pienso primero dónde tendría que vivir, cuánto viajaría.

En Nico. Y eso me molesta, no solo porque piense en él, sino también porque una parte de mí interpreta inmediatamente que hacerlo significa haber perdido independencia.

Absurdo. Querer a alguien no debería convertir cada decisión en una reivindicación de autonomía. Vuelvo a entrar.

Nico regresa cuarenta minutos después con las manos manchadas de grasa y una pieza metálica que sostiene como si hubiera encontrado un tesoro arqueológico.

—La tenemos. ¿Sabes qué es?

—Un carburador original.

—Ahora te quiero más —sonríe y me da un beso—. Sabes a café.

Miro hacia el salón. Su padre está enseñándole la pieza a Miguel, que tampoco parece compartir el entusiasmo.

—Me han llamado.

—¿Quién?

—Global Racing Media.

—¿Qué quieren? —Arruga el ceño.

—Hablar conmigo para dirigir comunicación internacional del área de competición.

Su expresión cambia inmediatamente.

—Eso es grande.

—Bastante. No hay oferta formal.

Lo digo con intención. Nico me mira. Comprende. Empieza a sonreír.

—Lo mejor será que si aceptamos los dos, podremos discutir por videollamada desde continentes distintos.

—Romántico.

—Estoy construyendo futuro.

—Fatal.

—Pero contigo. —Eso mejora un poco la frase.

Pasamos el resto de la mañana con su familia.

Y cuanto más observo a Nico allí, más comprendo cosas que en el paddock resultan invisibles.

Con su madre protesta constantemente y hace exactamente lo que ella le pide.

Con su padre habla poco, pero busca su opinión más de lo que admitiría.

Con Laura recupera una forma de discutir casi infantil y con sus sobrinos pierde cualquier autoridad en menos de cinco minutos.

Pablo quiere que le enseñe a conducir una moto.

Lo observo reír. Durante años pensé que conocía muy bien a los pilotos. Sé cómo hablan antes de una carrera, cómo se comportan después de una derrota, qué esconden cuando dicen que una caída «no ha sido nada» y qué parte de sus declaraciones pertenece al patrocinador, al equipo o a ellos mismos.

Conocer a un hombre es otra cosa. Es saber qué hace cuando su madre le ordena llevar platos a la cocina, cómo mira a su padre cuando necesita una respuesta, qué voz utiliza con un niño, qué fotografías le avergüenzan, qué habitación conserva todavía algo del adolescente que fue.

Y me gusta conocer esas cosas. Me gusta demasiado.

Volvemos con el equipo y casi a medianoche mi teléfono vibra. Lo miro.

Elena: Hemos entrado en el teléfono. Llámame cuando puedas.

Nico ve mi expresión ya tumbado sobre la cama, a mi lado. La llamo enseguida.

—¿Cómo lo habéis hecho?

—Mi padre recordó el código.

—¿Cuál era?

—El número de la primera moto de Rocco.

—¿Hay algo?

Elena tarda.

—No mucho. Está casi vacío. Creo que lo utilizaba solo de vez en cuando. Pero hay un borrador.

Siento un escalofrío.

—¿Para quién?

—No aparece destinatario. Pero empieza por su nombre.

Nico y yo nos miramos.

—Léelo —le ruego.

Elena respira.

—Nico, tenemos que hablar. No es por las carreras. Es por Vega. He hecho algo que al principio me pareció una estupidez sin importancia y después no he sabido cómo arreglarlo. Sé que si te enteras por otra persona será peor. Y sé que Vega tampoco… —se detiene.

—¿Tampoco qué?

—No sigue.

—¿Nada?

—Nada. Ahí termina.

—¿Fecha?

Cuatro días después de la llamada de diecisiete segundos. Dos semanas antes de que muriera.

—Mándame una foto.

Llega. Abro la imagen. El texto está ahí. Lo leo. Después le doy el teléfono a Nico. No intento interpretar su cara.

—¿Estás bien? —pregunta Elena, antes de escuchar mi sí casi inaudible y colgar.

—¿Qué piensas? —Nico mira la fotografía.

—No creo que me hiciera nada a mí. Y sé que Vega tampoco...

—No sabemos cómo terminaba. Podía decir tampoco lo sabe.

Le quito el teléfono.

—Este fin de semana nuestra vida ha sido mucho más grande que esto. Y quiero que siga siéndolo.

—Pero quiero saber qué hizo.

—¿Por qué?

—Antes quería saberlo para entender por qué me mintió. Ahora quiero saberlo para entender qué intentó arreglar antes de morir.

Ahí está la diferencia. La noto inmediatamente. Ya no estamos persiguiendo a Rocco. Estamos intentando alcanzarlo. Cinco años tarde. Apago el teléfono.

—Mañana.

Nico sonríe.

Dejo el móvil en la mesilla. Nico apaga la luz y yo me acomodo junto a él.

—Vega. Si te ofrecen el trabajo... solo quería decirte que si lo quieres, quiero que lo intentes.

—Aunque complique nuestra vida.

—Nuestra vida ya es complicada.

—Buenas noches.

—Buenas noches.

Cierro los ojos. Pienso unos segundos en el mensaje de Rocco.

He hecho algo.

Hace unas semanas esas palabras habrían ocupado toda mi cabeza. Esta noche compiten con otras: Global Racing Media, Nakamura, Aurora, la risa de Nico, una habitación de hotel que ya consideramos nuestra casa…

El pasado sigue llamando, pero ya no consigue que abandonemos todo para responder. Eso también debe de ser avanzar.