20 Lo que nunca dijimos
Vega
Me despierto seis minutos antes de que suene el despertador. Primer pensamiento. he dormido bien. El segundo, Nico. El tercero pertenece a Rocco.
Él todavía no sabe lo que ha hecho.
Abro los ojos. Durante la noche la frase de Elena ha permanecido donde la dejé, en espera paciente a que despertara.
Ahora regresa con todas sus preguntas. Dos meses antes de morir, Rocco estaba enfadado con su mejor amigo por algo que Nico ignoraba haber hecho.
No sé si aquello guarda relación con el hecho de que nunca nos presentara, pero sí sé que coincide con el momento en que, según Elena, dejó de bromear sobre Nico y empezó a reaccionar con verdadera irritación cuando alguien mencionaba su nombre.
Cojo el teléfono. Tengo un mensaje enviado a las seis y cincuenta y tres.
Nico: Sigo odiando el slow burn.
Sonrío.
Vega: Buenos días.
Nico: Eso no soluciona mi problema.
Vega: Tengo que contarte algo.
Nico: Has conseguido que deje de pensar en sexo en seis palabras. Es preocupante.
Vega: Cuando nos veamos.
Nico: Ahora vuelvo a pensar en sexo.
Vega: Desayuno. 7:30.
Nico: Cita.
Vega: Desayuno.
Nico: Cita con café.
Dejo el teléfono y voy a ducharme. A las siete y veintiocho Nico ya está sentado junto a una ventana del restaurante del hotel. Cuando me ve, mira deliberadamente el reloj. Se levanta, me besa y nos damos los buenos días. No esperaba que lo hiciera delante de todo el mundo. Tampoco me aparto.
—Eso no era necesario —digo al sentarme—. Podría vernos alguien.
—Hay una señora comiendo yogur que parece bastante interesada.
Miro hacia otra mesa. Una mujer mayor aparta rápidamente los ojos.
—Idiota.
—¿Qué tienes que contarme?
—Anoche hablé con Elena. —No doy rodeos.
Le cuento la conversación completa, desde las primeras ocasiones en que Rocco había pensado presentarnos hasta la frase que explica, al menos parcialmente, por qué después de cierto tiempo continuó sin hacerlo.
—Si los presento ahora, tendré que explicar por qué no los presenté antes —repite Nico.
—Más o menos esas fueron sus palabras.
—Qué imbécil.
—Nico —le regaño.
—Lo siento, pero es verdad. Podía haberme llamado y decirme: He empezado a salir con aquella chica de Aragón y no te lo conté porque soy un gilipollas celoso.
—Una declaración preciosa.
—Lo habría insultado durante diez minutos y después habría querido conocerte.
—A lo mejor temía precisamente eso.
Nico me mira.
—¿Que quisiera conocerte?
—Que después de confesarte la verdad, quisieras conocerme todavía más.
—¿Y qué?
—Tú mismo me has contado vuestra eterna rivalidad.
—Pero eras su novia.
—Ya lo sé. Tú también lo sabes ahora. No sabemos qué pensaba él. —Llega el café. Espero hasta que el camarero se aleje—. Hay algo más.
Nico deja de tocar la taza.
—Elena asegura que en los últimos meses la situación cambió. Rocco empezó a enfadarse de verdad cuando salía tu nombre.
—¿Conmigo? —Se clava un dedo en el pecho.
—Sí.
—No recuerdo ninguna pelea seria con él antes de...
No termina.
—Eso es lo extraño.
—¿Qué dijo Elena?
—Que Rocco le contó que habíais discutido, pero que tú todavía no lo sabías.
—Eso no tiene ningún sentido. —Frunce el ceño.
—Elena le dijo lo mismo.
—No puedes discutir con alguien sin que ese alguien participe.
—Rocco dijo: Él todavía no sabe lo que ha hecho.
Nico deja la taza y reacciona de forma distinta, sin rabia, pero desconcertado.
—¿Cuándo?
—Unos dos meses antes del accidente.
Mira hacia la ventana.
—No discutimos.
—Quizá él no hablaba de una discusión literal.
—Hablábamos casi todos los días. Entrenábamos juntos con frecuencia. Si estaba cabreado conmigo, no lo parecía.
—Necesito fechas. Hay que preguntárselas a Elena.
—No ahora.
—Acabas de decirme que mi mejor amigo murió enfadado conmigo por algo que no sé qué hice.
—Y averiguarlo cinco minutos antes o después no va a cambiar lo ocurrido.
Aprieta la mandíbula.
—Odio cuando tienes razón.
No sonríe. Alargo la mano sobre la mesa y cubro la suya.
—Lo averiguaremos.
Esta vez sí me mira.
—¿Somos un equipo?
—Quizá lo somos.
Sus dedos se cierran alrededor de los míos.
—Eso me gusta más que slow burn .
Después del desayuno cada uno se ocupa de su trabajo. Durante dos horas apenas veo a Nico, pero sé que piensa en la frase porque yo tampoco consigo olvidarla. A media mañana recibo un mensaje suyo.
Nico: Álex recuerda dónde estábamos dos meses antes.
Vega: ¿Dónde?
Nico: Misano. Luego te cuento.
No puedo esperar. Lo encuentro cuarenta minutos después hablando con Matteo junto a uno de los camiones. En cuanto termina, se acerca.
—¿Qué pasó en Misano?
—Álex recuerda una historia.
Nos apartamos.
—¿Qué historia?
—Un piloto joven. Daniel Riva.
El nombre me suena.
—¿El italiano?
—Sí. Buscaba conseguir un asiento para la temporada siguiente. Era rápido, pero no contaba con suficientes patrocinadores.
—¿Y tú qué tenías que ver?
—Me pidió consejo. Lo conocía de entrenar. Hablé bien de él con un representante y acabó llevándolo.
—No veo el problema.
—Yo tampoco lo veía.
—¿Ahora sí?
Nico mira hacia el paddock .
—El asiento que consiguió Riva era uno de los que Rocco estaba negociando.
—¿Lo sabías?
—No tenía ni puta idea. Rocco me había dicho que estaba mirando opciones para la temporada siguiente, pero no sabía cuáles. Yo recomendé a Riva porque era bueno. Ni siquiera sabía que terminaría en ese equipo.
—¿Tu recomendación fue decisiva?
—No lo sé. Probablemente no. Un asiento no se decide porque yo diga que un chaval pilota bien.
—Pero pudo ayudar.
Se pasa una mano por el pelo.
—Álex dice que Rocco se enteró en Misano de que yo había hablado con el representante.
—¿Cómo reaccionó?
—Según Álex, se quedó raro. Le preguntó si yo sabía que él negociaba ese asiento. Álex dijo que no.
—¿Y Rocco?
—Dijo: Claro que no.
—Eso podría significar que sabía que no actuaste contra él.
—O que no le creyó.
—No lo sabemos. —Nico empieza a caminar y lo acompaño—. Después Riva consiguió el contrato. Rocco perdió esa opción y acabó renovando donde estaba.
—¿Era peor?
—No necesariamente, pero él quería cambiar.
—¿Y tú nunca relacionaste una cosa con la otra?
—Ni sabía que hubiera una cosa que relacionar.
Nos detenemos.
—Eso podría ser lo que hiciste.
—Ayudé a otro piloto.
—Sin saber que perjudicaba a Rocco.
Hay algo en su cara que me preocupa más que la rabia. La impotencia.
—Nico.
—Si me hubiera dicho algo... lo habríamos hablado. Le habría explicado que no sabía nada. Habría llamado al representante. Habría...
—Murió creyendo que otra vez le habías quitado algo. Encaja perfectamente. El patrocinador. Ese asiento. Y en medio tú.
—No está aquí para explicarnos qué pensaba y estamos reconstruyendo su cabeza con frases de hace cinco años. Puede que estuviera enfadado durante un día. Puede que la frase a Elena significara otra cosa.
—Y puede que muriera pensando que su mejor amigo era un cabrón.
—Qué novia más poco considerada.
Me quedo inmóvil. Él también.
—¿Qué has dicho?
Por primera vez parece realmente incómodo.
—Nada.
—Has dicho novia.
—Eh… Ha sido una forma de hablar.
—Claro. —No puedo evitar sonreír.
La palabra no me molesta. Eso es lo preocupante.
—Luego hablamos de eso.
Nico sonríe por primera vez desde que empezó la conversación.
Por la tarde confirmamos algunos detalles con Álex.
No hay una gran revelación adicional. Daniel Riva consiguió el asiento; Rocco había estado negociándolo; Nico había recomendado al joven sin conocer esa negociación.
Álex recuerda que durante unas semanas Rocco estuvo más distante, aunque entonces lo atribuyó a su situación profesional.
También recuerda algo más: Rocco nunca habló mal de Nico delante de él.
No quiero que el día termine ahí. Cuando acabamos, Nico se marcha solo. Lo dejo durante veinte minutos. Después voy a buscarlo. Está sentado en una grada vacía. Otra grada.
—¿Quieres estar solo?
—No. —Eso facilita las cosas. Permanecemos un rato mirando la pista—. El posible enfado de Rocco me molesta menos que el hecho de que no me dijera nada. Nuestras discusiones y enfados no acababan nunca.
—Quizá pensaba hacerlo.
—Todo lo dejamos para después. Después hablamos, nos vemos, te presento a Vega, arreglamos esto o aquello. Trefua infinita Siempre había otra carrera, otro fin de semana, otra oportunidad. —Suspira—Hasta que no la hubo.
Apoyo la cabeza en su hombro.
—No puedes mantener una conversación con el Rocco que murió. Pero sí puedes recordar al que vivió. —Nico gira un poco la cabeza—. Puedo irme.
Me rodea los hombros con un brazo.
—Ni se te ocurra.
Nos quedamos allí. No intento convencerlo de que Rocco lo perdonó. No lo sé. Tampoco le digo que no hizo nada malo, porque sé que ahora mismo las absoluciones fáciles no sirven. Simplemente permanezco junto a él hasta que noto que su cuerpo deja de estar tan tenso.
—Rocco tenía razón en una cosa. Competíais demasiado. Pero el problema no consistía realmente en competir, sino no expresar que os dolía. Si Rocco te hubiera dicho que quería aquel asiento, tú no habrías recomendado a Riva, o que estaba interesado en mí...
—Me habría mantenido lejos.
—Gracias.
—Aprendamos la lección y prometamos no callarnos si algo molesta, da miedo, sentimos celoso… Se habla, aunque parezca una imbecilidad.
—¿Y si es una sorpresa de cumpleaños?
—Esa y otras menudencias parecidas las declaramos desde ya excepción contractual.
Le tiendo la mano para sellar el acuerdo, tira de mí y termino sobre él.
—Tramposo. —Rodeo su cuello con los brazos.
—No era una competición.
—Peor. —Me besa y esta vez el beso empieza riendo.
Más tarde cenamos con el equipo. Nadie dice nada sobre nosotros, aunque Álex nos mira demasiado y Gianni sonríe cada vez que coincidimos. Después subimos juntos en el ascensor. Cuando llegamos a mi planta, Nico no sale.
—¿No me acompañas por la peligrosa moqueta?
—Estoy intentando respetar el slow burn .
—Qué considerado.
Las puertas empiezan a cerrarse, pongo una mano entre ellas y se abren otra vez. Nico levanta las cejas. No sé exactamente qué voy a hacer hasta que lo hago. Entro de nuevo en el ascensor.
—Vega. Necesito instrucciones claras. Tenemos un pacto.
Me río.
—Quiero dormir contigo.
Nico permanece inmóvil.
—Eso ha sido bastante claro.
—Dormir.
—La precisión adicional me ha dolido.
Subimos a su planta. En la habitación todo resulta extrañamente más íntimo que besarnos en un pasillo. Nico deja la chaqueta sobre una silla y yo me quito los zapatos. Durante unos segundos parecemos dos personas que han llegado al final de una cita y no saben qué protocolo seguir.
Lo beso una y otra vez. Sobran las palabras, sustituidas por un deseo incontenible. Sus manos recorren mi espalda, las mías su pecho, y durante unos minutos el slow burn corre serio peligro de convertirse en otra cosa. Pero cuando Nico se detiene y apoya la frente contra la mía, ninguno protesta.
—Vamos a dormir.
—Nada, a dormir.
—Odio tu precisión lingüística.
—Mañana puedes presentar una reclamación.
Nos cambiamos con torpeza y nos metemos en la cama riéndonosme.
Él apaga la luz y durante unos segundos dejamos un espacio prudente entre ambos.
Dura poco porque me giro hacia él, abre un brazo y me acomodo contra su pecho como si lleváramos mucho tiempo haciéndolo.
Escucho su corazón. Su mano empieza a acariciarme lentamente la espalda.
—Vega… qué somos…
La pregunta me gusta. Precisamente porque es sencilla.
—Dos personas que están empezando algo.
—Muy comunicación y exclusivos.
—No te pongas insoportable. —Me besa en la frente. Vuelvo a apoyar la cabeza sobre su pecho y cierro los ojos. Unos minutos después creo que Nico se ha dormido.
—Vega. Gracias por quedarte.
No pregunto si se refiere a esta noche o a la grada. Quizá a ambas.
—Y yo…
Su respiración se vuelve lentamente regular. Yo permanezco despierta un poco más.
Pienso en Rocco, no como una amenaza. Lo veo competitivo, orgulloso, joven que se guarda cosas que debería haber dicho y deja para mañana conversaciones que nunca llegaron.
Después pienso en el hombre que duerme a mi lado.
En nuestro pacto. Nada de decidir por el otro, ni de silencios que crezcan y micho menos esperar dos años para decir una verdad incómoda.
Me acerco un poco más a Nico. Él, dormido, cierra el brazo alrededor de mí. Reflexiono sobre el hecho de que no podamos cambiar lo que ocurrió hace cinco años. Pero sí podemos decidir qué hacemos con lo que sentimos ahora. Esta vez no vamos a dejarlo para mañana.