18 Todo era una carrera
Nico
Me despierto pensando en la boca de Vega.
No en Rocco, ni en Aragón, ni en vídeos de hace cinco años, ni en mensajes que han cambiado de significado después de permanecer olvidados durante media década.
Pienso en Vega apoyada contra la puerta de su habitación, en su mano rodeándome la nuca y, sobre todo, en el instante exacto en que comprendí que esta vez nadie iba a interrumpirnos porque partió de ella la decisión de cerrar la distancia.
Sonrío. Son las seis y cuarenta y tres de la mañana y estoy sonriendo solo en una cama. Lamentable. Cojo el teléfono. Hay un mensaje suyo enviado a las seis y treinta y ocho.
Vega: Buenos días. Antes de que te pongas contento: esto no es romántico.
Debajo hay tres capturas de su conversación con Sara. Las leo. La sonrisa desaparece poco a poco.
No es por mí.
Por Nico.
Antes tengo que arreglar algo con él.
Me incorporo. Hay también un último mensaje de Vega.
Vega: No saques conclusiones.
Respondo:
Nico: Empiezo a pensar que escribes eso porque sabes que voy a sacarlas.
La respuesta llega enseguida.
Vega: Empiezo a conocerte.
Nico: ¿Eso es bueno?
Los tres puntos tardan unos segundos.
Vega: Pregúntamelo después de otro beso.
Me quedo mirando la pantalla. Después escribo:
Nico: Bajo en cinco minutos.
Vega: NI SE TE OCURRA.
Nico: Cuatro.
Vega: Nico.
Nico: Tres.
Su llamada entra inmediatamente.
—¿Qué? —respondo.
—Como aparezcas delante de mi habitación, no habrá segundo beso.
—Buenos días.
—Buenos días.
—Ahora sí ha sonado romántico.
—Son las seis y cuarenta y seis.
—Lo sé.
—¿Por qué estás despierto?
No pienso decirle que me he despertado pensando en ella.
—Disciplina deportiva.
—Mentiroso.
—¿Tú por qué estás despierta?
—Trabajo.
—Eso es todavía más triste.
Hay un pequeño silencio. No incómodo. Nuevo.
—¿Has leído lo de Sara? —pregunta.
—Sí.
—¿Recuerdas algo?
—Todavía no.
—No fuerces los recuerdos.
—Todo el mundo me dice eso.
—Quizá porque tienes la delicadeza de una excavadora.
—Funciona en pista.
—Tu cabeza no es una pista.
—A veces se parece. —La escucho reír y durante un instante vuelvo a pensar en anoche—. Vega.
—¿Qué?
—Lo del segundo beso.
—Era una broma.
—No lo parecía.
—Hasta luego, Nico.
—Eso no es una respuesta.
Cuelga. Sonrío otra vez. Después miro las capturas.
Antes tengo que arreglar algo con él.
La frase no me resulta familiar, pero la idea sí.
Rocco y yo siempre teníamos algo que arreglar.
Nos conocimos compitiendo y nunca dejamos de hacerlo.
Al principio fueron vueltas rápidas, videojuegos, carreras hasta una puerta, quién terminaba antes una cerveza, quién conseguía que una camarera sonriera primero.
Más tarde llegaron cosas menos inocentes: contratos, motos, resultados, dinero, prestigio.
Nunca competíamos oficialmente entre nosotros cuando estábamos en categorías o equipos distintos, pero eso daba igual.
Bastaba que Rocco dijera a que no puedes para garantizar que yo haría una estupidez.
Él funcionaba igual. Quizá peor. En aquella época teníamos veintipocos años y una certeza común: siempre habría otra carrera. No sabíamos que para Rocco no.
Bajo a desayunar y esta vez Álex no está. Agradezco el milagro hasta que lo encuentro entrando cuando ya he terminado el primer café.
—Otra vez.
—¿Qué?
—Tú.
—Buenos días para ti también.
—Tienes mejor cara. —Se sienta sin pedir permiso.
—He dormido.
—Mentira.
—¿Por qué todo el mundo sabe cuándo miento?
—Porque se te da fatal. ¿Es Vega?
—¿Qué pasa con Vega?
—Ayer parecías dispuesto a asesinar a alguien. Hoy pareces idiota.
—Gracias.
—¿La besaste? —Bebo café. Álex abre mucho los ojos—. ¡Hostia!
—Cállate.
—¡La besaste!
—Habla más alto. Creo que en recepción no te han oído.
—Sabía que...
—Álex.
—Vale. ¿Y?
—¿Y qué?
—¿Qué tal?
—No pienso hacerte una crítica técnica.
—No te la he pedido.
—Tu cara sí.
—Estoy orgulloso de ti.
—Tengo treinta años.
—Nunca es tarde.
Le hago una peineta. Álex se sirve zumo con absoluta tranquilidad.
—¿Y ahora qué?
—Ahora nada.
—Claro.
—Estamos conociéndonos.
—Os habéis besado.
—Ambas cosas son compatibles.
—Qué moderno.
—¿Has terminado?
—No, pero puedo hacer una pausa.
Aprovecho la oportunidad.
—¿Recuerdas una pelea fuerte con Rocco unas semanas antes de Aragón?
La expresión de Álex cambia.
—Vaya giro.
—¿La recuerdas?
—Os peleabais constantemente.
—Una de verdad.
Piensa.
—¿La de Montmeló?
Algo se enciende.
—Puede ser.
—La del patrocinador.
Ahí está. No la recuerdo al completo, pero sí la puerta.
—Joder.
—Entonces sí.
—Cuéntamela.
Álex me mira como si acabara de pedirme que le relate mi propia infancia.
—Tú estabas allí.
—Ya lo sé.
—Pues recuérdala.
—Si pudiera, no te preguntaría.
Se reclina en la silla.
—Habíais recibido una propuesta de la misma marca.
Ahora recuerdo. Una empresa de equipamiento quería utilizar a uno de nosotros para una campaña internacional.
No era un contrato deportivo importante, pero entonces nos pareció enorme.
Los dos encajábamos en el perfil. Rocco llevaba meses negociando informalmente y yo aparecí después, casi por casualidad.
La empresa cambió de idea y empezó a interesarse por mí.
—Yo no fui a buscarlos —digo.
—Eso le dijiste a Rocco.
—Porque era verdad.
—Y él respondió que siempre era verdad contigo.
La frase me devuelve una imagen. Un aparcamiento, calor, Rocco delante de mí, muy cabreado.
—Dijo que yo convertía todo en una competición.
No necesito que Álex termine. Lo recuerdo.
Solo es una competición si crees que puedes perder.
Cierro los ojos.
—Joder.
—Fuiste un capullo.
—Él también.
—Sí. Pero tú ganaste aquella ronda.
—No había ninguna ronda.
Álex se ríe.
—Cinco años después sigues discutiéndolo.
—¿Qué más pasó?
—Os gritasteis. Yo intenté separaros porque pensé que ibais a pegaros.
—Nunca nos pegamos.
—Porque estaba yo.
—Porque éramos amigos.
—También.
Empiezan a aparecer más piezas. Rocco diciéndome que no soportaba que, cuando algo me interesaba, tuviera que demostrar que podía conseguirlo. Yo acusándolo de enfadarse únicamente cuando perdía. Él respondiendo que yo no sabía distinguir entre querer algo y querer quitárselo a otro. Eso.
—Dijo algo sobre quitarle cosas.
—Sí. —Deja el vaso.
—¿Qué?
—No me acuerdo exactamente.
—Inténtalo.
—Fue hace años.
—Álex.
—Dijo que algún día ibas a meterte en un problema de verdad.
—Eso no.
—Espera. —Piensa—. Algo como que no todo era una carrera. Que algún día querrías algo que no podrías conseguir adelantándolo en la última curva.
Me río sin humor. Eso sí suena a Rocco.
—¿Y yo qué dije?
—Probablemente una gilipollez.
—Gracias.
—Es una estimación estadística.
—¿Mencionó mujeres?
Álex me mira.
—¿Qué tiene esto que ver con Vega?
—Contesta.
—No recuerdo.
—¿Nada?
—Recuerdo que hablasteis de una chica.
Me enderezo.
—¿Quién?
—Ni idea.
—¿Vega?
—No creo. Esto fue antes de Aragón, ¿no?
—Sí.
—Entonces tú no sabías quién era.
Correcto.
—¿Qué chica?
—Una con la que Rocco había intentado ligar.
La memoria regresa con violencia.
—Marta.
Álex señala con un dedo.
—Esa.
Marta. Claro. No fue una relación. Ni siquiera llegó a ser una historia. Rocco había conocido a Marta en una fiesta. Le gustó. Yo no lo sabía. Dos días después coincidí con ella y terminamos besándonos. Cuando Rocco se enteró, se cabreó.
—Yo no sabía que le gustaba.
—Eso dijiste.
—Porque no lo sabía.
—También te digo que Rocco se puso bastante imbécil.
—¿Y eso fue antes de la pelea del patrocinador?
—Poco antes.
Ahora todo empieza a formar una figura. No necesariamente la correcta, pero una figura.
Rocco se interesa por una mujer. Yo, sin saberlo, me adelanto.
Después una marca que estaba negociando con él se interesa por mí.
Dos episodios sin relación que, desde su perspectiva, podían parecer exactamente la misma historia. Nico llega. Rocco pierde.
—¿Dijo alguna vez que yo le quitaba las mujeres?
Álex se ríe.
—Nico, en aquella época tú te llevabas a media población femenina de cada paddock .
—Sí. Alguna vez lo dijo. En broma casi siempre.
Casi.
—¿Y yo?
—Tú estabas encantado con tu reputación de imbécil irresistible.
—Era joven.
—Eras gilipollas.
—También.
Álex me observa durante unos segundos.
—¿Rocco intentó mantenerte lejos de Vega?
La pregunta me sorprende.
—No lo sé.
—Pero lo sospechas.
—Sí.
—¿Y ella?
—También.
—Entonces quizá esto explique algo.
—Una parte.
—¿Qué parte falta?
Miro el café.
—Dos años. —Álex no entiende—. Rocco y Vega estuvieron juntos más de dos años.
—¿Qué? —La sorpresa es absoluta—. No tenía ni puta idea.
Otra persona. Otro amigo cercano.
—¿Nunca te habló de ella?
—No.
—¿Nunca viste una foto?
—No… Eso sí es raro. ¿Vega está segura de que eran pareja?
—No vuelvas a preguntar eso —mascullo.
—Vale, vale. —Alza las manos.
—Conocía a su familia. Pasaban temporadas juntos. Hay fotos. No era una aventura.
—Entonces no entiendo por qué nos lo ocultó.
Nos. La palabra importa. Quizá durante estos días he pensado demasiado que Rocco me ocultó a Vega específicamente a mí, pero Álex tampoco sabía nada.
Ni Matteo ni Claudia. Parte del paddock sí, su familia sí, Gianni sí.
Rocco no separó solo a Vega de mí. Separó una parte entera de su vida de otra.
La diferencia es que conmigo tomó precauciones desde antes.
A las nueve, encuentro a Vega en el paddock . Esta vez no finjo que no la estaba buscando. Ella me ve acercarme y algo cambia en su cara.
—Buenos días —dice.
—Ya hemos hablado.
—Por teléfono no cuenta.
—¿Por qué?
—Porque estabas amenazando con presentarte en mi habitación.
—No era una amenaza.
Miro alrededor. Hay gente pasando. Me acerco un poco.
—¿Qué haces?
—Comprobar una cosa —musito.
—¿Cuál?
Le doy un beso breve, nada solemne, nada parecido al de anoche. Solo un beso. Cuando me aparto, Vega me mira con sorpresa.
—Eso.
—Estamos en el paddock .
—Me he dado cuenta.
—Puede vernos alguien.
—También.
—¿Y?
—¿Y qué?
Intenta parecer seria. No lo consigue.
—Eres imposible.
—Segundo beso.
—Eso apenas cuenta.
—Perfecto. Tendremos que repetirlo.
—No ahora.
—Luego.
—No he dicho eso.