26 Lo que todavía no existe
Nico
Mi madre tarda exactamente diecisiete minutos en llamarme después de que aparezca la primera fotografía de Vega y yo cogidos de la mano. No respondo, no porque quiera evitarla, sino porque estoy en una reunión. Cuando salgo tengo tres llamadas perdidas, dos mensajes y una amenaza.
Llámame.
Nicolò.
Si tengo que enterarme por internet de quién es tu novia, puedes buscarte otra madre.
Le enseño el teléfono a Vega.
—Parece encantadora.
La llamo.
—Hola, mamá.
—¿Quién es Vega? —responde al segundo tono.
—Yo también estoy bien.
—Ya veo que estás bien. Hay fotografías.
—Mamá...
—Muy guapa. —Vega se acerca para escuchar. Intento apartarme, pero me sigue.
—¿Está contigo?
—No.
Vega me golpea en el brazo.
—Sí —dice en voz alta.
Traición.
—Hola, Vega —dice mi madre.
—Hola, señora Valenti.
—Ni se te ocurra llamarme así. Soy Aurora.
—Aurora. —Vega sonríe.
—Mucho mejor. ¿Mi hijo piensa presentarnos alguna vez?
—No hemos hablado del tema.
—Mamá. Llevamos poco tiempo. —Le quito el teléfono.
—¿Cuánto?
—Unas semanas.
—Venid este fin de semana.
—Tengo que mirar...
—No tienes carrera.
—¿Cómo sabes mi calendario?
—Soy tu madre.
—Tenemos trabajo.
—Vega también puede trabajar aquí. Hay internet.
—Mamá...
—El sábado hago lasaña.
Vega levanta el pulgar.
—Dice que sí —admito.
—Perfecto. ¡El sábado nos vemos! —grita, y casi me deja sordo.
Cuelga y miro el teléfono.
—Acaba de colgarme.
—Me cae muy bien.
—Porque todavía no la conoces.
—Ha dicho lasaña.
—Ese es su sistema de captación.
—Funciona.
—Lo estoy viendo.
Así que el sábado viajamos a Florencia. Vega pasa buena parte del trayecto trabajando con el portátil y yo me abstraigo en el mar de nubes.
—Cuéntame cosas. —Me pide, ya en el coche de alquiler, sentada junto a mí.
—¿Sobre qué?
—Tu familia.
—Mi madre hace lasaña cada dos días. Mi padre habla poco.
—¿Hermanos?
—Una hermana. Laura. Treinta y cuatro. Médica. Dos hijos. Marido razonablemente soportable.
—¿Razonablemente?
—Me ganó al pádel una vez.
—Trauma familiar.
—No lo he superado.
—¿Y tus padres?
—Siguen juntos.
—Eso tampoco responde.
—¿Qué quieres saber?
Vega piensa.
—Cómo eras en casa.
—Buen estudiante. Ordenado. Obediente.
—Voy a preguntárselo a tu madre.
—No hace falta.
—Entonces dime la verdad.
—Era inquieto y muy competitivo. Y tuve una etapa complicada.
—¿Cuándo?
—Entre los tres y los treinta.
Vega se ríe.
—¿Tus padres querían que fueras piloto?
La pregunta cambia ligeramente el aire.
—No. Pero yo quería ya desde los seis años.
—¿Qué quería tu padre?
—Que estudiara.
—Qué extravagancia.
—Estudié.
—¿Qué?
—Ingeniería mecánica.
Vega me mira.
—¿Tienes una carrera?
—Casi. Me faltaron cuatro asignaturas.
—Eso no es tener una carrera.
—He dicho que estudié, no que terminara.
—¿Por qué lo dejaste?
—Me ofrecieron competir una temporada completa fuera.
—¿Y tu padre?
—No me habló durante una semana. Después se le pasó. Y ahora está orgulloso.
—¿Te lo dice?
—No, no hace falta, es mi padre.
Vega vuelve a mirar la carretera.
—Eso explica tu incapacidad para hablar de ciertas emociones hasta que te explotan conduciendo.
—Te dije que te quería.
—Exactamente.
—Fue espontáneo.
—Ese es mi argumento.
—¿Y qué debería haber hecho? ¿Solicitar una reunión?
—Podías haber elegido un lugar donde pudieras mirarme.
—Exigente. —Le doy la mano—. La próxima declaración importante la haré parado.
Una hora después entramos en la calle donde crecí. No vivo aquí desde hace muchos años, pero reconozco cada esquina. La panadería ha cambiado de nombre, el taller continúa igual y el árbol contra el que estampé una bicicleta con nueve años sigue allí, demostrando una longevidad ofensiva.
—En ese árbol casi me mato.
—¿En moto?
—En bicicleta.
—¿Cuántos años?
—Nueve.
—¿Y ya eras idiota?
—Precoz.
Mi madre abre la puerta antes de que toquemos el timbre.
—Por fin.
Me abraza primero. Después me aparta para mirar a Vega.
—Mamá, Vega.
—Ya sé quién es, Nicolò.
Se abrazan. No un beso protocolario. Un señor abrazo. Mi madre no pierde el tiempo.
—Pasa, hija. Eres más guapa que en las fotos.
Hija. Llevamos aproximadamente cuarenta segundos.
—Te advertí —murmuro.
Vega sonríe. Mi padre aparece desde el salón.
—Hola.
—Hola, papá. —Nos abrazamos. Breve. Fuerte. Exactamente como siempre.
—Vega —digo—, mi padre, Andrés.
—Encantada.
Él le da dos besos.
—Igualmente.
La observa un segundo.
—Así que tú eres la culpable de que salga sonriendo en las fotos.
—Papá.
Vega se ríe.
—No asumo toda la responsabilidad.
—Haces bien.
Mi padre me da una palmada en el hombro y vuelve al salón.
—Te quiere —dice Vega.
—Profundamente.
—Se nota.
—Has intercambiado siete palabras con él.
—Seis más de las necesarias.
Laura llega veinte minutos después con su marido, Miguel, y mis sobrinos, Pablo y Sara. En menos de cinco minutos Vega está hablando con mi hermana como si se conocieran desde hace años y Sara le está enseñando un dibujo.
—Has sido sustituido —dice Miguel.
—Mejor.
—Tu madre lleva dos días preparando esto.
—¿La lasaña?
—La inspección.
—¿Qué inspección?
Mira hacia Vega.
—De momento aprueba.
—¿Cómo lo sabes?
—No ha sacado las fotos de tus ex.
—¿Tiene fotos de mis ex?
—¡No! Jajaja.
—Idiota.
—Tenía que comprobar si picabas.
Lo odio desde que se casó con mi hermana. La lasaña aparece a las dos y cuarto y con ella la fase seria de la inspección. Mi madre pregunta a Vega dónde nació, dónde vive, cuánto viaja, si le gusta Valencia, si cocina y si pienso correctamente en que no necesita responder nada que no quiera.
—Mamá.
—Estoy conociéndola.
—Parece un interrogatorio.
—No exageres.
Vega está encantada.
—Nací en Sevilla, vivo donde me deja el calendario y cocino bastante bien.
Después de comer aparecen fotografías. Naturalmente.
Mi madre conserva álbumes físicos porque considera que las fotografías digitales pueden desaparecer si internet se rompe, una explicación que llevo años sin intentar combatir.
Vega ve mi infancia. Yo sufro. Vega contempla a un niño de siete años vestido de piloto con un casco enorme, gracias a lo cual no se me ven las orejas.
Pasamos páginas. Carreras infantiles. Trofeos.
Mi primera moto. Una foto con mi padre después de ganar un campeonato regional.
Él no sonríe mucho, pero tiene una mano sobre mi hombro. Vega la mira más tiempo.
—¿Ese día estaba orgulloso?
—Supongo.
—Mucho. —Interviene mi madre desde el sillón.
Lo miro. Él continúa leyendo el periódico. Pasa otra página. Y aparece Rocco. Los dos tenemos diecinueve o veinte años. Estamos en este mismo jardín, mojados, con una manguera en el suelo y mi madre detrás levantando una mano como si estuviera a punto de asesinarnos. Vega deja de sonreír.
—Rocco.
—Ese verano prácticamente vivió aquí —apunta mi madre mientras se acerca.
Continúa pasando páginas. Rocco en una barbacoa, con Laura, sujetando a Pablo cuando era un bebé, Rocco y yo sobre dos motos, durmiendo en el sofá. Vega toca una fotografía con la punta de los dedos.
—Era parte de la familia.
Mi madre responde.
—Casi. —La palabra me lleva dos días atrás.
Casi. Las vidas están llenas de relaciones que no tienen un nombre administrativo adecuado.
Mamá habla de Rocco—. Si uno se enfadaba, el otro tenía que demostrar que le importaba menos.
Si Rocco no llamaba, tú tampoco. Si tú estabas molesto, él hacía como si no lo notara.
Vega permanece atenta.
—¿Alguna vez pensaste que Rocco estaba celoso de Nico?
Mi madre tarda en responder.
—Sí.
No esperaba tanta claridad.
—¿Por las carreras?
—Por muchas cosas.
—¿Por mujeres?
Mi madre mira primero a Vega y después a mí.
—También. Rocco siempre tenía la sensación de que tú llegabas primero. No porque fuera verdad, sino porque lo sentía así. Tú conseguiste antes un contrato importante, ganaste antes una carrera internacional, tuviste antes ciertas oportunidades.
—Él también consiguió muchas.
—Ya lo sé. Pero no estamos hablando de lo que ocurrió, sino de cómo lo vivía.
Vega baja la mirada hacia la fotografía.
—¿Te dijo alguna vez algo?
—No directamente. Rocco no hablaba mucho de lo que le dolía.
—Ninguno de los dos. —Mi padre vuelve a intervenir.
—Gracias, papá.
—De nada.
—Rocco te quería, muchísimo.
—Y yo a él.
—Solo que a veces querer a alguien no impide tenerle envidia —comenta mi padre.
Silencio. La frase se queda ahí. No necesito convertirla en pista. No quiero. Rocco fue mi amigo, mi hermano durante muchos años. También tuvo defectos. Las dos cosas pueden existir a la vez. Mi madre se lleva los platos del café. Vega me mira.
—¿Estás bien?
—Sí.
La tarde continúa sin investigaciones. Jugamos con mis sobrinos, Miguel consigue convencerme para echar una partida de pádel al día siguiente y mi madre obliga a Vega a llevarse comida como si estuviéramos atravesando una hambruna.
Hasta que mi padre lo estropea. Estamos tomando cerveza en la terraza.
Vega habla con Laura a pocos metros. Mi padre se sienta a mi lado.
—¿Has decidido lo de Nakamura?
—No.
—¿Cuándo tienes que responder?
—Todavía hay tiempo.
—¿Vega qué piensa? —Mierda. No necesito mirar hacia ella—. No lo sabe.
—Todavía no.
—Deberías decírselo.
—Se lo dire.
No tengo ni que comentárselo, porque Vega ha escuchado nuestra conversación y me pregunta en cuanto nos quedamos a solas.
—Nakamura Racing. ¿Qué quieren? —Sin rodeos.
—Ficharme.
—¿Para cuándo?
—La próxima temporada.
—¿Desde cuándo lo sabes?
—Unas semanas.
Vega se detiene.
—¿Cuántas?
—Cuatro.
—Nosotros llevamos juntos... ¿Antes de empezar?
—Las primeras conversaciones, sí.
—¿Y después?
—Han continuado.
—¿Te han hecho una oferta?
—No formal.
—Nico.
—Hay cifras. Condiciones. Un proyecto.
—Eso es una oferta.
—No hay contrato.
—¿Cuándo pensabas contármelo?
—Cuando hubiera algo real.
La frase sale sola. En cuanto la digo sé que no va a gustarle.
—¿Algo real?
—Sabes qué quiero decir. Cuando supiera si podía ocurrir.
—Puede ocurrir.
—Sí.
—Entonces es real.
—Vega, los equipos hablan con pilotos continuamente.
—¿Es una conversación cualquiera?
—No. —Tardo en responder.
—¿Te interesa?
—Sí.
—Entonces es real.
Seguimos caminando.
—No te lo he ocultado.
—No me lo has contado.
—No es lo mismo.
—A veces sí.
—No quería preocuparte con algo que quizá no ocurra.
Vega se detiene otra vez.
—No decidas qué cosas pueden preocuparme.
Eso me resulta familiar.
—No estaba decidiendo por ti.
—Acabas de decirlo.
—Solo quería esperar a saber qué quiero.
—¿Y después informarme?
—No.
—Suena exactamente así.
—Es mi carrera. —Empiezo a enfadarme.
—Por supuesto.
—Entonces tengo derecho a pensar qué quiero hacer antes de convertirlo en una decisión conjunta.
—No te estoy pidiendo decidirla contigo.
—Parece que sí.
—Te estoy pidiendo saber que existe.
—¿Para qué?
—Porque estamos juntos.
—Eso no significa que tengas que conocer cada conversación profesional que mantengo.
—No quiero controlarte. Ni decidir dónde corres. Pero si estás considerando cambiar de equipo, probablemente de país y de calendario, me afecta.
—No quería darte algo sobre lo que preocuparte sin necesidad.
—Eso es exactamente decidir por mí.
—Joder, Vega.
—¿Qué?
—No todo lo que no te cuento inmediatamente es un secreto.
—No he dicho eso.
—Me da la sensación de que tengo que informarte de cada cosa que ocurre en mi vida en tiempo real.
—No.
—Pues explícame dónde está el límite.
—No lo sé.
Eso me desarma.
—¿No lo sabes?
—No. Estamos aprendiendo.
Seguimos caminando. Vega respira hondo.
—Solo sé que Japón está al otro lado del mundo y de tu vida.
—¿Por qué?
—Porque puede cambiarla.
—Mi vida.
—Sí.
—Pero tu vida ya toca la mía. —La frase me calla. Vega continúa antes de que responda—. No significa que yo tenga derecho a decidir. Significa que tengo derecho a saber que quizá dentro de seis meses tu vida sea distinta si estamos construyendo algo juntos.
—Llevamos semanas. No podemos planificar...
—No estoy planificando una hipoteca y tres hijos, Nico.
—No he dicho eso.
—Pero te comportas como si contármelo significara pedirme permiso. —No sé qué responder. Vega mira hacia el final de la calle—. Rocco hacía algo parecido.
La frase cae mal.
—No me compares con Rocco.
—No pretendía... —Ahora soy yo quien camina. Vega me sigue—. Nico.
—No soy él.
—Ya lo sé.
—¡Entonces no utilices eso cada vez que hago algo que no te gusta!
—No lo hago.
—¡Acabas de hacerlo!
—He dicho que hacía algo parecido, no que seas como él.
—Me da igual.
Vega respire.
—Me he equivocado al mencionarlo así.
—Ha sido injusto. —El enfado pierde fuerza demasiado rápido—. Vega...
—Podía explicarte lo que me molesta sin meter a Rocco entre nosotros. Lo siento.
Le explico que Nakamura tiene un proyecto oficial. Quieren desarrollar una moto nueva alrededor de dos pilotos. Más presupuesto. Más pruebas. Contrato de dos años con opción a un tercero.
—¿Más riesgo?
—Sí. Probablemente.
—¿Por qué?
—Porque quieren desarrollar rápido. Mucho test. Probar soluciones nuevas.
—¿Dónde?
—Japón, Italia y España.
—Eso es medio planeta.
—Ya viajo por medio planeta.
—¿Te hace ilusión?
La pregunta me sorprende.
—Muchísima.
—Entonces ¿qué te frena?
—No sé si quiero empezar otra vez.
—¿Otra vez qué?
—Demostrar quién soy.
—Pensaba que eso te encantaba.
—Estoy cansado. —Nunca lo había dicho en voz alta. Ni siquiera a mí mismo.
—¿De correr?
—De estar siempre a examen. —Continuamos caminando—. En el equipo actual me conocen. Sé quién soy, qué puedo hacer, dónde están mis límites. Nakamura significa empezar desde cero con gente que ha puesto mucho dinero para demostrar que tenía razón al contratarme.
—Presión.
—Mucha.
—¿Te da miedo?
—Sí.
Decirlo resulta extrañamente fácil. Vega sonríe.
—Me gusta que lo digas. —Me coge de la mano.
—¿Y nosotros? —pregunta.
—¿Qué pasa con nosotros?
—Si aceptas.
—Seguiremos teniendo mucho de todo. Aviones, hoteles, videollamadas.
—Odio las videollamadas.
—Nico, llevamos unas semanas. No voy a pedirte que rechaces una oportunidad profesional por mí.
—No he dicho que fueras a hacerlo.
—Pero estabas pensando en cómo me afectaría.
—Sí.
—Eso está bien.
—Hace diez minutos estabas enfadada porque no lo había pensado.
—Estaba enfadada porque lo habías pensado tú solo.
Otra vez tiene sentido. Empiezo a odiar eso.
—¿Y tú?
—Te digo qué siento.
—¿Qué sientes?
Vega piensa.
—Quiero que aceptes si realmente lo deseas.
—¿Aunque complique esto?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque si nuestra relación solo funciona cuando ninguno tiene que renunciar a nada, no funciona.
Me detengo. Vega también.
—Te quiero —digo.
—Eso ya lo sabía.
—Estoy parado.
Tarda un segundo en comprender. Después sonríe.
—Has cumplido.
—Prometí que la próxima declaración importante sería sin conducir.
—Muy bien.
—¿Me besas?
—No sé.
—Vega.
—Estoy evaluando.
—Odio tus evaluaciones.
Nos besamos y… esto es casi mejor que una carrera.