19 Lo que dejamos para mañana #2
Llegamos a mi puerta. Esta vez no hay tensión sobre si vamos a besarnos.
Lo hacemos. Y precisamente porque ya no existe esa incertidumbre aparece otra.
Nico me besa despacio, sin prisa, y yo me acerco hasta quedar completamente pegada a él.
Sus manos recorren mi espalda y las mías se introducen bajo su chaqueta.
El beso cambia. Ya no es únicamente tierno. Hay deseo. Mucho deseo.
—Vega —susurra, y su aliento me llega a la garganta.
—¿Qué?
—Como sigas haciendo eso...
—¿Qué hago?
Muevo los dedos bajo su camiseta y cierra los ojos.
—Eso.
Sonrío.
—¿Qué pasa?
—Que el slow burn se va a ir a la mierda.
Me echo a reír.
—¿Has buscado lo que significa?
—Evidentemente.
—No puedo creerlo.
—Me dijiste algo que no entendía. Tengo internet.
—¿Y qué has aprendido?
—Que aparentemente estamos obligados a sufrir durante un número indeterminado de capítulos antes de acostarnos.
Me río tanto que tengo que apoyar la frente en su pecho.
—Eres idiota.
—Pero bien informado.
—No es sufrir. —Levanto la cabeza.
—Yo tengo otra opinión.
Lo beso otra vez. Esta vez soy yo quien se detiene, no porque piense en Rocco sino porque no pienso en él. Quiero disfrutar de esto sin precipitarlo.
—Buenas noches.
Nico suspira.
—Odio muchísimo ese slow burn .
Le doy un último beso.
—Buenas noches, Nico.
—Buenas noches, Vega.
Entro en la habitación y cierro la puerta.
Tardo varios segundos en separarme de ella y cuando lo hago continúo sonriendo.
Después veo el mensaje de Elena. La calidez permanece, pero sé que no debo ignorarlo.
Me cambio, me siento en la cama y respondo.
Intercambiamos primero mensajes normales.
Le cuento que he vuelto a trabajar en el campeonato, ella me habla de sus padres y me dice que su madre todavía pregunta por mí.
Eso me emociona más de lo esperado. Finalmente escribo:
Vega: Elena, necesito preguntarte algo sobre Rocco.
La respuesta tarda.
Elena: Claro.
Vega: ¿Alguna vez te habló de por qué nunca me presentó a Nico?
Los tres puntos aparecen casi inmediatamente, desaparecen y vuelven.
Elena: Sí.
Me incorporo. No esperaba una respuesta tan directa.
Vega: ¿Qué te dijo?
Elena: Es demasiado largo para escribirlo. ¿Puedo llamarte?
Miro la hora.
Vega: Sí.
El teléfono suena unos segundos después.
—Hola.
—Hola. —Escuchar su voz me transporta durante un instante a otra vida—. Me alegro de oírte.
—Yo también me alegro.
Hablamos un par de minutos antes de llegar al motivo de la llamada. Elena no se sorprende por la pregunta, y eso ya me dice mucho.
—¿Por qué me preguntas esto ahora?
No puedo contarle todo sin contarle también a Nico, así que lo hago.
No los besos, eso es mío, pero sí que Nico y yo hemos descubierto que Rocco nunca le habló de mí, que hemos encontrado mensajes antiguos y que estamos intentando comprender por qué nos mantuvo separados. Elena permanece en silencio.
—Yo pensaba que Nico lo sabía —anuncia.
—Todo el mundo lo pensaba.
—Rocco me dijo que se lo contaría.
—¿Cuándo?
—Muchas veces.
Cierro los ojos.
—¿Muchas?
—La primera, muy al principio. Recuerdo que le pregunté por qué no os presentaba. Me dijo que había tenido una discusión con Nico y que prefería esperar.
—¿Te dijo sobre qué?
—Solo que Nico estaba pasando una época complicada y que no quería mezclar las cosas.
Eso encaja demasiado bien.
—¿Y después?
—Meses después volvió a hablar del tema. Creo que ibais a coincidir en Barcelona.
Intento recordar. Barcelona, yo estuve allí, Nico también.
—¿Íbamos a conocernos?
—Eso me dijo Rocco.
El corazón me late más rápido.
—Nunca ocurrió.
—Lo sé.
—¿Por qué?
—Porque volvió de Barcelona enfadadísimo con Nico.
—¿Qué había pasado?
—No me lo contó.
Ahí está la siguiente pieza.
—¿Discutieron?
—Supongo. Estuvo dos días insoportable. Le pregunté si había ocurrido algo contigo y me dijo que no, que era Nico.
—¿Y volvió a cancelar?
—Sí.
—Elena, ¿alguna vez te explicó por qué era tan importante que Nico y yo no nos conociéramos?
Silencio.
—Al principio creo que estaba celoso. —La sinceridad me sorprende.
—¿Te lo dijo?
—No necesitaba hacerlo. Conocía a mi hermano.
—¿Celoso de Nico?
—Rocco quería muchísimo a Nico, pero competir con él podía volverlo loco. Nico tenía una facilidad desesperante para algunas cosas que Rocco necesitaba esforzarse mucho más en conseguir.
Pienso en las carreras y en el patrocinador.
—¿Y conmigo?
—Rocco estaba interesado en ti antes de que empezaseis a salir. Mucho antes de reconocerlo.
Eso confirma nuestra hipótesis.
—Entonces evitó que nos conociéramos. Pero después estuvimos juntos más de dos años. Los celos ya no explican eso.
—No.
Espero. Elena suspira.
—Una vez le dije exactamente lo mismo.
—¿Y qué respondió?
—Que ya no sabía cómo arreglarlo.
Me quedo inmóvil.
—¿Qué significa eso?
—Le dije que te presentara a Nico y punto. Rocco se rio y me dijo que no era tan fácil.
—¿Por qué?
—Porque tendría que explicaros por qué no lo había hecho antes.
La frase me golpea precisamente por lo sencilla que es.
—¿Eso dijo?
—Más o menos: Si los presento ahora, tendré que explicar por qué no los presenté antes.
Cierro los ojos. Ahí está, no una conspiración ni un gran secreto. Vergüenza. Una mentira pequeña que creció.
—¿Cuándo fue eso?
—No sabría decirte. Quizá llevabais un año juntos.
—¿Y tú qué le dijiste?
—Que cuanto más esperase, peor sería.
—Tenías razón.
—Sí.
Elena guarda silencio antes de continuar.
—Pero hubo algo más al final.
Abro los ojos.
—¿Qué?
—No lo sé.
—Elena.
—De verdad. Durante los últimos meses cambió. Antes evitaba el tema o hacía bromas. Después se enfadaba cuando salía el nombre de Nico.
Recuerdo nuestra última discusión.
—Yo también lo noté.
—¿Discutisteis por eso?
—La última vez que lo vi.
Elena tarda en responder.
—No lo sabía.
—Le dije que quería conocer a Nico. Se enfadó.
—Entonces ya había pasado.
—¿Qué había pasado?
—Eso es lo que no sé. Una vez vino a casa —continúa Elena—. Estaba raro. Le pregunté si había discutido con Nico y dijo que sí. Le dije que hicieran las paces, como siempre. Y me dijo que algunas cosas no se arreglan pidiendo perdón.
Siento un escalofrío.
—¿Cuándo fue?
Me da una referencia aproximada. Dos meses antes de la muerte de Rocco.
—¿Te dijo qué había ocurrido?
—No.
—¿Nada?
—Solo una cosa. —Espero—. Dijo que esta vez Nico no sabía que habían discutido.
Frunzo el ceño.
—Eso no tiene sentido.
—También se lo dije.
—¿Cómo puedes discutir con alguien sin que el otro lo sepa?
—No lo sé. Rocco dijo: Él todavía no sabe lo que ha hecho.
Me quedo en silencio. Eso sí es nuevo. Completamente nuevo.
—Elena, ¿estás segura?
—Sí. Esa frase la recuerdo.
—¿Y nunca volviste a preguntarle?
—Sí, pero no quiso hablar. Después… murió.
La última palabra cae suavemente. No necesitamos decir nada durante unos segundos. Finalmente nos despedimos. Prometemos hablar con más calma y vernos cuando sea posible. Antes de colgar, Elena dice algo que me acompaña después.
—Vega.
—¿Sí?
—Mi hermano te quería muchísimo. Y quería a Nico.
—Ya…
—Entonces, fuera lo que fuese, no conviertas sus peores decisiones en todo lo que fue.
Trago saliva.
—No lo haré.
Cuelgo. Me quedo sentada en la cama con el teléfono entre las manos. Tengo una nueva pregunta. Una enorme.
Él todavía no sabe lo que ha hecho.
Debería escribir a Nico. Incluso abro nuestra conversación, pero veo su último mensaje, enviado hace apenas diez minutos.
Nico: Confirmo que odio el slow burn. Buenas noches.
Sonrío. Cierro el teclado. Mañana. Por una vez, el pasado puede esperar hasta mañana.
Apago la luz, me acomodo bajo las sábanas y pienso en la cena, en su mano buscando la mía, en el beso en mitad de la calle, en sus dedos recorriendo mi espalda y en su expresión indignada cuando descubrió que el slow burn no era una enfermedad sino una condena literaria.
Me río sola en la oscuridad, después cierro los ojos y ocurre algo que solo comprendo cuando estoy a punto de dormirme.
Rocco no ha aparecido, no en mis últimos pensamientos, no detrás de Nico ni nosotros.
Esta noche me duermo pensando únicamente en un hombre. Y ese hombre está vivo.