24 La casa de Rocco
Nico
Elena encuentra la tarjeta SIM a las nueve y doce de la noche. Lo sé porque Vega está tumbada a mi lado cuando recibe el mensaje y mira inmediatamente la hora, una costumbre que empiezo a considerar parte de su sistema operativo.
—La tiene. Se encontraba en una caja con cosas de Rocco. Hay también dos teléfonos. Uno tiene la pantalla rota y el otro no enciende.
—La SIM.
—¿Quieres que Elena empiece ahora a buscar cargadores, contraseñas y adaptadores?
—Sí.
—No. A las nueve de la noche no le pido a mi ex cuñada que se convierta en técnica informática.
—No era tu cuñada. —Algo se hiela—. Perdón. —El teléfono de Vega vuelve a sonar. Una notificación.
—Nos ha invitado a ir —informa después de comprobarla.
—Vamos pasado mañana.
—¿Estás segura de querer ir conmigo a casa de Rocco?
—Claro que sí. Llevamos semanas intentando entender por qué Rocco pasó años manteniéndonos separados. Me parecería bastante estúpido empezar ahora a separarnos nosotros para entrar en su casa.
Vega guarda silencio en la oscuridad y noto que busca mi mano. Y yo… se la doy.
Dos días después conduzco hacia la casa de los padres de Rocco con Vega sentada a mi lado y descubro que puedo sentirme más nervioso recorriendo los últimos diez kilómetros de una carretera secundaria que entrando a trescientos por hora en una curva. No se lo digo. Vega tampoco habla mucho.
Conoce el camino mejor que yo. Yo había ido varias veces cuando Rocco vivía y dos después de su muerte.
Vega estuvo muchas más. Durante los primeros meses después del accidente visitaba a sus padres con frecuencia.
Después las visitas se fueron espaciando hasta convertirse en llamadas, felicitaciones de cumpleaños y algún encuentro con Elena.
—La siguiente a la derecha —apunta.
—Me acuerdo.
Sonríe, pero la sonrisa desaparece cuando la casa aparece al final de la calle. No es grande. Dos plantas, fachada clara, jardín delantero y una verja baja que Rocco saltaba en vez de abrir cuando tenía veinte años. Aparco. Ninguno se mueve.
—Bueno —digo—. Estamos aquí.
—Eso parece. —Vega mira la casa—. La última vez que vine, su madre todavía tenía sus zapatillas junto a la puerta del garaje. —No sé qué responder—. No porque esperara que volviera. Simplemente no podía quitarlas.
Apago el motor. Rodeo el coche y encuentro a Vega esperándome. Automáticamente nos cogemos de la mano. Damos tres pasos. Ella me suelta. No dice nada, yo tampoco. Continuamos hacia la puerta. Cinco pasos después me detengo. Vega se vuelve.
—¿Qué pasa?
Le ofrezco la mano. Mira primero mi mano y después mi cara.
—Nico... No quiero hacerles daño. Pero no voy a fingir que no estamos juntos.
—No estoy pidiendo eso.
—Me has soltado.
—Porque me ha salido hacerlo.
—Y a mí me sale esto. —Mantengo la mano extendida. Vega tarda unos segundos. Después la toma.
—Como su madre me mate, será responsabilidad tuya.
—Estás nerviosa.
—¿Tú?
—Mucho, pero no se lo digas a nadie.
—Pensaba utilizarlo en redes sociales.
—Te demando.
—Tenemos un excelente departamento de comunicación.
Llamo al timbre. Elena abre. Nos mira. Mira nuestras manos. Después nos mira otra vez. No parece sorprendida.
—Hola.
Vega la abraza primero. El abrazo dura mucho. Cuando se separan, Elena tiene los ojos húmedos. Después me abraza a mí.
—Cuánto tiempo. Pasad, por favor —nos invita.
Noto que las zapatillas ya no están. La casa se parece demasiado a mis recuerdos.
Un mueble oscuro junto a la entrada, fotografías familiares en la pared, un reloj que siempre atrasa unos minutos.
Hay fotos de Rocco, naturalmente, una con Elena, otra con sus padres, una mía con él después de una carrera y una de Vega.
Está junto a otras fotografías, no separada.
Vega también la ve y no dice nada. La madre de Rocco aparece desde el salón.
Se llama Adriana, ha envejecido, o quizá yo recuerdo una versión de ella que ya no existe.
—Vega.
No me mira primero a mí. Va directamente hacia ella, se abrazan. Adriana le acaricia el pelo como hacía años atrás.
—Estás preciosa.
—Tú también. —Las dos ríen con los ojos húmedos. Después Adriana me mira.
—Nico.
—Hola, Adriana.
Me abraza. Eso no lo esperaba.
—Estás demasiado delgado.
Sonrío.
—Eso dice todo el mundo.
—Porque es verdad.
—Mamá —dice Elena.
—¿Qué?
—Acaban de llegar.
—Precisamente. Habrá que darles de comer.
Algunas madres son universales. El padre de Rocco, Carlo, aparece después.
Me estrecha la mano y termina abrazándome con un golpe en la espalda.
Con Vega es más delicado. Durante los primeros minutos nadie habla de nosotros, ni de Rocco.
Hablamos del viaje, del campeonato, de dónde vivimos, de mi caída reciente. Adriana se vuelve hacia Vega.
—¿Tú estabas allí?
—Sí.
—Entonces lo pasarías mal.
Vega me mira un segundo.
—Un poco.
—Este siempre se caía.
—Gracias —digo.
—Rocco también.
Silencio. El primero, no incómodo exactamente, solo presente.
—Por eso yo dejé de mirar algunas carreras. —Carlo lo rompe.
—Y después preguntaba cada treinta segundos qué había pasado —recuerda Elena.
Nos sentamos a comer. Vega está a mi lado.
No nos tocamos, lo noto demasiado, supongo que ella también.
Adriana habla de una prima que acaba de tener un hijo, Elena cuenta que está pensando cambiar de trabajo y Carlo quiere saber detalles de la temporada.
Durante casi media hora somos cinco personas comiendo. Hasta que Adriana pregunta:
—¿Estáis en el mismo hotel?
—Sí. —Vega bebe agua.
—Los equipos siempre os ponen juntos, ¿no?
—Depende —responde ella.
Elena me mira. No pienso dejar que esto se convierta en una representación absurda.
Pongo la mano sobre la mesa, palma arriba junto a Vega.
Ella la ve y coloca la suya sobre la mía.
Adriana deja de comer. Carlo mira nuestras manos.
Elena permanece inmóvil. Nadie dice nada.
Vega intenta retirar la mano, pero se la sujeto suavemente, no para impedirlo sino para preguntarle. Me mira y la deja.
—Ah. —Adriana es la primera que habla.
No sé si existe una respuesta adecuada a ah .
—Mamá —dice Elena.
—No he dicho nada.
Adriana mira a Vega, no a mí.
—¿Desde cuándo?
—Poco —responde ella—. Unas semanas.
—¿Semanas?
—Sí.
—¿Y vosotros...?
No termina. Vega entiende.
—No ocurría nada antes.
—No estaba preguntando eso.
Sí lo estaba.
—Adriana —intervengo—, Vega y yo prácticamente no nos conocíamos.
Me mira.
—Lo sé.
Esa respuesta contiene demasiado.
—Precisamente estamos descubriendo por qué —aclara Vega.
Adriana baja la mirada.
—Elena me ha contado algo. Rocco evitó presentaros. No lo sabía.
—Nosotros tampoco. —Vega aprieta mi mano.
Adriana permanece en silencio. Después dice:
—Nunca imaginé que seríais vosotros dos.
La frase duele, no por hostilidad sino porque comprendo lo que significa. Vega también.
—Nosotros tampoco.
Adriana levanta los ojos. Vega no aparta la mirada.
—No estaba buscándolo —continúa—. Ni Nico tampoco. Y no cambia lo que sentí por Rocco.
—Ya lo sé.
—Pero... —Vega se detiene. Adriana espera—. Pero quiero a Nico.
No esperaba que lo dijera. Ni creo que Vega esperara decirlo. Mi mano se cierra alrededor de la suya. Adriana me mira por primera vez desde esa frase. Después vuelve a mirar a Vega.
—¿Eres feliz?
Vega tarda muy poco.
—Sí.
Adriana asiente.
—Entonces tendré que acostumbrarme.
Elena sonríe. Carlo bebe vino.
—Yo ya me he acostumbrado.
Su mujer lo mira.
—Tú te acostumbras a todo.
—Es una ventaja del matrimonio.
—No empieces.
La tensión se rompe, no desaparece, pero deja de apretar. Seguimos comiendo. Esta vez Vega no suelta mi mano hasta que necesita utilizar el cuchillo. Después del café, Elena trae la caja. No es grande, cartón marrón. La coloca sobre la mesa. Nadie la abre inmediatamente.
—Aquí guardamos cosas que no sabíamos dónde poner —comenta.
Esa definición me parece perfecta. Cosas que no sabemos dónde poner. El duelo debe de estar lleno de ellas. Elena levanta la tapa. Hay dos teléfonos, acreditaciones antiguas, cables, unas llaves, varias tarjetas, una cartera y pequeños objetos sin valor que probablemente valen muchísimo.
—Yo no necesito ver eso. —Adriana se levanta y sale hacia la cocina. Carlo permanece. Elena saca una bolsita transparente. Dentro hay una SIM.
—Esta estaba con este teléfono.
Nos enseña uno viejo.
—¿Podemos encenderlo?
—Lo cargué anoche.
Pulsa el botón. La pantalla tarda. Después aparece.
—Tiene código.
—Probé los habituales. fecha de nacimiento, número de piloto, cumpleaños de Vega…
Carlo coge la tarjeta.
—La compañía quizá pueda recuperar algo.
—Después de cinco años, difícil —digo.
—Podemos mirar el número.
Elena ya lo ha hecho. Nos lo enseña. Vega lo compara con el contacto antiguo. Coincide.
—Era suyo —dice.
—Eso ya lo sabíamos.
Yo saco el teléfono. Conservo copias antiguas en la nube. No sé si el historial de llamadas llegará tan atrás. Busco. Nada. Cambio de copia. Otra. Vega espera a mi lado. Encuentro el periodo.
—Aquí. —Números, llamadas muchas. Busco las últimas cifras. Una coincidencia—. Joder.
Vega se acerca.
—¿Qué?
—Me llamó cinco semanas antes del accidente. No le contesté y me volvió a llamar tes días después. Tampoco le contesté, era un número desconocido.
Busco más. Hay una tercera. Duración: diecisiete segundos.
—Esta sí.
Vega mira.
—Diecisiete segundos.
—No recuerdo nada.
—¿Puedes recordar dónde estabas?
Compruebo la fecha.
—Francia.
—Yo estaba con Rocco.
La miro.
—¿Seguro?
—Sí. Ese fin de semana estuvimos juntos.
Elena se inclina.
—¿Qué día?
Vega se lo dice. Elena piensa.
—Rocco se marchó una tarde.
—A entrenar —dice Vega.
—No —asegura Elena.
La miramos.
—¿Cómo que no? —Alzo una ceja.
—Me llamó mamá porque necesitaba algo. Rocco pasó por aquí.
—¿Aquella tarde?
—Sí.
—¿Cuánto tiempo?
—No sé. Una hora.
Vega se queda inmóvil.
—A mí me dijo que iba a entrenar.
Otra mentira, pequeña quizá.
—¿Dónde está ese teléfono en ese momento? —pregunto.
Elena lo mira.
—Aquí, supongo.
—Entonces pudo llamarme desde aquí.
Carlo interviene.
—También pudo llevarlo.
—Sí.