21 Buenos días #3
Cuando quedamos sin ropa, ella se acomoda a horcajadas sobre mis caderas. La veo desde abajo: la línea de sus clavículas, el leve temblor de sus muslos, la forma en que muerde el labio inferior al sentirme duro contra ella. No hay vergüenza.
Deslizamos las manos uno sobre el otro. Mis palmas recorren sus pechos y siento cómo se endurecen bajo el roce de mis pulgares. Ella arquea la espalda y un sonido bajo, casi inaudible, le sale de la garganta.
Me inclino hacia arriba para besarla de nuevo mientras una de mis manos baja entre nuestros cuerpos.
La encuentro ya abierta, resbaladiza, y el contacto la hace exhalar contra mi boca.
La penetro con dos dedos, despacio, prestando atención a cada reacción: el modo en que se mueve contra mi mano, la forma en que sus uñas se clavan en mis hombros.
Cuando sus caderas empiezan a buscar un ritmo más decidido, retiro los dedos y la guío hacia mí.
La penetración es lenta. Ella baja centímetro a centímetro, adaptándose, y yo me quedo completamente quieto, conteniendo la respiración, dejándole el control absoluto.
El calor que la envuelve es profundo, íntimo; siento cada leve contracción de su cuerpo mientras se acomoda hasta que estoy dentro por completo.
Nos miramos. No hace falta decir nada. Ella empieza a moverse.
El ritmo que marca es deliberado al principio.
Sube y baja con una fluidez que me recuerda a la forma en que una moto encuentra el punto exacto de adherencia.
Mis manos se posan en sus caderas, no para dirigirla, solo para sentirla.
Cada vez que desciende, el placer se acumula en oleadas.
Cuando acelera un poco, yo respondo elevando las caderas para encontrarla, y el sonido de nuestros cuerpos uniéndose llena la habitación.
La veo perderse en la sensación. Su cabeza se inclina hacia atrás, el cuello expuesto, y aprovecho para alzar el torso y besarla allí, en el punto donde el pulso late con fuerza.
Ella gime entonces, más alto, y el sonido me atraviesa.
Mis dedos se deslizan entre nosotros otra vez, buscando el lugar exacto que la hace temblar.
Cuando lo encuentro, su movimiento se vuelve menos preciso, más urgente.
La siento apretarse a mi alrededor, y el control que he mantenido empieza a resquebrajarse.
La invierto con un movimiento fluido, sin romper el contacto.
Ahora soy yo quien está encima, sosteniendo parte de mi peso en los antebrazos para no aplastarla.
Ella abre más las piernas y me recibe más profundo.
Empiezo a moverme con embestidas largas y constantes y observo cada expresión de su rostro.
Cuando sus ojos se cierran y su boca se entreabre, sé que está cerca.
Acelero, manteniendo la profundidad, y deslizo una mano entre nuestros cuerpos para rozarla en el mismo punto de antes.
—Nico…
Me gusta que diga mi nombre.
El orgasmo la alcanza primero. Su cuerpo se tensa bajo el mío, las piernas se cierran alrededor de mi cintura y un gemido largo, quebrado, le sale del pecho mientras se contrae rítmicamente a mi alrededor.
La sensación es demasiado intensa. Sostengo el ritmo unos segundos más y después me dejo ir, enterrándome hasta el fondo mientras el placer me recorre.
—Joder… Joder… Joder… —Me quedo dentro de ella, respirando contra su cuello, sintiendo cómo ambos temblamos todavía.
Poco a poco el mundo regresa. El peso de mi cuerpo, el olor a piel caliente, el leve zumbido de la ciudad tras la ventana.
Me deslizo a un lado sin separarme del todo y la atraigo contra mi pecho.
Ella apoya la frente en mi clavícula. Ninguno de los dos habla todavía.
Solo respiramos, sincronizados, mientras el sudor se enfría lentamente sobre nuestra piel.
—Nico. —Ella rompe el silencio.
— ¿Mmm?
—¿Te das cuenta de que estuvimos a diez metros?
—Sí.
—Nuestras vidas ya se habían cruzado sin que lo supiéramos.
—Eso suena bastante romántico. —La beso en el pelo—. A un segundo de ti.
—¿Qué? —Vega alza la cabeza y me mira.
No sé por qué he dicho eso.
—Nada. Solo que estuvimos muchas veces así. Cerca. En el mismo sitio. Quizá a segundos de encontrarnos y sin saberlo.
—A un segundo de ti —repite.
—Suena cursi.
—A mí me gusta.
—A mí también —sonrío con ternura, cosa que casi desconozco en mí.
Apago la luz. Permanecemos abrazados en la oscuridad y, por primera vez desde que empezamos a reconstruir todo aquello, la cercanía perdida no me produce rabia porque Vega está aquí, ahora, y eso importa más.
Estoy a punto de dormirme cuando recuerdo algo.
Abro los ojos. Milán. La fiesta. No la fotografía, otra cosa, una conversación.
Un hombre acercándose a mí en la barra y preguntándome si conocía a una mujer.
No recuerdo quién era ni qué mujer, pero recuerdo mi respuesta: Todavía no. El sueño desaparece.
Vega duerme sobre mi pecho. No la despierto. Mañana. Esta vez no porque quiera ocultárselo sino porque necesito recordar qué pregunta precedió a aquellas dos palabras.