16 No te conviene #2
Nico se ríe y yo también. Entonces sucede algo pequeño: me tiende el casco.
—Sujeta.
Lo cojo. Él se quita los guantes, todavía respirando deprisa por el esfuerzo, y se acerca para recuperarlo.
Nuestras manos coinciden en el borde. No hay nadie llamando.
Nadie nos interrumpe. Nico está frente a mí, todavía caliente después de rodar, el pelo húmedo pegado a la frente y esa expresión que ya conozco.
Esta vez sí tenemos tiempo. Lo sé. Él también. Su mano continúa sobre la mía.
—Ahora no hay teléfono —susurra—. Ni camarero. Matteo está lejos.
Miro por encima de su hombro. Sonrío. Nico se acerca apenas. Mi cuerpo responde antes que mi cabeza. Quiero besarlo. No tengo ninguna duda y precisamente por eso retiro suavemente la mano. Nico se detiene, o parece ofendido.
—No todavía. —Una sombra cruza su expresión, pero espera—. No es por ti.
—Esa frase tiene una reputación horrible. Pero… Continúa.
Dejo el casco sobre una mesa.
—Necesito saber que esto no tiene que ver con Rocco.
Nico frunce el ceño.
—¿Cómo podría no tener que ver con él?
—No digo eso. Rocco siempre tendrá algo que ver. Tú eras su mejor amigo. Yo era su pareja. Nos hemos conocido porque los dos regresamos a un lugar lleno de recuerdos suyos.
—Entonces no entiendo.
—Necesito saber que no estoy acercándome a ti porque seas una manera de seguir cerca de él. —Nico guarda silencio—. Y necesito saber que tú no estás acercándote a mí porque yo sea una manera de recuperar algo suyo.
Su expresión cambia.
—Vega…
—No digo que lo estés haciendo. Digo que no quiero descubrirlo después.
Mira hacia la pista y después vuelve a mí.
—Ayer vi aquella foto y me molestó. No porque Rocco te estuviera tocando. Me molestó porque eras tú quien lo tocaba. Y hoy, cuando has entrado esta mañana, lo primero que he pensado no ha sido en Rocco.
—¿En qué has pensado?
—En que estabas evitando mirarme.
—No te evitaba. Estaba dándote espacio.
—Pues deja de dármelo.
El corazón me golpea.
—Nico...
—No quiero besar a la novia de Rocco. —Me quedo inmóvil—. Quiero besar a Vega. —Hay frases que deberían necesitar adornos. Esta no—. Pero no voy a hacerlo hasta que tú quieras.
—Quiero, pero no todavía.
—Ah.
—Hay diferencia.
—¿Cuánta?
—No lo sé.
—¿Días? ¿Horas?
—No negocies.
—Soy piloto. Negociamos décimas.
Me río. Y esa risa rompe el momento sin destruirlo. Eso me gusta. Mucho.
—Cuando ocurra —digo—, no quiero preguntarme a quién estoy besando.
Nico asiente.
—Yo tampoco. —Se aleja medio paso, no más—. Pero que conste que Matteo nos ha arruinado una oportunidad histórica.
—Esta vez no ha hecho nada.
—Precisamente. Podría haber interrumpido y no lo ha hecho.
—Pobre hombre. Nunca acierta.
Nico recupera el casco.
—Tengo que cambiarme.
—Yo tengo que trabajar.
—Claudia ha dicho que habías terminado.
—Claudia miente.
—Eso explica muchas cosas.
Se marcha. Lo observo hasta que desaparece dentro del box. Después miro mis manos. No tiemblan, eso también es nuevo.
Esa noche estoy en la habitación del hotel cuando vuelvo a pensar en Aragón.
No en el vídeo de Nico, en mis cosas. Durante años he conservado demasiado.
Fotografías, conversaciones, correos, documentos.
Al principio porque borrar cualquier cosa relacionada con Rocco me parecía una segunda muerte.
Después simplemente porque dejaron de molestarme y se quedaron allí.
Abro las conversaciones antiguas. Busco su nombre. Miles de mensajes. No quiero recorrerlos todos. Escribo Aragón . Aparecen varios resultados. La mayoría son posteriores. Busco la fecha de aquella cena. Ahí está. Leo.
Rocco: Buen trabajo hoy.
Sonrío. Recuerdo ese mensaje. Yo respondí:
Vega: Solo he evitado que tu amigo aparezca mañana en todos los medios insultando a un pobre hombre.
Rocco: Nico puede conseguir eso solo sin ayuda.
Vega: Me cae bien y todavía no lo conozco.
La respuesta tarda varios minutos.
Rocco: No te conviene.
Me quedo mirando la pantalla. Ahí está. Y años después escucho la frase con una voz diferente. Sigo leyendo.
Vega: ¿Eso es una advertencia profesional?
Rocco: Personal.
Yo respondí con una cara riéndose. Después:
Vega: Me han dicho que vais a cenar cerca del circuito. Sara quiere que vayamos.
La siguiente respuesta tarda nueve minutos.
Rocco: Yo no iría.
Se me acelera el pulso.
Vega: ¿Por?
Rocco: Va a estar lleno de pilotos y mañana madrugas. Mala combinación.
Me río en voz baja, no porque tenga gracia sino porque durante cinco años esa respuesta me pareció completamente normal. Sigo.
Vega: Sara insiste.
Rocco tarda cuatro minutos.
Rocco: Hazme caso esta vez. Otro día te invito yo a cenar y compensamos.
Ahí termina. No fui. Recuerdo que Sara sí.
Yo regresé al hotel. Semanas después Rocco cumplió la promesa.
Me invitó a cenar solo a mí. Jerez. La primera vez que hablamos de verdad.
La noche en que empezó todo. Me quedo sentada en la cama con el teléfono entre las manos.
Rocco impidió que fuera a aquella cena con Nico. Después me invitó él.
Podría ser una coincidencia, haber querido protegerme de una noche llena de pilotos borrachos, haber pensado sinceramente que Nico no me convenía, incluso haber sentido ya algún interés por mí y no haber sabido reconocerlo.
Todas esas explicaciones son posibles, pero ninguna explica los dos años siguientes.
Busco más mensajes.
Nico.
Demasiados resultados. Rocco hablaba constantemente de él. Sigo bajando. Entonces encuentro uno de meses después, cuando ya estamos juntos. Lo abro. Yo había escrito:
Vega: Al final voy a terminar conociendo a Nico por tus historias antes que en persona.
Rocco: Mejor así. En persona pierde mucho.
Vega: Algún día tendrás que presentármelo.
La respuesta tarda once minutos.
Rocco: Algún día.
Continúo. Hay otro mensaje.
Vega: ¿Te preocupa que no nos caigamos bien?
Recuerdo haberlo escrito como una broma. La respuesta de Rocco también parecía una broma.
Rocco: Eso es exactamente lo que me preocupa.
Dejo de respirar durante un instante. Lo leo otra vez y otra.
Años atrás me reí, ahora no porque Nico tenía razón.
No empezó cuando Rocco y yo nos enamoramos, empezó antes.
Y, por primera vez, me pregunto si Rocco no estuvo intentando evitar que Nico y yo nos conociéramos porque temiera que nos cayéramos mal. Quizá temía exactamente lo contrario.