A un segundo de ti 19 Lo que dejamos para mañana
59%

19 Lo que dejamos para mañana

Vega

—Llegas siete minutos tarde —espeto a Nico, que llega con una sonrisa.

—He llegado antes de que te enfadaras —tiene la desfachatez de responder.

—No sabes cuándo me enfado. —Intento esconder la risa.

—Empiezo a saberlo.

—¿Ah, sí?

—Primero miras el reloj, después aprietas los labios y al final decides que no vas a decir nada para demostrar que eres una persona madura.

—¿Ves? —Achino los ojos—. Ahora estás en la segunda fase. —No quiero reírme, pero me río.

—Siete minutos. —Levanto siete dedos.

—Seis y cuarenta y ocho segundos. —Se acerca a mí.

—Los has contado.

—Sabía que tú lo harías.

Estamos en el vestíbulo del hotel y Nico lleva una chaqueta ligera sobre una camiseta oscura.

No sé si se ha arreglado deliberadamente o si sencillamente he empezado a mirarlo de otra manera desde anoche.

Probablemente las dos cosas. Lo que sí sé es que cuando se acerca para saludarme ya no existe aquella incertidumbre absurda de los primeros días.

Me pone una mano en la cintura, yo apoyo la mía en su pecho y nos besamos.

Sin solemnidad, sin convertirlo en un acontecimiento. Me gusta todavía más así.

—¿Esto cuenta como tercer beso o dejamos de numerarlos? —cuestiona sobre mi boca.

—Deja de contarlos.

—Una pena. Llevaba una estadística.

Salimos andando. Esta vez no ha elegido un restaurante escondido, aunque tampoco uno frecuentado por gente del campeonato.

Un local pequeño junto a una plaza, con mesas en el exterior y suficientes personas alrededor para sentirnos anónimos.

Cuando nos sentamos, Nico coloca el teléfono boca abajo sobre la mesa.

—He pensado que podríamos cenar como dos personas normales.

—¿Sabes hacerlo?

—He visto tutoriales.

—De acuerdo. —Dejo también mi teléfono boca abajo.

Nico sonríe y pide una cerveza. Yo elijo vino. Los primeros minutos hablamos del día y acabamos discutiendo sobre su entrenamiento, porque sostiene que las dos décimas que consiguió ayer demuestran científicamente que yo estaba equivocada.

—No sabes lo que significa científicamente.

—Dos décimas.

—No era una competición.

—¿Siempre has sido así?

—¿Encantador?

—Competitivo.

—Sí.

—¿Desde niño?

—Creo que nací intentando llegar antes que otro bebé.

—Pobre madre.

—Estaba orgullosísima. —Nico bebe un poco de cerveza y mira hacia la plaza—. Mi padre decía que conmigo era imposible jugar a nada porque, si perdía, quería repetir y, si ganaba, quería volver a jugar para demostrar que no había sido suerte.

—Eso parece agotador.

—Lo era.

—¿Y con Rocco?

Su expresión cambia apenas, pero esta vez no hay oscuridad. Hay recuerdo.

—Peor. Porque él era igual.

—Entonces os alimentabais mutuamente.

—Muchísimo. Podíamos convertir cualquier cosa en una carrera. Una vez recorrimos casi dos kilómetros corriendo porque discutimos sobre quién llegaría antes al hotel.

—¿Después de una carrera?

—Sí.

—¿Estabais bien de la cabeza?

—No especialmente.

—¿Quién ganó?

Nico sonríe.

—Yo.

—Claro.

—Por poco.

—Eso no lo habrías añadido hace cinco años.

—Probablemente no.

Me gusta que pueda hablar de Rocco así. Sin misterio. Sin muerte. Sin que cada recuerdo tenga que pasar por el filtro de la tragedia.

—¿Y con las mujeres también competíais?

—Salía mucho. —Deja el vaso—. Conocía a muchas mujeres. Si alguien me gustaba, no pensaba demasiado en lo que ocurriría después.

—¿Les mentías?

—No. —La respuesta es inmediata.

—¿Nunca?

—Sobre lo importante, no. No prometía relaciones que no quería tener ni decía estar enamorado para acostarme con alguien. Pero probablemente dejaba que algunas personas esperaran más de lo que yo estaba dispuesto a dar.

—Eso también puede hacer daño.

—Lo sé ahora.

—Ahora se lo has hecho a Eva.

—Eva sabe perfectamente cuál ha sido su lugar en mi vida.

—No quieres complicaciones.

Nico juega unos segundos con el vaso.

—Así es todo más fácil.

—Respuesta brillante.

—No, en serio. Mi vida consistía en carreras, viajes, entrenamientos, contratos. Conocer a alguien, pasarlo bien y marcharme resultaba fácil. Una relación significaba que alguien podía pedirme que me quedara cuando yo quería irme.

—¿Y eso te asustaba?

—Me molestaba.

Llega la comida. Esperamos mientras colocan los platos y, cuando volvemos a quedarnos solos, Nico me mira.

—Ahora te toca.

—¿Qué?

—Has realizado una entrevista bastante completa.

—Trabajo en comunicación.

—¿Qué pasó después de Rocco?

La pregunta no me duele. Me sorprende comprobarlo.

—Nada durante bastante tiempo.

—¿Cuánto?

—Mucho.

—Vega.

—Casi dos años sin intentar siquiera estar con nadie. —Nico no comenta—. Después acepté alguna cita. Conocí a hombres agradables. Uno era incluso demasiado perfecto.

—Ya me cae mal.

—No sabes quién es.

—Da igual.

—Era atento, inteligente, guapo, tenía un buen trabajo y cocinaba.

—Hijo de puta. —Me río— ¿Qué ocurrió? —pregunta.

—Nada. Ese fue el problema. Lo miraba y sabía que debería gustarme más de lo que me gustaba. Estuvimos viéndonos unas semanas y un día me preguntó qué estaba haciendo mal.

—¿Y?

—Le dije la verdad. Nada.

—Eso tuvo que sentarle estupendamente.

—Fue horrible.

—¿Seguías enamorada de Rocco?

La pregunta merece una respuesta honesta.

—Sí. Pero no como al principio. No estaba esperando que volviera ni comparaba conscientemente a todo el mundo con él.

Era más extraño. Como si una parte de mi vida se hubiera detenido allí y yo hubiera aprendido a vivir alrededor.

Después… dejé de intentarlo. No porque quisiera permanecer sola.

Simplemente no apareció nadie que me hiciera pensar que merecía la pena complicarme.

—Hasta ahora —me corta sin sonreír.

—Hasta ahora. —Podría esquivarlo, pero no quiero. Nico baja la mirada un instante y sonríe para sí mismo—. Estás encantado.

—Muchísimo.

—Idiota.

Seguimos cenando y noto que algo se ha relajado. Quizá porque hemos pronunciado lo que hasta ahora estaba implícito. Me gusta Nico. Yo le gusto. No necesitamos convertirlo todavía en una promesa ni saber qué ocurrirá dentro de seis meses. Basta reconocer que existe.

—Hay algo que quiero preguntarte —digo.

—Adelante.

—Si hace cinco años Rocco te hubiera presentado a su novia y esa novia hubiera sido yo, ¿qué habrías hecho?

Nico tarda en responder.

—Nada.

—Piénsalo.

—No necesito pensarlo.

—Tú mismo has reconocido cómo eras.

—Y tú estás confundiendo cosas.

—Explícamelo.

—Podía ser un gilipollas, Vega, pero Rocco era mi amigo. Si me hubiera dicho esta es mi novia y estoy enamorado de ella, se acabó.

—¿Aunque te hubiera gustado?

—Sí.

—¿Seguro?

—Completamente. —No aparta la mirada—. Podía competir con él por una pole, un patrocinador o una mujer que estuviera libre y pudiera elegir entre nosotros. No con su pareja.

—Quizá él no estaba tan seguro.

Eso sí le duele. Lo veo.

—Entonces me conocía peor de lo que yo creía.

—O te conocía muy bien y tenía miedo de esa parte de ti.

—No es incompatible. Lo que me jode es que nunca me dio la oportunidad de demostrarlo.

—Quizá al principio pensó que no hacía falta.

—Y después ya era demasiado tarde. —Quizá ahí esté parte de la respuesta.

—Cuando una mentira dura mucho, llega un momento en que confesarla resulta más difícil que seguir mintiendo.

Terminamos de cenar y esta vez no hablamos más de Rocco.

Nico me cuenta una carrera en Japón durante la que se intoxicó con algo que todavía no sabe identificar y tuvo que disputar la clasificación convencido de que iba a vomitar dentro del casco.

Yo le cuento cómo, con diecisiete años, falsifiqué la firma de mi madre para participar en una excursión a la que me había prohibido ir y después pasé tres días castigada porque tuve la brillante idea de enseñar las fotografías.

Descubro que Nico odia bailar porque asegura que cualquier actividad que no pueda medirse con cronómetro carece de criterios objetivos.

Él descubre que precisamente por eso pienso obligarlo a bailar algún día.

—No ocurrirá.

—Acabas de convertirlo en un desafío.

—Mierda.

Al salir del restaurante me coge de la mano con una naturalidad que me sorprende. Caminamos hacia el hotel despacio y, al cruzar una calle, tira suavemente de mí porque un coche aparece demasiado rápido. Termino contra su pecho.

—Estoy bien. No hacía falta salvarme.

—Reflejo.

—Piloto heroico.

No me suelta. Lo beso en mitad de la acera. Nico tarda menos de un segundo en responder y durante unos instantes el hotel, la calle y el coche desaparecen. Cuando me separo, sigue con una mano en mi cintura.

—Eso ha sido inesperado.

—Acostúmbrate.

—Estoy dispuesto.

Continuamos andando. Mi teléfono vibra cuando estamos a pocos metros del hotel. Miro la pantalla. El nombre me detiene.

Elena.

La hermana de Rocco. Nico nota el cambio.

—¿Qué pasa?

—La hermana de Rocco.

—¿Te ha escrito?

—Sí.

Abro el mensaje.

Elena: Hola, Vega. Mamá me ha dicho que has vuelto a trabajar en el campeonato. Me alegro mucho. Llevo días pensando en escribirte. ¿Cómo estás?

Hace meses que no hablamos.

—¿Sabe algo? —pregunta Nico.

—No. Supongo que alguien le ha contado que he vuelto.

Guardo el teléfono.

—¿No vas a responder?

—Luego.

Nico no insiste. Llegamos al hotel y, antes de entrar, me detengo.

—¿Te importaría que hablara con ella de esto?

—¿Con Elena? ¿Por qué iba a importarme?

—Porque también hablaría de ti.

—Vega, no necesitas mi permiso.

—Quizá sepa algo. ¿Quieres saberlo?

Nico entiende la verdadera pregunta. No si quiere conocer datos. Si quiere seguir removiendo a Rocco.

—Sí. Pero no esta noche.

Entramos en el ascensor y Nico me mira.

—¿Qué miras?

—A Vega.

La referencia es deliberada. Me acuerdo de la noche anterior.

No quiero besar a la novia de Rocco. Quiero besar a Vega.

—Bien contestado.

—Gracias.

Cuando llegamos a mi planta salimos los dos.

—Tu habitación está arriba —le indico.

—Lo sé.

—Entonces ¿qué haces?

—Acompañarte.

—Hay quince metros.

—Zona peligrosa.

—Moqueta, dos macetas y una máquina de hielo.

—Nunca se sabe.