23 El miedo tiene tu nombre #2
Nuestra primera pelea dura menos de dos horas. Me parece un récord. No se lo digo porque probablemente intentaría explicarme que tampoco esto es una competición.
Dos días después vuelvo a subirme a la moto. Vega está allí. No pregunta si tengo miedo. Yo tampoco le pregunto si lo tiene ella. Antes de salir, se acerca.
—Una cosa.
—¿Qué?
—Vuelve.
—Sí.
—Eso no es una promesa.
—Pero voy a intentarlo. —Le doy un beso y me pongo el casco.
Salgo. Durante la primera vuelta pienso en ella una sola vez. Después la pista ocupa todo. Cuando regreso, Vega está trabajando. Me mira, yo levanto el pulgar, ella hace lo mismo. Eso basta.
Esa noche hacemos el amor con una intensidad distinta.
No porque hayamos estado a punto de perder nada, sino porque después del miedo el cuerpo necesita comprobar que aquello que quiere continúa ahí.
Vega toca el hematoma de mi hombro con una delicadeza que no combina en absoluto con lo que hace después y yo descubro que las reconciliaciones tienen aspectos bastante interesantes.
Durante los días siguientes, descubro otra cosa sobre Vega: una vez que dice lo que siente, no utiliza después la discusión como arma.
No vuelve a recordarme mi frase de mierda ni me castiga con silencios.
El miedo continúa, pero ahora sé que existe y ella sabe que yo lo sé.
Es sorprendentemente sencillo. Y pienso varias veces en Rocco.
En cuántos problemas habríamos evitado él y yo con una conversación de diez minutos.
No sirve de nada, pero lo pienso. Una semana después estamos en Italia cuando Gianni me encuentra saliendo del hospitality .
—Nico. Tengo que preguntarte algo.
—Eso siempre empieza mal.
—Es sobre Rocco.
Hace días que nadie abre esa puerta.
—Dime.
—Vega me contó lo de Milán.
La miro a lo lejos. Está hablando con Claudia.
—¿Qué te contó?
—Lo necesario.
Gianni parece incómodo.
—He recordado una conversación. Me preguntó si yo te había dado el número de teléfono de Vega.
—¿Por qué iba a dármelo?
—Eso le dije, pero insistió.
—¿Y qué respondiste?
—Que no.
—Porque no lo hice.
—Ya.
—¿Y él?
—Me preguntó si estaba seguro.
Siento regresar aquella presión conocida en el estómago.
—¿Qué le dijiste?
—Que completamente.
—¿Por qué pensaba que yo quería su número?
—No lo sé.
—Gianni.
—De verdad. Pensé que eran celos. Le dije que hablara contigo.
—¿Y qué respondió?
Gianni duda.
—Que no podía.
—¿Por qué?
—Porque si te preguntaba, sabrías que él lo sabía.
La frase no tiene sentido.
—¿Que sabía qué?
—Eso mismo le pregunté.
—¿Y?
—No respondió.
Miro hacia Vega. Ella continúa hablando con Claudia.
—¿Cuándo fue exactamente?
—Unas semanas antes del accidente.
—¿Antes o después de Milán?
Gianni piensa.
—Después.
Eso cambia algo.
—¿Seguro?
—Sí. Porque recuerdo que hablamos de la fiesta.
—¿Qué dijo?
—Que habíais estado los dos allí.
—Eso ya lo sabemos.
—Y que no os habíais encontrado.
—Sí.
Gianni niega lentamente con la cabeza.
—No.
—¿Qué?
—Eso no fue lo que dijo. Dijo que esperaba que no os hubierais encontrado.
Lo miro.
—¿Cuál es la diferencia?
—La forma de decirlo.
—Gianni.
—Nico, estaba preocupado porque creía que tú tenías el número de Vega.
—Pero no lo tenía.
—Ya lo sé.
—Entonces alguien le dijo que sí.
Gianni no responde.
—¿Quién?
—No tengo ni idea.
Voy hacia Vega, después me detengo. Continúo. Vega me ve llegar.
—¿Qué pasa?
—¿Necesitáis...? —Claudia nos mira.
—Cinco minutos —pide Vega, y Claudia se marcha.
—Gianni ha recordado algo.
Se lo cuento, no exagero, no interpreto, solo lo que ha dicho. Vega escucha.
—Pero tú nunca tuviste mi teléfono.
—No.
—¿Seguro?
—Que yo recuerde, no.
—Eso es diferente.
—Sí.
Saca su teléfono.
—¿Qué haces?
—Comprobar algo.
—¿Qué?
—Mis contactos antiguos.
—Aunque tuvieras mi número guardado, eso no demostraría...
—No busco el tuyo.
—¿Entonces?
—El de Rocco.
Me quedo callado. Vega entra en una copia antigua de contactos que conserva en la nube.
—¿Qué buscas?
—No lo sé todavía.
—Muy científico.
Busca. Rocco. Aparecen varios números antiguos asociados a su nombre. Uno italiano. Otro que utilizó durante unos meses. Vega frunce el ceño.
—Espera. Había olvidado este.
—¿Cuál?
—Un número español.
—¿Rocco tenía un número español?
—Durante una temporada. Lo utilizaba cuando estaba aquí porque tenía un contrato con una compañía española.
—¿Y? —Vega me enseña la pantalla. No reconozco el número— ¿Qué pasa?
—Déjame pensar. —Se queda mirando—. Cuando murió, conservé sus teléfonos durante meses. Su hermana se quedó con uno. Yo con otro. Había una tarjeta SIM que no sabíamos de quién era. Estaba en uno de sus teléfonos antiguos.
—¿Y qué hicisteis?
—Nada. Creo que Elena la guardó con sus cosas.
La miro.
—¿Crees que sigue existiendo?
—No lo sé.
—¿Y qué tiene que ver con mi supuesto intento de conseguir tu número?
Vega levanta los ojos.
—Quizá nada.
—Llama a Elena.
—Esta noche.
—¿Por qué?
—Porque ahora mismo tienes una reunión y yo tengo trabajo. ¿Qué aprendimos?
Miro el reloj.
—Odio tus lecciones.
—¿Qué aprendimos?
—Que el pasado no puede tragarse nuestra vida.
—Y ahora vete.
Me marcho. A mitad de camino me giro y la veo.
Vega ya está trabajando. Sonrío. El miedo sigue ahí, Rocco sigue ahí, los interrogantes también, pero…
Durante semanas creí que nuestra historia consistía en averiguar por qué Rocco había impedido que Vega y yo nos conociéramos.
Ahora empiezo a comprender que esa solo fue la puerta por la que entramos.
La historia verdadera ocurre después. Está ocurriendo ahora.
Cuando discutimos, cuando nos hacemos daño, cuando decimos lo que pensamos antes de que el silencio lo convierta en otra cosa, cuando Vega me ve caer y tiene miedo, cuando yo descubro que ese miedo no me encadena, sino que significa que mi vida importa también fuera de mí.
Quizá querer a alguien consista precisamente en eso: aceptar que desde el momento en que alguien te ama, tus riesgos dejan de pertenecerte por completo.
No voy a dejar de correr. Vega no va a dejar de tener miedo.
Tendremos que aprender a vivir entre ambas cosas.
Como con todo lo demás. Sin competir, sin escondernos, sin dejarlo para mañana.