17 La primera vez
Vega
A las siete y doce de la mañana le envío a Nico una captura de pantalla y me arrepiento exactamente dos segundos después.
No porque no deba verla, sino porque existen maneras más inteligentes de empezar el día que enviarle al hombre al que estuviste a punto de besar una conversación de hace años en la que tu novio muerto reconocía que le preocupaba que os cayerais bien.
Nico tarda menos de un minuto en responder.
Nico: Tenemos que hablar.
Vega: No saques conclusiones.
Nico: «Eso es exactamente lo que me preocupa».
Vega: Sé leer.
Nico: Me tranquiliza. Trabajas en comunicación.
Vega: Era una broma.
Esta vez tarda algo más.
Nico: ¿Seguro?
No respondo porque esa es precisamente la pregunta que llevo haciéndome desde anoche. Cuando llego al circuito, Nico está esperándome junto a la entrada del hospitality con dos cafés. Me tiende uno sin preguntar y compruebo que vuelve a ser exactamente como me gusta.
—Esto empieza a convertirse en costumbre.
—Podría dejar de hacerlo.
—No he dicho que me moleste.
—Bien.
Caminamos juntos hacia el interior y durante unos metros ninguno menciona el mensaje. Nico espera hasta que nos apartamos del paso de la gente y entonces saca el teléfono.
—Explícame cómo esto puede ser una broma.
—Muy fácilmente. Yo bromeaba y él siguió la broma.
—¿Te preocupa que no nos caigamos bien?. Eso es exactamente lo que me preocupa.
—Sí.
—No encuentro la parte graciosa.
—Porque lo estás leyendo años después sabiendo todo lo que sabemos ahora. Eso se llama reinterpretar el pasado.
—También se llama descubrir que algo que parecía una broma quizá no lo era.
Bebo café para ganar tiempo. No quiero discutir con él y, sobre todo, no quiero convertirme en la defensora oficial de Rocco, pero noto que algo dentro de mí se resiste a permitir que reconstruyamos sus intenciones únicamente con frases aisladas.
—Rocco utilizaba el humor para todo —digo—. Tú lo sabes mejor que yo.
—Sí.
—Entonces sabes que podría no significar nada.
—También sé cuándo utilizaba el humor para decir algo que sí significaba.
—No puedes preguntárselo.
—Ese es exactamente el problema. —Hay rabia en su voz, pero no contra mí. Ya sé reconocerla.
—No quiero que acabemos juzgándolo por mensajes escritos hace años.
—Yo tampoco quiero juzgarlo. Quiero entenderlo.
Seguimos andando. Me gusta que podamos discrepar sin convertir cada diferencia en un conflicto, aunque resulta extraño discutir con Nico sobre un hombre al que los dos quisimos de maneras diferentes y que ya no puede intervenir para defender su versión.
—Hay algo más —anuncio.
Nico se detiene.
—¿Qué?
Le enseño los mensajes de Aragón. Lee primero la parte en la que le digo a Rocco que me cae bien sin conocerlo, después el no te conviene , la advertencia de que no vaya a la cena y, finalmente, la promesa de invitarme él otro día.
—Joder.
—No empieces.
—Vega, te impidió ir a una cena conmigo y después te invitó él.
—No me impidió nada. Me aconsejó que no fuera.
—Y tú no fuiste.
—Porque al día siguiente madrugaba.
—Y semanas después salíais juntos.
Nico me devuelve el teléfono.
—¿Te gustaba ya?
—¿Rocco?
—Sí.
Pienso antes de responder porque nunca me había hecho esa pregunta con una fecha tan precisa.
—Me atraía. Me parecía divertido, inteligente y un poco idiota.
—Su encanto habitual.
—Pero no estaba enamorada de él.
—¿Y él de ti?
—Tendrías que preguntárselo. —Los dos callamos—. Perdón.
—Es una frase normal. Solo que con Rocco todas las frases normales tienen trampa.
Continuamos hasta la oficina. Antes de entrar, Nico vuelve a detenerme.
—¿Conservas relación con Sara?
—Sí, aunque hablamos poco.
—¿La de Aragón?
—La misma.
—Ella fue a aquella cena. Pregúntale.
—¿Qué quieres que le pregunte? Hola, Sara, hace años fui idiota y no asistí a una cena. ¿Recuerdas si mi novio muerto conspiraba para evitar que conociera a su mejor amigo?.
Nico sonríe.
—Quizá con algo menos de contexto.
—Lo pensaré.
Entramos y el día nos absorbe. Durante varias horas no hay Rocco, ni Aragón, ni mensajes antiguos, sino el presente: reuniones, vuelos, material que debe viajar, un compromiso de Nico con aficionados, otro con un patrocinador y una entrevista que se alarga más de lo previsto porque el periodista parece convencido de que la misma pregunta formulada cuatro veces terminará produciendo una respuesta distinta.
Nico mantiene la paciencia durante las tres primeras; en la cuarta lo veo tensar la mandíbula y me adelanto antes de que responda.
—Última pregunta —intercedo.
—Solo quiero precisar...
—La respuesta ya ha sido suficientemente precisa.
El periodista me mira con escasa simpatía, pero cierra la entrevista. Cuando se marcha, Nico se vuelve hacia mí.
—Podía responder.
—Precisamente por eso he intervenido.
—¿Qué iba a decir?
—Algo que mañana tendría que explicar yo.
—No confías en mí.
—Confío muchísimo en ti. También confío en que, cuando te cabreas, dices exactamente lo que piensas.
—Eso debería ser una virtud.
—No en comunicación.
—Oficio extraño.
—Me paga el sueldo.
—Entonces lo respeto profundamente.
Sonrío mientras Nico me observa un instante y noto otra vez esa facilidad que se está instalando entre nosotros, una manera de entendernos que no necesita a Rocco para existir.
Quizá por eso, cuando una hora después termina el último compromiso y Nico se acerca mientras cierro el portátil, sé antes de que hable que va a proponer algo.
—Cena conmigo.
Levanto la cabeza.
—¿Otra vez?
—Aquello fue un desayuno.
—También hemos cenado con el equipo.
—Eso no cuenta.
—¿Por qué?
—Porque Álex estaba allí. Solo tú y yo.
—¿Me estás invitando a una cita?
—Si digo que sí, ¿vienes?
—Quizá.
—Entonces sí.
—Muy valiente por tu parte.
—Estoy arriesgando muchísimo.
—¿Y si digo que no?
—Diré que era una reunión profesional.
Me río. Podría decirle que todavía es pronto, que ayer decidimos esperar, que tenemos demasiadas preguntas pendientes y que quizá deberíamos resolverlas antes de complicar las cosas.
Todo eso sería razonable. También sería una manera de seguir posponiendo mi vida hasta que el pasado decida concederme permiso.
—Vale —acepto.
—A las nueve.
—¿Dónde?
—Paso a buscarte.
—Estamos en el mismo hotel.
—Entonces ahorraré combustible.
—Romántico.
—No has visto nada.
A las ocho y cincuenta y cinco estoy delante del espejo. Elijo un vestido sencillo, me maquillo poco y, cuando llaman a la puerta exactamente a las nueve, compruebo que Nico también se ha cambiado. Lleva pantalones oscuros y una camisa con las mangas remangadas.
—Has llegado puntual —sonrío.
—Puedo hacerlo.
—Empiezo a pensar que finges llegar tarde para llamar la atención.
—No reveles mis secretos.
Salimos del hotel andando. Nico ha encontrado un restaurante pequeño a unas calles, lejos del circuito y de los lugares donde suele reunirse la gente del campeonato.
Por primera vez desde que lo conozco caminamos por una ciudad sin acreditaciones, uniformes ni personas pendientes de él.
Una pareja pasa a nuestro lado sin reconocerlo y Nico lo agradece en silencio.
—¿Siempre es así? —pregunto.
—¿Qué?
—Que te reconozcan.
—Depende del país.
—¿Te molesta?
—A veces. La mayoría de la gente es agradable. Pero el problema estriba en que algunos creen que, porque te han visto correr durante años, te conocen.
—¿Y no?
—¿Tú crees que conocías a Rocco por verlo correr?
—No.
—Pues eso.
La respuesta podría llevarnos de nuevo hacia él, no obstante, no lo hace.
Nico me pregunta por mi familia, por cómo terminé trabajando en comunicación, por qué abandoné durante un tiempo el paddock y qué habría hecho si no hubiera elegido este oficio.
Algunas preguntas tienen respuestas sencillas y otras no, pero por primera vez desde que nos conocemos hablamos durante mucho tiempo sin que Rocco sea el centro invisible de la conversación.
Le cuento que de niña quería escribir, aunque nunca tuve claro qué. Nico asegura que él quería ser piloto desde que aprendió que existían las motos.
—Qué imaginación.
—También quise ser astronauta durante dos semanas.
—¿Qué ocurrió?
—Descubrí que había que estudiar mucho.
—Una tragedia.
—Devastadora. Elegí un trabajo sensato.
—Pilotar una moto a trescientos cincuenta kilómetros por hora.
—Exacto.
Durante la cena descubro que Nico cocina sorprendentemente bien, que odia los tomates crudos y que lee novelas históricas en los aviones porque, según él, si vas a pasar horas encerrado en un tubo metálico conviene recordar que hubo épocas en las que viajar era todavía peor.
Él descubre que yo canto fatal, que colecciono entradas de cine aunque casi todo sea digital y que soy incapaz de dormir con una puerta de armario abierta, podría salir alguien del armario. Nos reímos-
Durante casi una hora soy una mujer cenando con un hombre que le gusta.
Nada más. No soy la viuda que no llegó a ser viuda.
Nico no es el mejor amigo de Rocco. No somos dos supervivientes reuniendo piezas de un muerto.
Somos Vega y Nico, y descubro que me gusta esta versión de nosotros mucho más de lo que debería.
Al terminar salimos a caminar. La noche es templada y ninguno de los dos tiene prisa por regresar al hotel. Nico camina a mi lado sin tocarme hasta que llegamos a una calle estrecha y un grupo ocupa casi toda la acera. Me pone una mano en la espalda para hacerme pasar delante.
El gesto dura apenas unos segundos. Su mano permanece uno más de lo necesario. No digo nada, tampoco él. Cuando llegamos a una pequeña plaza casi vacía, mi teléfono vibra.
—Sara. Le escribí antes de salir. Abro el mensaje.
Sara: Claro que me acuerdo de aquella cena. ¿Por qué?
Le había preguntado únicamente si recordaba Aragón y si sabía por qué finalmente fui yo quien no asistió. Respondo mientras caminamos.
Vega: Estoy intentando recordar algunas cosas. ¿Rocco te dijo algo sobre que yo fuera?
Sara tarda poco.
Sara: Sí. Me pidió que no insistiera.
Me detengo. Nico lo nota. Le enseño la pantalla.
—Pregúntale por qué.
Escribo.
Vega: ¿Te dijo el motivo?