A un segundo de ti 24 La casa de Rocco #2
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24 La casa de Rocco #2

Miro otra vez la llamada. Diecisiete segundos. Intento recordar: Francia, hotel, número desconocido, una llamada. Nada. Y entonces aparece algo, no una voz. Silencio.

—Espera. —Todos me miran—. Creo que recuerdo esto.

—¿Qué? —pregunta Vega.

—Una llamada en la que nadie habló.

—¿Cuándo?

—No sé si fue esta.

—¿Qué pasó?

Cierro los ojos. Un pasillo. Yo saliendo de un ascensor. El teléfono.

—Contesté. Y silencio.

—¿Diecisiete segundos?

—No los conté, Vega.

—Ya sabes lo que quiero decir.

—Escuché respiración.

Elena se queda muy quieta.

—¿De un hombre?

—No lo sé.

—¿Dijiste algo?

—Supongo que hola varias veces.

—¿Y después?

—Colgó. —Abro los ojos—. Pensé que era una llamada equivocada.

Vega mira el teléfono de Rocco.

—Podía ser él.

—Sí.

—Quería hablar contigo.

Elena coge el teléfono antiguo.

—Si era Rocco, ¿por qué llamarte desde este número?

Sé la respuesta antes de decirla.

—Porque si colgaba, yo no sabría que era él.

Silencio. Carlo se levanta y camina hasta la ventana sin decir nada. Vega me toca la mano.

—Estuvo a punto.

La miro.

—¿De qué?

—De hablar contigo.

Diecisiete segundos. Quizá. Diecisiete segundos de silencio, a un segundo de decir algo. Y después otro y otro. Hasta que colgó.

—Joder, Rocco. —Lo digo muy bajo. Elena lo oye.

—Era un cobarde para algunas cosas.

Carlo se vuelve.

—No.

Su hija lo mira.

—Papá...

—Tenía miedo. No es exactamente lo mismo.

No discutimos. No tendría sentido. Adriana regresa unos minutos después.

Nadie le cuenta inmediatamente lo que hemos encontrado.

Tampoco hay mucho que contar. Una tarjeta.

Tres llamadas. Diecisiete segundos. Todo lo demás son interpretaciones.

Guardamos las cosas. Cuando Elena va a cerrar la caja, Adriana la detiene.

—Espera.

Mete la mano y saca una fotografía. Se la entrega a Vega.

—Esto es tuyo.

Vega la mira. Es una fotografía de ella y Rocco, jóvenes, sonriendo. Él tiene un brazo alrededor de sus hombros. Vega no sabe qué hacer.

—Adriana...

—Rocco la llevaba en la cartera.

Vega traga saliva.

—Deberías conservarla tú.

—Tengo muchas.

—Pero...

Adriana le cierra los dedos alrededor de la fotografía.

—No tienes que devolverme a mi hijo para querer a otra persona.

Nadie se mueve. Vega empieza a llorar, sin ruido.

Adriana la abraza, yo miro hacia otro lado, no porque me moleste, porque eso les pertenece.

Cuando vuelvo a mirarlas, Vega sigue abrazada a ella.

Adriana me ve por encima de su hombro. Nuestras miradas se encuentran.

No sé qué espera de mí. Después extiende una mano hacia mí.

Me acerco, me toma de la muñeca y me obliga a formar parte del abrazo.

—Cuídala —dice.

Nos marchamos al atardecer. Elena nos acompaña hasta la puerta. Adriana insiste en que volvamos. Carlo me abraza otra vez. Vega guarda la fotografía en su bolso. Cuando llegamos al coche, no abre la puerta. Se queda mirando la casa.

—¿Estás bien?

—Estoy triste. Y estoy bien.

—¿Las dos cosas?

—Las dos.

Le doy la mano, esta vez no la suelta. Subimos al coche. Conduzco varios kilómetros antes de que hable.

—Nico. Lo de la llamada. ¿Crees que era él?

Pienso antes de responder.

—Sí.

—Yo también.

—Pero no podemos saberlo. Diecisiete segundos.

—Mucho tiempo para no decir nada.

—Y muy poco para cambiar una vida.

—Quizá iba a contártelo todo. —Vega mira por la ventana.

—Quizá iba a llamarme imbécil. —Conduzco.

—¿Te das cuenta?

—¿De qué?

—Si hubiera hablado...

—No. —Vega me corta—. No hagamos eso.

—Solo iba a...

—Ya sé. Si hubiera hablado, si nos hubiera presentado, si aquella noche de Milán hubiéramos coincidido, si hubieras recordado mi nombre... Podemos construir cien vidas con todos esos y si .

Apoya su mano sobre mi pierna. Continuamos y después de un rato habla:

—¿Sabes qué me ha parecido más importante de hoy? Que entramos cogidos de la mano. Hace un mes no habría podido hacerlo.

—Hace un mes no me soportabas.

—Tampoco exageres.

—Me considerabas un imbécil.

—Eso no ha cambiado completamente.

—Gracias.

—De nada.

La luz desaparece poco a poco sobre la carretera. Pienso en Rocco sentado quizá en aquella casa cinco años atrás, sosteniendo un teléfono que yo no conocía. Marcando mi número. Esperando. Yo diciendo:

¿Hola?

Silencio.

¿Hola? ¿Quién es?

Diecisiete segundos y después nada. Toda nuestra historia pudo cambiar en aquel intervalo, pero no cambió.

Durante mucho tiempo habría querido regresar a ese instante, obligarlo a hablar, decirle que no tenía que competir conmigo, que no conocía a Vega, que podía confiar en mí.

Ya no porque Vega tiene razón. No podemos vivir dentro de las vidas que no ocurrieron.

Solo en esta. Miro su mano sobre mi pierna.

—Vega.

—¿Qué?

—Te quiero.

Su mano se queda inmóvil. Mierda. No pensaba decirlo, no así, no conduciendo ni después de visitar la casa de Rocco. Simplemente ha salido. Vega me mira. Yo sigo mirando la carretera.

Cinco segundos, diez, a lo mejor doce, no los cuento. Miento, sí los cuento. Vega aprieta suavemente mi pierna.

—Yo también te quiero.

El aire vuelve a entrar en mis pulmones.

Conduzco con una sonrisa que no consigo borrar.

Vega entrelaza sus dedos con los míos sobre la palanca de cambios.

Diecisiete segundos bastaron para que Rocco no dijera algo que quizá habría cambiado nuestras vidas.

Doce han bastado para que Vega diga algo que acaba de cambiar la mía.

Supongo que el tiempo no significa gran cosa hasta que alguien decide qué hacer con él.

Y esta vez ninguno de los dos ha dejado las palabras para mañana.