18 Todo era una carrera #2
—Empiezo a entender tu idioma.
Me golpea suavemente con la carpeta que lleva en la mano. Me gusta esto. Demasiado. Y precisamente por eso decido contarle lo de Álex antes de que el día nos absorba.
—He recordado la pelea.
Su sonrisa desaparece.
—¿Qué pelea?
—La que quizá Rocco tenía que arreglar conmigo.
Nos apartamos hacia un lateral y le cuento lo del patrocinador, lo de Marta y la discusión. No intento embellecer mi versión de hace cinco años. No serviría de nada. Era competitivo, arrogante y estaba demasiado acostumbrado a conseguir lo que quería.
—¿Te gustaba quitarle cosas a Rocco? —pregunta Vega.
—No.
—Piénsalo.
—Ya lo he pensado.
—No te pregunto si lo hacías deliberadamente. Te pregunto si disfrutabas ganándole.
—Sí.
—Y él a ti.
—Muchísimo.
—Entonces competíais.
—Por todo.
—Hasta por tonterías.
—Sobre todo por tonterías.
—¿Y por mujeres?
—Alguna vez.
—No digo que estuviera bien. Digo que puedo entenderlo. Si llevaba poco tiempo interesado en mí y de repente tú preguntas quién soy...
—Yo quería darte las gracias.
—Él no tenía por qué saberlo.
—Se lo dije.
—Quizá no te creyó. —La respuesta me detiene. Vega no lo está justificando. Está intentando comprenderlo—. Si ya había ocurrido con Marta y después con el patrocinador, quizá Rocco sintiera que siempre llegabas tú y...
No termina.
—¿Y ganaba?
—No iba a decirlo así.
—Pero lo has pensado.
—Quizá él sí.
Eso duele. Porque probablemente sea verdad.
—Entonces me mantuvo lejos. —Pongo los brazos en jarra.
—Al principio.
—¿Y después?
—Eso es lo que no encaja.
—Dos años —digo.
—Más de dos.
—Yo ya no era el mismo.
—¿Seguro? —Alza una ceja.
—Oh, gracias —ironizo.
—Lo digo en serio.
—Había cambiado.
—¿Cuánto?
Pienso, no lo suficiente. Después de aquella época empecé a ordenar algunas cosas, pero seguía siendo impulsivo, competitivo y bastante idiota. Quizá Rocco continuara viéndome como el mismo hombre.
—Algo.
—Eres muy convincente.
—¿Qué quieres que diga?
—La verdad.
—Que quizá Rocco no confiaba en mí.
Vega guarda silencio. Decirlo duele más de lo que esperaba.
—Era tu mejor amigo.
—Precisamente.
—Entonces también conocía tus virtudes.
—Sí, pero sabía de lo que era capaz cuando quería algo.
Vega me mira de una manera extraña.
—¿Y qué haces ahora cuando quieres algo?
Sé perfectamente qué está preguntando.
—Depende. —Me acerco.
—¿De qué?
—De si es una carrera.
—¿Y esto lo es? —Miro su boca, después sus ojos y niego—. No.
—Bien.
—Porque si lo fuera...
—No lo estropees.
Sonrío.
—Estaba a punto de decir algo precioso.
—No me lo creo.
—Nunca lo sabrás.
Claudia aparece a unos metros.
—¡Vega!
—¡Voy! —grita y se vuelve, pero antes de irse me mira y… algo se mueve en mi pecho.
¿Qué diablos es eso?
El resto del día pasa demasiado deprisa.
Tenemos reuniones, una sesión física y después un entrenamiento con el equipo.
Veo poco a Vega, aunque ahora cada vez que coincidimos ocurre algo que ayer no existía: una mirada, una sonrisa que nadie más entiende, su mano rozándome deliberadamente al entregarme una acreditación.
No necesito besarla otra vez para saber que algo ha cambiado.
Lo hago de todas formas cuando encontramos treinta segundos solos detrás del hospitality .
Esta vez es ella quien me agarra de la camiseta y…
y yo la beso. Así, porque quiero, porque me apetece.
—Esto sí cuenta —anoto cuando nos separamos.
—Cállate. —Me besa ella, y yo obedezco.
Por la tarde busco a Álex. Necesito resolver esto. Me estoy volviendo loco. Lo encuentro ayudando a revisar unas cajas de material.
—Necesito que recuerdes una cosa más.
—Deberías pagarme. —Se levanta con una caja en las manos.
—La pelea con Rocco.
—¿Otra vez?
—Has dicho que habló de que algún día querría algo que no podría conseguir adelantando en la última curva.
—Más o menos.
—Quiero las palabras exactas.
—No soy una grabadora. —Suspira.
—¿Qué recuerdas?
—Recuerdo que estaba muy cabreado. —Deja la caja sobre un mueble—. Y que tú te reíste.
—¿Me reí?
—Sí. Rocco dijo que todo te parecía una competición y tú dijiste que era porque él siempre perdía.
Cierro los ojos. Sí. Eso fui capaz de decirlo.
—Después él te empujó. Y yo me metí en medio.
—¿Qué dijo?
Álex frunce el ceño, buscando el recuerdo.
—Algo sobre que un día no iba a tener gracia. —Espero—. Dijo: Algún día vas a querer algo que no puedas quitarle a otro.
No respiro durante un segundo.
—¿Y yo?
—Te reíste otra vez.
—¿Qué respondí?
Álex me mira.
—Dijiste: Entonces que no lo pierda.
—Joder. —Me apoyo contra una de las cajas. No me reconozco en esa frase. Y, sin embargo, me reconozco perfectamente. Veinticinco años. Demasiadas victorias. Demasiadas mujeres. Demasiada seguridad en que el mundo entero era una pista donde bastaba llegar antes—. Fui un imbécil.
—Muchísimo.
—Podrías fingir que dudas, cabrón.
—Somos amigos. No te voy a mentir.
—¿Rocco dijo algo más?
—Te dijo que ese era tu problema. Que siempre creías que ganar significaba que otro tenía que perder. —Me quedo callado. Álex vuelve a coger la caja— ¿Te he ayudado?
—No lo sé.
—Pues cuando lo averigües me lo explicas, porque empiezo a estar intrigado. —Se marcha.
Yo permanezco allí.
Algún día vas a querer algo que no puedas quitarle a otro.
La frase ocurrió antes de Vega. Rocco todavía no la conocía, no podía estar hablando de ella, pero semanas después la conoció y después yo pregunté por ella. Quizá para Rocco aquello no fuera una coincidencia sino la confirmación de algo que ya temía de mí.
Saco el teléfono. Tengo un mensaje de Vega.
Vega: ¿Cena?
Sonrío.
Nico: ¿Cita?
Vega: Comida. Dos personas. Mesa.
Nico: Cita.
Vega: Si te hace feliz.
Nico: Bastante.
Estoy a punto de guardar el teléfono cuando llega otro.
Vega: A mí también.
Lo leo dos veces, después pienso en Rocco, en nosotros con veinticinco años, convencidos de que todo podía medirse mediante quién llegaba primero. Pienso en Marta, en el patrocinador, en las motos, en cada desafío absurdo y finalmente en Vega.
Por primera vez empiezo a comprender una parte de lo que pudo ocurrir.
Rocco no tenía miedo de que yo conociera a Vega porque supiera que íbamos a enamorarnos.
Nadie puede saber algo así. Tenía miedo de que me interesara porque, en aquella época, bastaba que algo me interesara para que él sintiera que empezaba una carrera.
Y cuando Rocco se enamoró de ella, la carrera dejó de ser un juego. El problema es que nunca me dijo que estaba compitiendo. Ni siquiera me permitió saber que existía una meta.
Y, mientras camino hacia el hotel para encontrarme con Vega, comprendo algo todavía más incómodo: cinco años después, Rocco está muerto, yo he cambiado y Vega no pertenece a nadie, pero una parte de mí sigue sintiendo que estoy llegando a un lugar al que él llegó primero.
Esta vez, sin embargo, no quiero ganar, quiero que nadie tenga que perder.