A un segundo de ti 22 A un segundo de ti
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22 A un segundo de ti

Nico

Cuando vuelvo a abrir los ojos, Vega continúa dormida sobre mi pecho.

Durante unos segundos no sé qué hora es ni cuánto tiempo ha pasado desde que recordé aquellas dos palabras.

La habitación está casi a oscuras, pero una franja de claridad empieza a dibujarse entre las cortinas.

Miro el reloj. Las seis y veintidós. Vega se ha movido durante la noche.

Ahora tiene una pierna sobre las mías y una mano apoyada en mi costado.

Todavía no. El recuerdo continúa ahí. Un hombre, la barra, Milán. Una pregunta sobre una mujer y mi respuesta.

No despierto a Vega. Nuestro pacto consiste en no ocultarnos las cosas, no en impedir que el otro duerma.

Cierro los ojos e intento reconstruir la escena.

Música. Demasiada gente. Álex hablando con alguien.

Yo con una copa que probablemente no necesitaba.

Un hombre acercándose por mi derecha. Mayor que yo, traje, acreditación, conocido.

¿Al final...?

Eso. La frase empezaba así.

¿Al final la conociste?

Y yo:

Todavía no.

Abro los ojos. Bellini, Marco Bellini, el representante con quien hablé sobre Daniel Riva.

—Mierda.

—Como vuelvas a decir palabrotas mientras duermo, te vas al suelo —farfulla Vega, y se remueve.

—He recordado quién era.

Abre los ojos de repente y despierta de golpe.

—¿El de Milán? —Se incorpora. La camiseta se le cae de un hombro. Intento no mirar. Fracaso—. Nico.

—¿Quién era?

—Marco Bellini.

—¿El representante de Riva?

—Sí.

—¿Y qué te preguntó?

—Creo que dijo: ¿Al final la conociste?.

—¿A mí? —Frunce el ceño.

—Eso no lo recuerdo todavía.

—¿Y tú dijiste todavía no?

—Sí.

—Entonces sabías de quién hablaba.

—En ese momento, sí.

—Pero no recuerdas que fuera yo. —Se aparta el pelo de la cara—. Esto es desesperante.

—¿Recuerdas a Bellini?

—Poco.

—¿Hablabas con él?

—Profesionalmente alguna vez.

—¿Rocco sabía que os conocíais?

—Supongo.

—¿Y si fue Rocco quien le habló de ti?

—Es posible.

—Entonces Bellini podía saber que tú eras la novia de Rocco. Y aun así me preguntó si te había conocido. ¿Por qué?

—Pregúntaselo.

—Ahora.

—Dentro de una hora.

—Media.

Vega coge la almohada, me la pone encima de la cara y suelta:

—Una hora.

Acepto. A las siete y veintinueve ya estoy sentado en la cama con el teléfono en la mano.

—Eres insoportable —dice Vega desde el baño.

—He respetado el acuerdo.

—Te faltaba un minuto.

—Estoy preparando la llamada. —Sale con el pelo recogido, preciosa.

La beso. Vega responde durante unos segundos y después se aparta.

—Bellini.

Llamo a Marco Bellini para intentar reconstruir lo que ocurrió en aquel evento del Excelsior en Milán hace cinco años.

Vega se sienta a mi lado y escucha en silencio mientras las piezas encajan de forma demoledora.

Descubro que Rocco vivía obsesionado con la posibilidad de que Vega y yo coincidiéramos.

Tiempo atrás, le mencioné a Marco de pasada que una chica de comunicación me había librado de hacer el ridículo con un vídeo en Aragón y que me habría gustado agradecérselo; al contárselo a Rocco, él ató cabos, supo que hablaba de su novia y empezó a indagar con recelo si yo la buscaba.

Todo culmina la noche de Milán: Marco me preguntó si al fin la había conocido porque sabía que ambos estábamos allí, pero la revelación que me hiela la sangre llega al final, cuando Marco me confirma que Rocco lo sabía porque lo llamó por teléfono esa misma noche.

—Me preguntó si tú habías llegado.

—¿Solo eso?

—Y si habías hablado con Vega.

—¿Qué le dijiste?

—Que no sabía. Después te vi y te pregunté si la habías conocido.

Marco me confirma que, cuando le dijo a Rocco que yo aún no conocía a Vega, la respuesta de Rocco fue un simple “mejor”.

Para sorpresa mía, Marco aclara que Rocco no estaba enfadado, sino preocupado; creyó que eran simples celos al saber que su novia y su mejor amigo coincidían en una fiesta a cientos de kilómetros de él.

En ese momento encajo la cadena completa: un comentario casual mío, Bellini contándoselo a Rocco, Rocco asumiendo que yo la buscaba y, finalmente, enterándose de que estaríamos en el mismo lugar.

Le doy las gracias a Marco y cuelgo la llamada.

Vega y yo nos quedamos en silencio, procesando una verdad que llevaba años a punto de estallar.

—No sabías que preguntabas por mí —aporta Vega.

—No.

—Solo recordaste la historia. —Asiento—. Pero Bellini descubrió que era yo. Y se lo dijo a Rocco. Que pensó que estabas buscándome. —Vega se levanta y camina hacia la ventana—. Qué absurdo. Todo por no hablar.

—Otra vez.

—Si Rocco te hubiera llamado y te hubiera dicho ¿estás preguntando por Vega?...

—Le habría preguntado quién coño era Vega.

—Gracias. —se vuelve.

—¿Qué pasa?

—Me tranquiliza haber dejado una huella tan profunda en ti.

—Cinco años después estoy compensándolo bastante.

—Regular.

—¿Regular? —Me levanto y voy hasta ella.

—Podrías esforzarte más.

—Eso suena a desafío. —La beso. Vega pone las manos sobre mi pecho y cuando nos separamos, su expresión continúa seria.

—Creo que ya entendemos casi todo.

—¿Casi todo? —No la entiendo.

—No los detalles. Pero sí la lógica.

—Explícala.

—Rocco se interesó por mí. Tú preguntaste por mí. Se asustó porque contigo todo podía convertirse en competición. Evitó que nos conociéramos. Después empezamos a salir y cada vez era más difícil confesarte que llevaba meses ocultándome.

—Años.

—Después fueron años. Y cuando por fin podía haberte contado simplemente que tenía novia, tenía que explicar además por qué te la había escondido.

—Vergüenza.

—Y miedo.

—¿A qué?

—A que te enfadaras. A que yo me enfadara. A que descubriéramos que había manipulado las circunstancias.

—Después yo pregunté casualmente por la chica de Aragón.

—Y él creyó que estabas preguntando por mí.

—Exacto.

—Luego Milán.

—Nosotros dos en el mismo sitio.

—Sin él.

—Y volvió el miedo.

—No es una gran conspiración. Son decisiones pequeñas.

—Pequeñas malas decisiones.

—Que se fueron haciendo enormes.

—Eso suena mucho más a Rocco que una conspiración.

—Sí. —Sonríe con tristeza.

—Pero queda una cosa.

—Lo de… él todavía no sabe lo que ha hecho. Puede referirse simplemente a que preguntaste por mí.

—No hice nada.

—Desde la cabeza de Rocco, sí. Reabriste aquello que llevaba años intentando mantener cerrado.

—Entonces estaba enfadado conmigo por recordar una historia.

—No digo que fuera justo.

—No lo era.

—Las emociones no siempre lo son.

Eso también es verdad.

—Quizá nunca sepamos exactamente qué quiso decir. No todo necesita una respuesta perfecta.

Nos vestimos y bajamos a desayunar. Álex está allí, naturalmente. Mira a Vega, después a mí y sonríe.

—¿Habéis resuelto el misterio? —pregunta Álex.

—Parte —responde Vega.

—¿Y la otra parte?

Ella me mira.

—Estamos trabajando en ello.

No sé por qué la frase suena indecente. Álex tampoco.

—No quiero saberlo.

—Por una vez estamos de acuerdo.

El día transcurre con una normalidad que agradezco.

Trabajo. Entrenamiento. Reuniones. Vega entra y sale del box.

A veces nuestros ojos se encuentran y sonríe.

Otras pasa junto a mí y me roza la espalda con una mano.

Son gestos pequeños, pero empiezo a entender que una relación se construye mucho más con ellos que con grandes declaraciones.

Por la tarde la encuentro sola en una sala.

—Tengo quince minutos —comento.

—Qué suerte.

—He pensado utilizarlos contigo.

—Cada día más romántico. —Cierro la puerta y Vega levanta una ceja— ¿Qué haces?

—Evitar interrupciones.

—Tengo que trabajar.

—Catorce minutos.

Me acerco.

—Nico.

—Trece.

—Eres ridículo.

—Doce.

Me besa para que me calle. Funciona. Sus manos rodean mi cuello.

Las mías encuentran su cintura. Ya no hay la cautela de los primeros besos ni la sorpresa de descubrir que el otro responde.

Hay confianza suficiente para empezar a conocer el cuerpo del otro y deseo suficiente para querer seguir descubriéndolo.

—Once. —Se separa.

—Eso ha sido trampa. —La vuelvo a besar. Cuando salgo doce minutos después, Álex está en el pasillo.

—Tienes el pelo... —Me lo arreglo. Álex continúa andando—. Profesional impecable.

—Vete a la jodida mierda.

Por la noche no hacemos planes. Simplemente terminamos otra vez en mi habitación. Esta vez nadie menciona Milán, ni Bellini, ni Rocco. Vega está junto a la ventana mirando las luces cuando me acerco por detrás y la abrazo.

—¿Cansada?

—Un poco.

—Podemos dormir.

Se vuelve dentro de mis brazos.

—¿Quieres dormir? —La pregunta no tiene nada de inocente.

—No especialmente.

Nos besamos. No hay prisa. Quizá porque ya no necesitamos correr.

La beso en el cuello y noto cómo cambia su respiración.

Vega introduce las manos bajo mi camiseta y me la quita.

Yo hago lo mismo con la suya. Nos detenemos un instante, no por duda, para mirarnos.

Esto no tiene nada que ver con Rocco. No estoy llegando a un lugar que él ocupó antes ni quitándole nada a nadie.

Vega no es una meta, ni una victoria. Es una mujer que me está mirando y que ha elegido estar aquí conmigo. Ahora.

La acaricio despacio. Vega hace lo mismo conmigo y todo lo que durante días habíamos contenido deja de necesitar contención. Nos desnudamos entre besos, caricias y alguna risa cuando la ropa decide complicar innecesariamente las cosas.

—Muy elegante —dice cuando casi pierdo el equilibrio—. Piloto profesional.

—Estoy fuera de mi especialidad.

—Se nota.

—Retira eso. —Le ordeno.

—Oblígame.

—Eso sí ha sido un desafío.

No dice nada más. Solo se gira un poco, lo suficiente para que yo vea el perfil de su boca y la forma en que me mira.

Mis manos encuentran su cintura desde atrás y la atraigo contra mi pecho. Ella inclina la cabeza hacia un lado y yo aprovecho para besarla en el cuello, justo donde el pulso late con fuerza. Siento cómo se estremece. Solo queda su piel contra la mía.

La giro con suavidad hasta que queda de frente.

La beso despacio, profundo, mientras mis manos bajan por su espalda y la levantan.

Ella se deja, rodeándome la cintura con las piernas.

La llevo hasta la cama y la dejo caer de espaldas.

Me quedo de pie un segundo solo para mirarla: el pecho subiendo y bajando, las piernas ligeramente abiertas, la mirada que no se aparta de la mía.

Cuando me arrodillo entre sus muslos, ella ya está lista.

Bajo la cabeza y la pruebo con la lengua, lenta y precisa.

El sabor de ella me llena la boca. La siento tensarse al primer roce y después abrirse más, ofreciéndome más acceso.

Paso la lengua una y otra vez, cambiando la presión, prestando atención a cada reacción: el modo en que sus dedos se enredan en mi pelo, el leve temblor de sus muslos contra mis mejillas, el sonido ahogado que le sale cuando encuentro el punto exacto.

No me detengo hasta que su respiración se vuelve irregular y sus caderas empiezan a buscar mi boca con más insistencia.

Solo entonces subo por su cuerpo. Me acomodo entre sus piernas y entro en ella de un solo movimiento profundo.

El calor que la envuelve es intenso, familiar y al mismo tiempo nuevo.

Ella exhala fuerte contra mi cuello. Me quedo quieto un segundo, sintiendo cómo se adapta a mí, cómo sus paredes me aprietan. Después empiezo a moverme.

El ritmo que marco es firme, constante y deliberado.

Cada embestida es completa y profunda. Ella responde elevando las caderas para encontrarme, y el sonido de nuestros cuerpos uniéndose llena la habitación.

Mis manos se deslizan bajo su espalda y la elevo un poco, cambiando el ángulo.

El efecto es inmediato: un gemido más largo le sale de la garganta y sus uñas se clavan en mis hombros.

Acelero. No mucho. Solo lo suficiente para que el placer se acumule de forma constante, sin prisa por llegar.

La miro todo el tiempo. Veo cómo se muerde el labio, cómo sus ojos se entornan, cómo el rubor le sube por el pecho.

Cuando siento que está cerca, deslizo una mano entre nosotros y la rozo con el pulgar exactamente donde necesita.

Ella se tensa de inmediato. Su cuerpo se arquea bajo el mío y el orgasmo la recorre en oleadas fuertes, apretándome con fuerza mientras gime contra mi boca.

No me detengo. Sigo moviéndome dentro de ella mientras todavía tiembla, prolongando cada contracción.

El control que he mantenido empieza a romperse.

Entierro la cara en su cuello y me dejo llevar.

El placer me atraviesa de golpe, intenso, profundo, y me derramo dentro de ella con embestidas cortas y potentes hasta que no queda nada.

Me quedo encima un momento más, respirando contra su piel, sintiendo cómo su corazón late contra el mío. Después me deslizo a un lado sin salir del todo y la atraigo contra mi pecho. Ella apoya la frente en mi clavícula.

Durante un rato no hablamos. No hace falta. Después Vega dibuja algo con un dedo sobre mi pecho.

—¿Sabes qué he pensado? —comenta.

—Me preocupa la pregunta.

—En Milán.

—Habíamos acordado que Rocco no entraba hoy en esta habitación.

—No estoy pensando en Rocco. Sino en nosotros. —Espero—. Diez metros. Eso era todo.

—Y unas cuantas personas.

—Podíamos haber coincidido al ir a por una copa. Al salir al baño. En un ascensor.

—Podías haberme pisado.

—Y yo habría pensado que eras insoportable.

—Seguro. —Sonrío.

—A un segundo de ti.

—Me has robado la frase —le recrimino.

—No estaba registrada.

—Fue mía.

—Ahora es nuestra.

No sé por qué esas tres palabras me afectan más que deberían.

Ahora es nuestra.

Vega apoya otra vez la cabeza sobre mi pecho.

—Me gusta —musita—. A un segundo de ti. Porque no significa que tuviéramos que conocernos entonces. Solo que nuestras vidas estuvieron cerca muchas veces sin tocarse.

—Hasta ahora. —La abrazo. ¿Estás bien?

Levanta la cabeza. Sabe qué estoy preguntando realmente.

—Sí. —Me besa suavemente— ¿Y tú?

—Muy bien.

Se acomoda junto a mí. Esta noche no busco recuerdos. No intento reconstruir conversaciones de hace cinco años. No pienso en lo que Rocco creyó, temió o calló. Quizá mañana volvamos a hacerlo. Todavía quedan preguntas, pero ya no siento que necesite resolverlas todas para saber dónde estoy.

Vega duerme a mi lado. Alargo una mano y encuentro la suya en la oscuridad.

Ella entrelaza los dedos con los míos sin abrir los ojos.

Durante años estuvimos en los mismos circuitos, las mismas ciudades, los mismos hoteles, quizá las mismas habitaciones separadas por unas plantas.

A veces a kilómetros. Otras a metros. Una noche, apenas a diez.

Tal vez alguna vez cruzamos una puerta con unos segundos de diferencia, uno salió de un ascensor justo antes de que el otro llegara, tal vez estuvimos muchas veces así.

A un segundo de distancia, a nada de encontrarnos, a punto de cambiarlo todo.

Pero ya no. Ahora, cuando extiendo la mano, Vega está aquí. A un segundo de mí.