A un segundo de ti 23 El miedo tiene tu nombre
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23 El miedo tiene tu nombre

Nico

Tres semanas después descubro que Vega aprieta los dientes cuando está enfadada, roba sistemáticamente mis camisetas para dormir y considera que dejar una toalla húmeda sobre la cama constituye una forma especialmente grave de degeneración moral.

También descubro que necesita café antes de mantener una conversación inteligente por la mañana, que siempre tiene frío en los aviones aunque asegure lo contrario y que, cuando trabaja concentrada, se muerde ligeramente el interior de la mejilla.

Ella, por su parte, ha descubierto que ronco cuando estoy agotado (calumnia que todavía no ha conseguido demostrar), que soy incapaz de encontrar unas llaves aunque estén delante de mí, que puedo discutir durante veinte minutos sobre la presión correcta de un neumático y que mi concepto de ordenar una habitación consiste básicamente en recordar dónde he dejado cada montón.

También hemos descubierto que nos gusta estar juntos. Mucho, demasiado, según Álex.

—Esto empieza a ser preocupante —dice una mañana al encontrar a Vega sentada sobre una mesa del box mientras yo termino de ponerme el mono.

—¿Qué?

—Vosotros.

—No somos asunto tuyo —responde Vega sin levantar la vista del portátil.

—Antes podía hablar con Nico.

—Puedes seguir haciéndolo.

—Ahora tengo que pedir audiencia.

—Presenta una solicitud —digo.

—Tío, has cambiado —me reprocha mi compañero.

—Para mejor —apunta Vega.

Álex se marcha murmurando algo sobre personas insoportables que se reproducen por contacto.

—Me cae bien. —Vega sonríe.

—No deberías animarlo.

—Creo que lleva años sin necesitar ayuda. —Me acerco y me sitúo entre sus piernas— ¿Qué haces?

—Tengo cinco minutos.

—Estás trabajando.

—Tú también. Podemos optimizar.

Vega mira alrededor.

—Hay veinte personas.

—Diecisiete.

—¿Las has contado?

—No.

—Entonces ¿por qué dices diecisiete?

—Parecía más razonable.

Me pone una mano en el pecho para detenerme.

—Ve a trabajar.

—Un beso.

—No.

—Medio.

—¿Cómo se da medio beso?

—Podemos investigar.

Vega mira hacia los mecánicos. Después me besa rápidamente.

—Ya.

—Eso ha sido muy deficiente.

—Fuera. —Me empuja.

Obedezco porque Matteo acaba de llamarme.

Tres semanas. No parecen mucho, pero han bastado para transformar lo extraordinario en cotidiano sin que pierda intensidad.

Hemos dormido juntos casi todas las noches en que hemos coincidido y hemos hecho el amor suficientes veces para dejar de tratar cada encuentro como si necesitara una banda sonora, aunque todavía hay momentos en los que miro a Vega atravesando el paddock y me sorprende que después vaya a entrar conmigo en una habitación y cerrar la puerta.

También hemos hablado de Rocco. Menos, no porque hayamos decidido evitarlo, sino porque ha dejado de ocupar todo el espacio.

Algunas piezas parecen encajar: Aragón, mis preguntas sobre Vega, los celos de Rocco, su miedo a que convirtiéramos también aquello en una competición, los años de silencio, Milán.

Queda aquella frase de Elena ( él todavía no sabe lo que ha hecho ), pero hemos aceptado que quizá nunca sepamos exactamente qué significaba.

No me gusta. Estoy aprendiendo a soportarlo.

Vega dice que eso también es madurar. Yo digo que eso es rendirse.

Después discutimos y normalmente terminamos besándonos.

Hasta hoy. La caída ocurre a las cuatro y diecisiete de la tarde.

No sé la hora en ese momento, naturalmente.

La sabré después porque Vega la recordará con una precisión que me hará comprender muchas cosas.

Estoy en la séptima vuelta de una tanda larga. Los neumáticos están funcionando bien y llevo dos vueltas acercándome al tiempo que buscamos. Entro en una curva rápida, noto que la rueda trasera pierde adherencia y durante una fracción de segundo sé exactamente lo que va a ocurrir.

No hay miedo, no da tiempo, solo reacción.

Intento corregir, la moto responde, después deja de hacerlo.

Salgo despedido. El mundo se convierte en asfalto, cielo, grava, asfalto otra vez y una sucesión de golpes que mi cuerpo recibe demasiado deprisa para identificarlos.

Deslizo durante varios metros, entro en la grava y empiezo a dar vueltas.

Cuando finalmente me detengo, lo primero que hago es mover los dedos. Después los pies. Bien, respiro, duele. También bien. Si duele significa que sigo recibiendo información.

Me incorporo. Un comisario corre hacia mí. Levanto una mano. Estoy bien, o razonablemente bien, la moto no. La veo varios metros más allá convertida en algo que el equipo no va a agradecerme.

Me pongo de pie, el hombro protesta. Nada parece roto.

Camino. Lo que no sé es que Vega ha visto toda la caída en uno de los monitores.

Cuando regreso al box después del control médico, la encuentro junto a la entrada.

Matteo habla conmigo primero. Después el ingeniero.

Luego un mecánico que quiere saber qué he sentido antes de perder la rueda.

Vega espera, eso debería advertirme. Cuando por fin llego hasta ella, sonrío.

—¿Estás bien? —Se preocupa.

—Sí.

—¿Seguro?

—Me han revisado.

—Eso no es lo que he preguntado.

—Estoy bien.

—Has dado seis vueltas.

—¿Las has contado?

—Sí.

No sonríe.

—Vega...

—Seis.

—Forma parte del trabajo.

—Ya lo sé.

—¿Entonces por qué te pones así? —No responde. La veo tragar saliva—. Solo digo que estas cosas pasan.

—Ya sé que pasan.

—Pues eso.

—¿Eso qué?

La gente continúa trabajando a nuestro alrededor. No es el lugar.

—Hablamos luego.

—Perfecto. —Se marcha. Eso tampoco es buena señal. La encuentro una hora después en una oficina vacía. Está trabajando frente al portátil.

—¿Podemos hablar?

—Estoy trabajando.

—Yo también estaba trabajando cuando me caí y mira cómo terminó. —Nada—. Vega… Era una broma.

—Ya.

—Estás enfadada. —Cierro la puerta.

—No. —Deja de escribir y me mira—. Estoy aterrada.

No esperaba esa palabra.

—Vega...

—Y enfadada porque estoy aterrada.

Me siento frente a ella.

—Estoy bien.

—Deja de repetirlo.

—Pero lo estoy.

—Ahora.

—Sí, ahora.

—Te he visto salir volando de una moto a más de doscientos kilómetros por hora.

—No iba tan rápido.

—Me tranquiliza muchísimo —ironiza.

—No pretendía...

—Ya sé lo que pretendías. —Se levanta—. Durante unos segundos no te movías.

—Fueron muy pocos.

—Para ti.

Ahí comprendo. No completamente, pero algo.

—Vega. Mírame.

—Te estoy mirando.

—No soy Rocco.

Se queda inmóvil. Y sé que he dicho otra cosa equivocada.

—Ya lo sé.

—Entonces...

Otra vez. Entonces. Definitivamente tengo que eliminar esa palabra.

—¿Entonces qué, Nico?

—No puedes vivir cada caída como si fuera a terminar igual.

—No he dicho eso.

—Pero lo estás pensando.

—No sabes lo que estoy pensando.

—Vega, corro en moto. Me voy a caer.

—Ya lo sé.

—Muchas veces.

—También lo sé.

—Entonces sabías con quién te metías.

Silencio. Ahí está. La frase que no debía decir. Vega me mira durante varios segundos.

—Vete.

—Vega.

—Ahora mismo, vete.

—No quería decirlo así.

—Pero lo has dicho.

—Porque es verdad.

—Claro que es verdad. —Suspiro—. No quiero discutir.

—Pues lo estás haciendo estupendamente.

—Quiero entender qué esperas de mí.

—Nada.

—Eso no es verdad.

—No espero que dejes de correr. No espero que reduzcas la velocidad. No espero que pienses en mí cuando estés entrando en una curva a doscientos cincuenta kilómetros por hora porque probablemente sería la mejor manera de que acabaras en el hospital.

—Pero…

Tiene los ojos brillantes.

—Espero que no me trates como una idiota por tener miedo.

Eso es todo. No necesito que arregles mi miedo.

No necesito que me expliques que las caídas forman parte de las carreras.

Estuve años con un piloto, Nico. Yo era piloto, al menos…

lo intenté. Sé perfectamente lo que forma parte de las carreras.

—Y lo sé…

—Recibí una llamada diciéndome que el hombre al que amaba había muerto. —Ahí está Rocco, pero no como antes, no entre nosotros. Dentro de ella—. Hoy te he visto caer y durante unos segundos mi cuerpo ha vuelto allí. No mi cabeza. Mi cuerpo. ¿Lo entiendes?

No. Pero intento hacerlo.

—Creo que sí.

—Y después te has levantado. Y… he podido respirar. —Se limpia una lágrima antes de que llegue a caer—. No voy a pedirte que dejes de ser piloto. Pero no vuelvas a decirme que sabía con quién me metía, porque sí, Nico, lo sabía. Precisamente por eso tengo miedo.

No tengo ninguna respuesta inteligente. Así que por una vez no intento encontrarla. Me levanto. Vega no se aparta cuando me acerco.

—Lo siento. —Le acaricio la mejilla—. Lo siento de verdad. —Me mira—. Ha sido una frase de mierda. Pensé que estabas comparándome con Rocco. No quiero ser el sustituto de nadie.

—No lo eres.

—Pero cuando reaccionas así después de una caída...

—No tengo miedo porque seas Rocco. —Silencio. Vega respira—. Tengo miedo porque eres tú. —Eso me golpea más que cualquier cosa que haya dicho.

Le toco el cuello.

—No voy a dejar de caerme. Y seguramente volveré a hacer bromas cuando ocurra. Pero puedo no ser un imbécil contigo. No prometo perfección.

—No la soportaría.

Sonrío. Ella tarda un poco más.

—¿Sigues enfadada?

—Sí.

—¿Mucho?

—Bastante.

—¿Puedo besarte?

—No.

—Entonces espero.

—¿A qué?

—A que quieras besarme.

—Podría tardar horas.

—Tengo el hombro dolorido. No iba a hacer nada interesante.

Vega intenta no sonreír.

—No utilices las lesiones para dar pena.

—No es pena. Es estrategia.

—Idiota.

—Eso ha sonado más cariñoso.

Pasan aproximadamente dos segundos. Vega se acerca y me besa.

—Has durado muy poco —musito, y nos besamos. Esta vez el beso no termina en sexo, ni siquiera en deseo. Es otra cosa. Una forma de cerrar una discusión sin fingir que no ha ocurrido. Cuando nos separamos, Vega apoya la frente contra la mía.

—La próxima vez que te caigas...

—Me caeré con más elegancia.

—Nico.

—Perdón.

—La próxima vez solo dime que estás bien y dame un minuto.

—De acuerdo.

—Y si no estás bien, no me mientas. Aunque haya una carrera al día siguiente.

—Eso es más complicado.