A un segundo de ti 21 Buenos días #2
66%

21 Buenos días #2

—Me estás utilizando.

—Terapéuticamente.

—Esta noche.

—¿Qué pasa esta noche?

—Investigamos Milán.

—¿Y después?

—Ya veremos…

Por la tarde entreno mejor de lo esperado.

Durante dos horas consigo no pensar en Rocco, ni en Milán, ni en Vega, excepto cuando aparece junto al box y descubro que pensar en ella es inevitable incluso cuando intento concentrarme.

Al terminar, Matteo me felicita por los tiempos y Álex me pregunta si dormir acompañado mejora el rendimiento.

Le tiro un guante. Cenamos tarde. Esta vez en el hotel porque estamos cansados.

Gianni se une durante parte de la cena, después Álex, y durante casi una hora somos un grupo normal hablando de carreras, viajes y una apuesta absurda sobre quién conseguirá terminar la temporada sin recibir una multa de dirección de carrera.

—Nico está eliminado —dice Álex.

—¿Por qué?

—Estadística.

—Puedo conseguirlo.

—No. —Interrumpe Vega.

—¿Tú también?

—Te conozco.

—Llevamos dos semanas.

—Suficientes.

—Eso ha sido rápido. —Gianni sonríe.

—¿Qué? —Vega bebe un sorbo de vino.

—Oh, nada.

Lo fulmino con la mirada. Él sonríe todavía más. Cuando subimos, Vega entra conmigo en el ascensor.

—¿Tu planta o la mía? —pregunto.

—La tuya.

Intento no sonreír demasiado.

Entramos en mi habitación. Esta vez no existe la torpeza de anoche. Vega deja el bolso, se quita los zapatos y viene directamente hacia mí.

—Hola —susurra.

—Hola.

Me besa. No hay slow burn que resista demasiado tiempo eso. La levanto por la cintura y Vega rodea mis caderas con las piernas. Se ríe contra mi boca.

—Presumido.

—Pesas poco.

—Eso no era un cumplido.

La llevo hasta la cama. Esta vez el deseo no tiene nada de tímido.

Nos conocemos lo suficiente para saber qué queremos y todavía lo bastante poco para que cada contacto sea un descubrimiento.

Vega me quita la camiseta. Yo encuentro la cremallera de su vestido.

Pone una mano sobre la mía. Me detengo inmediatamente.

—¿No?

—Sí.

—Eso es confuso. No lo entiendo. —La sonrisa se nos escapa a ambos—. Me has quitado la camiseta.

—Quiero.

—Eso está bien.

—Pero tenemos algo pendiente.

—Milán. —Cierro los ojos.

—Milán.

—Voy a terminar odiando esa ciudad. —Me dejo caer a su lado. Vega ríe, se incorpora y busca el teléfono. Yo sigo tumbado sin camiseta—. Esto es cruel.

—Sobrevivirás.

—No sabes cuánto estoy sufriendo.

—Dos minutos. —Se sienta junto a mí y busca la fecha—. Aquí.

Me incorporo. La conversación con Rocco empieza de forma completamente normal.

Rocco: ¿Ya has llegado?

Vega: Sí. Hotel horrible.

Rocco: Cámbiate al mío.

Vega: Estás en Barcelona.

Rocco: Detalles.

Sonrío. Eso sí es Rocco. Vega continúa. Mensajes sobre el evento. Trabajo. Una fotografía de una cena. Después:

Rocco: ¿Vas a la fiesta?

Vega: Un rato.

Dos minutos más tarde:

Rocco: ¿En el Excelsior?

Vega: Sí.

La siguiente respuesta tarda.

Rocco: ¿Quién va?

Vega y yo nos miramos. Ella continúa.

Vega: Medio mundo. No conozco a casi nadie.

Rocco: Nico está allí.

Silencio.

—Joder —digo.

Vega sigue leyendo.

Vega: ¿Tu Nico?

Mi estómago se cierra.

Tu Nico.

Ella todavía no me conocía.

Rocco: Sí.

Vega: Pues por fin podré saludarlo.

La respuesta tarda siete minutos.

Rocco: Mejor no.

Vega deja de respirar. Yo tampoco digo nada. Después:

Vega: ¿Otra vez?

Rocco: Está con gente del equipo. Déjalo. Ya os presentaré yo.

Vega: Llevas dos años diciendo eso.

La siguiente respuesta tarda doce minutos.

Rocco: Lo sé.

Nada más durante casi una hora. Después Rocco vuelve a escribir.

Rocco: ¿Sigues en la fiesta?

Vega: Sí.

Rocco: ¿Has visto a Nico?

Vega responde:

Vega: No. ¿Por?

La respuesta de Rocco:

Rocco: Por nada.

Seguimos. Veinte minutos después.

Rocco: ¿Todo bien?

Vega: Sí, pesado.

Después:

Rocco: ¿Dónde estás ahora?

—Estaba vigilando —aseguro.

—O preocupado.

—Por que nos encontráramos.

Vega no responde. Sigue bajando. Hay un último mensaje antes de que ella diga que vuelve al hotel.

Rocco: Avísame cuando llegues.

Nada extraño. Nada más.

—No nos vimos. Yo habría recordado conocerte. Y tú probablemente también. —Vega deja el teléfono—. Seguimos igual.

—No.

—¿Qué hemos descubierto?

—Que tres semanas antes de morir Rocco seguía intentando evitar que nos conociéramos.

—Eso ya lo sabíamos.

—Pero ahora sabemos que estaba pendiente de dónde estábamos los dos. —Me levanto y busco mi teléfono.

—¿Qué haces?

—Mis fotos de aquella noche.

—Nico...

—Solo quiero comprobar algo.

Encuentro la fecha. Fotografías de la fiesta. Álex. Gente del equipo. Un grupo junto a una barra. Otra en una terraza. Voy pasando. Entonces me detengo.

Amplío una fotografía. No es buena. Está tomada desde lejos. Yo aparezco en primer plano con Álex y otras dos personas. Al fondo hay gente alrededor de una barra. Una mujer de perfil, pelo oscuro, vestido claro. Le enseño la pantalla. Vega amplía más.

—Podría ser cualquiera. No puedes saber que soy yo.

—Mira la hora de la fotografía. Después sus propias fotos.

Busca. Encuentra una tomada dos minutos después.

La misma barra, el mismo camarero, la misma lámpara.

Vega aparece con dos compañeras. Yo no estoy en su fotografía, pero basta comparar ambas. Estábamos allí, a menos de diez metros.

—Joder —murmura—. No nos conocimos. Solo estuvimos cerca.

—Muy cerca.

—¿Sabes qué es lo peor? —Deja los teléfonos sobre la mesilla—. Rocco estaba a cientos de kilómetros y sabía que estábamos más cerca el uno del otro que nosotros mismos.

La frase me produce un escalofrío. Durante unos segundos ninguno habla. Después Vega me mira el pecho.

—Sigues sin camiseta.

—Ya…

—Hemos cumplido con la investigación.

—¿Eso significa...?

—Significa que el pasado ha tenido suficientes minutos por hoy.

Se acerca.

—Vega. Tenemos que...

Me besa.

—Mañana.

La palabra me hace sonreír contra su boca.

—Habíamos dicho que no dejaríamos cosas para mañana.

—Hay excepciones.

—Cumpleaños, cenas y sexo.

—No he dicho sexo.

—Todavía.

—Cállate. —Me empuja sobre la cama.

El impacto es suave, casi deliberado, y yo cedo sin resistirme. La cama cede bajo mi peso mientras Vega se inclina sobre mí con el cabello cayéndole sobre los hombros y la respiración irregular pero aún controlada. Sus ojos me sostienen con una intensidad que no admite discusión.

—Me callo.

Me besa de nuevo. Y yo respondo abriéndole la boca, dejando que su lengua explore la mía con la misma precisión con la que alguna vez trazaba una línea ideal en curva.

Mis manos suben por su espalda y siento el calor de su piel.

Ella se estremece apenas cuando mis dedos rozan la curva de su cintura.

La desvisto con cuidado. Ella me imita y se deshace de mis pantalones. Su boca baja, lenta, y deja un rastro húmedo desde la base del cuello hasta el centro del esternón. Cierro los ojos un segundo.

—Joder… —masco. El mundo se reduce al peso de su cuerpo sobre el mío y al sonido de nuestra respiración entrelazada.