A un segundo de ti 21 Buenos días
64%

21 Buenos días

Nico

Me despierta algo que me hace cosquillas en la barbilla. Intento apartarlo sin abrir los ojos y mi mano encuentra pelo. Mucho pelo. Después noto un cuerpo pegado al mío, una pierna entrelazada con las mías y una respiración lenta contra mi pecho. Abro los ojos. Vega.

Durante unos segundos no recuerdo qué hace en mi cama. Después llegan la grada, nuestra conversación, el pacto, el ascensor…. Sonrío.

Vega duerme de lado, abrazada a mí, con una mano sobre mi estómago y mi brazo izquierdo muerto hace media hora bajo su cabeza. Intento retirarlo. Vega se mueve y me detengo. Vuelve a quedarse quieta y lo intento otra vez.

—Como sigas moviéndote, te vas a otra cama —murmura.

—Solo hay una.

—Entonces al suelo.

—Buenos días. —Le acaricio el cuello y ella abre un ojo.

—No abuses.

—Solo estoy comprobando que ayer no fue una alucinación.

—¿Sueles alucinar con mujeres en tu cama?

—No puedo responder sin perjudicar mi reputación.

Me da un golpe en el pecho.

—Esso es violencia doméstica en el primer día.

—Te lo has ganado.

Le rodeo la cintura antes de que consiga separarse. Vega levanta la cabeza. Tiene el pelo completamente desordenado y una marca de la almohada en la mejilla. Está preciosa.

—¿Qué miras?

—A ti. Necesito recuperar los años en que no pude hacerlo. —En cuanto termino la frase comprendo que puede interpretarse de otra manera. Vega también.

—No conviertas esto en algo que tenía que haber ocurrido hace cinco años.

—Jamás pensaremos que Rocco nos robó cinco años.

Me incorporo.

—Nos robó conocernos.

—Eso sí.

—Y me jode.

—A mí también. Pero no sabemos qué habría ocurrido.

—Ahora sí sabemos lo que está ocurriendo.

Vega sonríe.

—Y eso es suficiente.

La beso. El beso que pretendía ser de buenos días dura bastante más de lo previsto. Vega termina tumbada otra vez y yo encima de ella, apoyado sobre un brazo. Mi camiseta continúa subiendo y mi mano encuentra la piel desnuda de su cintura.

—Esto no parece dormir —murmura.

—Ya hemos dormido.

—Argumento peligroso.

—Soy un hombre peligroso.

—Eso es…

La beso para que se calle. Funciona durante aproximadamente treinta segundos porque suena el despertador de su teléfono.

—Karma. —Se aparta riendo.

—Odio los teléfonos.

—Eso ya lo sabemos. —Se levanta y camina hacia el baño. La miro.

—¡El slow burn es una mierda!

Cierra la puerta riéndose. Compartir una habitación por la mañana resulta más íntimo de lo que esperaba.

No por verla salir del baño con el pelo húmedo ni porque tenga que vestirse delante de mí después de que anoche acordáramos dormir, sino por las pequeñas cosas: discutir sobre quién utiliza primero el espejo, descubrir que Vega necesita colocar sus cosas en un orden incomprensible y comprobar que ha utilizado mi pasta de dientes apretando el tubo por el centro, un atendado contra la lógica.

Salimos de la habitación y bajamos juntos en el ascensor. Vega insiste en que debemos comportarnos con normalidad porque trabajamos con las mismas personas.

—Perfecto —digo.

—¿Perfecto de verdad?

—Soy un profesional.

Las puertas se abren. Álex está esperando el ascensor, nos mira a nosotros y al número de planta iluminado sobre la puerta.

—Buenos días.

—Buenos días —responde Vega.

—Hola —digo.

—Qué casualidad. —Álex sonríe.

—Ni una palabra —le amenazo.

—No he dicho nada.

Vega sale del ascensor.

—Nos vemos abajo.

—Sí. —Espero a que se aleje. Álex continúa sonriendo—. Ni una puta palabra.

—Solo iba a preguntarte si has dormido bien.

—Muérete.

—Entonces sí. —Las puertas se cierran mientras sigue riéndose.

A media mañana consigo localizar a Daniel Riva.

No ha sido difícil; está en Italia y acepta la videollamada cuando le digo que quiero preguntarle algo sobre Rocco.

No le cuento nada de Vega ni de nuestra investigación improvisada.

Tampoco utilizo esa palabra. Le digo simplemente que estoy intentando reconstruir algunas cosas de aquella temporada.

Daniel aparece en pantalla con el pelo mojado y una camiseta de entrenamiento.

—Valenti. Cuánto tiempo.

—¿Cómo estás?

—Vivo, que no es poco.

Hablamos unos minutos de motos, lesiones y gente común. Después voy al asunto.

—¿Recuerdas el contrato que conseguiste después de Misano?

—Difícil olvidarlo. —Ríe.

—Yo hablé con Marco sobre ti.

—Lo sé.

—¿Lo sabías entonces?

—Marco me lo dijo.

—¿Y Rocco?

Daniel tarda un segundo.

—¿Qué pasa con Rocco?

—Él estaba negociando el mismo asiento.

—Sí.

Eso me sorprende.

—¿Tú lo sabías?

—Lo supe después.

—¿Se enfadó?

Daniel frunce el ceño.

—No que yo sepa.

—¿Hablaste con él después?

—Claro. Me felicitó.

No esperaba eso.

—¿Te felicitó?

—Sí. Me dijo que me lo había ganado y que aprovechara la oportunidad.

—¿Nada más?

—Eh… Me aconsejó que no dejara que el equipo me exprimiera con las apariciones publicitarias. Ya sabes cómo era.

Sí. Sé cómo era.

—¿Parecía cabreado conmigo?

—No hablamos mucho de ti.

—Pero ¿hablasteis?

—Un poco.

—¿Qué te preguntó?

Daniel tarda demasiado.

—No sé. Han pasado años.

—Intenta recordarlo.

—Me preguntó si habíamos entrenado juntos.

—Eso lo sabía.

—Entonces quizá preguntó cuándo.

—¿Algo más?

Daniel mira hacia un lado, pensando.

—Sí. Me hizo una pregunta rara.

—¿Cuál?

—Por una mujer.

Siento algo en el estómago.

—¿Qué mujer?

—No recuerdo el apellido. Vega algo.

No digo nada.

—¿Ríos?

Daniel señala la pantalla.

—Eso.

—¿Qué preguntó?

—Si tú me habías hablado de ella.

La habitación se queda en silencio.

—¿Cuándo?

—No sé. Después de conseguir el contrato. Estábamos tomando café.

—¿Qué le dijiste?

—Que no sabía quién era.

—¿Y él?

—Cambió de tema.

—Daniel, intenta recordar exactamente qué te preguntó.

Se concentra.

—Algo como «¿Nico te ha hablado alguna vez de Vega Ríos?».

—¿Y nada más?

—Después me preguntó si te había oído mencionar a una Vega.

Eso es todavía peor.

—¿Por qué dos preguntas?

—Ni idea. Yo pensé que sería alguien con quien habías estado.

—¿Se lo preguntaste?

—Creo que hice una broma.

—¿Cuál?

—Algo como si estabas metiéndote donde no debías.

Trago saliva.

—¿Qué respondió Rocco?

Daniel tarda unos segundos.

—Dijo que esperaba que no.

Me levanto de la silla.

—¿Estás seguro?

—De eso sí. Porque recuerdo que me pareció extraño.

—¿Cuánto tiempo antes de su muerte?

—Poco. Un mes, quizá dos.

—Gracias.

—Nico. ¿Qué pasa?

—No lo sé. —Y es la verdad. Cuelgo.

Durante varios minutos permanezco de pie junto a la ventana.

El asiento no explica nada, o no todo. Rocco pudo estar dolido porque mi recomendación ayudara a Riva a conseguir una oportunidad que él quería, pero lo felicitó, no mostró resentimiento y después preguntó por Vega. Por si yo hablaba de Vega.

¿Por qué? Yo no sabía quién era Vega, o eso creo. El vídeo demuestra que cinco años antes conocía su nombre, pero después lo olvidé. Rocco sabía que lo había conocido. Sabía que pregunté por ella en Aragón. Quizá nunca creyó que lo hubiera olvidado.

Busco a Vega y la encuentro en una sala revisando unos textos con Claudia. Espero fuera hasta que termina. En cuanto sale, me ve la cara.

—¿Qué ha pasado?

—He hablado con Riva. No era el asiento.

—¿Cómo lo sabes?

—No lo sé del todo, pero Rocco lo felicitó. No parecía enfadado con él.

—Eso no significa que no lo estuviera contigo.

—Hay algo más.

Le cuento la conversación. Vega escucha sin interrumpir. Cuando llego a su nombre, palidece ligeramente.

—¿Preguntó por mí?

—Dos veces.

—¿Por qué?

—Eso me gustaría saber.

—¿Cuándo?

—Un mes o dos antes de morir.

Vega se sienta. Yo permanezco de pie.

—Entonces coincide con lo que dijo Elena. Rocco estaba preocupado por si tú hablabas de mí.

—Eso parece.

—Pero tú no sabías quién era yo.

—Quizá él pensaba que sí.

Vega me mira.

—¿Por qué iba a pensarlo?

—Porque cinco años antes yo conocía tu nombre. Porque pregunté por ti. Porque quiso evitar que nos conociéramos.

—Pero después no volvimos a coincidir.

—¿Seguro?

No responde.

—Vega, ¿seguro que no volvimos a coincidir?

—Que yo recuerde, no.

—Eso no es lo mismo.

—¿Tú recuerdas haberme visto?

—Hasta hace tres días no.

—Buen argumento.

Me siento frente a ella.

—¿Dónde estabas durante los dos meses anteriores a su muerte?

Vega me mira con cierta ironía.

—Trabajando. No estaba encerrada en un monasterio.

—Circuitos.

—Sí.

—¿Cuáles?

Empieza a enumerarlos. Algunos coinciden conmigo, naturalmente. Trabajábamos en el mismo mundo.

—Podíamos haber estado en el mismo paddock veinte veces —dice.

—Pero Rocco se preocupó de que no nos presentaran. ¿Y fuera del paddock ?

— Mmm… No lo sé.

—Mira el calendario.

—¿Ahora?

—Sí.

—Te obsesionas con facilidad.

—También es una virtud deportiva.

Saca el teléfono. Yo hago lo mismo. No necesitamos reconstruir toda la temporada. Basta el periodo que Daniel ha señalado. Comparamos ciudades, fechas, carreras, eventos. Hay coincidencias, muchas. Ninguna demuestra nada hasta que Vega se detiene.

—Espera. Milán. Yo estuve en Milán tres semanas antes de... Había un evento de patrocinadores. Tú participaste. —Lo recuerdo vagamente—. Yo estaba trabajando para otra marca.

—¿Rocco estaba?

—No.

Eso importa.

—¿Sabía que tú estabas?

—Claro. Hablamos esa noche.

—¿Y que yo estaba?

—Seguro.

Busco. Tengo fotografías del evento. Un hotel, una cena, una fiesta posterior.

—¿Fuiste a la fiesta?

—Un rato.

La miro.

—Yo también.

Vega se queda inmóvil.

—No recuerdo verte.

—Yo tampoco.

—Había cientos de personas. No significa nada.

Pero los dos estamos pensando lo mismo. Rocco sabía que estábamos en el mismo lugar. Sin él.

—¿Qué te dijo aquella noche? —pregunto.

—No me acuerdo.

—Busca los mensajes.

Vega niega con la cabeza.

—Ahora no.

—¿Por qué?

—Porque tengo que trabajar y tú tienes que entrenar. Y porque prometimos que esto no iba a tragarse nuestra vida.

Tiene razón. Otra vez.

—Vale, pero esta noche nos vemos.

—Puede…

—¿Puede? —Alzo una ceja, y ella sonríe.

—No vamos a dejar que esto estropee lo de ayer y esta mañana.

—Nada va a estropearlo.

—Pues no lo conviertas en una carrera.

Doy un paso hacia ella y la beso. Breve, o eso intento. Vega me agarra de la camiseta y convierte el beso en otra cosa. Cuando se separa, sonríe.

—Mucho mejor.