25 La vida que continúa
Vega
Estoy enamorada de Nico Valenti. Lo sé a las cuatro y diecisiete de la madrugada, una hora absurda para alcanzar una certeza tan importante, mientras él duerme boca abajo ocupando bastante más de la mitad de una cama que teóricamente compartimos.
No ocurre nada extraordinario. No hay música, ni una frase reveladora, ni uno de esos instantes que en las películas obligan a la protagonista a sentarse de golpe y mirar al hombre que tiene al lado.
Simplemente despierto, lo veo dormir y lo sé.
Estoy enamorada, sin gerundio. Horas antes dije que también lo quería.
No tuve que pensarlo doce segundos, aunque él crea que sí.
Necesité quizá dos para comprender la pregunta y los otros diez para aceptar que podía pronunciar aquellas palabras sin que otra voz apareciera inmediatamente dentro de mí.
Te quiero. Las mismas palabras, otro hombre, otro tiempo, otra mujer, también porque yo tampoco soy la Vega que amó a Rocco.
Me quedo mirando a Nico. Tiene una mano debajo de la almohada y el pelo desordenado.
Hay algo profundamente injusto en que una persona pueda resultar atractiva incluso durmiendo con la boca ligeramente abierta.
Ronca muy poco, pero ronca. Sonrío. Por fin tengo pruebas.
Busco el teléfono con cuidado y activo la grabadora.
—Como hagas eso, te denuncio —murmura sin moverse.
Casi dejo caer el móvil.
—Estabas dormido, ¿cómo sabes qué hago?
—Te conozco. —Abre un ojo— ¿Me estabas grabando?
—Llevas semanas negando que roncas.
—No ronco.
—Tengo pruebas científicas.
Se gira hacia mí y alarga una mano. Aparto el teléfono. Intenta alcanzarlo. Me aparto riéndome y termino en el borde de la cama. Él se incorpora, me agarra por la cintura y me arrastra hacia atrás.
—Abuso de fuerza.
—Protección de datos.
—Interés público.
—Difamación.
—La verdad nunca es difamación.
—Eso te lo acabas de inventar.
—Suena jurídico.
Consigue quitarme el teléfono.
—¡Nico!
—Demasiado tarde.
—No sabes mi código.
—Probaré: Cumpleaños, fecha de nacimiento, primer beso, fallecimiento de Rocco…
Prueba. Error. Mi sonrisa desaparece un poco. Nico me mira. Me devuelve el teléfono.
—¿Te rindes?
—No. Confío en ti.
—Eso es trampa.
—Borra la grabación.
—Ya veremos.
Apago la pantalla y dejo el teléfono en la mesilla. Cuando vuelvo a acomodarme, Nico abre un brazo y me acerco. Apoyo la cabeza en su pecho.
—¿Por qué estabas despierta?
—Pensaba en lo de ayer.
Su mano empieza a recorrer lentamente mi espalda.
—¿La casa? ¿Mi declaración romántica en una carretera? Impecable.
—Mirando al frente y conduciendo.
—Seguridad vial.
—Yo a mi vez tardé doce segundos en responderte Yo también te quiero.
Me besa en el pelo. A veces una verdad no necesita repetirse inmediatamente para ser más cierta. Nos dormimos otra vez. A las ocho y media mi teléfono contiene veintisiete mensajes, cuatro llamadas perdidas y un enlace que Claudia ha acompañado con una única frase:
Llámame antes de hacer nada.
Eso nunca significa algo bueno. Estoy en el baño cuando lo leo.
—Nico. Tenemos un problema.
—¿De qué tamaño?
—No lo sé todavía.
Abro el enlace. Una publicación deportiva. Una fotografía. Nico y yo saliendo de un restaurante tres noches antes. Él tiene una mano en mi espalda y yo estoy mirándolo. No nos besamos. No hace falta. El titular es bastante previsible.
Nico Valenti, de nuevo enamorado: la mujer que ha conquistado al piloto italiano.
—Podría ser peor —dice Nico desde detrás.
—Espera.
Bajo. Ahí aparece.
Se trata de Vega Ríos, profesional de la comunicación deportiva y antigua pareja del fallecido piloto Rocco Moretti, íntimo amigo de Valenti.
Nico deja de sonreír. Sigo leyendo. El artículo no acusa directamente de nada.
Utiliza esas expresiones que permiten insinuarlo todo sin afirmar casi nada: Una relación que ha sorprendido en el paddock , una amistad de muchos años entre los pilotos , Ríos mantuvo una relación sentimental con Moretti hasta su fallecimiento , Valenti y Ríos comparten desde hace años numerosos ambientes profesionales.
Desde hace años —repito.
—Y está escrito para que parezca otra cosa.
—Que les den.
—Esa no puede ser nuestra estrategia de comunicación.
—La mía sí.
Mi teléfono vuelve a vibrar. Claudia. Contesto.
—Dime.
—¿Lo has visto?
—Sí.
—La historia está circulando. De momento solo medios pequeños y redes, pero alguien ha encontrado una foto antigua.
Sé cuál antes de preguntar.
—¿Milán?
—Sí.
Cierro los ojos.
—Mándamela. Claudia… ¿Cómo sabe la prensa sobre mi relación con Rocco?
—Vega, trabajas en comunicación. La prensa, cuando escarba en la tierra, llega al núcleo.
Llega mientras hablamos, la fotografía que ya conocemos. Nico aparece en primer plano, yo, al fondo, diez metros, cinco años. Una imagen que para nosotros había terminado significando algo hermoso ahora lleva encima un texto:
¿Se conocían ya antes de la muerte de Rocco Moretti?
—Hijos de puta. —Nico me quita el teléfono.
—Devuélvemelo.
—No leas comentarios.
—Trabajo en comunicación. Leer comentarios forma parte de mi trabajo.
—Hoy no.
—Devuélvemelo.
Lo hace. Algunos mensajes no tienen importancia. Gente diciendo que somos adultos, que han pasado cinco años, que la vida continúa. Otros preguntan cuánto tiempo llevamos juntos. Después empiezan las insinuaciones.
Qué casualidad que estuvieran en la misma fiesta. El mejor amigo y la novia. Clásico. Seguro que esto empezó antes. Pobre Rocco.
Ese es el que me duele. No los que me llaman oportunista, no los que llaman traidor a Nico.
Pobre Rocco.
Como si lo hubiéramos engañado. Como si hubiera muerto sin saber que las dos personas que quería mantenían una relación a sus espaldas.
—Vega. Dame el teléfono.
—Estoy bien.
—No.
—No me digas si estoy bien.
Respiro hondo.
—Estoy enfadada y me duele el comentario.
Se lo enseño y. Nico lo lee.
—Un imbécil anónimo.
—Da igual. No quiero que nadie piense eso.
—¿De nosotros?
—De Rocco.
Nico frunce el ceño.
—¿Qué tiene que ver Rocco?
—Todo. Están convirtiéndolo en el novio engañado.
—Pero no lo fue.
—Nosotros lo sabemos, su familia también, el resto no.
—El resto me importa una mierda.
—A mí no.
—¿Por qué?
—Porque trabajo en esto.
—Eso es una respuesta profesional.
—También personal. —Me visto mientras hablamos—. Quiero corregir los comentarios con un comunicado.
—No quiero que emitas un comunicado explicando cuándo empecé a acostarme con mi novia.
—Nadie ha dicho eso.
—Es lo que quieren saber.
—Podemos decir simplemente que nos conocimos recientemente.
—Nos vimos hace cinco años.
—No nos conocíamos.
—Explícaselo a internet.
—Eso intento.
—Y dentro de diez minutos querrán saber cuándo nos besamos, cuándo nos acostamos y si pensaste en Rocco la primera vez.
—No seas desagradable.
—No lo soy. Te estoy diciendo cómo funciona.
—Sé perfectamente cómo funciona.
—Entonces sabes que no va a terminar porque redactes cuatro líneas.
—No quiero que termine. Quiero que exista una versión alternativa y verdadera. —Nico se calla. Eso sí lo entiende—. No una defensa. No tenemos nada que defender.
—Entonces ¿para qué?
—Porque el silencio también comunica.
—Eso es una frase de tu profesión.
—Y es cierta.
—A veces el silencio significa simplemente que no quieres hablar.
—Sí. Pero cuando hay una mentira concreta, dejarla circular permite que se convierta en la historia.
Nico camina por la habitación.
—No voy a justificar que estoy contigo.
—Yo tampoco quiero eso.
—¡Pues parece que sí! —grita, y alza las manos.
—¡No confundas gestionar una situación con pedir perdón!
—¡Y tú no conviertas nuestra relación en una campana!
Silencio. Ahí estamos. Segunda pelea. Más rápida de lo esperado.
—No estoy haciendo eso. —Trato de calmarme.
—Estás pensando en titulares antes de pensar en nosotros.
—Porque ese es mi trabajo.
—Ahora no eres la jefa de comunicación.
—Nunca dejo de saber lo que sé porque esté enamorada de ti. —Nico se detiene. La palabra ha salido. Enamorada. Nos miramos. Él sonríe—. No sonrías.
—Has dicho enamorada.
—Estamos discutiendo.
—Podemos hacer las dos cosas.
Intenta borrar la sonrisa, pero no puede del todo.
—Esto es serio. ¿Pues compórtate?
—Estoy intentándolo.
Me siento en la cama.
—No quiero emitir un comunicado sobre nuestra vida sexual. Ni sobre Rocco. Quiero una frase. Solo una. Nico Valenti y Vega Ríos iniciaron recientemente una relación personal. Las informaciones que sugieren una relación anterior al fallecimiento de Rocco Moretti son falsas.
Nico piensa.
—¿Sin rogamos respeto a nuestra intimidad?
—Odio esa frase.
—¿Sin corazones?
—Deja de decir estupideces.
—Eso sí podríamos publicarlo.
—Idiota. —Me río contra mi voluntad—. Entonces estamos de acuerdo en corregir la mentira. No en explicar nuestra relación.
Publicamos la frase una hora después. Sin fotografías, sin explicaciones ni nombres adicionales.
Nico Valenti y Vega Ríos han iniciado recientemente una relación personal. Cualquier información que sugiera la existencia de una relación sentimental entre ambos antes del fallecimiento de Rocco Moretti es falsa.
Nada más. Funciona parcialmente, como esperaba. Algunos medios actualizan sus noticias, otros convierten el comunicado en otra noticia. Las redes hacen lo que hacen las redes: discutir sobre vidas ajenas con una seguridad que sus propietarios probablemente no aplican ni a las propias.
La fotografía de Milán continúa circulando. Eso me molesta de una manera distinta. Por la tarde la veo otra vez mientras reviso el teléfono. Diez metros, Nico delante, yo detrás. El texto añadido por alguien dice:
Cinco años antes. Juzguen ustedes.
Nico aparece a mi lado.
—Otra vez. Bloquéalo.
—¿Sabes qué me molesta?
—Todo.
—Que han convertido nuestra foto en algo sucio.
—No es nuestra foto.
—Ahora sí. —Me mira—. La otra noche dijiste que la frase era nuestra. Pues esto también. —Le doy un beso—. Tengo una reunión. Nos vemos luego.
Por la tarde tenemos que atravesar el paddock para asistir a una presentación. Nico va con Álex varios metros por delante. Yo camino con Claudia. Hay fotógrafos, más de lo habitual.
—Podemos entrar por detrás —dice Claudia.
—¿Por qué?
—Para evitar esto.
Miro hacia delante. Nico también los ha visto.
No se vuelve hacia mí. Sigue caminando. Me está dejando decidir.
Comprendo exactamente lo que hace. Podría entrar por detrás, sería lo más sencillo.
Profesionalmente incluso podría justificarlo: evitar alimentar la noticia, reducir imágenes, esperar a que pase, pero de repente recuerdo la casa de Rocco.
La verja, la puerta, mi mano soltando la de Nico, la suya extendida hacia mí.
—Vamos por aquí —digo.
Claudia me mira.
—¿Segura?
—Sí.
Acelero. Nico oye mis pasos y se vuelve. Llego hasta él. Hay cámaras a unos metros. No digo nada. Extiendo la mano. Durante una fracción de segundo Nico mira mis dedos. Después sonríe. Me toma la mano. Álex nos mira.
—Esto va a salir en todas partes.
Nico aprieta mis dedos y seguimos caminando.
Los fotógrafos empiezan a disparar. No posamos, no nos detenemos, simplemente caminamos juntos.
Alguien grita el nombre de Nico, otro el mío.
Una periodista pregunta cuánto tiempo llevamos saliendo.
No respondemos. Otra pregunta por Rocco.
Noto que la mano de Nico se tensa, aprieto la suya.
Llegamos a la entrada y, antes de cruzarla, miro hacia atrás. Las cámaras siguen allí.
Durante años he trabajado para decidir qué imagen mostrar de otras personas.
He elegido palabras, corregido titulares, preparado respuestas y calculado silencios.
Sé perfectamente que mañana una fotografía de Nico y yo cogidos de la mano aparecerá acompañada por interpretaciones que no podemos controlar.
Por primera vez no me importa demasiado porque no estoy comunicando, estoy viviendo.
Un rato después recibo la primera fotografía. Nosotros dos caminando, Nico mira hacia delante, yo también, las manos unidas entre ambos. La guardo sin leer el titular. Esa noche, cuando llegamos a su habitación, Nico está quitándose el reloj mientras yo dejo el bolso.
—Vega. Esta mañana has dicho algo.
Sé perfectamente a qué se refiere.
—He dicho muchas cosas.
—Has dicho que estabas enamorada de mí.
Me vuelvo.
—¿Llevas todo el día esperando para decirlo? ¿Quieres que lo repita?
Nico intenta parecer indiferente.
—Si necesitas hacerlo.
—No parece que te interese.
—Puedo vivir sin ello.
—Perfecto. —Paso a su lado y me agarra por la cintura.
—Vega. Eres una persona horrible.
—Eso dices continuamente.
—Porque continuamente lo demuestras.
Rodeo su cuello con los brazos.
—Estoy enamorada de ti.
Esta vez no hay coche, ni carretera, ni casa de Rocco, ni periodistas, solo nosotros. Nico deja de bromear.
—Yo también estoy enamorado de ti.
—Eso no es exactamente lo que dijiste.
—Te quiero. —Me besa. Cuando nos separamos, apoyo la frente contra la suya—. Hoy he tenido miedo de que todo esto se volviera feo.
—No puede.
—Claro que puede.
—Quiero decir entre nosotros.
—También puede.
Nico me mira. Lo beso otra vez. Más tarde, tumbada junto a él, vuelvo a mirar la fotografía del paddock .
Después busco la de Milán y las coloco una junto a otra.
En la primera hay diez metros entre nosotros y ninguno sabe que el otro está allí.
En la segunda nuestras manos están unidas.
Cinco años separan ambas imágenes. Cinco años y quizá unos pocos segundos que nunca llegaron a coincidir.
Nico mira la pantalla por encima de mi hombro.
—La primera es mejor foto. Salgo más joven.
—Imbécil.
Dejo el teléfono. Nico apaga la luz y me abraza.
Cierro los ojos. Durante años pensé que continuar viviendo significaba alejarme de Rocco, dejar atrás los lugares, los recuerdos y la mujer que había sido con él.
Ahora empiezo a comprender que no funciona así.
El pasado no desaparece cuando avanzamos.
Simplemente deja de caminar delante de nosotros.
Rocco forma parte de mi vida. Siempre la formará, pero ya no decide hacia dónde voy.
Esta tarde, delante de las cámaras, fui yo quien extendió la mano.
Nadie me obligó, nadie me salvó, nadie me pidió que eligiera entre un muerto y un vivo.
Elegí únicamente qué quería hacer con mi presente. Busqué la mano de Nico y estaba allí.